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Relatos Ardientes

El internado del que ninguna sissy sale igual

Tenía veintidós años y toda mi vida había crecido bajo la sombra del Protocolo de Clasificación. En Veridia, la ciudad donde nací, ese día llegaba para todos: la mañana en que el sistema decidía si eras un alfa, destinado a mandar, o un beta, destinado a servir. Yo me llamaba Tobías. Dibujaba planos de edificios en cuadernos viejos, soñaba con construir algo, pero el Protocolo no medía sueños. Medía fuerza, dominancia, testosterona.

Mi madre me abrazaba con una ternura que no lograba disimular la preocupación. Sabía lo que yo era antes de que lo supiera ningún escáner. Corrí cada mañana durante meses, levanté pesos que se me resbalaban de las manos, ensayé frente al espejo una dureza que no me pertenecía. Pero los alfas no fingen. Mi voz se quebraba en cada simulación de confrontación.

El Centro de Clasificación era un templo de acero negro en el corazón de Veridia. Decenas de jóvenes esperábamos en fila, todos con la misma túnica gris, indistinguibles. El aire olía a sudor y a miedo. Cuando me tocó, apenas levanté la mitad del peso exigido. En el combate simulado me derribaron en segundos. El análisis genético marcó los cromosomas con una sola palabra.

—Beta confirmado —anunció el examinador con una sonrisa fría—. Trasladen al Internado Vesper.

—¡No! ¡Denme otra oportunidad! —grité, pero unos guardias me clavaron un sedante en el cuello y el mundo se apagó.

***

Desperté encadenado en un vehículo blindado, junto a otros que olían a desinfectante y pánico. Frente a mí, un chico de ojos claros me miraba con la misma mezcla de vergüenza y terror.

—Soy Cael —susurró—. Supongo que… también beta.

Asentí. Durante las horas de oscuridad hablamos en voz baja. Él pintaba en secreto; yo soñaba con arquitectura. Le extendí una mano encadenada.

—Prometamos resistir. Juntos no nos van a quebrar.

Cael la tomó. Ese pacto, forjado en el miedo compartido, fue lo único cálido que me quedó.

El Internado Vesper se alzaba en lo alto de la montaña como una fortaleza: torres de vigilancia, alambradas que chisporroteaban en la noche, un viento helado que cortaba la piel. Nos arrastraron adentro, nos despojaron de la ropa frente a un grupo de instructoras que tomaban notas, y nos cerraron al cuello un collar metálico que zumbaba al activarse.

—Estos collares son parte de ustedes —dijo un guardia—. Intenten huir y descargarán suficiente electricidad para recordarles su lugar.

***

Al amanecer nos llevaron a una sala de instrucción. Allí esperaba ella: la Ama Octavia, directora del internado, vestida de cuero negro, con un látigo en la mano y unos ojos que perforaban.

—Bienvenidas al inicio de su verdadera vida —dijo—. Aquí no hay hombres. Solo sissies. Y todas servirán a los alfas.

Cuando me empujó al suelo con la bota en la espalda y me ordenó decir mi nombre, dudé.

—Soy Tobías…

El látigo me cruzó la espalda desnuda.

—¡No! Eres una sissy. Desde hoy tu nombre es Lía.

A Cael lo rebautizaron Vera. Esa noche, en celdas contiguas, nos susurramos a través de los barrotes que seguíamos siendo nosotros, que no nos quitarían el espíritu. Yo todavía lo creía.

***

La rutina del Vesper estaba diseñada para romper y reconstruir identidades. Cada día empezaba con el mismo timbre metálico y la misma voz por los altavoces: «De pie, sissies, a clases». Nos alineaban descalzas, con los collares brillando bajo la luz blanca.

