El castigo que te enseñó a obedecer esa noche
Entré en tu cuarto sin golpear la puerta. No hacía falta. Llevabas tres semanas leyendo mis mensajes y dejándolos en visto, contestando a medias, inventando excusas que ni vos te creías. Cerré con llave detrás de mí y vi cómo te dabas vuelta en la cama, sorprendida de que estuviera ahí.
—Con que con esas, ¿no? —dije, y mi voz salió más tranquila de lo que esperabas.
Esa calma te asustó más que cualquier grito.
—Cerrá la boca y ponete de pie —seguí—. Sacate toda la ropa y arrodillate en el suelo. Ahora.
Dudaste un segundo, solo uno, y eso me bastó para saber que la noche iba a ser larga. Te levantaste despacio, te quitaste la remera, el pantalón, todo, y bajaste hasta quedar de rodillas sobre la alfombra, con las manos apoyadas en los muslos y la mirada clavada en el piso.
—Mirá el castigo que te buscaste —murmuré, caminando en círculos a tu alrededor—. Y todo por ignorarme. Por hacerte la difícil.
Agarré la funda de la almohada, lo primero que encontré sobre tu cama, y te la pasé por los ojos hasta dejarte a ciegas. Sentí cómo tu respiración cambiaba en cuanto perdiste la vista. El cuarto entero se volvió más pequeño para vos.
—Empezá a tocarte —ordené—. Suave. Y ni se te ocurra meterte nada. No parás hasta que yo lo diga.
Obedeciste. Por fin. Tu mano bajó entre tus piernas y empezó a moverse con una lentitud temblorosa, mientras yo me sentaba en la silla de tu escritorio, esa misma silla donde tantas noches te quedaste estudiando.
—Mirá lo que encontré —dije, y aunque no podías ver, sabías que me refería a algo—. Uy, perdón, me olvidaba de que no podés mirar. Qué pena.
De golpe, tu mano se detuvo.
—¿Por qué paraste? —pregunté, y bajé la palma abierta sobre uno de tus pechos. El golpe sonó seco en el silencio del cuarto, y la piel se tiñó al instante de un rosa cálido—. Veo que te gusta desobedecer. Te pedí fotos, te pedí un video, y vos me ignoraste. Veamos si te seguís haciendo la valiente.
***
Me senté cómodo y te ordené que vinieras. A tientas, gateando, llegaste hasta mis piernas y te obligué a recostarte boca abajo sobre mis rodillas. Sentí todo tu peso, tu cuerpo tenso, esperando lo que sabías que venía.
Empecé con la mano. Una serie de azotes de intensidad media, veinte por nalga, y te obligué a contarlos en voz alta. Ya sabés lo que me gusta: el chasquido de la palma contra la piel y el quejido que se te escapa después, ese gemido a medias que tratás de tragarte y no podés.
—Uno… dos… —contabas, y la voz se te quebraba en cada número.
De repente cambié el ritmo. El siguiente golpe llegó más fuerte, más contundente, y reconociste al instante la textura: una chancla. La misma que usaste hace unos días para ir al río, y que dejaste tirada al lado del placard. Cada golpe ahora te hacía recordar todas las veces que me dijiste que no podías, que tu familia estaba cerca, que era mal momento. Veinte más por nalga, mientras te arrepentías de cada excusa.
—Tu cola ya está de un rojo precioso —dije, pasando los dedos sobre la piel ardiente—, pero todavía no estoy conforme. ¿No pensarás que zafás tan fácil? Arrodillate de nuevo. Y esta vez tocate más rápido.
Te acomodé la venda, que se había corrido con todo el movimiento, y volviste a tu lugar en el suelo. Pensabas que de este ardor te ibas a acordar durante días, y tenías razón.
***
Sentiste mis dedos acariciarte un pecho con una suavidad que no esperabas. Un pellizco tierno en el pezón, otro más, casi un mimo. Por un momento creíste que el suplicio había terminado, que venía la parte amable de la noche.
Error.
La caricia tenía un único propósito: poner el pezón en punta para que la pinza agarrara mejor y no se soltara. Sentiste la presión fría del metal cerrándose sobre la piel sensible y se te escapó un grito corto, agudo. Apenas lo procesaste cuando mis dedos ya buscaban el otro pecho con la segunda pinza.
—Ahí está —susurré—. Mucho mejor.
Me puse de pie. Te tomé de la nuca y guié tu boca hacia mí.
—Ahora chupá —ordené, empujándote despacio al principio.
Después de unas lamidas y un par de vaivenes suaves, presioné tu cabeza con más fuerza. Te separaste por instinto, con una arcada, y eso me sacó de quicio. Te di una bofetada seca, te agarré del pelo y marqué yo el ritmo, sin dejarte respirar más de lo que yo quería.
