Mi novia descubrió su lado más sádico conmigo
Es la primera vez que me animo a escribir aquí, y lo que viene a continuación no es exactamente un relato inventado. Son las anotaciones que fui guardando en una red social bastante particular, una de esas dedicadas al sexo poco convencional. Las comparto con el permiso de mi novia, que se ríe cada vez que me ve teclear como un poseído después de una de nuestras noches.
Conviene que aclare algo desde el principio: yo soy masoquista. El dolor me excita, me enciende, me lleva a un lugar al que no llego de ninguna otra forma. Y cuando ese dolor se mezcla con sexo, y encima con amor, el resultado es algo que no sé explicar con palabras decentes.
Vera descubrió su lado sádico conmigo, casi por accidente, y resultó ser una experta nata. No se asusta ante nada. He estado con otras mujeres, incluso dentro de ambientes de dominación y sumisión, y a la mayoría le repugnan ciertas cosas. La sangre, por ejemplo. A ella no. A ella la sangre le brillan los ojos, y más de una vez he tenido que frenarla porque nos estábamos metiendo en un terreno que ya no era seguro.
Porque ese es mi único límite real. No me importan las heridas que tarden semanas en cerrar, ni las cicatrices que me queden para siempre. Lo que no quiero es acabar en un hospital, y mucho menos cargar con una lesión irreversible que me impida seguir teniendo una vida sexual como la que tengo. Todo lo demás está sobre la mesa.
Sin más preámbulos, transcribo lo que fui anotando.
***
Primera anotación.
Me fascina la mente humana y lo bien que dos personas pueden sincronizarse sin decírselo. Me explico.
Aquella tarde Vera se estaba depilando las piernas con crema. En un momento dado levantó la vista, con el bote en la mano, y me miró con esa sonrisa torcida que ya conozco demasiado bien.
—¿Quieres que te ponga un poco? —preguntó.
—Lo que tú quieras —respondí.
—¿Dónde te la pongo?
—Donde tú quieras —insistí, porque la respuesta era evidente y porque sabía adónde íbamos a llegar.
—¡En la polla! —exclamó, encantada con su propia ocurrencia.
Y empezó a untarme con la crema depilatoria, desde la base y subiendo hacia el glande. Me bajó el prepucio con dos dedos y echó una cantidad generosa justo ahí, sobre la parte más sensible, que era exactamente lo que yo esperaba de ella.
—La crema hay que dejarla actuar entre cinco y diez minutos —dijo, untándome con paciencia—. Pero tú la vas a tener quince.
Al rato me preguntó qué sentía. Le confesé que apenas me ardía un poco, casi nada, la verdad. Entonces, entre sorprendida y picada en su orgullo, bajó a la cocina y volvió con un bote de salfumán, ácido clorhídrico del que se usa para los desagües. Le advertí que no convenía mezclar dos productos químicos, que podía pasar cualquier cosa.
—¿No te atreves? —me retó, sosteniendo el bote.
—Si tú te atreves, yo también —respondí, en un alarde de bravuconería barata.
Si en la primera aplicación siento algo raro, salgo corriendo a la ducha. Eso fue lo que pensé, para tranquilizarme.
Esperamos casi media hora con la crema puesta. Después ella cogió un algodón, lo empapó bien en el ácido y empezó a retirarme la crema de la base. Allí solo sentía un picor leve. Pero yo sabía, por experiencias anteriores, que en el glande aquello iba a ser otra historia.
Cogió un segundo algodón, lo empapó hasta que goteaba y me lo pasó por la cabeza del miembro, despacio, sin perdonar un milímetro. La quemazón fue brutal, mucho más intensa que otras veces, casi imposible de soportar. Pero ella siguió, y yo, entre gruñidos, apreté los dientes y aguanté.
—Dame un beso —le pedí, porque sé que la excitación me ayuda a tolerar el dolor.
Y ella, gustosa, se inclinó y me dio un beso largo, hondo, mientras con la otra mano seguía torturándome. Al cabo de un rato me escapé al baño a enjuagarme con agua, porque empecé a temer una quemadura de las serias.
Cuando Vera salió de la ducha, sabiendo perfectamente que yo tenía la polla en carne viva, se acercó y me dijo al oído:
—No vamos a follar. Pero me la voy a meter.
Y así lo hizo, prácticamente en seco, con un dolor considerable de mi parte. Aunque lo estaba deseando, porque también me gusta hacerlo así, con ese filo punzante. Empezamos despacio y a los pocos minutos, ya húmeda, me cabalgaba a toda velocidad hasta que se corrió encima de mí con un gemido ronco.
Un rato después bajé al salón, donde ella seguía tirada en el sofá, y le mostré el prepucio visiblemente irritado.
—Dejaste el trabajo a medias —le dije.
—Ah, ¿sí? —contestó, divertida—. ¿Y cómo lo terminamos?
—¿Qué te parece si me azotas con el látigo de cables que tiene los pinchos metálicos en las puntas, hasta que sangre?
Dicho y hecho. Fui a buscarlo y le pregunté cuántos azotes pensaba darme. Me dijo que veinte. Le propuse echarlo a suertes con unos dados, la cifra que saliera. Quiso saber cuántos dados usábamos y le respondí que eligiera ella; dijo dos.
