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Relatos Ardientes

Mi novia descubrió que me excita su dominación

Ilustración del relato erótico: Mi novia descubrió que me excita su dominación

Bruno acababa de salir de la ducha. El agua había estado demasiado fría y todavía sentía el frío metido en la piel mientras se pasaba la toalla por los hombros, por la espalda, bajando despacio hasta la cintura. No había ninguna prisa. La casa estaba en silencio y él se tomaba su tiempo, como cada mañana, secándose frente al espejo empañado del baño.

Se miró un momento. Después del agua helada todo su cuerpo se había replegado sobre sí mismo, encogido y ridículo, y eso le arrancó una media sonrisa resignada. Menudo espectáculo.

—Bruno, cariño, ¿por qué tardas tanto? —La voz de Renata llegó desde el pasillo, cantarina, con esa nota de impaciencia que él conocía de memoria.

No le dio tiempo a contestar. La puerta se abrió y entró ella: rubia, alta, con el pelo recogido en una coleta floja y una camiseta vieja que apenas le tapaba los muslos. Lo recorrió de arriba abajo sin ningún disimulo y se detuvo justo donde sabía que él no quería que mirara.

—Mira que te gusta pasearte desnudo —dijo, cruzándose de brazos contra el marco de la puerta—. Con todo al aire.

—Estaba fría el agua —protestó él—. No es que normalmente…

No terminó la frase. Renata cruzó el baño en dos pasos y le cerró la mano alrededor de los testículos, sin apretar todavía, solo sosteniéndolos en la palma como quien sopesa algo suyo.

—¿No es que normalmente qué? —preguntó, ladeando la cabeza.

Bruno tragó saliva. Sintió cómo el aire se le quedaba atascado en algún punto entre el pecho y la garganta. Esa era la parte que más le gustaba: el instante anterior, cuando ella decidía cuánta fuerza iba a usar y él no tenía ni voz ni voto en el asunto.

***

Habían descubierto aquello casi por accidente, hacía cosa de un año. Renata no era una mujer cruel ni mucho menos, pero tenía un instinto para detectar dónde estaba el control en cualquier situación, y le gustaba tenerlo ella.

La primera vez fue en la cama, una noche cualquiera. Bruno la montaba sin demasiado entusiasmo por ninguno de los dos, ella se movió mal, levantó la rodilla y le dio un golpe seco justo en el centro, sin querer. Se disculpó enseguida, alarmada, llevándose la mano a la boca.

Pero entonces los dos notaron lo mismo a la vez. Él, lejos de encogerse, la tenía más dura que en toda la noche. Y ella sintió una corriente nueva subirle por la espalda, una mezcla de poder y de morbo que no había experimentado nunca.

—Otra vez —pidió él con voz ronca, casi sin reconocerse.

Renata se quedó mirándolo unos segundos, calibrando. Después sonrió.

—Pídelo bien.

Y a partir de ahí todo cambió entre ellos. Golpecitos al principio, tirones suaves, la mano cerrándose en mitad del sexo para frenarlo cuando estaba cerca. Después del jugueteo, el sexo se volvía algo distinto: más intenso, más húmedo, con orgasmos que los dejaban temblando y vacíos durante horas.

A Bruno le fascinaba esa rendición. Le gustaba el momento exacto en que dejaba de mandar sobre su propio cuerpo y se lo entregaba a ella. A Renata le gustaba sostener ese poder en la palma de la mano, literalmente, y verlo doblarse a su voluntad por mucho más grande y fuerte que fuera él.

***

—Di lo que eres —ordenó Renata en el baño, apretando apenas un grado más.

—Soy tuyo —murmuró Bruno.

—Más alto. No te oigo.

—¡Soy tuyo! —Las rodillas se le aflojaron y tuvo que apoyarse en el borde del lavabo.

—Buen chico. —Ella aflojó la mano de golpe y le dio una palmada cariñosa en la mejilla—. Vístete, que llegamos tarde.

Bruno tardó un momento en recomponerse, con la respiración alta y el corazón golpeándole en las costillas. Cuando volvió a mirarse al espejo, su cuerpo ya no tenía nada de ridículo. Estaba completamente duro, palpitando, traicionado por sus propios nervios.

Ella siempre sabe lo que hace.

***

El último mes había sido distinto, más extremo. Renata había decidido por su cuenta que no lo dejaría correrse, y se lo había comunicado con la misma naturalidad con la que se anuncia el menú de la cena.

—Quiero verte aguantar —le dijo—. A ver cuánto duras.

Y Bruno aguantaba. Por las tardes, tirado en la cama frente a la televisión, ella se tumbaba a su lado, le sacaba el sexo por la cintura del pantalón y empezaba a masturbarlo despacio, con una paciencia de relojera. Lo llevaba hasta el borde una vez, dos veces, tres. Cada vez que sentía el primer aviso del orgasmo, Renata soltaba y cerraba la mano un poco más abajo, cortándolo en seco.

—Todavía no —decía, sin apartar los ojos de la pantalla, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Él gemía, frustrado, con los testículos cada vez más cargados y doloridos. Y cuanto más le dolía, más la deseaba.

Cuando hacían el amor, ella tomaba el mando por completo. Lo cabalgaba con una rabia hermosa y, en el instante exacto en que él se iba a venir, le apretaba con fuerza y le frenaba todo de raíz. Bruno no llegaba. Bruno nunca llegaba. Acumulaba presión como una olla cerrada al fuego.

