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Relatos Ardientes

El fin de semana que mi mujer y yo fuimos sus sumisos

A Marisa y a mí nos presentó una amiga común. Nos enamoramos rápido, nos casamos un par de años después y construimos una vida ordenada, casi previsible. Por eso, cuando una tarde de domingo volvíamos en coche de comer con esa misma amiga, no esperaba que mi mujer rompiera el silencio con la frase que lo cambió todo.

—Tú sabes que a Renata le gusta mandar —dijo, mirando por la ventanilla.

Lo sabía. Lo sabía mejor de lo que ella imaginaba.

—Algo he oído —contesté, con un cuidado deliberado.

Marisa giró la cabeza despacio. Tenía esa manera de medir las palabras antes de soltarlas, como si las pesara una a una.

—Yo estuve con ella. Varias veces. Antes de que tú y yo fuéramos en serio. —Hizo una pausa—. Fui su sumisa. Y hoy, en la comida, me preguntó si no me apetecía volver.

Frené en un semáforo y la miré. Esperaba reproche, vergüenza, cualquier cosa menos lo que sentí: un alivio enorme, casi físico.

—Marisa —dije—. Yo también estuve con Renata. Y a mí también me gustaba obedecer.

El semáforo se puso verde. Ninguno de los dos habló durante un rato largo, pero algo se había soltado entre nosotros, un nudo que llevábamos años sin nombrar.

***

Esa misma noche, en la cama, le propuse la idea que ya no me dejaba dormir.

—Habla con ella. Pregúntale si nos quiere a los dos. Juntos.

Lo dije y me arrepentí medio segundo, y al segundo siguiente supe que no me arrepentía en absoluto.

Marisa se incorporó sobre el codo. La luz de la calle entraba por la persiana y le rayaba la cara.

—¿Estás seguro de lo que estás pidiendo?

—Más seguro que de casi nada.

Tardó tres días en escribirle. La respuesta llegó esa misma tarde: a Renata le había encantado la idea. Nos citaba el sábado en su casa, en las afueras, para todo el fin de semana. Ella sería nuestra Ama; nosotros, simplemente suyos.

***

Llegamos el sábado a media tarde. La casa era amplia, de paredes oscuras y luz tenue, y olía a madera y a algo dulce que no supe identificar. La primera sorpresa nos esperaba dentro: Renata no estaba sola. Junto a ella había una mujer de rasgos parecidos, unos años más joven, y un hombre alto de presencia tranquila que la abrazaba por la cintura.

—Mi hermana Lorena —dijo Renata, señalándola—. Y Darío, mi pareja. Hoy también deciden sobre vosotros.

Marisa me buscó la mano. Renata lo notó y sonrió.

—Quiero que escuchéis bien esto, porque solo lo voy a decir una vez. —Se cruzó de brazos—. Si cruzáis esa línea del suelo, dejáis de tener voluntad hasta el lunes. Seréis nuestros para lo que queramos, y no aceptaré un solo «pero» durante vuestro adiestramiento. —Hizo una pausa larga, mirándonos a los ojos—. Pactamos antes una palabra: si alguno dice «invierno», todo se detiene de inmediato, sin preguntas. Esa es vuestra única protección. Por lo demás, esta es vuestra última oportunidad de iros sin que pase nada. Después, sois míos.

Nos miramos. En los ojos de Marisa no había miedo, había hambre. La conocía lo suficiente para distinguir una cosa de la otra.

Cruzamos la línea juntos.

***

Lo primero fue desnudarnos. Lo hicimos despacio, bajo la mirada de los tres, y un escalofrío me recorrió la espalda al sentirme tan expuesto y tan sereno a la vez. Renata nos puso a cada uno un collar de cuero, ajustado pero no incómodo, y enganchó una correa a cada anilla.

—Mira qué pezones tiene esta —le dijo a su hermana, pasando los dedos por el pecho de Marisa, que apenas tenía busto pero unos pezones grandes y respondones—. Vas a disfrutar castigándolos.

Lorena se acercó y los pellizcó sin prisa. Marisa contuvo el aire, cerró los ojos, y de su garganta salió un sonido que estaba a medio camino entre la queja y el deseo.

Después Renata se volvió hacia mí. Me agarró del mentón y me obligó a mirarla.

—Y tú, gusano —dijo, sin asomo de crueldad real, solo el papel jugado a la perfección—. Vas a dejar que hagamos con tu mujer todo lo que se nos antoje. Y vas a verlo. Y te va a gustar.

—Sí, Ama —respondí, y la voz me salió más firme de lo que esperaba.

***

Nos llevaron a un banco acolchado, una especie de potro bajo. Nos ataron con los brazos estirados hacia delante y la espalda arqueada, uno junto al otro, las caderas en alto. Las cuerdas estaban ajustadas con cuidado, lo justo para inmovilizar sin cortar la circulación. Lo noté incluso en ese momento: detrás de la dureza del juego había una atención meticulosa a nuestros cuerpos.

