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Relatos Ardientes

El uniforme que la convirtió en sirvienta sumisa

Don Aníbal era un hombre de mundo, de esos que sabían de vinos, de relojes y de negocios cerrados con un apretón de manos. Pero ese mundo suyo no incluía los matices pequeños y domésticos de la ropa de trabajo. Su nueva empleada, una muchacha joven llamada Lucía, empezaba al día siguiente, y él quería recibirla con un uniforme decente, algo que dejara claro desde el principio quién mandaba en esa casa.

Desorientado entre catálogos y nombres de telas que no entendía, decidió pedir ayuda. Y para eso no había nadie mejor que su vecina, Beatriz, una mujer de clase alta, de gusto impecable, con una elegancia natural que a él siempre lo había intimidado un poco. La había observado durante años desde el otro lado del seto: el cuello erguido, los vestidos perfectos, esa manera de mirar a la gente como si midiera su valor.

—Beatriz, perdone la molestia —dijo él en el porche, con su mejor sonrisa de hombre serio—. Usted entiende de estas cosas mejor que nadie. Necesito comprar un delantal para la nueva muchacha y no quiero hacer el ridículo. ¿Me acompañaría a la tienda del centro?

Beatriz, siempre dispuesta a ejercer su papel de consejera y dama del barrio, aceptó con una sonrisa apenas condescendiente.

—Por supuesto, Aníbal. Es un detalle muy considerado de tu parte preocuparte por cómo viste tu personal. Te guiaré, no te preocupes.

Pobre hombre, pensó ella mientras subía al coche. No tiene idea de nada. Le gustaba esa sensación de superioridad, la de saberse necesaria, la de poner orden en el mundo torpe de los demás.

La tienda estaba en una calle estrecha del centro, un local íntimo que olía a talco y a tela recién planchada. Estantes de madera oscura llegaban hasta el techo, cargados de cajas y de ropa doblada con precisión militar. Un vendedor joven, de modales suaves y voz baja, se acercó en cuanto la campanilla de la puerta dejó de sonar.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarles?

Beatriz abrió la boca para tomar las riendas de la conversación, como hacía siempre. Pero Don Aníbal se adelantó. Con un gesto casual, devastador, la señaló a ella con la barbilla.

—Busco un delantal. Para la sirvienta.

El aire se congeló. Beatriz sintió la sangre subirle de golpe a las mejillas. ¿Lo había oído mal? Miró a Don Aníbal, segura de que él iba a corregirse, a reírse del malentendido, a aclarar que la señora a su lado era una vecina respetable. Pero él no la miró. La ignoró por completo, como si fuera una desconocida traída para una prueba, un maniquí con piernas.

Y ahí estaba la trampa. Por educación, por puro pánico a montar una escena en un lugar público, por ese reflejo absurdo de no querer parecer histérica, Beatriz tragó la afrenta y se quedó quieta. Una sonrisa rígida, pintada, se le clavó en la cara.

El vendedor no se inmutó. Asintió con profesionalidad, como si vestir señoras humilladas fuera el pan de cada día.

—Por supuesto, señor. Tengo varios modelos. Permítame.

Desapareció un momento entre los estantes y volvió con el primero: un delantal de algodón azul, clásico y funcional, de los que cualquier ama de casa usaría sin pensarlo.

Don Aníbal lo miró apenas y negó con la cabeza.

—No, no. Eso es para una abuela. Quiero algo más femenino. Que se note.

El vendedor regresó con uno de raso blanco, con un pequeño volante en el borde y un lazo en la cintura. Don Aníbal lo observó con detenimiento y luego paseó la mirada por Beatriz, de arriba abajo, con una lentitud que la hizo sentir desnuda bajo su vestido caro.

—Sigue siendo muy grande —dijo él—. No quiero que le tape medio cuerpo. Quiero que se vea que es una sirvienta, sí, pero una que vale la pena tener en casa. Que se le vean las tetas y el culo. ¿Me entiende?

—Le entiendo perfectamente —murmuró el vendedor.

