La apuesta que sometió a los campeones invictos
Nadia pensaba exigir el cumplimiento del pacto punto por punto, sin descuentos ni clemencia. Para eso lo habían firmado.
Un par de meses después, el entrenador Hugo tuvo que sentarse con sus cuatro luchadores y explicárselo. Lo escucharon incrédulos y, en un primer momento, se negaron en redondo. Pero Hugo era su líder, su referente, y había empeñado su palabra delante de la otra entrenadora. «Hay que saber perder», les dijo, y esa frase pesó más que todas las protestas juntas.
Sin dudar ni un segundo de la victoria de Dante, Hugo había acordado antes del combate que, si ganaba su pupilo, las chicas del club rival irían al campeonato universitario como animadoras del equipo masculino. Pero si la que ganaba era Vera, serían los cuatro atletas del club Aldama quienes acudirían de animadores a la fiesta de fin de curso de la facultad de Belmonte.
Y aquel sábado de sol limpio, los cuatro muchachos —mohínos, callados, arrastrando los pies— llegaron con su entrenador a la finca donde estaban las instalaciones de Belmonte. En la entrada los esperaban la tutora Eleonora y la entrenadora Nadia.
Hugo se despidió de ellos con apenas dos palabras y se dirigió, cabizbajo, hacia una casa apartada a la derecha. Nadia lo acompañó, y había algo en su sonrisa que no presagiaba nada bueno para él.
Los chicos se quedaron con Eleonora, que los recibió con una sonrisa de satisfacción. Era una mujer que rondaba el medio siglo, de blusa blanca tensa sobre un pecho generoso y una falda larga ajustada a unas caderas anchas. Les indicó que la siguieran y los condujo hacia uno de los edificios.
Atravesaron un pasillo silencioso y ella señaló una puerta.
—Ese es el vestuario. Ahí dentro tenéis vuestros uniformes de animadores.
Los cuatro entraron. Eleonora se quedó fuera, las manos cruzadas sobre el vientre. Poco después, la puerta se entreabrió y uno de ellos, Iván, asomó la cabeza.
—Pero aquí solo hay…
—Hay exactamente lo que os tenéis que poner —lo cortó ella, expeditiva—. Y rápido, que no tenemos todo el día.
Diez minutos más tarde, los cuatro salieron del vestuario. Eleonora los repasó de arriba abajo, divertida e interesada. Aquellas espaldas anchas, aquellos cuerpos atléticos y trabajados, resaltaban todavía más en contraste con el diminuto tanga rojo —rematado con una especie de pompón ridículo en la parte trasera— que era toda la ropa que llevaban encima. La mujer se recreó en la vista y volvió a sonreír.
—Vamos, os están esperando —dijo.
***
Cruzaron la puerta que ella les señaló y desembocaron en un escenario, dentro de un salón mediano. Frente a ellos, las chicas de Belmonte estallaron en gritos y silbidos en cuanto los vieron aparecer.
—¡Fiu, fiuuuu! ¡Siiií!
De pie en el escenario, micrófono en mano, oficiaba de maestra de ceremonias Vera. Dante la vio y se estremeció. Contempló aquellas piernas rotundas y poderosas bajo la falda corta, las mismas que lo habían castigado hasta destrozarlo, física y mentalmente. Su cabeza le devolvía una y otra vez los instantes del combate: su desamparo frente a aquella fuerza que lo sacudía sin compasión.
Es más, había sido ella quien lo había retirado de la lucha. Después de aquel día no había vuelto a subirse a un ring; ni siquiera era capaz de calzarse unos guantes sin que le temblaran las manos.
Esto es un escenario, no un combate. Aquí estoy a salvo. Se repitió la idea para calmarse. Haría todo lo que Vera ordenara, cumpliría sus instrucciones al pie de la letra y se ahorraría cualquier problema. Era cuestión de aguantar y marcharse.
—Queridas compañeras —anunció Vera al auditorio—, estos cuatro animadores van a bailarnos unas cuantas canciones. Coged esos pompones —y señaló un montón apilado junto al escenario.
Arrancó la música, pero ninguno de los cuatro se movió. Vera los apremió con la voz endurecida.
—Vamos, chicos. Ritmo.
Dante no lo dudó: empezó a agitar los pompones de inmediato. Los otros tres lo imitaron a continuación. Intentaban seguir el compás sin demasiado éxito, y aquello estaba más cerca del ridículo que del baile. Resistieron así dos temas enteros. Antes del tercero, una chica de gafas pequeñas se levantó, se acercó a Vera y le susurró algo al oído.