Al rato paré. Te obligué a sacar la lengua y le enganché una tercera pinza, justo en la punta.
—Quiero verte la cara —dije, arrancándote la venda de un tirón—. Mirame mientras lo hacés.
Te entregué un consolador y te ordené que te lo metieras vos misma, despacio, sin dejar de tocarte los pechos.
—Y acordate de suplicar por tu orgasmo —agregué—. No te corrés hasta que yo lo autorice. ¿Quedó claro?
Asentiste, con las babas cayéndote sobre la piel por la pinza de la lengua, que te impedía hablar bien. Lo intentabas igual. Pedías permiso con sonidos rotos, mirándome a los ojos, y yo negaba con la cabeza. Una vez. Dos. A la tercera, te saqué la pinza de la lengua.
—Tirate en la cama —ordené—. Boca arriba. Las piernas bien abiertas.
***
Bajé entre tus piernas y empecé a recorrerte con la lengua.
—Estás empapada —dije, sin levantar la vista—. Se supone que esto es un castigo.
Te di un golpe seco, justo ahí, con la palma abierta. La piel se puso de un rosa intenso y tu grito rebotó en las paredes. Después me lancé sin piedad: primero los bordes, alternando con mordiscos suaves, y de a poco fui subiendo hasta el centro de todo, sin darte tregua.
—Es adictivo, ¿no te parece? —dije, solo para humillarte un poco más.
Suplicaste otra vez. Me juraste que ibas a portarte bien, que ibas a contestar mis mensajes, que nunca más me ibas a ignorar. Y entonces, recién entonces, te di permiso. El orgasmo te sacudió entera, te arqueó la espalda, te dejó temblando.
Pero te diste cuenta enseguida del error de festejar tan pronto. Con los pezones todavía atrapados y la piel tan sensible, viste con horror cómo te colocaba, lento, cuatro pinzas más. Te miré fijo, con la cara de un chico a punto de hacer una travesura, y eso te hizo temblar de verdad. Empecé a jugar con ellas, moviéndolas apenas, escuchando tus quejidos como si fueran mi canción preferida.
Cuando me cansé, me recosté sobre vos. Las pinzas de los pechos se clavaron entre los dos cuerpos y te besé fuerte, con hambre, mientras te susurraba al oído que ya casi terminaba todo.
Te alegraste. Un segundo. ¿Casi?
No te dio tiempo a decir nada más. Te penetré de una sola embestida, profunda, y el movimiento cerró todas las pinzas a la vez, como si el mismo diablo te hubiera clavado el tridente. Me suplicaste que parara, justo lo que jurabas que nunca ibas a pedir, mientras mi cara dibujaba una sonrisa que era todo lo contrario al terror de la tuya.
—Tranquila —dije, separándome—. Ya está, ya paro. Mirá, hasta te saco las pinzas.
Me miraste aliviada, por un instante. Las retiré una por una, despacio, y descubriste lo que ya sospechabas: el dolor de tenerlas puestas no era nada comparado con el de quitarlas. Te retorciste, conté en silencio cada gesto de tu cara.
—¿Ves? Ya está —dije cuando terminé—. Y ni las gracias me das. Está claro que no aprendés.
***
—Date vuelta —ordené—. Boca arriba otra vez.
Te até las muñecas al respaldo y los tobillos abiertos, de modo que no pudieras juntar las piernas ni esconderte. Agarré mi cinturón. Empecé a marcar la piel, primero un rosado tibio, después un rojo encendido, sin prestar la menor atención a tus súplicas.
Sobre el escritorio había una regla de metal, no sé qué hacía ahí, y pensé que después tendría que castigarte también por dejar cosas tiradas. La usé sobre tus muslos y tu cola hasta dejarlos ardiendo, hasta que el solo roce de las sábanas te hacía estremecer.
Cuando por fin decidí parar, no te di descanso. Te volví a tomar como si no existiera el mañana, mirándote la cara todo el tiempo, esa mezcla de dolor y entrega que tanto me gusta, hasta que me corrí dentro tuyo.
Me quedé un rato sobre vos, recuperando el aire, sintiendo cómo tu corazón golpeaba contra mi pecho. Te solté las muñecas, los tobillos, y te acaricié el pelo pegado a la frente por el sudor.
—La próxima vez que te escriba —dije, ya con la voz suave, casi tierna—, contestame.
Asentiste, agotada, con una sonrisa que no podías disimular. Las dos cosas eran verdad: el castigo, y las ganas de volver a desobedecer solo para que viniera de nuevo.
Y los dos lo sabíamos.