Beatriz sintió un nudo subiéndole por la garganta. Esto no está pasando. Tengo que irme. Tengo que decir algo, lo que sea. Pero las palabras se le quedaron atascadas, y el silencio que dejó pesó como una aceptación.

***

El vendedor interpretó el comentario como una orden y trajo el siguiente modelo. Esta vez no era un delantal de trabajo: era una prenda de satén negro, cortísima, que apenas alcanzaría la cadera, con tiras finísimas sobre los hombros y un escote tan profundo que dejaba casi todo al descubierto. Más una insinuación que una ropa.

—Pruébese este —ordenó Don Aníbal, dirigiéndose por fin a ella, con el tono que usaría con cualquiera del servicio.

Beatriz quiso protestar. Sintió la negativa formándose en su pecho, la indignación de la dama ofendida. Pero entre la firmeza de la orden de él y la mirada expectante, casi amable, del vendedor, algo en ella se paralizó. Era como si hubiera entrado en un guion del que no sabía salir sin romperse.

Entró al probador. El cubículo era estrecho, con un espejo que la devolvía entera. Se quitó el vestido con dedos torpes, luego el sostén de encaje caro y, tras una vacilación, también las bragas, porque supo que con esa prenda no habría manera de disimular nada. Se puso aquel trapo ridículo y provocador. El satén frío se le pegó a la piel, le apretó los pechos hasta hacerle sobresalir los pezones ya endurecidos, y por abajo apenas le cubría hasta la raíz del culo. Cuando se miró, no reconoció a la mujer del espejo: los pechos a punto de salirse por los costados, los pezones marcándose oscuros contra el satén, las piernas largas al aire, el vello púbico apenas asomando bajo el borde, la cara encendida. Se sintió obscena. Y, para su horror, sintió también un calor extraño y vergonzoso en el vientre, y una humedad tibia que empezaba a resbalarle por la cara interna del muslo.

Salió porque no salir habría sido peor. Caminó los pocos pasos hasta el centro de la tienda con los brazos casi cruzados sobre el cuerpo, y se obligó a bajarlos.

Don Aníbal la examinó con una aprobación que la heló hasta los huesos.

—Mucho mejor —dijo, asintiendo despacio—. Así sí parece una sirvienta de verdad. —Hizo una pausa, como quien revisa una compra—. Pero faltan los guantes. Unos guantes de goma amarillos. Que se note para qué sirve.

El vendedor se los alcanzó de inmediato, como si los hubiera tenido preparados. Beatriz se los puso. El contraste del amarillo chillón con su piel pálida, con el satén negro, con sus uñas perfectas, terminó de transformarla. Ya no era Beatriz, la señora elegante del barrio. Era un objeto. Un maniquí para las fantasías de un hombre que ni siquiera la miraba a los ojos.

—Sabe —dijo entonces el vendedor, entrando en el juego con una naturalidad escalofriante—, si el señor quiere asegurarse de que el uniforme es cómodo para el trabajo, tenemos una cocina de muestra en la trastienda. La señorita podría probar cómo se siente lavando unos platos. Para verificar que la prenda no estorba.

La sugerencia era grotesca, absurda, imposible. Beatriz esperó que Don Aníbal la rechazara con una carcajada. En cambio, él asintió con entusiasmo, como un niño al que le ofrecen un caramelo extra.

—Excelente idea —dijo—. Vamos, muchacha. A estrenar tu uniforme.

***

La trastienda era una cocina diminuta de muestra: un fregadero, una repisa, unos pocos platos de porcelana barata apilados. La luz era amarillenta y el aire, denso. Le ordenaron lavar. Beatriz, con el delantal indecente y los guantes ridículos, se inclinó sobre el fregadero y abrió el grifo.

