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Relatos Ardientes

Le hizo fregar de rodillas sin haber fallado en nada

Las dos semanas en que Lucía había aprendido qué significaba salirse del guion ya quedaban atrás. La rutina entre ella y Andrés se había vuelto a acomodar: trabajo, casa y los pequeños rituales de una pareja que ya no discute lo que cada uno espera del otro.

Ella seguía con sus encargos de diseño desde el estudio de la entrada. Él continuaba con sus proyectos de arquitectura desde casa la mayor parte de la semana, supervisando todo lo demás con la misma atención con la que revisaba un plano antes de imprimirlo.

Los sábados eran de los dos. Paseos por la zona vieja, alguna exposición, comidas largas en el sofá. Lucía valoraba esos momentos más que ninguna otra cosa y lo dejaba ver con detalles: una taza llena antes de que él la pidiera, un mensaje agradeciéndole la noche anterior, una mano apoyada en su rodilla mientras leía.

Aquel sábado entró al salón con la bandeja del desayuno y una sonrisa que ya no parecía calculada para complacer.

—Buenos días —dijo—. Tus tostadas como te gustan, con tomate y sal en escamas.

—Gracias, Luci. Siempre tan atenta.

Andrés la miró moverse entre la mesa y la cocina. Algo había cambiado en ella desde aquellas dos semanas. La chispa que antes le encendía los ojos cuando se ponía a la defensiva ya no aparecía. En su lugar había una calma que no era resignación, sino otra cosa. Una pertenencia tranquila. Cada vez que servía el café o se inclinaba para retirarle un plato, lo hacía con una atención que antes le costaba.

Terminaron el desayuno conversando del fin de semana. Cuando él dejó la taza, la miró sin levantar demasiado la voz.

—Cuando termines de limpiar mi moto, vas a fregar el suelo de la cocina y el del baño sin fregona, de rodillas. Como aquella vez.

Ella levantó la vista del plato. La última vez que se lo había pedido había sido un castigo, y todavía recordaba el dolor en las rodillas durante días.

—¿He hecho algo mal? —preguntó, con un hilo de inquietud en la voz.

—No. No has hecho nada mal. Por eso te lo pido hoy.

Frunció apenas el ceño, sin entender.

—Quiero que lo hagas justo cuando no toca —añadió él—. Cuando hay un castigo, obedeces porque has fallado. Hoy quiero que obedezcas porque sí. Para que tú lo sepas y yo también.

Asintió despacio. Algo en su gesto dejó claro que ya lo había aceptado antes incluso de procesarlo.

—Está bien. Lo haré.

—Sin discutir. Sin preguntar dos veces. ¿Entendido?

—Sí, entendido.

Salió del salón sin más. Andrés oyó el chorro del cubo llenándose en el patio, después el roce del cepillo contra el sillín de la moto. Cuando volvió a entrar, traía la bayeta y un cubo más pequeño con agua jabonosa. Ni siquiera lo miró antes de arrodillarse en la cocina.

Él se quedó en el sofá con el periódico, escuchándola. El azulejo porcelánico debía estar helado a esa hora. Cada cierto rato la oía cambiar el agua, exprimir la bayeta, recolocarse las rodillas. No le hacía falta entrar para saber que tenía la espalda encorvada y los muslos tensos.

Pasó por la cocina dos veces, sin decir nada. La segunda, ella lo miró un instante por encima del hombro, esperando. Andrés no dijo palabra. Volvió al sofá. Sabía que esa ausencia de comentario era lo que más la mantenía en su sitio. Si aprobaba demasiado pronto, perdía sentido.

Cuando terminó la cocina, oyó el cubo arrastrándose hasta el baño. Aguantó veinte minutos más. Después fue a inspeccionar.

El baño estaba impecable. Casi. Caminó despacio por las baldosas, mirando los rincones donde la junta se ennegrece con el tiempo. Lucía lo observaba desde el borde de la bañera, con las manos apoyadas en los muslos y las rodillas enrojecidas.

—Está bien hecho —dijo él—. Pero ese rincón de detrás del inodoro y la zona pegada al zócalo se pueden repasar. No es grave. Lo quiero perfecto.

—Claro. Ahora mismo.

Ella volvió al suelo sin un suspiro. Esa fue la parte que más le gustó a Andrés del día: la velocidad con la que aceptó volver abajo sin ni una micro-queja en los hombros. Levantó el cubo y amagó con volcárselo encima del trabajo recién hecho. Lucía apretó los labios y bajó la mirada. No protestó. Devolvió el cubo a su sitio.

—Mucho mejor —le dijo cuando terminó—. Buen trabajo, cari.

—Gracias —contestó. Y después, casi sin aire—: Lo haré siempre que quieras, amor.

Él no respondió. No hacía falta.

***

Andrés cogió el portátil y se sentó en el sofá a revisar correo. Lucía guardó los utensilios y, en vez de subir a cambiarse, se acercó descalza y se arrodilló a sus pies.

