La cita para entregarme sus bragas usadas
Había quedado con Sonia a las dos y media de la tarde. El punto de encuentro era la entrada principal del centro comercial Diagonal Mar, en la zona del Poblenou, en Barcelona. Como ese lugar quedaba cerca de la oficina donde trabajo, me resultaba fácil escaparme un rato a la hora de la comida. Sonia trabajaba como comercial y había organizado su jornada para tener una reunión por esa zona justo al mediodía.
Llegué cinco minutos antes de la hora acordada. Me gusta ser puntual. Me coloqué junto a las puertas automáticas y empecé a mirar a todas las mujeres que entraban. De Sonia solo había visto una foto de su cuerpo con un vestido ceñido. Nunca le había visto la cara. Su silueta me parecía atractiva: delgada y con unas caderas que prometían.
El reloj avanzaba. Eran las tres menos veinte y ella no aparecía. En ningún momento se me pasó por la cabeza que fuera a dejarme plantado. Di por hecho que llegaría tarde, porque la gente es cada vez menos puntual, y porque por su trabajo era probable que la visita a un cliente se le hubiera alargado. Cinco minutos después vibró el móvil con un mensaje de Telegram.
—Acabo de aparcar. Perdona el retraso. Voy para allá.
Mi rastreo de mujeres cercanas a la entrada se intensificó. Pero ninguna encajaba con su físico. De repente, alguien me habló a la espalda.
—Hola.
Me giré para mirar a la mujer que me había saludado.
—Eres Daniel, ¿verdad?
—El mismo —respondí mientras la miraba a los ojos.
—Soy Sonia, perdona el retraso —se disculpó.
—No te preocupes, no pasa nada —le dije.
—Tenía que cerrar una venta y la reunión se alargó más de lo previsto.
—¿Y la conseguiste? —pregunté con interés.
—Sí —dijo con una sonrisa amplia.
—Pues estupendo.
—Parece que hoy va a ser un buen día de ventas —añadió, y me guiñó un ojo.
—Eso parece —respondí, devolviéndole la sonrisa.
—¿Adónde vamos?
—Podemos subir a la primera planta, hay una tienda de outlet de ropa.
A Sonia le pareció buena idea, así que nos dirigimos a las escaleras mecánicas. Mientras cruzábamos nuestras primeras palabras en persona, me fijé en ella y en su ropa. Llevaba un traje de chaqueta y pantalón de color fucsia con una blusa blanca. También unos zapatos de tacón de aguja del mismo tono que, al caminar, emitían un repiqueteo de lo más sugerente. Un conjunto vivo que llamaba la atención y la convertía en el centro de las miradas.
Según lo acordado, debajo llevaría puestas unas braguitas de color azul marino. Era una mujer de cara muy guapa, con el pelo largo y moreno, los ojos castaños muy expresivos y una voz agradable. Calculé que mediría alrededor de un metro setenta, delgada, de pecho pequeño y una cintura que se abría en unas caderas que pedían a gritos que las miraran. De nuestras charlas por chat sabía que tenía treinta y nueve años, estaba casada y tenía dos hijos. Vivía en una zona acomodada del norte de la ciudad. El trabajo le absorbía casi por completo la vida, y nuestro encuentro no era por necesidad económica, sino por puro morbo.
Entramos en la tienda. Era el outlet de una cadena muy conocida, con percheros saturados y pocos clientes a esa hora.
—Tengo que elegir una prenda, ¿verdad? —me dijo.
—Así es. Coge algo para poder entrar al probador —respondí.
—Pues este vestido, por ejemplo —dijo, descolgando una prenda de la percha.
Se había aprendido de memoria cómo teníamos que actuar. A continuación saqué del bolsillo trasero de mi vaquero una bolsa negra perfectamente doblada y se la entregué.
—Aquí tienes lo acordado —le dije.
Ella la cogió. Una vez dentro del probador, encontraría en su interior otra bolsa con cierre hermético, y dentro de esa, un billete de cincuenta euros.
Observé cómo Sonia introducía los dedos índice y pulgar por la cintura del pantalón y, a modo de pinza, tiraba hacia arriba para dejar a la vista el borde de sus braguitas. Pude comprobar que eran de un azul oscuro.
—Llevo puestas las del color que elegiste —me dijo.