El agua corría tibia sobre sus manos enguantadas. Frotó un plato, luego otro, con movimientos mecánicos, intentando concentrarse en la tarea para no pensar en las dos miradas que sentía clavadas en su espalda, descendiendo por la curva de su cintura, deteniéndose en sus muslos descubiertos. La postura inclinada exponía todo lo que la prenda no cubría: el satén le trepaba por la cadera y le dejaba el culo entero al aire, redondo, blanco, con la raja abierta y el coño asomando entre los muslos, ya brillante de humedad. Lo sabía. Ellos también.

Entonces sintió una mano.

Era Don Aníbal. Se había acercado en silencio y le pasaba la palma abierta por la espalda, despacio, descendiendo hasta posarse sobre una de sus nalgas. Se la amasó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne, y le dio una palmada seca que resonó en la cocina pequeña y le dejó la piel ardiendo.

—Así se trabaja —dijo él, con una calma terrible—. Con el culo bien en alto y la boca cerrada.

Beatriz se mordió el labio. Debería haberse girado, haberle cruzado la cara, haber gritado. En cambio, un escalofrío le recorrió la columna y se le escapó un sonido que no era de rechazo, un gemido corto que la delató. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no me muevo? Sintió los dedos de Don Aníbal bajando entre sus nalgas, buscando, hasta que dos yemas ásperas encontraron la boca del coño y se hundieron en él sin aviso. Estaba tan mojada que entraron enteros, hasta los nudillos, y la hicieron doblarse contra el fregadero con un jadeo ahogado.

—Mírela, señor —murmuró el vendedor, acercándose—. La sirvienta chorrea. Ya está lista.

Don Aníbal sacó los dedos, brillantes de jugo, y se los mostró en silencio antes de limpiárselos en la cadera de ella, como quien seca la mano en un trapo.

Por el otro lado llegó el vendedor. Se acercó con la misma suavidad de su voz, le bajó la tira del satén de un hombro y le sacó el pecho entero por arriba de la prenda. El pezón, ya duro y oscuro, se le paró aún más contra el aire tibio de la cocina. Se lo pellizcó entre el pulgar y el índice, tirando hasta hacerla siseár, y luego bajó la cara y se lo metió en la boca. Se lo chupó fuerte, lamiéndolo en círculos, mordisqueándolo, mientras con la otra mano le buscaba el pecho libre y hacía lo mismo por debajo del satén.

—Qué buena sirvienta —susurró contra su pezón húmedo—. Mírela. Tan obediente. Tan sumisa. Con las tetas afuera y el coño chorreando. Puta.

La palabra la atravesó como un latigazo, y en vez de ofenderla la encendió más. Sintió cómo se le contraía el vientre, cómo se le apretaba el sexo alrededor del vacío.

La rodearon. Cuatro manos recorriéndola mientras ella seguía sosteniendo un plato bajo el agua, atrapada en una pesadilla donde la humillación y la excitación se trenzaban hasta confundirse. Don Aníbal le abrió los muslos con la rodilla y volvió a meterle los dedos, esta vez tres, follándola con la mano de manera lenta y sucia, haciéndole ruidos de agua entre las piernas. El vendedor le tenía un pezón entre los dientes y con la otra mano le frotaba el clítoris por encima del satén. Sus protestas se ahogaban antes de llegar a la garganta, transformadas en jadeos que la avergonzaban más que cualquier palabra.

Cerró el grifo. No tenía sentido seguir fingiendo que lavaba.

Don Aníbal se plantó frente a ella. Se desabrochó el cinturón sin prisa, bajó la cremallera y sacó la polla, ya dura, gruesa, con la punta hinchada y brillante. Se la sostuvo por la base y se la apoyó en la mejilla, marcándosela.

—Ya basta de platos —dijo—. A trabajar de verdad. Abrí la boca, puta.

La tomó del pelo, sin violencia pero sin opción, y la guio hacia abajo. Beatriz, con los ojos brillantes de lágrimas que no terminaban de caer, se arrodilló sobre el suelo frío de la cocina. Abrió la boca. Sacó la lengua. Lo recibió. La polla de Don Aníbal le entró despacio primero, apoyándose en la lengua, arrastrándose sobre el paladar, hasta tocar el fondo de la garganta y hacerla toser. Él no se retiró. La sujetó firme del pelo y empezó a moverse, entrando y saliendo, follándole la boca con embestidas cortas y luego cada vez más profundas.

