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Relatos Ardientes

El contrato que aceptó para ser su esclava

Ilustración del relato erótico: El contrato que aceptó para ser su esclava

Se habían conocido en la universidad, una década atrás. Mariela era una chica corriente, de esas que pasan inadvertidas, aunque tenía un cuerpo que sí llamaba la atención y ella lo sabía. Esteban era igual de discreto: ni guapo ni feo, ni brillante ni torpe, uno más entre cientos. Cuando terminaron la carrera se perdieron la pista. Ella se marchó a una sucursal bancaria en Melbourne; él se quedó en Valencia, en una empresa de energías limpias.

El reencuentro ocurrió diez años después, por puro azar, en una cafetería del centro. A ella no le iba nada bien: el banco había quebrado, llevaba ocho meses sin encontrar trabajo y los ahorros se habían evaporado. Él, en cambio, dirigía un departamento entero, vestía un traje que costaba más que el alquiler de Mariela y arrastraba la única cicatriz de su éxito: un divorcio reciente y feo.

La charla se alargó una hora. Para Mariela fue un consuelo; para Esteban, una oportunidad. Mientras ella hablaba de currículums y de puertas cerradas, él la miraba por encima de la taza y pensaba en otra cosa. En aquella época universitaria nunca se había atrevido. Ahora la balanza era distinta.

—Lo siento, tengo una reunión en cinco minutos —dijo consultando el reloj—. Pero si quieres, cenamos esta noche en mi casa. Creo que puedo ayudarte a salir del pozo. A las ocho.

Mariela aceptó. No tenía nada que perder y sí mucho que ganar: con suerte, Esteban la recomendaría para alguna vacante.

Puntual, como siempre había sido, se presentó en el apartamento con uno de sus mejores vestidos, negro y escotado, que realzaba su melena rubia oscura. La cena fue cordial, casi nostálgica, hasta que llegaron al postre. Entonces él dejó la copa, la miró fijamente y cambió el tono.

—No voy a andarme con rodeos. Mi divorcio me cambió la vida. Desde entonces practico el BDSM como dominante, y solo me interesan las mujeres que se entregan del todo. Creo que ha llegado el momento de tener mi propia sumisa permanente. Tú encajas en lo que busco. Habría que enseñarte, claro, pero eso no es problema. Por lo que me has contado, tu situación está al límite. Conmigo no te faltaría nada. A cambio, serías mía las veinticuatro horas.

A Mariela se le abrieron los ojos de par en par. No daba crédito. Siempre había sido independiente, dueña de sí misma, libre incluso en lo sexual. ¿Una esclava? La sola palabra le revolvió algo en el estómago, mitad rechazo, mitad vértigo.

—Tranquila, no te asustes —siguió él—. No es mala oferta. Pondremos por escrito los límites que tú quieras. Vivirías en mi casa, te ocuparías de ella y de complacerme cuando yo lo decidiera.

—Es tentador —admitió ella, con la voz más baja de lo que pretendía—. Pero no sé si estoy hecha para algo así. Siempre me sentí orgullosa de mi libertad, de no haberme casado, de no deberle nada a nadie.

—No hace falta que estés preparada. Para eso existe el aprendizaje. Primero, una revisión médica. Después firmamos un contrato donde marcas tus límites, y yo los respeto. Luego pasarías una temporada en un centro especializado donde te enseñarían. Yo no tengo tiempo para adiestrar a nadie y prefiero que lo hagan profesionales. —Hizo una pausa—. Vete a casa y piénsalo. Si aceptas, llámame mañana por la mañana.

Mariela salió a la calle con los ojos húmedos. No entendía cómo había llegado hasta ese punto. Pero sabía algo con una claridad fría: o aceptaba la propuesta de Esteban, o su próximo empleo sería detrás de la caja de un supermercado.

***

Llamó temprano. La voz le tembló solo al principio.

—Acepto. ¿Qué quieres que haga?

—Ven a las cinco de la tarde. Solo con un vestido. Nada de ropa interior.

Se presentó a la hora exacta, muerta de vergüenza, convencida de que cada persona con la que se cruzaba en el portal adivinaba su desnudez bajo la tela.

—Pasa —dijo él al abrir—. Veo que has cumplido. A partir de ahora te diriges a mí como «señor». ¿Te enseño la casa? Sobre todo una habitación. Conviene que te vayas haciendo una idea.

—Sí, señor.

El apartamento era pequeño pero impecable: cocina y salón abiertos, una terraza con buenas vistas por ser el último piso. En el dormitorio principal había algo que le llamó la atención. Junto a la cama, en el suelo, una especie de colchoneta baja, como el lecho de un perro grande. No preguntó. Todavía.

La otra habitación era distinta. Estaba equipada con un potro, una cruz de aspas, una jaula y una pared entera de instrumentos: fustas, palas, látigos, cuerdas. Y, en un rincón casi doméstico, un sillón orejero, una mesita y una pantalla enorme. La normalidad y lo prohibido conviviendo en el mismo cuarto.