Asentí con la cabeza en señal de aprobación. Durante la negociación, Sonia me había ofrecido tres braguitas para escoger: unas granates, otras azul oscuro y otras verdes. Me había mandado una foto de las tres extendidas sobre su cama. Las que más me gustaron fueron las azules. Y ahora esas bragas estaban puestas sobre su cuerpo, impregnándose de su olor más íntimo antes de acabar en mis manos dentro de una bolsa cerrada.
Sonia se encaminó hacia la zona de probadores. Yo me quedé fuera, esperando. Mi mente empezó a recrear lo que estaría ocurriendo al otro lado de la cortina.
La imaginé eligiendo un probador libre, entrando y echando el pestillo. La veía sacar la bolsa negra de su bolso, abrirla, extraer la bolsa hermética, abrirla y sacar el billete de cincuenta. Lo guardaría en el bolso. Colgaría el bolso de un gancho. Se quitaría los tacones. Desabrocharía el botón del pantalón y se lo bajaría. Luego las bragas. Las doblaría con cuidado antes de meterlas en la bolsa hermética, la cerraría y la guardaría dentro de la negra. Después buscaría otras braguitas en el bolso, se las pondría y volvería a vestirse.
Mis pensamientos se interrumpieron con la entrada de un mensaje. Era de ella. Una foto. Lleno de curiosidad, pulsé para verla. Estaba tomada dentro del probador: se la veía reflejada en el espejo de cintura para abajo, con las bragas azules todavía puestas. Justo después llegó el texto.
—«Me contaste que otras vendedoras te mandaban una foto con las bragas puestas como prueba. Aquí tienes la mía».
No me esperaba ese gesto, porque le había dicho que, al hacerme la entrega en mano, no hacía falta. Pero me encantó el detalle. Le respondí.
—«Muchas gracias. No sabes las ganas que tengo de tener esas bragas en mis manos».
—«Y en la nariz, ¿no? Ya te falta poco. Las acabo de meter en la bolsa. Me visto y salgo».
Me la imaginé en ese momento desnuda de cintura para abajo, rebuscando otras bragas en el bolso. Volví a mirar la foto. Me excité de tal manera que no pude evitar que algo creciera dentro del pantalón.
Unos minutos después, Sonia salió de la zona de probadores. Mientras caminaba hacia mí, volví a darme cuenta de lo atractiva que era. Y yo estaba a punto de tener entre las manos las bragas de esa mujer.
Llegó a mi altura y metió la mano en el bolso. Sacó la bolsa negra y me la entregó.
—Aquí tienes tu pedido —me dijo.
—Muchísimas gracias —respondí.
Abrí la bolsa para ver el contenido. Allí estaban las bragas azul oscuro, dentro de la bolsa hermética.
—¿No te fías? —dijo, riéndose.
—Sí, sí, perdona. Es que tenía muchas ganas de verlas —respondí con cierto apuro.
—Ahora llevo otras de un color distinto —dijo, y volvió a meter los dedos por la cintura del pantalón para mostrarme el borde de unas braguitas verdes.
Sonia miró su reloj. Eran las tres y cuarto.
—A las cuatro tengo una reunión en Sant Cugat. Creo que voy a comer algo rápido por aquí. ¿Me acompañas y me cuentas mientras tanto esto de tu afición por las bragas?
No tenía previsto que la cosa fuera a alargarse, pero la idea me encantó.
—Me parece bien. En la segunda planta está la zona de restaurantes.
Subimos. Elegimos un sitio de servicio rápido. Ella se pidió una ensalada y una botella de agua; yo, un sándwich y un té frío. Intenté invitarla, pero me dijo que pasaba el ticket a la empresa como comida con un cliente. No mentía del todo, aunque ese cliente lo era a nivel personal y no profesional. Nos sentamos en una mesa libre y algo apartada.
—Espero haberlo hecho bien —dijo, abriendo la ensalada—. Me puse las bragas esta mañana después de la ducha. Ha sido una mañana muy ajetreada y no he tenido un rato para humedecerlas como me habría gustado. Pero antes de quitármelas las he frotado bien por todo el coño.
—Seguro que están perfectas. Tranquila por eso —le respondí.
—Cuéntame, ¿te vas a masturbar ahora con ellas en el coche?
—No, eso lo dejaré para la noche, cuando esté en casa y todos se hayan acostado. Pero al llegar al coche las oleré unos segundos.
—¿Y cómo las vas a meter en casa sin que tu mujer se entere?
—Dentro de la mochila del trabajo. Ahí no suele mirar.