—Eso es. Chúpamela bien. Toda. Que se te salgan los mocos si hace falta.

Ella cerró los ojos y obedeció. Cerró los labios alrededor del tronco, chupó con hambre, dejó que la baba le corriera por la barbilla y le cayera en las tetas al aire. Cada vez que él le empujaba la cabeza, ella tragaba, sentía la punta clavársele en la garganta y una arcada la sacudía, y aun así no se apartaba. Se agarró de los muslos de Don Aníbal con los guantes amarillos, ridícula, obediente, y siguió mamando. Y mientras lo hacía, mientras la dama elegante del barrio se atragantaba con la polla de su vecino en la trastienda de una tienda, sintió que algo dentro de ella se rompía y, al mismo tiempo, se liberaba.

El vendedor no perdió el tiempo. Se puso detrás de ella, le apartó el satén de un tirón hasta dejarle todo el culo desnudo, se escupió en la mano, se frotó la polla y la penetró de una sola embestida, hasta el fondo. Beatriz gritó con la boca llena, y el grito salió como un gemido ronco que vibró contra el sexo de Don Aníbal y le arrancó a él un gruñido de placer. El doble asalto la dejó sin aire, suspendida entre dos hombres que la usaban como al objeto en que la habían convertido.

—Está apretadísima, señor —jadeó el vendedor, sujetándola por las caderas y clavándola hacia atrás cada vez que embestía—. Mire cómo me chupa la polla el coño. Esta señora hacía falta que la follaran bien.

—Dale duro —contestó Don Aníbal, sin dejar de moverse en la boca de Beatriz—. Que aprenda para qué sirve.

La follaron entre los dos, turnándose, intercambiándose. El vendedor la agarraba de la cintura y la embestía de atrás con golpes secos que le hacían chocar las tetas contra el borde del fregadero y le arrancaban un "ah, ah, ah" a cada estocada. Don Aníbal la penetraba en la boca hasta el fondo, la sacaba, le abofeteaba las mejillas con la verga mojada y volvía a metérsela. En algún momento se cambiaron de sitio sin decir palabra: el vendedor se puso delante y le presentó la polla brillante de sus jugos, y ella la lamió entera, chupándose sus propios sabores, mientras Don Aníbal la agarraba del culo con las dos manos y se la metía por atrás, la suya más gruesa, más lenta, más honda. Le habló al oído, con la boca pegada a la nuca.

—Esto le hago yo cada vez que te veo pasar con tu vestido caro y tu cara de perra fina. Cada vez. Y ahora ya sabemos que te gusta.

—Sí —jadeó ella, sin pensar, sorprendida por su propia voz—. Sí, me gusta, sí…

—Más fuerte. Decilo más fuerte, puta.

—Me gusta que me follen —gimió, y las lágrimas le rodaron por la cara mientras la palabra le salía sola—. Me gusta, sigan, no paren, por favor…

Cada insulto era una mano que la empujaba más adentro de aquel papel. Cada orden, un peso del que extrañamente se sentía aliviada al obedecer. La señora refinada, la que medía a los demás con la mirada, había desaparecido. En su lugar quedaba una mujer arrodillada en una cocina de muestra, con guantes amarillos y satén negro, recibiendo a dos hombres a la vez, con el culo en alto y la boca abierta.

El vendedor la giró de nuevo, la tumbó de espaldas sobre las baldosas mugrientas, le abrió las piernas hasta casi doblarla en dos y se hundió otra vez en el coño de un empujón brutal. Don Aníbal se puso a horcajadas sobre su pecho, le apretó las tetas juntas alrededor de su polla y empezó a follárselas, embistiendo hasta que la punta le rozaba los labios entreabiertos y ella sacaba la lengua para lamerla. La cocinita se llenó del ruido húmedo de la carne golpeando contra la carne, del chapoteo del sexo mojado, de los gemidos ahogados de Beatriz y de los gruñidos ásperos de los dos hombres.

