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Relatos Ardientes

La noche que dos amas castigamos a nuestros sumisos

Ilustración del relato erótico: La noche que dos amas castigamos a nuestros sumisos

Sofía y yo descubrimos que teníamos más en común de lo que imaginábamos. Las dos salíamos con hombres sumisos, las dos éramos dominantes hasta la médula, y las dos habíamos aprendido que el placer más intenso no estaba entre nuestras piernas, sino en el control absoluto sobre el de ellos. Unas semanas atrás organizamos una noche para los cuatro: nosotras vestidas de cuero, ellos desnudos toda la velada, obedeciendo cada capricho. Quedamos en repetirla, pero esta vez con una temática distinta. Apostamos cuál de las dos mandaría en la siguiente sesión. Gané yo.

Desde aquella primera noche, dominar a Martín se había vuelto una adicción. Le impuse reglas nuevas. La más importante: tenía prohibido usar ropa dentro de casa. Si alguna vez lo encontraba vestido, le advertí, las consecuencias serían inolvidables. Al principio le costó. El primer día llegué de la oficina ansiosa por ver el espectáculo y lo encontré masturbándose a las apuradas para tener la erección que yo exigía. No se había preparado a tiempo. Le di una sola lección esa tarde y nunca más volvió a fallar.

Era viernes. El trabajo me había dejado agotada, pero solo pensar en lo que íbamos a hacer esa noche me devolvía la energía de golpe. Martín tenía la suerte de trabajar desde casa, así que su única tarea del día era estar listo para cuando yo cruzara la puerta.

Llegué y ahí estaba, desnudo, esperándome detrás de la entrada con la erección impecable. Me quité el bolso del hombro y lo colgué de su miembro. Después la chaqueta, encima. Pasé frente a él sin mirarlo y me dejé caer en el sofá. Su siguiente labor era arrodillarse, quitarme los zapatos y masajearme los pies. Habíamos repetido esa rutina decenas de veces y aun así nunca me cansaba. Verlo servirme como un esclavo a su ama era un deleite que no se gastaba.

—Sigue con las piernas —le ordené.

Obedeció en silencio, concentrado, evidentemente excitado por lo que se venía. Cuando terminó fue a preparar mi baño. Lo encontré de pie junto a la bañera, con una toalla cubriéndole la erección y la mirada clavada en la pared. Tenía prohibido verme mientras me bañaba. Debía permanecer inmóvil, mantener la erección y esperar a que yo tirara de la toalla para secarme. Si la toalla caía antes, lo pagaba caro.

***

Después de la ducha me enfundé mi traje: un corsé y una falda de cuero negro que, contra mi piel pálida, me daban el aire de una vampiresa. Martín no necesitaba vestirse. Esa noche estaría desnudo de principio a fin.

Sofía y Diego llegaron puntuales. Apenas Diego vio a mi novio sin ropa, entendió y empezó a desvestirse por su cuenta. Sofía no lo dejó pasar.

—Espera a que te lo ordene —le dijo con un manotazo seco en los testículos que lo hizo doblarse—. No te mandas solo. Y deberías avergonzarte de mostrar esa cosa tan pequeña.

Esperé a que se incorporara para tomar la palabra.

—Bien, chicos. Esta noche mando yo, y eso los incluye a ustedes y a Sofía. Ella será la segunda al mando. El que le falte el respeto lo paga. Ustedes son lo más bajo de esta habitación y están aquí únicamente para obedecer.

Les señalé dos sillas que había mandado preparar, cada una con un agujero en el centro del asiento. Mientras Sofía se quitaba el abrigo y el pantalón —debajo llevaba un bikini de cuero negro y un antifaz que, junto a sus labios rojos, la hacían irresistible—, yo terminé de explicar.

—Siéntense. Sofía los atará y empezamos.