Renata, en cambio, sí se daba sus gustos. Algunas noches sacaba del cajón un juguete grueso y largo, mucho más imponente que él, y se lo ponía mientras lo obligaba a mirar.

—Esto sí me llena —decía con una sonrisa perversa, montándose sobre el plástico—. Aprende.

Y él aprendía. Veía a su mujer alcanzar orgasmos largos y ruidosos a un palmo de su cara, sin poder hacer nada, sin permiso para tocarse. La humillación lo encendía de un modo que ninguna caricia habría logrado.

***

Aquella tarde, Bruno volvía a estar saliendo de la ducha cuando oyó la puerta de la calle. Se estaba secando frente al espejo, todavía con el pelo goteando, cuando Renata entró en el baño con las mallas de correr puestas y las mejillas encendidas por el ejercicio. Traía una sonrisa enorme, de oreja a oreja.

—¡Tengo que contarte una cosa! —exclamó, dejándose caer en el borde de la bañera.

—¿Qué pasó? —Él se giró, intrigado por su entusiasmo.

Resultó que mientras corría por el parque, en una zona apartada del camino, un tipo de esos que merodean para enseñarse le había salido al paso. Un exhibicionista con el abrigo abierto y nada debajo, convencido de que iba a asustarla.

—Me hice la asustadiza —contó Renata, encantada con su propia historia—. El muy idiota se vino arriba y se acercó pensando que tenía algo. Y entonces…

Hizo una pausa teatral. Bruno notó que, mientras hablaba, ella le había tomado el sexo en la mano y había empezado a masturbarlo, distraída, como si fuera lo más natural acompañar el relato con eso.

—Y entonces le agarré de los huevos con todas mis fuerzas —siguió—. Tendrías que haber oído el grito. Agudo, como un silbato. Se quedó sin aire, sin piernas, sin nada. Le di un par de tirones para que aprendiera y, cuando estaba doblado, una buena patada en el centro. Cayó al suelo como un saco.

—¿En serio le…? —Bruno apenas podía hablar. La mano de ella subía y bajaba con un ritmo perfecto.

—Le dejé claro a quién había elegido para su numerito. —Renata se acercó a su oído—. Y como me he portado tan bien defendiéndome, hoy te voy a dejar terminar.

A Bruno se le aceleró todo. Llevaba semanas al borde, conteniendo, acumulando, y de pronto tenía permiso. Se imaginó la escena entera: la tela ajustada marcándole a Renata cada curva mientras pateaba, la cara de pánico del desconocido, ella de pie y victoriosa por encima de él.

Su cuerpo decidió por él. Una descarga le subió desde los muslos hasta la nuca y se le clavó en la base de la columna. Puso los ojos en blanco, las rodillas le fallaron y tuvo que aferrarse al lavabo mientras las piernas le temblaban sin control.

—Cinco —empezó a contar Renata, divertida, sin soltarlo—. Cuatro. Tres…

No llegó a uno. Bruno se corrió con tanta fuerza que el primer chorro fue a estrellarse contra el espejo. Después otro, y otro más, semanas enteras de espera saliendo de golpe. Se sujetó él mismo y siguió, incapaz de parar, vaciándose hasta el último resto mientras gemía algo que ni siquiera era una palabra.

Cuando creyó que había terminado, Renata, sin avisar, le dio un golpe seco y certero justo donde más dolía. Bruno soltó un quejido y un último latigazo de placer lo recorrió entero, todavía más intenso que el anterior.

—Por si te quedaba algo dentro —dijo ella, riéndose.

***

Tuvo que ayudarlo a llegar hasta la cama. Bruno caminaba doblado, agotado, con las piernas de gelatina y una mezcla de dolor y bienestar inundándole el cuerpo. Se quedó dormido casi al instante y durmió de un tirón cerca de una hora.

Cuando despertó, le dolía todo y al mismo tiempo se sentía extrañamente en paz. Por fin lo habían vaciado del todo.

Unos días más tarde, Renata volvía a estar lista para salir a correr. Mallas, zapatillas, coleta apretada. Se asomó al dormitorio donde él remoloneaba.

—Me voy un rato. A ver si tengo suerte y aparece otro valiente. —Le guiñó un ojo—. Tienes permiso para hacerte una paja si quieres, hoy estoy generosa.

Le dio un beso rápido en la mejilla y se marchó.

—No tengo muchas ganas, la verdad —murmuró Bruno hacia el techo, todavía amodorrado.

Pero entonces la oyó cerrar la puerta y, sin querer, se la imaginó otra vez en el parque, con esa misma ropa, repartiendo justicia a su manera. Su cuerpo respondió antes que su cabeza.

—Bueno —se rindió, con una sonrisa—. Quizá sí tengo algo de ganas.

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Comentarios (3)

NachoCba91

excelente!!! me engancho desde la primera linea, no lo pude soltar hasta el final

Vicky_Rplata

Por favor una segunda parte!!! me quedé con muchas ganas de saber cómo sigue la dinámica entre ellos dos

LorenaDG

me recordó a cuando yo misma descubrí algo similar sin buscarlo... esas sorpresas que te da la vida jaja. Muy bien contado

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