El vendedor le clavó los dedos en las caderas, aceleró las embestidas hasta hacerlas frenéticas y de pronto se estremeció entero.

—Me corro —jadeó—, me corro dentro, señor, ¿le dejo la corrida dentro?

—Adentro —ordenó Don Aníbal—. Para que se la lleve a casa.

Beatriz sintió cómo el vendedor se enterraba hasta el fondo y cómo un chorro tibio y espeso le llenaba el coño en pulsos largos, uno tras otro. Y ese calor derramado adentro, junto con el ritmo enloquecido de la polla de Don Aníbal entre sus pechos y la humillación de saberse a merced de los dos, la empujó por fin al borde. Se corrió contra la verga del vendedor con un grito largo y ronco, el cuerpo entero temblándole, el coño apretándose alrededor del semen recién derramado, arrancándole al hombre otro gemido de sorpresa.

Don Aníbal no aguantó mucho más. Se apartó de sus tetas, le sujetó la cara con las dos manos y le vació la boca de una descarga tras otra, ordenándole que no tragara todavía, que abriera bien y le mostrara. Ella obedeció. Abrió los labios llenos de semen, dejó que se le derramara por la comisura y por el mentón, y sólo entonces tragó, despacio, mirándolo a los ojos por primera vez en toda la tarde. El resto se lo untaron por las tetas y por la cara, marcándola.

Cuando terminaron, Beatriz se quedó un instante quieta en el suelo, jadeando, sintiendo el satén pegado al cuerpo, el semen resbalándole de entre los muslos hasta las baldosas, la mezcla de leche en el pecho, y el corazón golpeándole las costillas. No sabía si quería llorar o reírse. El mundo que había construido durante años —el de la elegancia, el control, la superioridad tranquila— acababa de desmoronarse en una trastienda con olor a talco.

***

Se vistió en silencio. No se limpió antes de meterse otra vez el vestido caro; sintió cómo el semen del vendedor le seguía chorreando por dentro de los muslos y le manchaba las bragas de encaje cuando por fin se las volvió a poner. Don Aníbal pagó el uniforme negro, los guantes amarillos y el delantal de raso blanco, todo envuelto con esmero por un vendedor que les agradeció la visita como si nada hubiera ocurrido. Salieron a la calle. La tarde seguía igual de luminosa, indiferente.

—Gracias por tu ayuda, Beatriz —dijo él en el coche, otra vez con el tono cortés del vecino de siempre—. Lucía va a estar perfecta con esto.

Ella miró por la ventanilla, las mejillas todavía ardiendo, apretando las piernas para retener el calor pegajoso entre los muslos. Quería odiarlo. Debería odiarlo. Y, sin embargo, mientras el coche avanzaba hacia casa, una parte oscura y recién despierta de ella ya se preguntaba, con un escalofrío entre las piernas, qué otros consejos le pediría su vecino la próxima vez.

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Comentarios(7)

EstebanMDP

Tremendo!!! uno de esos relatos que no podes dejar de leer

Luciana_Mdz

Continuacion por favor!! me quede con ganas de mas

Daniela_Conf

Me hizo acordar a ciertas situaciones con mi pareja... hay algo muy poderoso en ese juego de roles espontaneo que surge sin buscarlo. muy bien logrado

CuriosaRosa

Fue algo que paso en la vida real o es pura ficcion? porque se siente muy autentico, demasiado jaja

Toni_BsAs

La escena en la tienda es lo que mas me gusto, ese momento de tension vale todo el relato

Rebeca_73

Empece a leerlo sin muchas expectativas y termine enganchada hasta la ultima linea. La dinamica entre los dos personajes esta muy bien construida, se nota que hay intencion detras de cada detalle. Espero que haya mas relatos de esta calidad!

GatoLibre_27

yo pensando que iba a ser un relato de cocina con tanto tema del delantal jajaja pero no, mucho mejor

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