En la clase de gimnasio no levantábamos pesas: practicábamos equilibrio sobre tacones, posturas y coreografías. Cada caída se castigaba con una descarga del collar. En la de maquillaje y moda aprendíamos a delinear los ojos y combinar vestidos frente a espejos enormes; mis manos temblorosas se manchaban la cara mientras Vera, sorprendentemente hábil, recibía elogios de la Instructora Brenna, una rubia de ojos fríos. En la clase de sumisión repetíamos de rodillas el mismo mantra: «Soy una sissy, pertenezco a los alfas, mi cuerpo no es mío».

La primera intervención no fue cirugía. Fue un dispositivo de castidad, metálico y sellado con candado, ajustado contra la piel.

—Su virilidad ya no tiene lugar aquí —dijo la enfermera con una sonrisa—. Lo que quede será solo un adorno.

Después vinieron las inyecciones. Las enfermeras pasaban celda por celda clavando agujas en los muslos. El líquido ardía al entrar, un calor extraño que me recorría las venas como una promesa de cambios irreversibles. Aún sin nada visible, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía.

***

Pronto apareció la clasificación interna. Las dóciles, las que avanzaban en su feminización, pasaban a celdas de recompensa: tonos rosados, sábanas de seda, cajones con lencería, un espejo iluminado, música suave de noche. Las que nos resistíamos quedábamos en cubículos grises y húmedos, con un camastro de hierro.

Vera fue la primera en adaptarse. Sonreía en clase, recitaba los mantras con voz clara, se esforzaba en cada lección. La trasladaron a una celda rosada y sentí una punzada que me costó reconocer.

—Lía, no podemos luchar contra esto —me susurró desde el otro lado de los barrotes, acariciando la seda—. Al menos aquí… es mejor.

—Nos están robando lo que somos —respondí con rabia—. ¿No lo entiendes? ¡Seguimos siendo hombres!

Vera bajó la mirada. Algo en ella ya no parecía creerlo, y yo sentí la primera grieta en nuestra promesa.

Mi resistencia tuvo precio. Una mañana, la Ama Octavia me llevó al centro del aula y la Instructora Saba, una morena de guantes de cuero, encajó sobre mi cabeza un casco lleno de cables. El cuero cabelludo me ardió; en minutos el pelo me creció varios centímetros, cayendo sobre los hombros en ondas. Una estilista lo cortó en un peinado femenino mientras Saba se burlaba.

—Ahora pareces una princesita desaliñada.

El reflejo del espejo fue un golpe: un rostro todavía endurecido por la rabia, enmarcado por un pelo de chica. Una parodia grotesca. Vera apartó la vista, pero no intervino.

—¿Por qué no me defiendes? —le reproché esa noche.

—Disfruta tu seda —le dije después, cuando intentó consolarme—. Yo sigo luchando.

***

Las semanas borraron la última frontera. Ya no podíamos vestir ropa de hombre: de día, un uniforme ajustado y tacones obligatorios; de noche, camisones de seda. El roce constante de la tela sobre la piel, sensibilizada por las hormonas, era una tortura sutil.

En una asamblea, la Ama Octavia llamó a Vera al centro.

—Esta recluta ha demostrado obediencia y un talento especial para la feminidad. Desde hoy será la Sissy Mayor de su generación. Guiará a las demás y servirá de ejemplo.

Le ataron un listón púrpura a la cintura. Vera, sonrojada, asintió. Esa noche le pregunté cómo había podido venderse así.

—Lía… yo tampoco quiero esto —murmuró con lágrimas—. Pero si no juego su juego, me destruyen. No quiero terminar como tú.

Las palabras fueron un cuchillo. Y mientras tanto los cuerpos cambiaban: los pezones más sensibles, pequeñas protuberancias bajo la piel, los músculos disolviéndose en una suavidad que nos volvía más vulnerables. Cuando me negué a pintarme los labios, fue Vera, como Sissy Mayor, quien levantó la mano.

—Señora… Lía no coopera.

—¡Vera, no! —alcancé a decir, incrédulo.