—¿Puedo masajearte los pies? —susurró.

Él la miró un segundo. Asintió sin apartar los ojos de la pantalla.

—Adelante.

Le quitó las zapatillas con cuidado y empezó a presionar los empeines con los pulgares. Sabía exactamente dónde tensar y dónde aflojar. El silencio se llenó del sonido del teclado y de su respiración acompasada. Cada vez que paraba para mirarlo, él le devolvía media sonrisa y volvía al correo.

—Haces un buen trabajo —dijo después de un rato.

—Gracias.

Cuando cerró el portátil, la levantó con la mano.

—Vamos a dar un paseo. Hace un día precioso, te lo has ganado. Tienes un encargo de un cliente en el correo, pero puede esperar a la tarde.

Subió a cambiarse. Bajó con un mono blanco corto, ajustado, con unos corazones diminutos estampados. Se paró delante de él esperando el visto bueno antes de calzarse. Andrés asintió. Salieron.

***

El parque del barrio estaba lleno de familias y de gente caminando despacio. Lucía respiraba hondo, recuperando los hombros después del esfuerzo de la mañana. Se cruzaron con vecinos, saludaron a un par de conocidos. A medio paseo se toparon con Javier, un comercial del despacho con el que Andrés coincidía a veces, y con su mujer Daniela, una argentina morena de pelo ondulado que le llegaba a media espalda.

Daniela tenía esos ojos grandes que sostienen la mirada un segundo de más, y una manera de pisar firme con sandalias bajas que le ahorraba presumir. Vestida de lino crudo, sin maquillaje aparente, sabía perfectamente cómo se veía.

Javier conservaba algo del físico que debía haber tenido diez años antes, pero la barriga le iba ganando a la camisa. Llevaba el cuello desabrochado y un reloj demasiado grande para la muñeca.

—¿Os tomáis algo con nosotros? —propuso él.

Entraron a una terraza cercana. Como siempre, Lucía se ofreció a ir a la barra a pedir.

—Luci, pide cuatro cañas y unas aceitunas —dijo Andrés.

—Voy.

Daniela la miró cruzar la terraza, se acomodó en la silla y jugó un instante con un mechón.

—Javi, Daniela podría echarle una mano, ¿no te parece? —dijo Andrés, en el mismo tono con el que se comenta el tiempo.

Daniela frunció el ceño.

—¿Y por qué tendría que hacerlo? Estamos para relajarnos.

Javier lo miró un instante, incómodo. Andrés siguió, sin levantar la voz.

—Lucía no lo hace porque deba. Lo hace porque sabe que cuidar los detalles me hace bien. Quizá te sorprenda lo que se siente al hacerlo tú por Javi una vez.

—Puede ser… —dijo ella, sin mucha convicción.

Lucía volvió con la bandeja, repartió las cañas y se sentó por fin. Cambió de tema sin esfuerzo y le habló a Daniela de las rutas de senderismo que habían empezado por los Picos de Europa, de cómo le costaba al principio y de cómo el cuerpo se va acostumbrando si tienes a alguien cerca que te empuja un poco.

—Suena increíble —dijo Daniela—. Aunque a Javi sacarlo del sofá es otra historia.

Rieron juntas. Cuando Lucía se levantó para irse a casa a preparar la comida, se inclinó hacia Andrés con naturalidad.

—Andrés, ¿qué te apetece para comer?

—Los espaguetis con almejas que hiciste el otro día, si tienes lo necesario.

—Lo tengo. Voy.

Daniela soltó la copa.

—No me puedo creer que le hagas la comida todos los días y que encima le preguntes qué quiere. Yo a Javi ni le doy a elegir.

Lucía se despidió sin entrar al tema. Andrés sí.

—Lo hace porque le gusta amoldarse a mí. No porque le toque. Pruébalo alguna vez, no te va a doler.

—Sí, Dani —apoyó Javier—, podríamos intentarlo.

Ella se rio entre dientes y, medio en broma, terminó accediendo a servirles esa ronda. Cuando volvió de la barra con los vasos, Javier le dio un golpecito cariñoso en la cadera.

—Gracias, amor. Y ya que estás… esos canelones que te salen tan bien, esta noche, ¿no?

—Solo por hoy, Javi. Que no se haga costumbre.

—Eso lo dicen todas al principio —añadió Andrés.

Se rieron los tres. Daniela se sonrojó un poco y miró a Andrés un segundo de más cuando creyó que Javier no se daba cuenta.

Mientras él pasó al baño, ella se inclinó hacia Andrés.

—Esto deberíamos repetirlo más seguido.

—Claro —dijo él, sin moverse de su sitio—. Si prometes servirnos con la misma alegría que hoy.

—Trato hecho. Pero exigid algo de vosotros también.