Yo, que soy un poco maniático con los números, le expliqué que con dos dados el promedio se queda muy corto, que para acercarse a veinte lo lógico era tirar siete dados, porque la media de cada uno ronda los tres y medio. Le hizo gracia mi cálculo. En la primera tirada le salieron números bajos, así que le ofrecí repetir, y a la tercera cayó un veintiocho.
Empezó con unos azotes de calentamiento. Le avisé de que solo contaría a partir de los golpes fuertes. Y así lo hicimos. Cuando íbamos por el azote número veinte, como yo lo estaba disfrutando de verdad, el bocazas de mí abrió la boca:
—A ver si llegamos a los cien.
Sabía que la idea le iba a encantar. Y siguió, golpe tras golpe, hasta alcanzar la cifra. Tengo que reconocer que a partir del setenta, más o menos, dejé de disfrutarlo. Pero aguanté por amor propio, porque no soporto rendirme delante de ella.
Y no sé si la cosa terminará aquí por hoy, porque antes habíamos hablado de la posibilidad de quemarme con incienso, o con su cigarrillo, o de clavarme unas agujas. Y ahora, mientras termino de escribir esto, la idea no me desagrada en absoluto.
***
Segunda anotación.
Con su permiso, copio aquí la conversación que mantuvimos por el chat durante el día, mientras los dos estábamos en el trabajo. Me pareció divertida y caliente a partes iguales. Por lo que decíamos, debió de ser un par de días después de lo anterior.
—Por cierto —escribí yo—, ayer no me diste mis cien. Vamos a tener que recuperarlos hoy.
—Jajaja —respondió—. ¿Otra vez? Si cuando andamos por el setenta ya no aguantas.
—Aguanté los cien.
—Tembloroso, jajaja.
—Pero los aguanté, que es lo que importa.
—Pues sí —concedió.
—Claro. Por prescripción médica, cien diarios, ¿no?
—Uy —escribió—. Pues habrá que seguir las indicaciones al pie de la letra.
—Vale.
—Y hoy tendremos que pasar de cien, para recuperar parte de los de ayer.
—Pues serían doscientos —contestó ella—. No creo que lo soportes.
—¿Me estás retando?
—Tú sabrás.
—Lo que tú digas. Yo me comprometo a recuperar hoy la cifra que tú me marques.
—Pues doscientos.
—Jajaja. Qué malvada eres. Va a ser una noche dura.
—Va a ser una noche placentera —respondió—. Al menos para mí.
—Hasta la noche, entonces. Esta tarde voy a afilar los pinchos para que se claven mejor. Espero que te guste mi iniciativa, para que la noche sea aún más placentera para ti.
No me respondió con palabras, solo con una ristra de emoticonos relamiéndose. Y supe que estaba perdido.
El final de aquella jornada es que llegamos a los doscientos y bastantes más. Cuando alcanzamos la cifra acordada, empecé a darle placer con la boca mientras ella seguía azotándome, así que dejé de contar; tenía la cabeza puesta en otra cosa.
Acabé con la polla considerablemente inflamada y cubierta de sangre, porque los pinchos se clavan y producen pequeños desgarros en la piel con cada latigazo. Los últimos golpes, al impactar contra la carne ya empapada, hacían saltar gotitas en todas direcciones. El látigo quedó literalmente teñido de rojo.
Después me preguntó cuántos días de tratamiento contemplaba la receta. Antes de que yo pudiera siquiera abrir la boca, respondió ella misma:
—¡Diez!
Ya veremos si llegamos, que se me hacen muchos y hoy he quedado bastante maltrecho.
***
Desenlace.
A día de hoy todavía no hemos conseguido completar el tratamiento de los diez días, pese a haberlo intentado varias veces. Y hay dos motivos para ello.
El primero es que, hacia el cuarto día, mi polla queda tan llena de heridas que se me complica hasta ir a trabajar. Vivo con el miedo de manchar los pantalones de sangre, o de ese líquido transparente que brota cuando la piel está cerrando. Me cuesta hasta orinar, porque la ropa interior se me pega a las heridas. Y, encima, las llagas que cicatrizan sin poder airearse desprenden un olor fuerte que no quiero que nadie de la oficina llegue a notar.
El segundo motivo, y este es el de verdad importante, es que para entonces tengo el miembro tan inflamado que adquiere un grosor difícil de describir. Un poco más ancho que un botellín de cerveza, sin llegar al de una lata. Y eso, lejos de cortarnos, nos pone a los dos como locos. Vera me suplica que se la meta, que la tengo enorme, y yo, ciego de calentura, no soy capaz de negarme.
Las sensaciones de follar en ese estado son tan intensas que casi no se aguantan. Se nota cómo la penetración cuesta más, cómo cada movimiento roza las heridas, y a mí, entre la inflamación y el dolor, no me da tiempo de pensar antes de correrme. Y ahí está el problema: en cuanto me corro, se me apaga el deseo de golpe y ya no soy capaz de soportar un solo azote más. Para resistir los latigazos necesito llevar varios días sin correrme y estar muy excitado.
Pero no desistimos. Seguiremos intentándolo, porque para mí se ha convertido en un reto que me obsesiona cumplir. Igual que me obsesionaron otros desafíos en el pasado, en los que insistí hasta poder marcar la casilla de conseguido en mi lista mental.
Y eso es todo por ahora, amigos. Si alguien quiere preguntar o comentar cualquier cosa, lo responderé encantado. Vera, por su parte, ya está afilando los pinchos para la próxima.