Cuando estuvieron amarrados, le entregué a mi amiga una cuerda gruesa de cáñamo con un nudo voluminoso en la punta, de esas que se usan para amarrar botes. Y, por si fuera poco, una fusta. La fusta dolería; la cuerda era otra cosa. Solo verla colgando de su mano me erizaba la piel. Les vendamos los ojos. Sus testículos quedaban a la vista, asomando por el agujero de cada silla.

—El juego es simple —anuncié—. Van a jugar piedra, papel o tijera, sentados, a la cuenta de tres. Después de cada ronda le preguntaremos a uno de ustedes si usamos la fusta o la cuerda con el perdedor. Pero no les diremos quién ganó ni quién perdió. El perdedor se entera del resultado cuando el golpe le llega. Si hay empate, Sofía decide el castigo con su cuerpo.

Los dos quedaron muy quietos, procesando. Era difícil culparlos. Tener todo expuesto, sin saber de dónde vendría el siguiente impacto, debía ser aterrador.

—Quizá se pregunten por qué demonios elegirían la cuerda —seguí—. Porque hay premio. Si la eligen, el que haya ganado recibe sexo oral de la novia del otro, hasta veinte minutos. El perdedor no solo recibe el golpe: además ve cómo su mujer se la chupa a su rival. El que recibe el oral tiene prohibido terminar. Si se viene, son tres golpes seguidos con la cuerda.

—Vaya, sí que eres la más sádica que conozco —comentó Sofía, burlona.

—Cuando se trata de sus pelotas me sale lo creativo —contesté, y debo confesar que me sentí orgullosa.

—Así que ya saben, chicos —cerró ella aplaudiendo para darles ánimo—: demuestren que tienen lo que hay que tener.

—Una cosa más —agregué—. Hay dos formas de terminar. Si uno se rinde, hay un ganador, y el ganador nos coge a las dos hasta acabar mientras el otro mira. Si después de cinco rondas ambos abandonan, el premio será mirarnos a Sofía y a mí mientras se masturban.

***

—Uno… dos… tres —contó Sofía.

Los dos pusieron piedra. Empate disfrazado: ninguno lo sabía. Sofía se agachó detrás de Martín y le soltó un puñetazo a los testículos como quien golpea una pera de boxeo. Mi novio dejó escapar un quejido largo. Diego, al oírlo, sonrió convencido de haber ganado. El muy ingenuo no entendió que la falta de pregunta significaba que ambos habían perdido. Lo entendió un segundo después, cuando Sofía le descargó un golpe todavía más fuerte. Le di unos segundos para recuperarse a cada uno.

—Segunda ronda. Uno… dos… tres.

Martín repitió piedra, terco. Diego puso papel.

—Martín, elige: fusta o cuerda —dije.

Se quedó pensando un buen rato, aunque era inútil. No tenía manera de saber si había ganado.

—Fusta —decidió al fin, sin arriesgar.

Sofía se ubicó detrás de él, tomó la fusta y, sin una palabra, descargó el latigazo con toda su fuerza. La piel quedó al rojo vivo al instante. Diego soltó una carcajada de victoria.

—No te alegres tanto, cariño —le advirtió Sofía—. Las próximas podrían ser las tuyas.

—Sigamos —dije—. Uno… dos… tres.

Martín cambió a tijera. Diego, papel otra vez.

—Ahora elige tú, cariño —le dijo Sofía a su novio, apoyándole una mano en el hombro—. Fusta o cuerda.

—¡Cuerda! —exclamó él, entusiasmado, seguro de que iba ganando.

Si hubiera sabido que había perdido, jamás la habría pedido. Sofía fue a buscar la cuerda. Verla caminar con esa cosa daba miedo. Esperó un par de segundos. Martín, que creía ser el destinatario, se tensó entero al escuchar cada paso. Podía ver cómo cada fibra de su cuerpo quería liberar las manos para protegerse.

—A la cuenta de tres, Sofía. Uno… dos… ¡ahora!