—Lorena, diez a cada uno —ordenó Renata, y le tendió una fusta fina.

El primer golpe me cayó cruzado y ardió como una línea de fuego. El segundo lo recibió Marisa, y la oí morder el aire a mi lado. Fueron alternando, diez para ella, diez para mí, y con cada impacto el calor se extendía y se convertía en otra cosa, en una corriente que subía por la espalda y me nublaba la cabeza.

—¿Os gusta? —se reía Renata, paseándose alrededor del banco—. Mírales la cara, Lorena. Les encanta.

No mentía. Marisa tenía las mejillas húmedas y la boca entreabierta, y yo estaba en un estado que no había conocido nunca, suspendido entre el dolor y un placer extraño y limpio. La sesión duró un buen rato, hasta que la piel nos quedó encendida y la respiración entrecortada.

Entre golpe y golpe, Renata se detenía a comprobar cómo estábamos. Apoyaba la palma abierta sobre la marca caliente, preguntaba en voz baja si podíamos seguir, esperaba nuestro «sí, Ama» antes de hacer un gesto a su hermana para que continuara. Esa cadencia —tensión, alivio, tensión otra vez— era lo que de verdad nos desarmaba. Cada vez que creía haber llegado a mi límite, ella retrocedía un paso y me dejaba caer un peldaño más adentro de mí mismo.

***

Cuando llegó la hora de cenar, nos dejaron atados.

Los tres se sentaron a la mesa, a pocos metros, y comieron tranquilos mientras nosotros seguíamos en aquella postura, ofrecidos, escuchando el tintineo de los cubiertos y sus conversaciones banales sobre cualquier cosa. La espera era parte del juego, y lo entendí entonces: nos estaban enseñando a desear, a contar los minutos, a depender por completo de su voluntad.

Terminada la cena, Renata se acercó. Pasó una mano por la espalda de Marisa, luego por la mía.

—Los dos sois nuevos en algo —dijo en voz baja—. Y eso hay que cuidarlo bien. No de cualquier manera. Despacio.

Hizo un gesto a Darío. Él se colocó detrás de Marisa, y vi cómo le acariciaba la nuca, cómo se tomaba su tiempo, cómo esperaba a que ella aflojara los hombros y se entregara antes de empezar. Marisa gimió, primero de tensión y luego de otra cosa, mientras él avanzaba con una lentitud casi insoportable. Renata no le quitaba ojo, atenta a cada reacción de mi mujer, lista para parar a la mínima señal equivocada.

—Eso es —murmuraba—. Respira. Suelta. Así.

Yo lo miraba todo desde mi sitio, atado, ardiendo, y descubría que verla entregarse no me dolía: me encendía de una manera que no sabía explicar.

Cuando le llegó mi turno, Darío repitió el mismo cuidado conmigo. Renata se agachó hasta ponerse a la altura de mi oído.

—Si necesitas parar, ya sabes la palabra —susurró—. Si no, respira hondo y déjate llevar.

No usé la palabra. Respiré hondo. Y me dejé llevar a un lugar nuevo, intenso y abrumador, donde el cuerpo aprendía algo que la cabeza tardaría días en entender.

***

El suplicio —si es que podía llamarse así a algo tan deseado— se prolongó hasta que los tres quedaron satisfechos y nosotros, deshechos y temblando, colgábamos de las cuerdas más relajados que en años.

Renata nos soltó ella misma, con manos firmes y suaves. Nos frotó las muñecas, nos dio agua, nos cubrió con una manta. La Ama implacable de hacía un rato cuidaba ahora cada detalle, y comprendí que esa contradicción era justamente el corazón de todo.

—Mañana seguimos —dijo, acariciándole el pelo a Marisa—. Hay mucho que enseñaros todavía. Dormid. Lo vais a necesitar.

Nos acomodaron juntos en un cuarto contiguo, sobre un colchón bajo, todavía con los collares puestos. Marisa se acurrucó contra mí en la penumbra. Tenía la piel caliente y los ojos brillantes.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz muy baja.

—Mejor que bien —contestó, y me besó despacio—. ¿Y tú?

No supe responder con palabras. La abracé más fuerte y me quedé escuchando su respiración, pensando en todo lo que habíamos callado durante años y que esa noche, por fin, habíamos dicho en voz alta sin pronunciar apenas una frase.

Fueron solo las primeras horas de aquel fin de semana. Las que vinieron después merecen su propia historia.

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Comentarios(5)

CristinaMdeo

Raramente um relato sobre esse tema me prende assim logo no começo. Muito bem escrito, parabens mesmo

Thais_MG

amei!! continua por favor 🙏

rodrigo1988

Esse tipo de dinâmica de casal me fascina. Pouca gente tem coragem de escrever sobre isso de forma tão madura. Esperando mais

Silvina_net

Cara, que coragem desse casal... me deixou pensando por um bom tempo depois de terminar de ler. Muito bem contado

FedericoNoc

um dos melhores que li nesse tema aqui. a tensão descrita no inicio é incrível, dá pra sentir o nervoso dos dois

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