La esclava que aceptó perder el control
Marina llevaba casi un año colgada de aquel perfil. De sus fotos, de sus vídeos cortos, de la manera fría en que escribía cada palabra. El hombre se hacía llamar Cuervo y había dejado muy claro, en mayúsculas, que no aceptaba esclavas nuevas. No buscaba, no respondía, no negociaba. Y aun así ella no podía sacárselo de la cabeza.
Le había escrito varias veces. Mensajes largos, humillantes, en los que se ofrecía sin condiciones ni límites, para lo que él quisiera, cuando él quisiera. No se podía rebajar más. Y cada vez recibía lo mismo: silencio. Pero el silencio no apagaba nada. Al contrario. Cada foto nueva de aquellas mujeres usadas solo por capricho era como combustible para una idea que se le había instalado dentro y que no se iba.
Había pasado casi un año desde su último mensaje sin respuesta. Y aun así seguía revisando el perfil a diario, esperando material nuevo, que llegaba con cuentagotas. Cuando aparecía algo, lo miraba una y otra vez hasta memorizarlo. Era lo más cerca que iba a estar de él, se decía. Y se conformaba.
Hasta que dejó de conformarse, porque un martes cualquiera, uno sin nada de especial, le llegó un mensaje.
Era ÉL. El objeto entero de su obsesión escribiéndole a ella. Marina leyó la primera línea y tuvo que sentarse. Las manos le temblaban tanto que tardó en abrir la conversación. No puede ser real, pensó. Pero lo era.
La propuesta era arriesgada. Muy arriesgada. Tan temeraria que cualquier persona con un mínimo de instinto de conservación habría dicho que no sin pensarlo. Marina la leyó tres veces seguidas, y a la tercera ya sabía que iba a aceptar. Habría aceptado cualquier cosa con tal de conocerlo. Esto no era una excepción.
Respondió que por supuesto. Que estaría el viernes en el lugar y la hora indicados, vestida como él pedía. Que si quería algo más, lo que fuera, estaba a sus pies. Ojalá quiera más, pensó mientras enviaba el mensaje, con el corazón golpeándole las costillas.
***
El viernes en el trabajo no dio una. Se equivocaba en todo, releía el mismo correo cinco veces sin entenderlo, miraba el reloj cada dos minutos. Por dentro era un manojo de nervios apretado hasta el límite. Apenas pudo comer algo a mediodía. Cuando por fin salió, se fue directa a casa.
Se duchó a fondo, despacio, como si el agua pudiera prepararla para algo que sabía que no tenía preparación posible. Se arregló con cuidado. Mandó un mensaje a sus amigas diciéndoles que se iba el fin de semana a un retiro con gente del trabajo, una excusa que había ensayado para que sonara aburrida y nadie hiciera preguntas. Cogió las llaves y salió con tiempo de sobra.
El chalé estaba a las afueras, en una zona de casas grandes y separadas entre sí por setos altos. Marina llegó antes de la hora y se quedó dentro del coche, a una calle de distancia, observando. Le quedaban veinte minutos y se le hicieron eternos. Pensó en arrancar y volver a casa. Lo pensó en serio, varias veces. Y cada vez la idea de no saber nunca qué habría pasado le resultaba más insoportable que el miedo.
A la hora en punto bajó del coche, caminó hasta la verja y llamó al timbre.
Esperaba verlo a él. Pero la puerta la abrió otro hombre, del mismo corte, ancho de espaldas, con una calma que no decía nada. No era Cuervo. La hizo pasar sin una palabra, cruzando un jardín cuidado y muy privado, oculto a la calle por la vegetación. La dejó esperando en el recibidor, sola, de pie sobre un suelo de mármol frío.
Y entonces apareció él.
Vaqueros ajustados, una camiseta que le marcaba el pecho y los brazos, y un aire de seguridad que llenaba la habitación entera. Olía a sexo reciente, y ese detalle, tan deliberado, tan calculado para recordarle que ella era la última de una fila larga, hizo que le temblaran las piernas. Marina bajó la mirada sin que se lo ordenaran.
—Tú eres la perra que lleva meses persiguiéndome, ¿no? —dijo él, sin saludar—. ¿Tienes claro para qué estás aquí?
—Sí, Señor —respondió, y le sorprendió lo firme que le salió la voz—. Lo tengo muy claro, Señor.
—Bien. —La rodeó despacio, mirándola como se mira una compra antes de pagarla—. Me alegro. Vas a venirnos bien este fin de semana.
Se detuvo frente a ella y señaló una puerta cerrada al fondo del pasillo.
