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Relatos Ardientes

El disfraz de esclava que mi mujer me tenía preparado

El viernes se arrastraba con una lentitud insoportable. Desde media mañana no podía quitarme de la cabeza el mensaje que Mariela me había mandado al móvil, dos líneas que llevaba releyendo desde la hora del café.

Vení puntual hoy, que te espera una sorpresa de las que te gustan…

¿Qué demonios significaba eso? Mariela era de sorpresas, pero el tono, la picardía escondida en esos puntos suspensivos, me tenían encendido desde el primer renglón. Intentaba bajar mis expectativas para no llevarme un chasco, y aun así no lo conseguía. Soy un hombre de apetitos difíciles de domar, y mi mujer es el blanco de casi todos ellos.

Cuando por fin sonó la hora de salida, prácticamente salí corriendo de la oficina. Esquivé a dos compañeros que querían arrastrarme a tomar algo y bajé al estacionamiento de dos en dos los escalones. El trayecto en coche se me hizo eterno; cada semáforo en rojo era una pequeña tortura. Aparqué de cualquier manera frente al edificio y subí sin esperar el ascensor.

Abrí la puerta con la llave y me recibió un silencio raro, cargado, como si la casa entera estuviera conteniendo el aliento.

—¿Mariela? —llamé, con la voz más ronca de lo que esperaba.

No hubo respuesta inmediata. En cambio, desde el fondo del pasillo empezó a sonar una música solemne y reconocible: la marcha imperial de aquella vieja saga galáctica que yo había visto mil veces, esa que ella siempre se burlaba de que me supiera de memoria. Sonaba con una gravedad tan exagerada que me arrancó una sonrisa de oreja a oreja. Esta mujer me conoce demasiado bien.

Seguí el sonido con el corazón golpeándome las costillas, hasta el dormitorio. La puerta estaba entornada y la música, ahora más fuerte, me invitaba a entrar. La empujé despacio, conteniendo la respiración.

Y entonces la vi.

Mariela estaba tendida de lado sobre la cama, apoyada en un codo, mirándome con una mezcla de timidez y una chispa traviesa en los ojos. Llevaba puesto un disfraz de princesa cautiva, el de la heroína encadenada de la última película de la saga, y me dejó sin aire. Su piel clara contrastaba con la poquísima tela que la cubría. El sujetador metálico dorado, de plástico rígido, apenas contenía sus pechos pequeños, que se asomaban por los bordes. Una cadena fina le rodeaba la garganta como una invitación a ser controlada, y otra le caía entre los senos hasta perderse en la pieza inferior. La braguita, también dorada y metálica, se ajustaba a su trasero redondo dejando al descubierto la curva de las nalgas.

De las caderas le nacían cadenitas que se perdían en los pliegues de la sábana. Un velo de gasa transparente, del mismo tono dorado, le cubría a medias las piernas, pero era tan etéreo que revelaba más de lo que ocultaba. Su melena oscura caía sobre la almohada como una cascada, enmarcándole la cara, y unos brazaletes dorados en las muñecas completaban el conjunto, dándole un aire de diosa prisionera.

Me quedé clavado en el umbral, con la boca entreabierta. La música terminó y dejó un silencio cargado de electricidad.

—Joder, Mariela… —conseguí balbucear—. ¿Pero qué hiciste?

Ella sonrió, intentando parecer recatada sin lograr disimular la excitación.

—Hola, mi amor… ¿Te gusta la sorpresa? Como se viene el carnaval, pensé que querrías conocerme en mi faceta de princesa esclava.

Avancé hacia la cama como un autómata, los ojos fijos en ella, devorándola.

—¿Que si me gusta? Estás para comerte ahora mismo, acá, en todas las posturas que existan. Sos una diosa.

Me arrodillé al borde del colchón. Mariela se sonrojó, pero la chispa de sus ojos se hizo más intensa.

—Despacio, no seas tan ansioso —dijo, fingiéndose ofendida, aunque la voz le temblaba—. No vaya a ser que te termines antes de tocarme.

Me reí, una risa grave y cargada de deseo, mientras extendía la mano para acariciarle la pierna desnuda que asomaba bajo el velo.

