El fin de semana que mi mujer y yo fuimos sus sumisos
A Marisa y a mí nos presentó una amiga común. Nos enamoramos rápido, nos casamos un par de años después y construimos una vida ordenada, casi previsible. Por eso, cuando una tarde de domingo volvíamos en coche de comer con esa misma amiga, no esperaba que mi mujer rompiera el silencio con la frase que lo cambió todo.
—Tú sabes que a Renata le gusta mandar —dijo, mirando por la ventanilla.
Lo sabía. Lo sabía mejor de lo que ella imaginaba.
—Algo he oído —contesté, con un cuidado deliberado.
Marisa giró la cabeza despacio. Tenía esa manera de medir las palabras antes de soltarlas, como si las pesara una a una.
—Yo estuve con ella. Varias veces. Antes de que tú y yo fuéramos en serio. —Hizo una pausa—. Fui su sumisa. Me follaba con arneses, me hacía tragarme lo que quería y me obligaba a chuparle el coño hasta que se corría en mi cara. Y hoy, en la comida, me preguntó si no me apetecía volver.
Frené en un semáforo y la miré. Esperaba reproche, vergüenza, cualquier cosa menos lo que sentí: un alivio enorme, casi físico, y una erección que se me marcaba dura contra el pantalón.
—Marisa —dije—. Yo también estuve con Renata. Y a mí también me gustaba obedecer. Me la mamé de rodillas más veces de las que puedo contar, y ella me follaba el culo con un consolador mientras me llamaba puta.
El semáforo se puso verde. Ninguno de los dos habló durante un rato largo, pero algo se había soltado entre nosotros, un nudo que llevábamos años sin nombrar.
***
Esa misma noche, en la cama, le propuse la idea que ya no me dejaba dormir.
—Habla con ella. Pregúntale si nos quiere a los dos. Juntos.
Lo dije y me arrepentí medio segundo, y al segundo siguiente supe que no me arrepentía en absoluto.
Marisa se incorporó sobre el codo. La luz de la calle entraba por la persiana y le rayaba la cara y las tetas pequeñas de pezones despiertos.
—¿Estás seguro de lo que estás pidiendo?
—Más seguro que de casi nada.
Se subió encima de mí sin decir más. Me bajó el calzoncillo con los dientes, me sacó la polla y se la metió entera en la boca de una sola bajada. La sentí atragantarse, sacarla brillante de saliva, escupir sobre el glande y volver a tragarla hasta la raíz. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la garganta despacio, mirándole los ojos llorosos.
—Chúpamela pensando en ella —le pedí—. En cómo te la va a hacer chupar delante de mí.
Marisa gimió con la boca llena y bajó la mano a tocarse el coño. La oía chapotear, húmeda, mientras la verga entera entraba y salía de sus labios estirados. Cuando la solté, se subió a horcajadas, se abrió el sexo con los dedos y se empaló de un solo golpe hasta el fondo. Se movió rápido, cabalgándome con las tetas pequeñas botando y los pezones tan tiesos que se los pellizcaba ella misma, retorciéndoselos con saña.
—Voy a ser su puta otra vez —jadeó—. Y tú vas a ser su puto conmigo. Dilo.
—Voy a ser su puto contigo —repetí, embistiéndola desde abajo.
Se corrió a los pocos minutos, apretándome la polla con el coño en espasmos, y yo me vine dentro de ella con un gruñido, vaciándome tanto que sentí el semen chorreando entre los dos cuando se dejó caer sobre mi pecho.
Tardó tres días en escribirle. La respuesta llegó esa misma tarde: a Renata le había encantado la idea. Nos citaba el sábado en su casa, en las afueras, para todo el fin de semana. Ella sería nuestra Ama; nosotros, simplemente suyos.
***
Llegamos el sábado a media tarde. La casa era amplia, de paredes oscuras y luz tenue, y olía a madera y a algo dulce que no supe identificar. La primera sorpresa nos esperaba dentro: Renata no estaba sola. Junto a ella había una mujer de rasgos parecidos, unos años más joven, y un hombre alto de presencia tranquila que la abrazaba por la cintura.