—Ahora vas a entrar en esa habitación. Te vas a desnudar, te pondrás lo que hay sobre la cama y te tomarás lo que está en la mesilla. —Hizo una pausa estudiada, dejando que cada palabra cayera sola—. Recuerda una cosa: hay cámaras en toda la casa, menos en esa habitación. Así que, si quieres largarte, este es el único sitio y el único momento. Después, no.
—Gracias, Señor.
Marina dudó. Pero apenas unas décimas de segundo. Vio cómo él se alejaba por el pasillo, ese cuerpo que la había arrastrado hasta la mayor locura de su vida, y supo que no iba a moverse hacia la salida. Empujó la puerta y entró.
***
La habitación estaba casi vacía. Una cama sin estrenar, con las sábanas todavía marcadas por los dobleces del embalaje, y una mesilla. Nada más. Ni cuadros, ni ventana visible, ni un solo objeto personal. Un cuarto pensado para que en él no quedara rastro de nadie.
Sobre la cama estaba lo que iba a llevar puesto las siguientes cuarenta y ocho horas: unas muñequeras y unas tobilleras de cuero grueso, con argollas metálicas, y un collar ancho, más cerca de un collarín médico que de un accesorio de juego. El cuero estaba nuevo, rígido, y olía fuerte. Marina se desnudó despacio, dobló su ropa sobre la única silla y se fue ajustando cada pieza. Las muñequeras le apretaban. El collar le obligaba a mantener la barbilla alta. Cuando terminó, se miró las manos enguantadas de cuero y casi no las reconoció como suyas.
Lo siguiente era lo serio. Sobre la mesilla había dos pastillas blancas, pequeñas, y un vaso de agua. No sabía exactamente qué eran. Pero sabía perfectamente para qué servían: sedarla, dejarla a medio camino de la inconsciencia durante horas. Por el mensaje de él sabía también que no serían las últimas del fin de semana, y que un médico controlaría las dosis. El resultado sería el mismo de principio a fin: cuarenta y ocho horas sin voluntad, sin posibilidad de impedir nada, entregada por completo a lo que decidieran hacer con ella.
Se había pedido la semana siguiente libre para recuperarse. Aun así, había una parte de su cabeza que no se callaba. ¿Y si se les va de las manos? ¿Y si despierto en un hospital teniendo que explicarle a una enfermera cómo he llegado hasta aquí? El miedo era real, concreto, físico. Se le había instalado en el estómago como una piedra.
Aquí dudó más. Cogió el vaso, lo dejó. Volvió a cogerlo. Pensó en la puerta, en el único cuarto sin cámaras, en que todavía estaba a tiempo. Pensó en el año entero esperando, en los mensajes sin respuesta, en la sensación de no ser nadie para él. Y pensó en que ahora, por fin, era exactamente lo que siempre había pedido ser.
Se tomó las dos pastillas de un trago y se sentó en el borde de la cama a esperar.
***
Pasaron un par de minutos. Quizá tres. Al principio no notó nada, y eso la puso más nerviosa todavía. Después empezó el mareo, suave, como el primer escalón de una borrachera lenta. Las paredes del cuarto perdieron un poco los bordes. El peso de la cabeza le tiró hacia abajo y tuvo que apoyar las manos en el colchón para no inclinarse del todo.
Fue entonces cuando se abrió la puerta.
Cuervo entró primero. Detrás de él, dos hombres más, enormes, que Marina vio borrosos, como figuras al fondo de un sueño. Él los miró a ellos, no a ella, y habló como quien deja instrucciones sobre un paquete recién entregado.
—Aquí tenéis lo que os prometí. Se ha tomado la primera dosis. Le dais otra cada ocho horas, ni una menos ni una más. Andrés, el médico, pasará a controlarla de vez en cuando. —Hizo una pausa y se acercó un paso a la cama—. El domingo a las cinco vuelvo a por ella.
Marina intentó decir algo. La lengua no le respondió.
—No tiene límites —siguió él, sin bajar la voz por ella, como si ya no estuviera del todo presente—. Pero no os paséis. Quiero recuperarla entera, me interesa volver a alquilarla. Y recordad que toda la casa graba. Los vídeos saldrán de aquí poco editados, así que cuidad lo que hacéis, que no es solo para vosotros.
Uno de los dos hombres dijo algo que Marina ya no entendió. El techo se le movía despacio sobre la cabeza. Sintió que la habitación se inclinaba, o que se inclinaba ella, no estaba segura. Notó el roce del cuero en las muñecas, el peso del collar obligándole a mantener la barbilla en alto incluso cuando los párpados le pesaban como plomo.
Lo último que registró con claridad fue la voz de él, ya en la puerta, diciendo algo que sonó a una orden y a una despedida al mismo tiempo. Después las palabras dejaron de ser palabras y se volvieron solo ruido cálido, lejano.
Hasta ahí llegó la consciencia de Marina.