Qué puntería. El nudo impactó justo en el centro. Lo vi todo: la cuerda llegando, el aplastamiento, el cuerpo de Diego sacudiéndose contra las ataduras. Soltó un grito desgarrador y tiró de las cuerdas con todas sus fuerzas, inútilmente, intentando alcanzar lo que ya no podía proteger. Nunca había visto algo tan brutal frente a mí.

Mientras él respiraba agitado, Sofía soltó la cuerda y caminó hacia Martín. Mi novio estaba tan aliviado de que no fuera él que casi sonreía. Ella se arrodilló, se llevó su miembro a la boca y empezó. En la habitación solo se oían los sonidos húmedos, el gemido de placer de Martín y la respiración entrecortada de Diego, que todavía no se reponía.

—Vaya que lo disfrutas, amor —dije—. Espero que no te guste tanto la boca de Sofía como para preferirla a la mía.

—No, mi diosa, las tuyas son las mejores —respondió.

No pude evitar sonreír. A Sofía no le hizo tanta gracia: abrió los ojos y le soltó un golpe por debajo de la silla sin dejar de chupar.

—Vamos, Diego —lo provocó después—. Tu chica está devorando a Martín. ¿Vas a dejar que siga?

El oral se extendió unos minutos más, hasta que Diego encontró las fuerzas.

—Sigamos… —murmuró.

Sofía se apartó con un chasquido y volvió junto a su novio.

***

—Cuarta ronda. Uno… dos… tres.

Ambos pusieron papel. Sofía se agachó, extendió los brazos y atrapó los testículos de los dos a la vez. Empezó a apretar y a tirar mientras ellos se retorcían soltando quejidos. Había una sonrisa en su cara, la sonrisa de alguien que disfruta de verdad lo que hace. Tras unos segundos los soltó, y a pesar del dolor los dos parecían agradecidos por el empate.

—Quinta ronda —anuncié—. Si la pasan, pueden retirarse con el premio menor. Claro, si tienen lo que hace falta para seguir.

—Uno… dos… tres —contó Sofía.

Esta vez Martín eligió papel y Diego, tijera. Se suponía que yo debía "cuidar" a mi novio, y no quería que perdiera nada esa noche. Pero, lo confieso, imaginar la cuerda reventándole me ponía caliente como pocas cosas. Cuando Sofía le preguntó qué prefería, me acerqué, le apoyé la mano en la pierna y le susurré al oído:

—Pide la cuerda.

Sonrió, confiado. No me sentía orgullosa de engañarlo, pero no podría soportar que la noche terminara sin verlo a él recibir ese golpe.

—Cuerda —dijo con seguridad.

Sofía se mordió el labio para no reírse y delatarme.

—Será con cuerda —dije—. Y esta vez la uso yo.

Fui a recogerla. Mientras pasaba detrás de las sillas, vi la sonrisa boba de Martín, convencido de que le esperaba otro oral. Le esperaba algo muy distinto. Nunca me había sentido tan entusiasmada. Sofía contó para que él no supiera que la golpeadora era yo.

—Uno…

—Esperen —dijo Diego, nervioso, aunque ni siquiera era el destinatario.

—Dos…

—Por favor… —insistió.

—¡Tres! —lancé el nudo hacia delante con los dos brazos, con muchísima fuerza.

El impacto fue perfecto. Martín dio un grito de dolor y sorpresa, saltó en la silla, tiró de las cuerdas y se balanceó hasta caer de costado, con la cara contra el piso. Quizá me pasé. La excitación no me dejó medir la fuerza. Quedó en el suelo, quejándose, sin que el dolor lo abandonara. Era exactamente el espectáculo que había querido ver, aunque resultó más intenso de lo que esperaba.

Con el pie lo empujé hasta dejarlo boca abajo. Verlo así, indefenso, me tenía hipnotizada. Una parte oscura de mí quería levantar de nuevo la cuerda y golpear otra vez, ahora con todo. Mi mano empezó a alzarse casi por voluntad propia. Sofía, que era la única que podía verme, tenía la boca entreabierta y la mano entre sus piernas, ansiando que lo hiciera.