—Mi hermana Lorena —dijo Renata, señalándola—. Y Darío, mi pareja. Hoy también deciden sobre vosotros.
Marisa me buscó la mano. Renata lo notó y sonrió.
—Quiero que escuchéis bien esto, porque solo lo voy a decir una vez. —Se cruzó de brazos—. Si cruzáis esa línea del suelo, dejáis de tener voluntad hasta el lunes. Seréis nuestros para lo que queramos, y no aceptaré un solo «pero» durante vuestro adiestramiento. —Hizo una pausa larga, mirándonos a los ojos—. Pactamos antes una palabra: si alguno dice «invierno», todo se detiene de inmediato, sin preguntas. Esa es vuestra única protección. Por lo demás, esta es vuestra última oportunidad de iros sin que pase nada. Después, sois míos.
Nos miramos. En los ojos de Marisa no había miedo, había hambre. La conocía lo suficiente para distinguir una cosa de la otra.
Cruzamos la línea juntos.
***
Lo primero fue desnudarnos. Lo hicimos despacio, bajo la mirada de los tres, y un escalofrío me recorrió la espalda al sentirme tan expuesto y tan sereno a la vez. La polla se me puso dura sola, al aire, delante de ellos, y no traté de disimularlo. Marisa quedó a mi lado con las piernas ligeramente separadas, el coño depilado brillando ya de humedad. Renata nos puso a cada uno un collar de cuero, ajustado pero no incómodo, y enganchó una correa a cada anilla.
—Mira qué pezones tiene esta —le dijo a su hermana, pasando los dedos por el pecho de Marisa, que apenas tenía busto pero unos pezones grandes y respondones—. Vas a disfrutar castigándolos.
Lorena se acercó y los pellizcó sin prisa. Los tiró hacia arriba, los retorció, los apretó entre las uñas hasta que Marisa se puso de puntillas para no gritar. Después bajó la boca y le mordió uno, chupándolo con los dientes clavados, mientras con la otra mano le agarraba el coño entero, en cuenco, y hundía dos dedos de golpe. Marisa contuvo el aire, cerró los ojos, y de su garganta salió un sonido que estaba a medio camino entre la queja y el deseo. Lorena sacó los dedos empapados y me los pasó por los labios.
—Chúpalos, gusano. Mira lo mojada que tienes a tu mujer.
Los chupé, uno a uno, saboreando el flujo caliente de Marisa mientras Lorena me miraba con una sonrisa fría.
Después Renata se volvió hacia mí. Me agarró del mentón y me obligó a mirarla. Con la otra mano me tomó la polla y me la apretó, midiéndomela sin ninguna delicadeza.
—Y tú, gusano —dijo, sin asomo de crueldad real, solo el papel jugado a la perfección—. Vas a dejar que hagamos con tu mujer todo lo que se nos antoje. Y vas a verlo. Y te va a gustar. Y se te va a poner la verga tan dura como ahora, aunque te dé vergüenza. ¿Está claro?
—Sí, Ama —respondí, y la voz me salió más firme de lo que esperaba.
Ella me la meneó dos veces, despacio, y me soltó cuando ya se me escapaba una gota transparente por la punta.
***
Nos llevaron a un banco acolchado, una especie de potro bajo. Nos ataron con los brazos estirados hacia delante y la espalda arqueada, uno junto al otro, las caderas en alto, los culos ofrecidos y los coños y huevos colgando a la vista. Las cuerdas estaban ajustadas con cuidado, lo justo para inmovilizar sin cortar la circulación. Lo noté incluso en ese momento: detrás de la dureza del juego había una atención meticulosa a nuestros cuerpos.
—Lorena, diez a cada uno —ordenó Renata, y le tendió una fusta fina.
El primer golpe me cayó cruzado en el culo y ardió como una línea de fuego. El segundo lo recibió Marisa en el mismo sitio, y la oí morder el aire a mi lado. Fueron alternando, diez para ella, diez para mí, y con cada impacto el calor se extendía y se convertía en otra cosa, en una corriente que subía por la espalda y me nublaba la cabeza. La polla, atrapada contra el borde del banco, se me endurecía más con cada latigazo.