—¿Ansioso? ¿Con lo que llevás puesto, princesa? Parecés salida de una fantasía. Ese trasero perfecto, esos pechos… me los pido enteros.

Ella se rio y luego gimió suave cuando mis dedos le rozaron el interior del muslo, muy cerca de la braguita dorada.

—No tan rápido, Marcos. Quería que lo disfrutaras, que me miraras un poco primero.

—¿Mirarte? —gruñí, acercándome más, arrodillándome del todo frente a ella—. Te voy a mirar, sí, pero también te voy a saborear, lamer y chupar hasta que se te doblen las rodillas. Estás increíble.

Mariela se encogió un poco bajo mi mirada, sin apartarse. Su respiración se había vuelto entrecortada y los pezones, pequeños y rosados, se le endurecieron bajo el metal.

—No digas esas cosas… —murmuró, pero sonaba más a ruego que a objeción. El pudor que intentaba mostrar era una máscara muy fina sobre las ganas que la recorrían.

No le hice caso. Subí la mano despacio por su vientre, sintiendo el calor de su piel y el ligero temblor de su cuerpo. Me detuve en el borde del sujetador, los dedos contra el metal frío.

—¿Y esto qué es? —dije, la voz baja—. ¿Una jaula para estas dos joyas? —Con el pulgar empujé suavemente la base de una de las copas y el pecho se le alzó un poco más, descubriendo una porción mayor de la areola. Ella soltó un jadeo.

—¡Marcos! —protestó, pero su cuerpo se arqueó hacia mi mano.

—¿Qué? ¿Te gusta que te toque, princesa? Sos mi prisionera, ¿no? —Bajé la cabeza y mi barba le rozó el muslo, arrancándole un escalofrío. Acerqué los labios al borde de la braguita y aspiré hondo: su perfume de siempre mezclado con un aroma más intenso y cálido que me volvió loco.

—Estás empapada, Mariela —murmuré contra su piel—. ¿Llevás todo el día así esperándome?

***

Ella no contestó con palabras. Tomó el móvil de la mesita y cambió la canción por algo más lento y profundo. Después se incorporó y se colocó a cuatro patas, con el trasero orientado hacia mí, y empezó a contonearse al ritmo de la música. Se puso de pie sobre la cama y bailó como una bailarina de club, su cuerpo delgado y sus curvas finas oscilando sin prisa. Me miró de frente y se acarició los pechos y los muslos con una expresión llena de lujuria.

—Soy tu esclava… toda tuya —dijo.

Se llevó un dedo a la boca y lo chupó muy despacio, sin dejar de moverse. Luego se inclinó hacia mí y me pasó los pechos por la cara, rozándome la piel con el metal tibio. Cerró los ojos, echó la cabeza atrás y se mordió el labio inferior. La pose recatada del principio se le caía a pedazos.

Se quitó la pieza superior del disfraz, lenta, y repitió el gesto encima de mi cara.

—Marcos, por favor… me estoy poniendo muy caliente.

—Esa es la idea —dije—. Yo también.

Deslicé la punta de la lengua por donde antes estaba el borde del metal, lamiendo la piel que ahora quedaba libre. Mariela gimió, un sonido gutural que me hizo temblar. No me detuve: tracé el contorno de su pecho, probando la sal de su piel milímetro a milímetro, mientras mis dedos, abajo, se colaban bajo el borde de la braguita buscando su sexo.

—¡Ay, Marcos! —exclamó, arqueándose con violencia. Mis dedos habían encontrado la humedad, el clítoris ya hinchado bajo la tela.

—¿Te gusta que te toque ahí? —ronroneé, los dedos rozando, presionando, sin penetrar todavía, solo encendiéndola por fuera.

Ella abrió los ojos, la mirada nublada de deseo.

—Sí… sí, me encanta. Hacé que ruegue por más.

Sonreí. Me levanté un poco para cubrir su cuerpo con el mío y bajé la boca, no a sus labios, sino al cuello, lamiendo la cadena dorada que le rodeaba la garganta. Descendí por el hombro, por la piel pálida, hasta los pechos.

