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Relatos Ardientes

Mi amo me ordenó confesarme y obedecí

Lo que voy a contar pasó el jueves de la semana pasada y todavía me cuesta creer que lo hiciera. Pero cuando Damián me da una orden, yo obedezco. Así funciona lo nuestro desde hace años.

A Damián lo conozco de mucho antes de todo esto. Empezamos siendo amigos, de esos que se cuentan absolutamente todo, y con el tiempo descubrimos que compartíamos el mismo mundo: el del BDSM. Él tomó el rol de amo y yo el de sumisa, y aunque alguna vez fantaseamos con irnos a vivir juntos, nunca pasó de ahí. Lo que quedó fue una confianza que no tengo con nadie más, y una obediencia que a veces ni yo misma entiendo.

—Quiero que vayas a confesarte —me dijo por teléfono el miércoles a la noche, con esa voz tranquila que usa cuando ya decidió algo.

—¿A confesarme? —repetí, sin entender.

—A una iglesia. Te ponés tus mejores prendas, entrás al confesionario y le contás todo al cura. Todo. Y ves qué pasa.

Está completamente loco, pensé. Pero ya sentía esa cosquilla en el estómago que aparece cada vez que me ordena algo que me da vergüenza y deseo a la vez.

—Sí, señor —respondí.

***

El jueves por la mañana me arreglé como si fuera a una boda. Elegí un vestido color durazno, entallado hasta la rodilla, con el escote plegado que deja ver apenas el nacimiento del pecho. Debajo me puse un juego de lencería blanca de encaje, un liguero y medias del color de la piel, y unas sandalias blancas de tiras con cinco centímetros de tacón.

Me ondulé el pelo, me maquillé con cuidado y me colgué encima media joyería que tengo: argollas de oro, una gargantilla de oro blanco, una cadena larga, una pulsera y una tobillera fina. Cuando me miré al espejo y empecé a hacer el inventario, me reí sola: llevaba una fortuna puesta para ir a arrodillarme frente a un desconocido.

Antes de salir le mandé una foto a Damián.

—Perfecta —contestó—. Ahora sé buena niña y obedecé.

Releí el mensaje tres veces antes de guardar el teléfono. Esa palabra, «obedecé», me ataba más que cualquier cuerda. Salí de casa con las rodillas un poco flojas y el pulso acelerado, sintiéndome ridícula y excitada por partes iguales, vestida para una ocasión que ningún calendario contempla.

***

La iglesia que elegí quedaba en un barrio donde nadie me conoce. Era grande, vieja, con olor a cera y a madera húmeda, y a esa hora estaba casi vacía. Tres señoras rezaban repartidas entre los bancos, cada una en su mundo.

El confesionario era el típico mueble de madera oscura que parece un armario, con dos puertas: una para el sacerdote y otra para quien va a confesarse. Una estaba cerrada; la otra, entreabierta. No supe si yo era la primera o si alguien acababa de salir. Respiré hondo, miré por última vez hacia la nave vacía y entré.

Del otro lado, detrás de una rejilla de madera, se adivinaba la silueta de un hombre. No alcanzaba a verle la cara, pero por la voz me di cuenta enseguida de que era mayor.

—Ave María purísima —dijo.

—Sin pecado concebida —respondí, recuperando una fórmula que tenía guardada de la infancia.

Le conté que me había mudado hacía poco, que era nueva en el barrio y que aquella era la primera vez que pisaba esa parroquia. Le dije que no era muy creyente, que hacía años que no me confesaba, y que si me sentía a gusto quizás empezaría a venir más seguido. Él escuchaba con una paciencia que me dio un poco de ternura.

—Cuéntame, hija. ¿Qué te pesa?

Y entonces empecé.

***

Le confesé lo primero, lo más fácil: que llevaba meses engañando a mi marido. Que tenía un amante y que no sentía culpa, o que la poca que sentía no me alcanzaba para parar. Mientras se lo decía, sin pensarlo demasiado, me llevé una mano al escote y empecé a acariciarme por encima de la tela del vestido.

La madera del confesionario amplificaba cada sonido: mi respiración, el roce de las medias cuando cambiaba de postura, el tintineo discreto de las cadenas de oro contra mi cuello. Olía a incienso viejo y a barniz, y por la rejilla entraba apenas una franja de luz que me cortaba la cara en dos. Bajé la voz hasta convertirla en un susurro, como si así los pecados pesaran menos.

—Eso está mal, hija —dijo él, y su voz sonó distinta, más despacio.

—Lo sé, padre. Pero hay cosas peores.

Abrí un poco las piernas en la penumbra del confesionario y dejé que la otra mano bajara, despacio, hasta apoyarse sobre la lencería. Le conté que me gustaba someterme. Que tenía un amo, que él me ordenaba cosas y que yo obedecía sin discutir. Que disfrutaba que me usaran, que me humillaran, que me trataran como un objeto. Que esa misma mañana me había vestido así, con todo el oro encima, porque me lo habían mandado.

Sin darme cuenta, había empezado a respirar fuerte. La mano me iba sola, suave, sobre el encaje, y un gemido bajo se me escapó entre las palabras.

—Guarda silencio —dijo el padre, de pronto firme—. ¿Qué estás haciendo ahí dentro?

—No puedo evitarlo —susurré—. Soy una mujer muy sucia, padre. Una pecadora. Necesito que alguien me ponga en mi lugar.

Hubo un silencio largo del otro lado de la rejilla. Lo escuchaba respirar.