Vera tomó el micrófono.
—Bien, vamos a añadir una novedad para hacerlo más divertido.
La chica de las gafas subió al escenario con una caja. De ella sacó unas esposas y fue colocándoselas a cada uno. Los muchachos se resistieron al principio; aquello empezaba a parecerles excesivo. Pero bastó que Vera diera un par de pasos hacia ellos para que Dante, sin pensarlo, cruzara dócilmente las manos a la espalda y dejara que se las cerraran. Al verlo ceder, los otros tres acabaron rindiéndose también. Ahora tendrían que bailar con las manos atadas, lo que resultaba mucho más humillante.
Pero la cosa no terminaba ahí. La chica de las gafas y coleta sacó unas tijeras pequeñas y las mostró en alto. El salón entero rugió.
—¡Síií! ¡Siiií!
Sin pensárselo demasiado, se dirigió al primero de los esposados —Leo—, lo agarró del tanga y de un tijeretazo lo cortó. El chico palideció de golpe. La prenda cayó al suelo y todas las miradas se clavaron en él. Las chicas gritaron, rieron, chillaron.
Las dos profesoras que vigilaban la fiesta se pusieron de pie al instante. Aquello había ido demasiado lejos. Avanzaron hacia el escenario.
—¡Mara! ¡Baja de ahí ahora mismo!
Se hizo un silencio tenso, y las profesoras se dispusieron a subir para poner fin al espectáculo. Pero antes de llegar las interceptó Eleonora. Les dijo unas palabras al oído y se las llevó aparte, hacia un rincón, conversando en voz baja y pausada.
***
Mientras esa charla continuaba, Mara no perdió el tiempo. Su cara de buena estudiante y sus gafitas escondían un volcán. Agarró a los otros tres, uno tras otro, fuerte por el tanga, y de un solo corte rasgó el lateral de cada prenda. Los cuatro luchadores quedaron completamente desnudos, esposados, con la cara convertida en un poema de incredulidad y vergüenza. Las risas llenaban toda la sala.
Pronto se levantaron dos, cuatro, siete chicas, y empezaron a subir al escenario. Los muchachos, atados y expuestos, no sabían qué esperar. Una pelirroja de melena larga gritó:
—¡Chicas, diversión para todas!
Dante miró hacia el rincón donde Eleonora seguía hablando con las dos profesoras. Ellas parecían dudar; la tutora insistía, calmada. En un momento dado las dos mujeres se giraron y enfilaron hacia la salida.
El campeón gritó, desesperado:
—¡No, por favor, no se vayan! ¡No nos dejen a solas con ellas!
Pero las profesoras no aflojaron el paso ni volvieron la cabeza. Abrieron la puerta y abandonaron el salón.
Las chicas que ya habían alcanzado el escenario manoseaban entre carcajadas a los cuatro atletas. Carla, una luchadora de ojos azules y maneras dulces, alzó la voz:
—¡Chicas, esto hay que organizarlo bien!
Pusieron a los cuatro de rodillas y se reunieron en corro, cada una proponiendo una forma de diversión. Finalmente parecieron llegar a un acuerdo.
Carla fue la primera en acercarse. Avanzó con las manos a la espalda hasta quedar frente a Dante. Él levantó la cara hacia ella, una cara donde todavía se marcaban los golpes que le había dejado Vera. Carla le acarició la cabeza con una mano, con una suavidad que daba escalofríos.
—Pobrecito… hay una parte de ti que Vera dejó intacta. La reservó para mí.
Mostró la otra mano: escondía un consolador con arnés. Dante la miró aterrado.
—No, no… haré lo que quieras, pero eso no…
—Claro que harás lo que yo quiera —rió ella, mientras otra chica le acercaba un bote de lubricante.
***
Carla se disponía a sodomizar al campeón entre las risas y los comentarios burlones de las demás, cuando alguien la frenó.
—Espera, todavía no… ¿No deberías dejarle ese honor a Olivia? —dijo Naima.
Todas las miradas buscaron a Olivia, una chica de coleta rubia y ojos verdes que observaba la escena desde cierta distancia. Pertenecía al grupo de las más tímidas, las que asistían a todo aquello sin acercarse, escandalizadas, con los ojos como platos.
