La vampira me ató en el cuarto de la caldera
Habían pasado varios meses desde la última vez que supe algo de Korven y de Daliana. Por precaución, por puro miedo a que vinieran hasta mis hijos para alimentarse, corté todo contacto con ellos. No fue una decisión fácil. Durante años, Daliana había sido más que mi sirvienta: había sido mi confidente, casi una amiga, alguien en quien creí poder confiar los ojos cerrados.
Pero todo eso terminó la noche en que Korven la vació. La mordió en los pechos y bebió hasta dejarla seca, y yo la vi tirada en el suelo del salón, pálida, sin un solo gesto que la delatara como viva. Después perdí el conocimiento. Solo recuerdo, como en una bruma, dos figuras inclinadas sobre mí, dos bocas frías prendidas de mis pezones. Desperté al día siguiente con heridas espantosas en el pecho y entre los muslos, y una debilidad que me clavó a la cama durante días.
Lo primero que hice, cuando pude moverme, fue subir a la habitación de mis hijos para comprobar que seguían intactos. Les hablé con toda la calma que fui capaz de fingir y les hice prometer que jamás dejarían entrar a Daliana, aunque la quisieran, aunque insistiera. Porque ya no era ella. Era una de ellos, un ser que se alimentaba de sangre igual que quienes la habían transformado.
Nunca apareció su cadáver. Y esa ausencia me lo confirmaba: seguía ahí afuera, vagando con los demás.
***
Como decía, después de varios meses, una noche de luna llena la encontré en la puerta de mi casa. Estaba igual que siempre, con esa media sonrisa que yo conocía de memoria, pidiéndome con la voz suave de antes que la dejara pasar. No lo permití. Fui yo quien salió a su encuentro, cerrando la puerta a mi espalda.
Cualquiera que sepa algo de su especie conoce la regla: un vampiro no puede entrar en una casa si no se le da permiso, y una vez concedido, ya no hay forma de impedirle el paso a ninguna habitación. Ni a la de mis hijos. No pensaba darle esa llave.
—Cuánto tiempo —dijo ella, y su aliento no formó vaho en el aire frío—. Pensé que no querrías volver a verme.
—No quería —respondí—. Pero aquí estás.
Se rió bajito y empezó a contarme cosas que yo ignoraba. Me habló de cómo había logrado sobrevivir todo ese tiempo, de un lugar, una especie de club discreto donde los de su clase se reunían. Allí había personas que ofrecían su sangre de forma voluntaria, unas por dinero, otras porque las habían vendido a ese destino. Una donación, lo llamó. Cuerpos que se prestaban para ser mordidos y servir de alimento.
Mientras hablaba, yo era consciente de mi propia ropa. Era muy tarde y solo llevaba un salto de cama de gasa finísima, de esos que no esconden nada. Bajo la luz de la luna se me transparentaban los pezones oscuros y la sombra del pubis. Y notaba cómo los ojos de Daliana resbalaban una y otra vez hasta mi pecho, fijos, hambrientos, conteniéndose. Esperaba algo. Esperaba que yo se lo permitiera.
—Daliana —dije—. Sospecho que no has venido solo a conversar. Me has contado todo eso del club para ablandarme, ¿verdad? Si te dejo morderme, tienes que jurarme una cosa: que jamás, pase lo que pase, tocarás a ninguno de mis hijos.
—Te ofrezco mi sangre a cambio de su seguridad —añadí—. Es lo único que pido.
—Nunca les haría daño —contestó, y por un instante su voz fue la de antes—. Los quiero. Los querría aunque tú no me dieras una sola gota. Y a ti tampoco te haría nada sin tu consentimiento. —Hizo una pausa, mirando otra vez mi escote—. Déjame entrar y hablamos mientras lo decides. Dame tu sangre, cielo.
Sabía exactamente lo que buscaba, y sabía también que no iba a ceder en eso.
—En casa no entras —dije con firmeza—. Pero hay un sitio.
***
El cuarto de la caldera es una construcción de seis por seis metros pegada a la vivienda, donde está instalado el sistema de gas, alimentado por un depósito exterior. Lo mantengo limpio y lo uso de trastero; de las paredes cuelgan algunas herramientas, ganchos, cuerdas viejas. La calle no era lugar para desnudarse y dejarse morder: cualquiera podría pasar por la acera y vernos. Aquel cuarto, en cambio, tenía cuatro paredes y una puerta que cerraba por dentro.
—Aquí —le dije, empujando la hoja—. Otro día, si quieres, te acompaño hasta ese club tuyo y te dejo alimentarte de nuevo. Pero esta noche, aquí.
—De acuerdo, cielo —murmuró, deslizándose tras de mí—. Entiendo tu desconfianza. La respeto.
Una vez dentro, en la penumbra cálida que despedía la caldera, me di la vuelta y la dejé acercarse hasta quedar al alcance de sus manos. Lo primero que hizo fue apoyarme las palmas en los hombros y atraerme con suavidad para besarme en los labios. Su boca era fría, una frialdad que no resultaba desagradable, sino extraña, como agua de manantial.
Recorrió mi mejilla, mi oreja, el cuello, con la intención clara de buscar la garganta. Sentí sus labios resbalar por mi piel y la punta de sus colmillos arañar apenas, sin clavarse, sin herir. Un escalofrío me bajó por la espalda y se anudó muy abajo, en un sitio que no tenía nada que ver con el miedo.
Sus manos no estaban quietas. Bajaron los tirantes de mi salto de cama y la gasa cayó al suelo de un solo gesto. Quedé completamente desnuda, expuesta a su mirada y al frío del cemento.