—¿Alguna pregunta? —dijo él.

—¿Tiene perro? —preguntó ella, señalando con la cabeza hacia el dormitorio.

Esteban sonrió de medio lado.

—Todavía no. Pero, si todo va bien, pronto tendré una. Esa cama es para ti. Me gusta dormir solo. Compartir la mía será un privilegio que tendrás que ganarte.

Una cama de perro. En el suelo. A Mariela el corazón le golpeaba en la garganta, y lo más perturbador era que no sabía si de miedo o de otra cosa.

—Ahora, al salón —ordenó él—. Te quitas el vestido. Tienes una hora antes de la revisión y vas a usarla en aprender a usar la boca. Yo te indicaré cuándo y cómo. Tragarás todo lo que te dé y luego me lo agradecerás.

Ella se arrodilló frente a él, que se había sentado en el sofá, y empezó acariciándolo con las manos.

—Así no —cortó él—. Una buena sumisa usa solo la boca.

Al mismo tiempo que la orden llegó el golpe: un fustazo seco en la nalga izquierda. Tenía la fusta escondida entre los cojines y ella ni la había visto. Se puso a cuatro patas y obedeció, primero con la lengua, luego con todo el aliento, hasta que él le llenó la garganta.

—Más rápido. Quiero sentir tus labios abajo del todo.

Esteban aprovechó para mirarle el pecho. A pesar de sus treinta y cuatro años, seguía firme, redondo, balanceándose con cada empujón. Aquello confirmaba sus planes. Calculó una talla generosa y la imaginó un par de números más grande. Lo quería todo: volumen, peso, y algo más que aún no le había contado.

—Quieta. Déjala al fondo y no te muevas. Me has puesto demasiado y todavía no quiero terminar.

Mariela se quedó inmóvil, obedeciendo, y lo que más la sorprendió no fue ser capaz de hacerlo, sino descubrir que el cuerpo le respondía, que algo entre las piernas se le había encendido sin permiso.

—Ahora sí —dijo él al rato—. Termina y traga.

No le costó nada. Cuando acabó, le limpió con la lengua, despacio, casi con cuidado.

—Gracias, señor.

A Esteban le costó disimular la satisfacción. Aprendía rápido. Eso lo hacía inmensamente feliz.

—No te muevas. Vuelvo enseguida.

Regresó de la otra habitación con un collar y una correa. Se los colocó y le indicó que no hacía falta que se vistiera.

—Bajamos por el montacargas. Mi plaza está justo enfrente. No te verá nadie.

Y era cierto. El otro vecino del rellano apenas aparecía, y además pertenecía al mismo círculo que Esteban. El montacargas, en teoría reservado para mudanzas, tenía otros usos.

Aun así, Mariela estaba aterrada. Qué vergüenza si alguien la viera, desnuda y atada por una correa como un animal. Pero ya no había marcha atrás. En el garaje, Esteban abrió el maletero de un coche oscuro de cristales tintados y le ordenó meterse dentro. Ella obedeció, hecha un ovillo, mientras el motor arrancaba.

***

El trayecto duró cerca de una hora. Cuando el coche se detuvo, ya era de noche. Era un garaje pequeño, de pocas plazas. Mariela alcanzó a ver a una mujer mayor subirse a su propio auto y marcharse: la última paciente del día. Entonces Esteban abrió el maletero y la dejó salir. Como una buena sumisa, dejó que la condujeran del collar hacia el interior.

—¿Ves cómo no te ha visto nadie? Somos la última cita. Lo tengo todo controlado. Pórtate bien. Gustavo es un buen amigo y se ocupará de tu tratamiento.

Dentro, los dos hombres se saludaron con un abrazo.

—Esteban, me alegro de que por fin te hayas decidido —dijo Gustavo, repasándola de arriba abajo—. Y veo que has elegido bien.

—Eso parece. Pero depende de ti. Tiene que pasar tu revisión.

—Pues empecemos. A ver, sube a la camilla y coloca las piernas en los soportes.

En cuanto se acomodó, apareció una enfermera. Le sujetó las piernas, le levantó los brazos por encima de la cabeza y se los aseguró con unas esposas encadenadas a la parte alta de la camilla.

—Doctor, ¿le pongo también la correa abdominal?

—Sí, Lucía. Es su primera vez, mejor bien sujeta. Puedes irte a casa, yo me ocupo.

Gustavo se puso los guantes. La exploró con un instrumento frío, luego con las manos y lubricante, examinándola a conciencia, hasta que tiró de algo con más fuerza de la necesaria y ella se quejó.

—Buen ojo, Esteban. Ha sido poco usada y nada maltratada. —La miró por encima de las gafas—. ¿Te han penetrado por detrás con regularidad?