—Qué pezón más duro tenés —murmuré. Lo rodeé con la lengua, lo succioné con suavidad y luego con más fuerza, mientras la otra mano seguía trabajando entre sus piernas a través de la tela.

Mariela se retorcía debajo de mí, las caderas empujando hacia arriba en busca de más contacto.

—¡Más! Chupame, por favor —suplicó, la voz convertida en un hilo.

Le obedecí. Aumenté la intensidad, mordisqueando apenas el pezón, tirando de él con los labios, mientras los dedos le bailaban en el centro. El sonido de mi boca sobre su piel se mezclaba con sus gemidos, cada vez más altos, hasta llenar la habitación entera.

—¡Me voy a venir! ¡Solo con esto me voy a venir! —jadeó, los muslos temblando.

—Eso quiero —dije contra su piel—. Quiero que te vengas para mí. —Levanté un segundo la cabeza para verle la cara contorsionada de placer. En sus ojos ya no quedaba rastro de timidez, solo lujuria pura. Volví al otro pecho con la misma devoción y mis dedos siguieron torturándola con paciencia.

No aguantó más. Un grito ahogado se le escapó de los labios, el cuerpo se le tensó entero, las caderas se alzaron en un último espasmo y la ola la inundó, dejándola temblando y sin fuerzas.

***

La observé satisfecho. Tenía la piel sonrojada, la respiración agitada, los ojos entrecerrados.

—¿Viste cómo te venías? —dije—. Y esto recién empieza, mi princesa. Ahora, ¿qué querés que hagamos?

Mariela todavía jadeaba, el cuerpo sacudido por el orgasmo reciente. Abrió los ojos y su labio inferior, mordido e hinchado, temblaba.

—Quiero sentirte adentro —dijo, con las manos temblorosas tomando mis caderas y guiándolas hacia su sexo, que latía y pedía a gritos—. Pero antes… déjame a mí.

Me desabroché el pantalón con una rapidez que casi me asustó. Mariela me sujetó el miembro, duro como una piedra, y empezó a acariciarlo mirándome directamente a los ojos.

—Esclava —dije, entrando en el juego—, te ordeno que chupes.

Ella sonrió, sacó la lengua y empezó a darle lametazos lentos a la punta.

—No me hagas sufrir —insistí.

Con una sonrisa traviesa, y sin usar las manos, se lo metió entero en la boca. Lo sostuvo unos segundos, los labios apretados contra la base, y luego se lo sacó despacio, acompañado de un hilo de saliva. Bajó a lamerme los testículos y después, sujetándome por la base con dos dedos, me hizo una felación rápida y profunda que me arrancó un gemido tras otro.

—Qué bien lo hacés —dije con dificultad—. Como sigas así, me termino en tu boca.

Se detuvo y me dio unos golpecitos suaves con la punta sobre los pechos.

—Soy toda tuya. Hacé lo que quieras conmigo.

—Ahora me toca a mí.

La besé hondo y la guie con suavidad hasta volver a su entrepierna, pero no por mucho tiempo: ella ya estaba al borde, y yo también.

—Por favor, Marcos —jadeó—. Me muero por sentirte.

Me quité el pantalón y la ropa interior de un tirón. Me coloqué entre sus piernas, que se abrieron de par en par en una invitación imposible de rechazar. La braguita dorada se había corrido con tanto movimiento y dejaba su sexo casi del todo expuesto, brillante y húmedo.

—¿Con que te morís, eh? —dije, frotando la punta contra su entrada y sintiendo el calor pegajoso—. Prepárate.

—¡Métemela ya, no aguanto más!

Con un empuje lento y deliberado empecé a penetrarla. Mariela cerró los ojos y un gemido grave se le escapó de la garganta a medida que me abría paso en su interior.

—Qué estrecha estás —murmuré, avanzando centímetro a centímetro, disfrutando de cada milímetro de resistencia. El metal de la braguita tintineó con el movimiento.

—¡Dios, qué bien! —Mariela se aferró a mi espalda, las uñas clavándose en mi piel.

Cuando entré del todo, soltó un grito ahogado de puro placer. Nos quedamos un instante inmóviles, sintiendo la plenitud.