Me fue empujando de espaldas hasta la pared. Sentí la rugosidad del muro en las nalgas, en los omóplatos, una aspereza que me erizó toda la piel. Entonces me levantó los brazos por encima de la cabeza, estirándomelos despacio, y con dos vueltas de cuerda ató mis muñecas a un par de ganchos clavados a buena altura. Quedé colgada de mí misma, abierta, sin nada que ofrecer salvo mi propio cuerpo.
Mis pechos se mostraban erguidos, los pezones duros por el frío y por el roce de su piel helada. Tendría que haber pensado en el peligro. En que aquella mujer, atándome desnuda en un cuarto cerrado, ya no era mi amiga sino algo capaz de acabar con mi vida en cuestión de minutos. Lo pensé. Y la excitación lo borró de un plumazo.
—Cielo —ronroneó, dando un paso atrás para mirarme entera—, estás tan apetecible que no sé por dónde empezar.
—Esos pezones tan duros están pidiendo a gritos que los muerda. Pero el olor que sube de tu entrepierna, de lo mojada que estás, me dan ganas de comerte de otra forma.
La verdad es que ya no me importaba el orden. Sentía mi sexo humedecerse contra el aire frío y los pezones me dolían de tan tensos.
Fue ella la que decidió. Se arrodilló frente a mí y empezó a lamer la cara interna de mis muslos, subiendo despacio, peligrosamente cerca de mi punto más sensible. Yo esperaba el mordisco de un momento a otro, en cualquier parte; la espera era una tortura calculada, pensada para llevarme a un grado de excitación tal que, cuando los colmillos entraran, no me quedara más remedio que correrme.
Notaba que elegía el sitio con cuidado, buscando el punto exacto para sacar un buen chorro de sangre caliente sin abrirme una herida que no parara de sangrar.
De pronto me pellizcó los dos pezones a la vez. El tirón me hizo adelantar las caderas, ofreciéndole el clítoris hinchado a la avidez de su boca, y no lo dudó: mordió y succionó. Fue como sentir dos agujas hundirse en lo más delicado de mí, y la mezcla de dolor y placer me arrancó un gemido largo. Tan brutal fue la descarga que noté un cosquilleo en los pechos y, para mi asombro, empezaron a derramarse: gotas tibias de leche resbalaron por mi vientre.
No habría sabido decir si lo que sentía era dolor o placer. Mi entrega era total. Su lengua lamía los hilos finos de sangre y compensaba el ardor de los colmillos hundidos entre mis labios. Cada lametón era una caricia, cada mordisco un latigazo, y yo colgaba de las cuerdas sin querer que ninguna de las dos cosas terminara.
Sin dejar de pellizcarme los pezones, los ordeñaba con tanta destreza que la leche goteaba sin parar, formando regueros blancos sobre mi piel hasta el suelo.
—Cielo —dijo, levantando la vista con los labios manchados—, va a ser la primera vez que bebo sangre de unos pechos que dan leche.
Lo dijo recorriendo con la lengua los rastros blancos de mi abdomen, ascendiendo hasta cerrar la boca sobre mi pezón derecho.
—Muerde —le supliqué—. No me dejes así.
—Termina de alimentarte de mis pechos —jadeé—. Quiero sentir tus colmillos dentro.
—Vas a darme sangre y leche al mismo tiempo —murmuró contra mi piel—. Las dos cosas a la vez.
No tuve que repetirlo. Mordió el pezón derecho y empezó a chupar igual que lo hace mi hijo más pequeño, solo que con los colmillos hundidos en la aréola. El placer de sentir su boca succionando, mientras clavaba y volvía a clavar las puntas para hacer brotar la sangre por las heridas diminutas, me tenía al borde de la locura.
No contenta con uno, sujetó el otro pecho y repitió el ritual: chupar el pezón, morder, beber mi leche teñida de rojo.
Lejos de asustarme, estar atada y a su merced mientras me devoraba me excitaba de una forma que no había conocido nunca. Ya había llegado al orgasmo dos veces y notaba un tercero acercándose. El dolor de los mordiscos y los chupetones sobre los pezones en carne viva me empujaron hasta él, mucho más hondo y más largo que los anteriores. Me sacudí entera colgada de las cuerdas, y mi grito quedó atrapado entre las paredes de cemento.
Fue ella quien dio por terminado el festín, por miedo a que perdiera demasiada sangre y no pudiera reponerme.
—Por hoy es suficiente, cielo —dijo, apartándose con un suspiro de satisfacción—. Espero volver muchas veces más. Tu sangre y tu leche, juntas, son lo más delicioso que he probado.
Me desató las muñecas y, con su ayuda, llegué hasta un viejo asiento del trastero, donde me dejé caer. Las piernas apenas me sostenían.
—Toma esto —añadió, tendiéndome una botella que yo ya conocía—. Un trago cada mañana, antes de desayunar, y te repondrás enseguida.
Era el mismo vino que me habían dado en otras ocasiones, antes y después de mis encuentros con ellos. Según decían, me cargaba de vitaminas y, de paso, le daba a mi sangre un sabor especial para su paladar. Lo acepté sin discutir.
Quedamos en que otro día me llevaría hasta el local donde se reúnen los suyos con sus nodrizas. Y, aunque no debería confesarlo, me hacía una ilusión extraña imaginar a otras mujeres entregándose por voluntad propia para servir de alimento a Daliana y a los que son como ella. Como si una parte de mí, la que esa noche colgó desnuda de una pared, ya hubiera empezado a pertenecerles.