Las familias de Dante y de Olivia eran de buena posición y se conocían desde hacía años. Ellos dos habían crecido juntos, entre cenas, veranos y celebraciones en la casa de campo de una u otra familia. Desde siempre Olivia había estado fascinada por él; se había enamorado en silencio, y el corazón se le desbocaba cada vez que Dante le dirigía la palabra o le prestaba un poco de atención.
Dos chicas la arrastraron, entre risas, hasta el escenario. Olivia estaba absolutamente ruborizada, incapaz de levantar la vista más allá de un instante. Miraba a hurtadillas al hombre de sus sueños, ahora desnudo, a cuatro patas, con una expresión de espanto y sometimiento que jamás había imaginado verle.
—¡Dale duro, Olivia! —le gritaron varias.
—No… no… dejadme —balbuceaba ella, y amagó con marcharse.
Pero Carla percibió la duda detrás de aquel gesto, una falta de convicción en su huida. Insistieron. Olivia no se decidía, aunque tampoco se iba. Dante la miraba desde abajo, completamente humillado.
Carla tomó la iniciativa. Junto con Vera le ajustaron el arnés sobre el pantalón corto y la colocaron detrás del campeón. Ella aún se resistía, pero ya estaba en posición.
Dante no podía creerlo. Aquella chica que se azoraba solo porque él le hablase, que le lanzaba miradas furtivas en las comidas familiares, que admiraba cada uno de sus gestos… estaba a punto de tomarlo por detrás.
La empujaban para que se lanzara, pero pronto dejó de hacer falta. Olivia miró aquella espalda de músculos imposibles y se decidió. Empezó con cuidado, como quien sostiene una flor frágil y teme romperla… pero enseguida algo cambió en ella. Su expresión se volvió más desinhibida, los ojos se le encendieron, y arrancó con un ritmo incontenible, entre la sorpresa y los gritos de aliento de las demás.
—¡Reviéntalo, Olivia!
Entre tantas voces apenas se oían las súplicas y los quejidos de Dante, cuyo cuerpo se sacudía con cada embestida. Pronto Olivia acompañó el vaivén con palmadas, tan fuertes que le dejaban la piel ardiendo.
***
Los compañeros del campeón no corrían mejor suerte. A Leo lo habían tumbado boca arriba, inmovilizado contra el suelo, con un cordel atado que subía hasta una anilla del techo. Cada chica cogía una carta con una hora del reloj y debía dar tantos «toques» con el cordel como horas marcara su naipe. Una muchacha de piel muy pálida sacó las doce. Tiró con tal saña en cada uno de los toques que los aullidos de Leo debieron de oírse en toda la comarca.
Pero lo peor llegó después. El pánico le cubrió el rostro cuando vio acercarse a una chica que no lograba contener una risa nerviosa: era su hermana, Daniela. Iba a un curso inferior, pero las mayores la habían dejado entrar al enterarse de que su hermano hacía de animador, y por nada del mundo se lo iba a perder.
Se acercó con otra compañera, sin abandonar aquella risa entre nerviosa y divertida. Aquel hermano la había mangoneado toda la vida, había abusado de su superioridad física para imponerle siempre sus caprichos. Sí, tenía unas cuantas cuentas pendientes con él. Y unas ganas enormes de cobrárselas.
—¡No, Daniela, tú no! —le gritó él, rojo de vergüenza.
Pero ya no era él quien mandaba; era exactamente al revés.
La hermana cogió una carta: las siete. Mirándolo a los ojos, tomó el cordel. Fue tan brutal que, después del tercer tirón, Leo solo gritaba:
—¡Piedad, Daniela… piedad, por favor!
No se detuvo en el séptimo toque: regaló tres más. Y ambos supieron, en ese instante, que la relación entre ellos había cambiado para siempre.
***
Iván y Nico, mientras tanto, eran montados por dos chicas en una carrera de un extremo al otro del salón. Como había apuestas y rivalidad, todas querían ganar, y los fustazos sobre los muslos de los dos atletas resonaban contra las paredes.
En la tercera carrera Iván no tuvo suerte: lo montó Brenda, una chica gordita de mejillas coloradas. A mitad de recorrido el luchador no pudo más y se desplomó. Brenda no encajó bien la derrota. Intentó que volviera a ponerse a cuatro patas a golpe de fusta, sin éxito. Entonces, con los mofletes hinchados de rabia, le clavó las uñas en la cara interna del muslo y apretó.