Era tarde. Me llevaron a una sala aparte, me ataron a una silla y, con microcorrientes y láseres, suavizaron mis rasgos: la mandíbula más fina, los pómulos afilados, los labios resaltados. El nuevo reflejo era perturbador, un híbrido demasiado delicado para el cuerpo que aún lo sostenía. La envidia hervía en mí: Vera no solo se adaptaba, me traicionaba para ganar favores.

***

Lo que vino después borró toda esperanza de retorno. Cuando volví a negarme a recitar el mantra, la Ama Octavia ordenó la cirugía. Desperté con vendas ceñidas y un dolor insoportable en el pecho y las caderas. Al retirarlas, dos senos firmes se alzaban sobre mi torso, y mis caderas ampliadas redondeaban una silueta que ya no podía negar.

—Ahora sí —dijo Octavia, pellizcando uno de mis pezones nuevos—. Empiezas a parecer lo que siempre fuiste: una muñeca para servir.

Esa noche me obligaron a desfilar frente a la clase con un uniforme aún más ajustado, la falda marcando las curvas, la blusa tensa contra los implantes. Las demás rieron y aplaudieron. Vera observó en silencio, los labios apretados. Sabía que me estaban destruyendo, pero ya estaba demasiado lejos en su propio camino para detenerlo.

Ella tiene todo y yo nada. ¿Por qué?

***

El día que llegaron los alfas, el internado se convirtió en un salón de exhibición: candelabros, alfombra roja, música suave. Nos alinearon en dos filas, obligadas a sonreír. Hombres altos, de trajes caros y miradas depredadoras, caminaban entre nosotras evaluándonos como mercancía. Mantuve la cabeza baja, intentando desaparecer.

Entonces escuché una risa que conocía demasiado bien.

—No puede ser… —dijo una voz grave, cargada de burla.

Levanté la vista. Era Damián. El mismo que años atrás me había golpeado y humillado, ahora convertido en un alfa reconocido, impecable de negro.

—Mírate —dijo con una sonrisa torcida—. Siempre supe que terminarías así.

—Quiero a esta —le indicó a la Ama Octavia, señalándome sin dudar.

—Como desee, señor —respondió ella, empujándome hacia él.

Damián me tomó del mentón.

—Ahora eres mía, aunque sea por esta noche. Qué irónico. Antes corrías de mí, y ahora vienes pintada, con tetas y tacones, rogando atención.

Del otro extremo de la fila, Vera fue elegida por un alfa más amable, que la tocó con una delicadeza casi cuidadosa. Otra punzada me atravesó. ¿Por qué ella siempre sale mejor parada?

***

El pasillo de las habitaciones privadas estaba en penumbra, iluminado por lámparas rojas. Damián me llevaba de la muñeca como a un perro. La habitación era lujosa comparada con las celdas: alfombra, cama de seda, espejos en cada pared que multiplicaban mi humillación.

—Arrodíllate —ordenó.

Todo dentro de mí gritaba que me negara, pero el collar emitió un pitido de advertencia cuando intenté retroceder. Caí de rodillas sobre la alfombra, las medias tensándose en los muslos.

—Eso es… igual que antes, cuando me mirabas desde abajo —se burló, acariciándome el mentón—. Solo que ahora llevas tetas y un vestido barato.

Me sujetó del pelo y me obligó a abrir los labios. El dispositivo de castidad apretaba dolorosamente contra cualquier intento de excitación, convirtiendo cada segundo en pura humillación. Las lágrimas me corrían arruinando el maquillaje mientras él reía y marcaba el ritmo tirando de mi pelo.

—¿Recuerdas cuando te empujé delante de todos? —dijo—. Pues esto es peor, ¿no? Ahora existes para servirme.

Cuando terminó, me dejó jadeante en el suelo. Luego sacó un pequeño aparato del internado, una pistola de tinta electrónica, y sobre la piel de mi muslo apareció un tatuaje brillante, imposible de borrar sin cirugía: «Propiedad de Damián».