—¿Os gusta? —se reía Renata, paseándose alrededor del banco—. Mírales la cara, Lorena. Les encanta. Y mírale el coño a esta, chorrea.
Se agachó detrás de Marisa y le abrió las nalgas con las dos manos. Le pasó la lengua desde el clítoris hasta el ojete, un lametón largo y grueso, y volvió a subir. Marisa gimió alto, empujando el culo hacia atrás sin querer, y Renata la premió con un dedo dentro del coño y otro tanteándole el ano.
—Aquí también vamos a entrar hoy —le anunció—. Y aquí. Y en la boca. En los tres agujeros, puta. Como en los viejos tiempos.
No mentía. Marisa tenía las mejillas húmedas y la boca entreabierta, y yo estaba en un estado que no había conocido nunca, suspendido entre el dolor y un placer extraño y limpio. Darío se colocó delante de mi cara, se bajó los pantalones y me acercó la polla dura a los labios. Era gruesa, marcada, con el glande brillante.
—Abre —dijo tranquilo.
Abrí. Me la metió despacio, dejándome sentir el peso, el olor, el sabor. Luego empujó más adentro y empezó a follarme la boca con embestidas cortas, agarrándome del pelo. Yo tragaba saliva, se me caía por la barbilla, y él seguía, marcando un ritmo constante mientras Lorena me seguía dando fustazos en el culo.
Al lado, Renata se había quitado el pantalón y se había puesto un arnés con un consolador negro y curvo. Se lubricó la punta con calma y se la fue metiendo a Marisa por el coño hasta el fondo. Marisa gritó contra las cuerdas, un grito ronco de placer, y Renata empezó a follarla con golpes secos que hacían temblar todo el banco. Yo oía el chapoteo del coño de mi mujer, el ruido de las caderas de Renata chocando contra su culo enrojecido, y notaba cómo la polla de Darío se me hinchaba en la boca al ritmo de la escena.
—Trágala entera —me ordenó él, y me apretó la nuca hasta que se me clavó la punta en la garganta.
Entre golpe y golpe, Renata se detenía a comprobar cómo estábamos. Apoyaba la palma abierta sobre la marca caliente, preguntaba en voz baja si podíamos seguir, esperaba nuestro «sí, Ama» antes de hacer un gesto a su hermana para que continuara. Esa cadencia —tensión, alivio, tensión otra vez— era lo que de verdad nos desarmaba. Cada vez que creía haber llegado a mi límite, ella retrocedía un paso y me dejaba caer un peldaño más adentro de mí mismo.
Marisa se corrió atada, embestida por el consolador y con dos dedos de Lorena en el culo. La oí gritar mi nombre entre jadeos, y sentí que me temblaban las piernas de las ganas de correrme yo también, con la polla de Darío todavía golpeándome el paladar.
***
Cuando llegó la hora de cenar, nos dejaron atados.
Los tres se sentaron a la mesa, a pocos metros, y comieron tranquilos mientras nosotros seguíamos en aquella postura, ofrecidos, escuchando el tintineo de los cubiertos y sus conversaciones banales sobre cualquier cosa. El semen de Darío me resbalaba todavía por la comisura, el coño de Marisa goteaba sobre el banco, y ellos hablaban del tiempo. La espera era parte del juego, y lo entendí entonces: nos estaban enseñando a desear, a contar los minutos, a depender por completo de su voluntad.
Terminada la cena, Renata se acercó. Pasó una mano por la espalda de Marisa, luego por la mía, y bajó a tantearnos los agujeros con dos dedos húmedos de aceite.
—Los dos sois nuevos en algo —dijo en voz baja—. En que os follen el culo bien follado. Y eso hay que cuidarlo. No de cualquier manera. Despacio.
Hizo un gesto a Darío. Él se colocó detrás de Marisa, se puso más aceite en la polla y le acarició la nuca, se tomó su tiempo, esperó a que ella aflojara los hombros y se entregara antes de empezar. Le apoyó el glande contra el ojete y empujó milímetro a milímetro. Marisa gimió, primero de tensión y luego de otra cosa, mientras él avanzaba con una lentitud casi insoportable, hundiéndosela entera hasta que las caderas de él pegaron contra el culo caliente de ella. Renata no le quitaba ojo, atenta a cada reacción de mi mujer, lista para parar a la mínima señal equivocada.