—¡Aaaargh! —aulló él.
Pero Brenda no soltaba. Se mordía el labio inferior mientras retorcía con su mano delicada, cada vez más fuerte. Nunca había sometido así a un hombre, y no pensaba renunciar a la sensación tan pronto. Es posible que con los años olvidara aquella tarde. Iván, en cambio, no la olvidaría jamás.
Nico se había quedado sin rival… y en una situación curiosa.
—¡Mirad, chicas, si lo está disfrutando! —señaló una de ellas, divertida.
Las risas se multiplicaron.
—Pues si le gusta, vamos a darle más.
Lo pusieron de rodillas sobre una pequeña tarima. Las chicas desfilaron una a una, y cada una le pisaba con suavidad calculada durante unos segundos, aplastándolo bajo la suela. «Premio para la que lo haga acabar», anunció alguien. Cuando el pie de Naima presionó por última vez, Nico se rindió entre las aclamaciones de todas. Al salir de allí podría jurar que llevaba grabada la marca de cada zapato de Belmonte.
***
Eleonora había permanecido en la sala durante todo el espectáculo, observando con los brazos cruzados. Llegado el momento, alzó la voz.
—Chicas, habrá que ir terminando la fiesta.
—¡Ooooh! —protestaron al unísono.
—¿Y no les vamos a dar nada de comer a estos machotes antes de que se marchen? ¡Qué impresión se van a llevar de nosotras! —dijo Vera, fingiéndose escandalizada.
Trajeron cuatro correas y se las colocaron a los chicos. Ya estaban completamente sometidos, domesticados, dispuestos a aceptar cualquier orden. Vera y otras tres los pasearon a cuatro patas por el salón, mientras las demás les lanzaban, entre burlas, frutos secos y trozos de bizcocho que ellos debían atrapar al vuelo o recoger del suelo. Si alguno desdeñaba el «manjar», un varazo de su paseadora le hacía reconsiderar su descortesía.
***
Cuando todas se marcharon, los cuatro atletas quedaron solos, tumbados sobre el escenario. Ninguno acertaba a decir nada; solo se escapaba algún quejido. Dante empezó a sollozar y, como por contagio, Iván lloraba a espasmos.
Una falda larga y unos tacones se acercaron despacio. Era Eleonora.
—Muchachos, espero que hayáis aprendido la lección —dijo con calma—. Creo que vuestra prepotencia, vuestra soberbia y vuestras bocazas os han traído justo hasta aquí.
Dante levantó la cabeza hacia ella. Luego, despacio, reptó por el suelo. Cuando llegó a su altura, cubrió de besos sus pies y sus zapatos.
—Esa es una buena respuesta —observó la tutora, serena.
Al oírlo, los otros tres se arrastraron también hacia ella, ansiosos por dejar clara su sumisión, y empezaron a besarle los pies. Nico incluso los lamía, como queriendo subrayar todavía más su rendición.
Eleonora dejó que aquello durara unos instantes. Tenía a cuatro jóvenes fuertes, musculosos, desnudos y vencidos, besando y mojando de lágrimas sus pies. Era una sensación de poder embriagadora.
Les dio permiso para levantarse, aunque lo máximo que lograban era caminar encorvados y con esfuerzo, y los acompañó al vestuario. Esta vez entró con ellos; ya no tenía sentido esperar fuera. Se sentó mientras se vestían y los repasó con la mirada, sin disimulo. Las chicas se habían divertido a fondo.
Pensó también en Hugo. Nadia se lo había llevado a una habitación en otra casa del complejo: era parte del acuerdo. Con las ganas que le tenía, prefería no imaginar lo que le habría hecho una vez lo tuvo desnudo y a su merced.
Y entonces una idea le cruzó la cabeza.
***
Pronto corrió la voz por la zona de que algo había ocurrido en aquella fiesta. Circulaban historias, leyendas, rumores que nadie sabía si eran del todo ciertos. Y a veces, de tanto repetirse, una leyenda termina convertida en costumbre.
A partir de aquel curso —y Eleonora tuvo bastante que ver— se institucionalizó un acto que pasó a llamarse, medio en broma medio en serio, el Tributo de Belmonte. Cada año, las estudiantes tenían derecho a elegir a cuatro atletas del club Aldama para su fiesta de fin de curso.
Sobre lo que sucedía después, siempre corrieron rumores. Pero nunca, jamás, se supo a ciencia cierta.