—Te puedo poner a prueba en algún momento, Daniela. Sé que puedes dar mucho más.

Bajó los ojos. Cuando Javier volvió, terminaron las cañas y caminaron los cuatro hasta el cruce donde se separaban sus calles. Lucía los vio aparecer desde la ventana del salón.

***

Comieron despacio. Lucía sirvió un Albariño helado y los espaguetis con almejas estaban perfectos. Andrés había tomado dos cervezas en la terraza y con las copas de vino empezó a notar el cuerpo más liviano y la cabeza menos rígida.

Cuando ella recogió los platos, en vez de traer el postre, volvió al comedor sin nada en las manos. Se desabrochó el mono delante de él, lo dejó caer hasta los tobillos y se quedó quieta. No llevaba ropa interior debajo.

—El postre soy yo, si te parece —dijo, con una sonrisa pequeña.

Se arrodilló entre sus piernas. Andrés le agarró el pelo con la mano abierta, sin tirar todavía, y le acercó la cara al regazo. Sintió la presión de su lengua a través de la tela del pantalón antes de que se lo bajara.

Cuando ella se metió en la boca lo que pudo, él le sostuvo la nuca y empujó un poco más. Lucía se ahogó al fondo, retrocedió, volvió a entrar. Sabía hacerlo. Lo había aprendido mirándolo a los ojos cada vez para saber cuándo era suficiente y cuándo era poco.

El vino le había dejado a Andrés la mente sola consigo misma. Se acordó de Daniela bajando los ojos en la terraza, del segundo en que se había quedado mirándolo cuando creía que nadie la veía. De cómo no había aguantado más de tres frases antes de aceptar lo que media hora antes le parecía indignante.

—Andrés —susurró Lucía, sin sacarla de la boca del todo—. ¿Quieres que juguemos? Cierra los ojos e imagina que soy Daniela. Si te apetece.

—Te prefiero a ti, Luci. A la mujer que quiero.

—Lo sé. Es solo un juego. Solo si te excita.

Él asintió. Le apretó el pelo un poco más fuerte.

—No sé si va a funcionar. Daniela es demasiado rebelde. Cree que se va a salir con la suya. Necesita disciplina.

A Lucía le brillaron los ojos un instante. Tragó saliva.

—Soy Daniela —murmuró—. Necesito que me disciplines.

Andrés le cruzó la cara con la mano abierta. No fuerte, lo justo para que se le marcara un segundo y la oyera respirar distinto. Ella apretó los labios alrededor de él y siguió, con los ojos clavados en los suyos.

—¿Me oyes, Daniela? Aquí mando yo. Y vas a aprender a tratarme con el respeto que merezco.

Asintió sin parar. Andrés le sostuvo la cabeza con las dos manos y entró más profundo, despacio primero, después sin pausa. Cada vez que se le humedecían los ojos, ella afirmaba con la cara.

Cuando llegó al borde, no apartó las manos. Acabó en su boca con un gruñido bajo, y Lucía tragó sin separarse. Lamió hasta lo último, con el cuidado que pone alguien que sabe que la tarea no se acaba en lo evidente.

Se subió al sofá con él. Andrés la pasó por encima de su pecho y le acarició la espalda con la mano abierta. Tenía la mejilla todavía caliente.

—Lucía, te quiero —dijo, y por una vez sintió la frase entera, sin mediciones—. Y no por guapa, que lo eres. Es otra cosa. Me entiendes como nadie. Sabes lo que necesito antes de que lo diga. Eres lista, eres creativa, y eso lo metes en todo lo que haces, en casa, en el trabajo y aquí.

Ella lo escuchaba con las mejillas todavía rojas y los ojos brillantes.

—Confío en ti —siguió—. Te esfuerzas por gustarme y eso me hace sentir único. Eres la pareja perfecta para mí.

—Y tú para mí, Andrés —respondió, con un nudo en una garganta que acababa de ser usada—. No hay nada que me importe más que verte bien.

Se quedaron así un rato largo, con la luz del salón cayendo en diagonal. Ella tenía la cabeza apoyada en su pecho y él le pasaba los dedos por la nuca.

El correo del cliente seguía sin abrir. Podía esperar.

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Comentarios (6)

TucoLector

Excelente!!! seguí así, muy bueno.

Curiosa_87

Tremendo relato, me dejó sin palabras. La dinámica entre ellos es increible, muy bien lograda.

Rulo_Baires

Por favor continua!! quede con ganas de saber como termina esto

lectora_silenciosa

Lo lei dos veces porque la primera no me concentre bien jajaja. Muy bueno.

NocheVelada88

La forma en que esta planteada la obediencia sin culpa es lo mas interesante del relato. Pocas veces lo vi tan bien resuelto en esta categoria. Sigan escribiendo.

Sebas_Cba

Muy bien llevado, se nota que hay algo mas detras de la historia. Esperando la segunda parte!

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