—Ama Lorena, ¿no me dará mi premio? —preguntó Diego.

La pregunta me sacó del trance de golpe. ¿Qué demonios estaba a punto de hacer?

—Ah… sí —dije, volviendo en mí.

Caminé hacia él, me arrodillé y me llevé su miembro flácido a la boca. Lo sentí crecer poco a poco, una sensación extraña y deliciosa. Estaba tan excitada después de lo que acababa de hacerle a Martín que empecé a tocarme yo misma. Entonces oí a Sofía aproximarse por detrás. Se sentó a mi espalda y sus manos buscaron mis pechos a través del cuero. Esas manos tibias y suaves me llevaron al borde. Con la mano libre tomé los testículos de Diego y apreté a medida que me acercaba.

Sofía encontró el camino: apartó una mano de mis senos, la deslizó entre mis piernas y empezó a mover los dedos justo donde necesitaba. Su miembro en mi boca, sus testículos en mi mano, los dedos de Sofía en mi pezón y en mi clítoris. Una cascada de sensaciones. No aguanté más y exploté en un orgasmo de los que se recuerdan durante años.

—Estoy cerca de venirme… —jadeó Diego.

—Idiota, recuerda lo que pasa si lo haces durante el juego —lo cortó Sofía—. Tres golpes seguidos con la cuerda.

Seguí chupándole, decidida a hacerlo terminar y arruinarlo. Desde el piso, Martín escuchaba todo.

—Martín, rindámonos y aceptemos el premio menor —rogó Diego, conteniéndose a duras penas.

—No… —respondió Martín, con calma, todavía sin reponerse del golpe.

—¿Quieres arriesgarte a otro igual? Si me vengo me destrozan. Ríndete tú también.

—El juego sigue me venga o no. No me rindo solo. Si quieres terminar, ríndete.

—Así es, chicos —intervino Sofía—. Esto sigue hasta que ambos abandonen o haya un ganador.

—Ya nos dieron con la cuerda a los dos, ya pasamos las cinco rondas —insistió Diego, exasperado—. Aceptemos el maldito premio o terminamos peor.

Martín lo pensó un momento. Finalmente cedió.

—Bien, chicas. Nos rendimos.

Me aparté con el mismo chasquido. Fuimos a desatarlos y les quitamos las vendas. Yo seguía caliente a pesar del orgasmo. Al levantar a Martín no pude evitar tomarle los testículos, esas pobres víctimas de mi crueldad.

—¿Por qué me engañó, mi diosa? —preguntó.

—No te engañé.

—Me hizo creer que había ganado y elegí la cuerda. Nunca sentí tanto dolor.

—Nunca te dije que habías ganado. Solo te dije qué pedir. Me ponía demasiado caliente reventarte y no pude contenerme. ¿Tus pelotas valen más que mi placer?

Se quedó callado, quizá molesto por el truco.

—Contesta —dije apretando un poco.

—No, mi ama —respondió con un gesto de dolor—. Su placer es más importante que mis huevos.

—Correcto. Si destrozarte me hace feliz, los ofreces sin quejarte.

—Así será, mi ama. Perdóneme…

Me hizo gracia que se disculpara después de haber sido yo quien lo molió a golpes. Dejé de presionar y solo lo acaricié.

—Está bien, pequeño —le dije—. Ya sufriste suficiente por hoy.

Sofía me miró desde el otro lado de la habitación, con esa sonrisa cómplice que ya conocía bien. No hizo falta decir nada. Las dos sabíamos que la próxima vez encontraríamos una manera todavía mejor de doblegarlos.

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Comentarios (3)

ClaudioR77

Increible!! de lo mejor que lei en mucho tiempo, en serio.

SilPar_78

Quede con ganas de saber como termino la noche... segunda parte por favor!!

DominaLectora

La dinamica entre las dos amas esta buenisima, se nota que se coordinan sin decirse nada. Muy creible.

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