—Un día me contaste que a algunas mujeres luego les mandabas fotos de tu polla junto a sus bragas. Me gustaría que me mandaras alguna así —pidió.
—Sin ningún problema. Esta noche tendrás alguna en tu chat —respondí.
Sonia seguía con ganas de preguntar.
—Y dime, ¿tienes muchas bragas?
—De joven tenía un montón. Las compraba por internet y me las mandaban por correo. Pero tuve un par de envíos sospechosos, que olían a estafa, y entonces decidí que solo compraría bragas usadas a mujeres que hicieran la entrega en mano. Fue más difícil encontrar mujeres dispuestas, pero poco a poco fui dando con algunas. Después de varios años aparcando el tema, decidí retomarlo porque necesito morbo en mi vida. Ahora, estando casado, la situación es distinta y más complicada. Por suerte, siempre hay mujeres interesadas, ya sea por necesidad o por puro morbo. De una manera u otra, consigo quedar con ellas.
—¿Y alguna te ha pedido algo más, aparte de venderte sus bragas? —quiso saber.
—Solo me ha pasado dos veces. Una mujer quiso ver cómo me masturbaba en el coche con sus bragas. Otra me invitó a su casa para comerle el coño.
—¡Qué atrevida! Yo no metería a nadie en mi casa —dijo, sorprendida.
—Era una mujer divorciada que vivía sola. Me vendió sus bragas usadas por morbo y, sobre todo, por necesidad. Para ser sincero, fue ella quien me propuso comérselo en su casa a cambio de una ayuda extra, y accedí.
—Seguro que para ella fue un buen negocio. Y tú lo disfrutaste.
—No sabes cuánto.
—¿Sabes una cosa? Me pones muchísimo cuando me cuentas lo que te gusta hacerle sexo oral a una mujer, tu obsesión con los coños, que te exciten tanto el olor, el sabor, comérselos con ganas... Hoy, por desgracia, no tengo más tiempo. Pero me has parecido un tío majo y morboso, y creo que me gustaría que nos volviéramos a ver.
Bajamos a la planta baja para despedirnos. Ella había aparcado dentro del parking; yo, en la calle.
—Ha sido un placer —dijo—. Espero que disfrutes de mi regalo. Quiero que me lo cuentes con detalle. Y con alguna foto.
—Eso está hecho. Muchas gracias por todo, y por la invitación a comer.
Cuando llegué al coche, saqué las braguitas de Sonia de la bolsa hermética y me las llevé a la nariz. Cerré los ojos. Qué aroma tan delicioso y excitante. Las volví a guardar antes de que la cabeza me jugara una mala pasada en pleno aparcamiento.
***
La tarde se me hizo eterna en la oficina. Quería llegar a casa cuanto antes. Y la espera hasta que toda la familia se acostó se me hizo interminable. Era casi la una de la madrugada cuando me metí en el cuarto de baño. Eché el pestillo. Me desnudé. Estaba muy empalmado. Saqué las bragas de la bolsa hermética y volví a olerlas mientras empezaba a masturbarme. Hice algunas fotos de mi polla junto a ellas y se las mandé a Sonia.
—«Lo prometido. Siento que se haya hecho tan tarde» —escribí junto a las imágenes.
Para mi sorpresa, Sonia respondió al instante.
—«Mmmm, qué buena polla tienes. La próxima vez seré yo quien cuelgue mis bragas de ese juguete».
Aquello me puso aún más, porque significaba que seguía con ganas de vernos.
—«¿Te has corrido ya?» —preguntó.
—«Todavía no» —respondí.
—«Me gustaría ver tu leche sobre mis bragas. Te voy a mandar algo para inspirarte».
No suelo correrme sobre las bragas usadas que compro, para que no pierdan su aroma. Pero entonces entró una foto que me hizo cambiar de opinión por completo. Sonia me enviaba una imagen de su coño, con el vello recortado. Se veía realmente apetecible.
—«Así estoy yo ahora mismo, tocándome mientras miro tus fotos» —escribió.
Agarré mi polla con fuerza y empecé a meneármela sin dejar de mirar la foto, fantaseando con que tenía ese coño en la boca y notaba su sabor. No tardé mucho en correrme y derramarlo todo encima de las bragas de Sonia. Hice una foto y se la mandé.
Unos minutos después llegó su respuesta.
—«Yo también me acabo de correr. Hablamos esta semana para ver cómo lo tienes. Quiero disfrutar de tu juguete y sentir tu lengua entre mis piernas».