—¿Te gusta cómo te lleno? —susurré.

—Me encanta. Movete, por favor. Hacéme tuya.

No me hice rogar. Empecé despacio, embistiendo con fuerza contenida, y fui acelerando el ritmo, mis caderas chocando contra las suyas con un sonido húmedo y rítmico. Mariela levantó sus piernas delgadas y me rodeó la cintura, empujándose hacia arriba para recibir cada embestida. Sus pechos rebotaban, la cadena del cuello se movía con cada golpe.

—Estás apretadísima —gemí, la respiración cada vez más agitada. Me incliné a besarla, un beso voraz, las lenguas enredadas.

Después de unas cuantas embestidas la giré con cuidado.

—Ahora ponete así para mí. —Mariela se arrodilló sobre la cama, apoyando las manos y ofreciéndome su trasero redondo, que se alzaba tentador. La tela dorada se había deslizado del todo y dejaba su sexo a la vista, rojo y mojado.

Me coloqué detrás, rozándole las nalgas antes de encontrar la entrada. En esa posición la penetración fue más profunda, más animal.

—¡Sí! ¡Así! ¡Más fuerte! —jadeaba ella, casi gritando, moviéndose conmigo, empujando hacia atrás con cada embestida.

La sujeté por las caderas, los dedos hundiéndose en su piel, y la embestí con fuerza renovada. El choque de la piel contra la piel, sus gemidos, mis gruñidos, llenaban el cuarto. El velo de gasa se le había enredado entre las piernas, el disfraz casi deshecho, pero a ninguno de los dos nos importaba.

Tomé con una mano la cadena que le rodeaba el cuello y tiré apenas, con cuidado, sin dejar de moverme. Mariela gimió y arqueó la espalda.

—Soy toda tuya —dijo.

Aumenté el ritmo, golpeando el fondo con cada empuje. Sentía cómo se tensaba debajo de mí, cómo sus músculos se contraían a mi alrededor.

—Vamos, vení para mí, princesa.

Un último empuje profundo y Mariela soltó un grito largo, el cuerpo temblando de pies a cabeza mientras un segundo orgasmo la sacudía. Las rodillas le flaquearon y la sostuve, embistiéndola un par de veces más, sintiendo cómo se cerraba a mi alrededor en contracciones espasmódicas.

Se dejó caer sobre el colchón y yo caí encima, sin salir de ella. Seguí moviéndome unos segundos más, completamente desbocado, hasta que con un gruñido final exploté dentro, llenándola de calor. Me desplomé sobre su espalda, los dos pegajosos y sudados, las respiraciones agitadas llenando el silencio que siguió a la tormenta.

Nos quedamos así un rato, yo todavía dentro, sintiendo el calor de su cuerpo. El disfraz de princesa estaba completamente descolocado, las cadenas enredadas, y aun así Mariela nunca me había parecido más hermosa.

—Sos la mejor —jadeé, la voz suave ahora, llena de satisfacción—. Menuda sorpresa me diste.

Ella se giró para mirarme, una sonrisa cansada pero feliz en los labios.

—Te dije que te iba a gustar —dijo—. Pero tratame un poco mejor la próxima, que me hacés sentir demasiado bien.

Me reí, un sonido ronco y satisfecho. Le di un último beso en el cuello antes de salir de ella.

—Lo que vos digas, mi princesa. Hoy me demostraste todo lo que sos capaz de hacer, y me encanta. La próxima sorpresa la armo yo… —dejé la frase en el aire, sostenida como una promesa.

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Comentarios (5)

Vikingo_44

tremendo relato!!! me tuvo pegado hasta el final

SoniaMR

Que sorpresa tan linda. Me encanto imaginar esa escena, definitivamente de los mejores que he leido en este estilo.

MarcosBA22

increible, quedate con esa mujer jajaja

LorenaRJ_ok

Por favor seguí escribiendo, me quedé con ganas de saber qué pasó después. Excelente!!

Claudio_Mendoza

Me recordo mucho a algo que viví hace unos años. Los juegos de roles en pareja son otra cosa. Muy buen relato.

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