—Te veré pronto, muñeca —dijo abotonándose la camisa—. La próxima vez espero menos lágrimas y más obediencia.

Cuando los guardias me devolvieron a la celda, Vera ya estaba de regreso, casi en paz tras servir a un alfa considerado. Me metí bajo las sábanas, dándole la espalda, repitiendo como un mantra desesperado: No soy suya, no soy suya. Pero el tatuaje brillaba en la penumbra, burlándose de cada palabra.

***

La semana siguiente nos convocaron a una ceremonia con nuestras familias. Reconocí a la mía en la primera fila: mi padre, un alfa respetado del Consejo; mi madre, elegante y fría; mi hermano, ya un futuro alfa de mirada altiva. Cuando me empujaron al centro del estrado, mi padre se detuvo en mis senos implantados, en el maquillaje recargado.

—Patético —murmuró, lo bastante alto para que todos lo oyeran—. Y pensar que esperé que siguieras mis pasos.

Mi madre me pellizcó la mejilla como si evaluara carne. Mi hermano escupió cerca de mis tacones y, riéndose, me levantó la falda para exponer el tatuaje de Damián. La sangre de mi propia familia me repudiaba entre risas.

Cuando le tocó a Vera, sus padres lloraron de emoción y la abrazaron, orgullosos de su transformación. «Por fin encontraste tu lugar en el mundo», dijo su madre. El contraste me golpeó más fuerte que cualquier latigazo. Ella tiene amor; yo, rechazo. ¿Qué hice para merecer esto?

***

La noche de la graduación, el Vesper se transformó en un templo. Nos vistieron con vestidos blancos ajustados y velos semitransparentes, como novias grotescas listas para ser entregadas. La Ama Octavia caminaba entre nosotras como una sacerdotisa cruel.

—Hoy dejarán atrás lo que alguna vez fueron. Sirvan con orgullo… o sirvan con dolor. No hay otra opción.

Una a una recorrimos la alfombra roja hacia el estrado, tambaleándonos en tacones de aguja, y nos arrodillamos a recitar el juramento: «Renuncio a mi pasado, renuncio a mi nombre. Soy una sissy, hecha para obedecer».

Cuando llamaron a Vera, caminó con gracia, las lágrimas brillándole no de vergüenza sino de emoción, y recitó el juramento con voz firme, casi orgullosa. El alfa que la había reclamado se levantó, le tomó la mano y la condujo fuera del salón, hacia una vida de lujos. Me miró una última vez con una sonrisa triste.

—Adiós, amiga.

Yo solo vi una despedida que confirmaba el abismo entre nosotras. Ella se va con amor; yo, con cadenas.

Después dijeron mi nombre. Caminé temblando, me arrodillé, y la boca se me abrió sin que saliera palabra. El collar lanzó una descarga que me dobló de dolor hasta que, entre lágrimas, pronuncié el juramento entero. El público estalló en risas y aplausos crueles.

De entre los invitados se levantó Damián, vestido de negro, con una sonrisa satisfecha.

—Esta es mía —declaró, señalando el tatuaje que brillaba en mi muslo.

Me obligaron a ponerme de pie. Él se acercó, me levantó el velo y me acarició el rostro maquillado.

—Perfecta, justo como lo imaginé. La primera joya de mi colección. Los clientes ya están esperando, muñeca.

La Ama Octavia alzó los brazos para cerrar la ceremonia.

—Así termina el entrenamiento. Estas ya no son personas, sino sissies al servicio del Consejo y de sus dueños. Que las usen, que las disfruten, que nunca olviden su lugar.

Sonaron las campanas. Vera desapareció en los brazos de su alfa millonario. A mí me arrastró Damián, rumbo a un destino sellado del que ya no había salida. Y mientras las puertas del Vesper se cerraban a mi espalda, lo último que sentí no fue miedo, sino la certeza fría de que el Tobías que había entrado por esa puerta ya no existía en ninguna parte.

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