—Detente —repitió, pero la orden ya no sonaba tan convencida.

—Deme la penitencia que merezco —dije, y casi me asusté de mi propio descaro.

***

—Espera ahí —dijo al fin—. No te muevas.

Lo oí levantarse. Una puerta de madera se cerró. Después, nada. Yo me quedé quieta, con el corazón golpeándome en la garganta, sin saber si había ido demasiado lejos, si en cualquier momento iba a aparecer alguien de la parroquia a sacarme a los gritos.

Pasaron unos minutos eternos. Pensé en escribirle a Damián, en contarle que lo había hecho, que había cumplido la orden. Pero no me dio tiempo.

La puerta de mi lado se abrió de golpe.

Era el cura. Un hombre mayor, alto, de pelo y cejas blancas, la piel curtida y una mirada que no tenía absolutamente nada de santa. Me observó de arriba abajo: yo seguía con las piernas abiertas, el vestido subido hasta la cintura y la mano todavía donde no debía.

—Así que necesitas penitencia —dijo en voz baja, casi un gruñido.

No me dio tiempo a contestar. Me tomó del mentón con una mano y me levantó la cara. No hizo falta que dijera nada más: yo sabía lo que esperaba de mí, y una parte de mí lo había buscado desde que crucé la puerta de la iglesia.

***

Me arrodillé en el suelo del confesionario, sobre la madera, con el vestido arruinado y el oro tintineando en cada movimiento. Él me sujetó la cabeza con las dos manos, sin brusquedad pero sin dejarme margen, y yo obedecí como sé hacerlo, como me enseñaron a hacerlo.

Por un instante pensé en Damián, en la cara que pondría cuando se lo contara, en lo orgulloso que estaría de que hubiera llegado tan lejos. Esa idea me encendió todavía más que la situación misma. No era el cura lo que me tenía rendida, sino la certeza de estar obedeciendo, de ser exactamente la mujer sumisa que mi amo había mandado a esa iglesia.

No fue tierno. No esperaba que lo fuera. Marcaba el ritmo él, decidía él, y yo solo tenía que aguantar y dejarme llevar. Sentía la saliva escurrir, los ojos llenos de lágrimas por el esfuerzo, y aun así no quería que parara. Había algo en su voz ronca, en sus dedos enterrados en mi pelo, que me tenía completamente entregada.

—Esto es por tus pecados, hija —murmuraba—. Para que aprendas humildad.

Intenté apoyar las manos en sus caderas, no sé si para frenarlo o para sostenerme, pero me tenía demasiado firme. Cuando terminó, me sujetó con fuerza y yo aguanté hasta el final, sin poder hacer otra cosa que obedecer. Después me soltó, despacio, y yo me quedé un instante de rodillas, recuperando el aire, temblando.

***

Me incorporé como pude. El espejito que llevo en la cartera me devolvió un desastre: el rímel corrido, el peinado deshecho, el vestido lleno de arrugas, los labios temblando todavía.

—Yo esperaba otra penitencia, padre —dije, mirándolo a los ojos con el poco descaro que me quedaba.

—Será en otra ocasión —respondió él, acomodándose la sotana con una calma desconcertante—. Eres una gran pecadora. Vas a necesitar muchas más penitencias, y esas se hacen en privado.

Me dio una dirección y un horario. Cualquier día de la semana, dijo, menos los jueves, que eran días de confesión y había demasiada gente. Lo dijo con la naturalidad de quien repite una rutina, y eso fue lo que más me erizó la piel.

Le di las gracias —no sé muy bien de qué— y salí casi corriendo. Crucé la nave con la cabeza gacha, sintiendo las miradas de las señoras que seguían rezando, convencida de que se notaba todo en mi cara.

***

Llegué a la camioneta y me encerré. Me temblaban las manos. Me limpié la cara, me reacomodé el pelo lo mejor que pude y me quedé un rato largo mirando el techo del auto, sin terminar de procesar lo que acababa de hacer.

El corazón me latía como si hubiera corrido kilómetros. Una parte de mí estaba avergonzada, escandalizada, incapaz de creer que aquella mujer del confesionario fuera yo. La otra, la más honesta, ya estaba calculando cuándo volver. Me miré en el espejo retrovisor: tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes de quien acaba de descubrir hasta dónde es capaz de llegar cuando alguien le da permiso.

Después agarré el teléfono y le escribí a Damián.

—Cumplí la orden, señor —tecleé.

La respuesta tardó apenas unos segundos.

—Buena niña. Quiero el relato completo esta noche, con todos los detalles.

Esta noche, pensé, y sonreí sola dentro de la camioneta. Sabía que se lo iba a contar todo. Y sabía, también, que tarde o temprano iba a volver a esa iglesia entre semana, cualquier día menos un jueves.

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Comentarios(6)

AnonimoA26

Increible!!! de lo mejor que encontre por aca en mucho tiempo

PaulaEnc

Se hizo cortisimo, necesito saber que penitencia le puso jaja. Segunda parte por favor!!!

MaribelRos

Que manera tan original de plantear un escenario, me quede enganchada desde el primer parrafo. Muy bueno.

Charly_BA

jaja tremendo final, no me lo esperaba para nada. Muy bien!!

NorteñoLector

La tension que se siente en el confesionario esta muy bien lograda. Me gusto bastante.

LeoMontevideo

Me recordo a cierta novela que lei hace años con un tema parecido pero esto esta mucho mas picante jaja. Saludos

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