—No, doctor —murmuró Mariela—. Lo intenté un par de veces, pero me dolía y no quise repetir.

Los dos hombres cruzaron una sonrisa y disfrutaron de su cara de aprensión. Gustavo trabajó sobre ella con paciencia, dilatándola, hasta dejarle colocado un dilatador que la mantuviera abierta.

—Dejémosla así un rato. Vamos a tomar algo.

Pasaron a una sala contigua. Un whisky, un cigarrillo.

—Imagino que la mandarás al centro un tiempo, ¿no? —dijo Gustavo.

—Sí. Así me la devuelven sabiendo comportarse. Que reciba sus primeros castigos allí. Cuando llegan a casa, son mucho más dóciles. —Bebió un sorbo—. Y quiero que prestes atención especial al pecho. Me gustaría que diera leche. ¿Crees que se puede llevar un par de tallas más arriba? Ya sabes mi gusto. Sin silicona.

—Clínicamente es posible. Pero no basta con la medicación: requiere constancia diaria. He tenido clientes que se descuidaron y lo perdieron en semanas.

—Estoy dispuesto a lo que haga falta. A diario, todos los días, si con eso lo consigo.

Volvieron a la consulta. Gustavo retiró el dilatador y siguió con el examen, esta vez con más holgura, y notó que la respiración de Mariela había cambiado, que ya no se quejaba.

—Vaya. Has cambiado la cara de susto por otra cosa. Por portarte bien, un regalo. —Le colocó un pequeño accesorio que la hizo gemir—. Y ahora el pecho, a ver si lo dejamos como tu señor quiere.

Se situó detrás de la camilla y empezó a masajearla, comprobando volumen y firmeza, y luego trabajó los pezones con los dedos, estirándolos, girándolos, hasta que se pusieron duros y erizados. Mariela cerró los ojos. Un sonido se le escapó de la garganta.

—Deja de gemir. A tu señor no le gustaría que terminaras en mis manos.

Para bajarle la temperatura, le dio unas palmadas firmes en el pecho, una tras otra, hasta dejarla colorada y sin aliento.

—Listo. Deja de lloriquear, que ya hemos terminado.

La liberó de las ataduras y, tirando de la correa que en ningún momento le había quitado, la condujo a cuatro patas hasta dejarla bajo el escritorio.

—Mientras hablo con tu señor de tu estado, tú trabajas. Ya imaginarás que no hago esto gratis.

Se sentó, le guió la cabeza y la sujetó. Era evidente que el médico estaba acostumbrado a este tipo de revisiones.

—Empieza. Y respira por la nariz, vas a necesitarlo.

—¿Cómo la ves? —preguntó Esteban.

—Lo primero, felicitarte. Yo tomé la misma decisión hace años y no hay nada mejor. Usar a las del centro no es lo mismo. —Carraspeó—. En cuanto a la exploración: por delante, perfecta, dilatación de uso moderado, vas a estar muy cómodo. Por detrás está sin estrenar. Avisa al centro para que la acostumbren poco a poco, con piezas pequeñas, y te dejen a ti el estreno.

Hablaba a ratos, interrumpiéndose, mientras ella obedecía abajo, y de cuando en cuando soltaba un comentario áspero hacia el suelo: que respirara, que tuviera cuidado, que iba bien.

—El pecho aguanta de sobra, ya lo has visto. Te receto pastillas y unas inyecciones de hormonas. Engañaremos al cuerpo para que crea que ha sido madre y empiece a producir. Un par de meses de tratamiento, pero desde el primer día hace falta estimulación constante. Eso también debes avisarlo en el centro: cada cuatro horas, sin falta. Yo me pasaré a comprobar que lo aplican bien.

—¿Cuándo te la traigo?

—En dos meses. Para entonces debería estar empezando. Le ajusto la dosis y, en otros dos, la tendrás a pleno rendimiento y con un cambio de talla notable. Cuando empiece a dar leche, hay que vaciarla cada tres horas, con un descanso largo de noche. Ya te explicaré los detalles llegado el momento. —Su voz se quebró un instante—. Vamos, termina. Y trágalo todo.

Cuando acabó, Gustavo se recompuso y se subió los pantalones con una sonrisa.

—Creo que ya me he cobrado la visita.

—Eso parece —rio Esteban. Luego bajó la vista hacia ella—. Y tú, limpia el suelo con la lengua. Lo has dejado perdido.

Mariela obedeció sin levantar la mirada. Algo en su interior, una voz que apenas reconocía como suya, había dejado de protestar hacía rato. Y eso era lo que de verdad la asustaba.

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Comentarios (3)

DarkLector_ok

increible!! de lo mejor que leí en esta categoría en mucho tiempo

Valentina_SR

la tensión entre los dos está perfectamente construida, me enganchó desde el primer párrafo. Sigue así!!

RobertoLM

por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de saber cómo termina todo esto

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