—Eso es —murmuraba—. Respira. Suelta. Así. Ahora déjate follar el culo como la puta que eres.
Darío empezó a moverse, retirándose casi entero y volviendo a hundírsela hasta el fondo, con un ritmo pausado que se fue acelerando. Marisa gritaba a cada embestida, un grito quebrado y feliz, y Renata le metió la mano por debajo para frotarle el clítoris. Se corrió otra vez, con la polla de Darío bien clavada en el culo, y él siguió unos minutos más hasta descargarle dentro un chorro largo que le fue saliendo entre los muslos cuando se retiró.
Yo lo miraba todo desde mi sitio, atado, ardiendo, y descubría que verla entregarse no me dolía: me encendía de una manera que no sabía explicar. Tenía la polla morada, chorreando líquido preseminal sobre el cuero del banco.
Cuando le llegó mi turno, Darío repitió el mismo cuidado conmigo. Renata se agachó hasta ponerse a la altura de mi oído mientras él me abría con dos dedos aceitados.
—Si necesitas parar, ya sabes la palabra —susurró—. Si no, respira hondo y déjate llevar. Vas a sentir la polla de mi hombre entera en el culo, y te va a gustar.
No usé la palabra. Respiré hondo. Sentí el glande grueso empujar, la resistencia ceder, el ardor convertirse en un calor profundo que me subía por la columna. Darío me la metió hasta la raíz y se quedó quieto un momento, con las manos en mis caderas, dejando que me acostumbrara. Luego empezó a follarme el culo con la misma paciencia meticulosa que había usado con Marisa, y a los pocos minutos yo estaba gimiendo como un perro, empujando el trasero hacia atrás para pedir más.
Renata se me puso delante, se abrió el coño con dos dedos y me lo pegó a la boca.
—Cómemelo mientras te follan —ordenó.
Metí la lengua entre sus labios calientes, le lamí el clítoris, la chupé como si me fuera la vida en ello. Sabía a sudor y a excitación, y encima de mí Darío me embestía más rápido, chocando contra mi culo con golpes secos que me hacían gemir contra el coño de Renata. Cuando ella se corrió, me apretó la cara contra su sexo y me inundó la boca de flujo. Un segundo después me vine yo, sin que nadie me tocara la polla, solo por la verga que me destrozaba el culo, salpicando el banco de semen a chorros.
Y me dejé llevar a un lugar nuevo, intenso y abrumador, donde el cuerpo aprendía algo que la cabeza tardaría días en entender.
***
El suplicio —si es que podía llamarse así a algo tan deseado— se prolongó hasta que los tres quedaron satisfechos y nosotros, deshechos y temblando, colgábamos de las cuerdas más relajados que en años, con los muslos pegajosos y los agujeros ardiendo.
Renata nos soltó ella misma, con manos firmes y suaves. Nos frotó las muñecas, nos dio agua, nos cubrió con una manta. La Ama implacable de hacía un rato cuidaba ahora cada detalle, y comprendí que esa contradicción era justamente el corazón de todo.
—Mañana seguimos —dijo, acariciándole el pelo a Marisa—. Hay mucho que enseñaros todavía. Dormid. Lo vais a necesitar.
Nos acomodaron juntos en un cuarto contiguo, sobre un colchón bajo, todavía con los collares puestos. Marisa se acurrucó contra mí en la penumbra. Tenía la piel caliente y los ojos brillantes, y el semen todavía escurriéndole del culo sobre el muslo.
—¿Estás bien? —le pregunté en voz muy baja.
—Mejor que bien —contestó, y me besó despacio, mordiéndome el labio—. ¿Y tú?
No supe responder con palabras. La abracé más fuerte, le pasé la mano por el coño mojado, le metí dos dedos con cuidado, y me quedé escuchando su respiración, pensando en todo lo que habíamos callado durante años y que esa noche, por fin, habíamos dicho en voz alta sin pronunciar apenas una frase.
Fueron solo las primeras horas de aquel fin de semana. Las que vinieron después merecen su propia historia.





