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Relatos Ardientes

La fiesta en la piscina donde fui el único hombre

Ilustración del relato erótico: La fiesta en la piscina donde fui el único hombre

Renata era la clase de chica que no debería existir en un aula de cálculo. Pelo castaño, lacio, larguísimo, y un cuerpo que parecía diseñado para arruinarle la concentración a cualquiera. Pero lo que de verdad intimidaba no eran sus curvas ni la forma en que el escote le quedaba siempre un poco torcido a propósito. Eran sus cejas. Tenía una mirada de fiera, de animal que decide si vale la pena cazarte. Casi ningún chico de la facultad se le acercaba. Creo que todos intuíamos que perderíamos.

Yo me sentaba detrás de ella en la clase de las ocho, lo cual era a la vez un premio y una tortura. Pasaba la hora intentando seguir al profesor y fracasando, porque su champú olía a coco y a algo más que no sabía nombrar, y porque cada vez que se inclinaba sobre el cuaderno la espalda se le marcaba bajo la blusa.

El día del primer parcial, el universo me arrojó un hueso. Renata estaba nerviosa, cosa rara en ella, y a mitad del examen empezó a hacerme señas discretas hacia su hoja. Todos sabían que las matemáticas eran lo único que se me daba bien. Le susurré las respuestas con la boca casi cerrada, sintiendo que el corazón me iba a estallar.

—Me salvaste —dijo al salir, guardándose el bolígrafo en el moño—. ¿Cómo te llamas?

Llevábamos dos años en la misma carrera y no sabía mi nombre.

—Bruno —contesté.

—Bruno. Mañana hago una fiesta en casa. Deberías venir.

—Suena bien —dije, fingiendo una calma que no tenía.

—Es en la piscina. Trae bañador.

***

La casa estaba en las afueras, una de esas con muro alto y portón entreabierto. Se escuchaba música y un murmullo de voces. Empujé la puerta y crucé el pasillo hacia el patio, ensayando mentalmente algo ingenioso que decir.

No dije nada. Me quedé parado en el umbral, idiotizado.

Había unas quince chicas. Todas en traje de baño, todas espectaculares, repartidas entre las tumbonas y el borde de la piscina. Y ni un solo hombre. En cualquier otra circunstancia habría pensado que me había muerto y llegado a alguna versión muy específica del paraíso. En cambio, sentí un frío en la nuca. Algo no encajaba.

—¡Bruno, viniste! —Renata se acercó con un bikini blanco que la hacía ver todavía más peligrosa.

—Hola… ¿qué tal? —pregunté, y la voz me salió media octava más aguda de lo normal.

—Tomando el sol. Ven, te presento. —Me enganchó del brazo y lo apretó contra su costado. Sentí el peso suave de su pecho contra mi codo y olvidé cómo se respiraba.

—¿Ya llegó el stripper? —gritó una desde la piscina, y todas estallaron en carcajadas.

—Es Bruno, me ayudó en el parcial, lo invité —explicó Renata, sin soltarme.

—La fiesta era solo de chicas —protestó una pelirroja, con cara de pocos amigos.

—Así es más divertido. Y es mi casa.

Alguien me puso una bebida fría en la mano. La fui tomando a sorbos pequeños mientras me sentaba en el borde de una tumbona, rodeado por Renata y siete u ocho de sus amigas. Hablaban de sus novios, de sus ex, de un chico que le había mandado una foto a una de ellas.

—Te juro que parecía de recién nacido —dijo la chica, buscando en el teléfono—. Miren.

El móvil pasó de mano en mano entre chillidos y comentarios crueles. Yo sonreía lo justo para no parecer un amargado, rezando para que la conversación siguiera de largo.

No siguió de largo.

—¿Y a ti cuánto te mide, Bruno? —preguntó una morena de ojos claros, apoyando la barbilla en la mano.

Todas las miradas cayeron sobre mí a la vez. Sentí el sudor brotándome en la espalda.

—Pues… normal, supongo —murmuré.

—Traducción: la tiene chiquita —dijo otra, y la carcajada fue general.

—Ya, no sean malas, lo van a espantar —intervino Renata. Pero no me defendía. Lo decía con una sonrisa de medio lado, como quien acaricia a un animal antes de la inyección.

—Que nos la muestre, entonces.

—¡Sí, sí, sí! —empezaron a corear varias, golpeando las tumbonas.

Yo negaba con la cabeza, sonriendo con una rigidez que dolía. Aguanta. Se van a cansar. Y, en efecto, después de un rato de insistencia perdieron el interés y volvieron a sus charlas. Me dejé caer en la tumbona, me puse las gafas de sol que traía en el bolsillo y respiré.

Ahí cometí el error.

Escondido tras los cristales oscuros, dejé que la mirada paseara. Y no había una sola chica que no fuera hermosa. Pieles bronceadas, pieles pálidas, espaldas brillantes de bronceador, traseros que se asomaban a cada movimiento. Empecé a notar un calor que no venía del sol. Para cuando quise frenarlo, ya era tarde: tenía una erección que tensaba la tela del bañador como una carpa.

Me incorporé de golpe, intentando disimular, encorvado, con el vaso sobre el regazo. Cuanto más pensaba en que se me bajara, más firme se ponía.

—Bruno, ¿me ayudas a mover el parlante? Pesa un montón —Renata estaba de pie frente a mí, ladeando la cabeza.

—Sí, en un momento voy —dije, sin moverme.

—¿Estás ocupado o algo? —preguntó, divertida.

—Termino la bebida y voy.

—Tu vaso está vacío.

Esas tres palabras sellaron mi destino. Bajó la vista. Y la subió despacio, con los ojos entrecerrados, enfocando.

—¡LA TIENE PARADA! —chilló una.

El patio entero se volvió loco. Las que estaban en la piscina se asomaron al borde, las de las tumbonas se levantaron, alguien apagó la música para que se escucharan mejor las risas.

—¡Se le paró a Bruno! —repetían entre lágrimas de risa.

Renata no se reía como las demás. Me miraba con una curiosidad casi clínica, la cabeza inclinada, como estudiando un descubrimiento.

—Y encima la tiene chica —apuntó la pelirroja.

Varias se abalanzaron sobre mí, me tomaron de las muñecas y me arrancaron de la tumbona entre tirones. Sentía manos por todas partes, alguien me dio un manotazo, otra me tiró del borde del bañador, todas gritaban a la vez.

—¡Tírenlo al agua, a ver si se le baja! —propuso una.

Me cargaron a medias, unas de los hombros, otras de los tobillos, y me lanzaron a la piscina. Me hundí y me quedé abajo el mayor tiempo posible, deseando no tener que sacar la cabeza nunca. Cuando por fin subí a respirar, escuché chapuzones: todas se estaban metiendo al agua. Y, raro como suena, dejé de sentirme tan expuesto. Diluidos entre tantos cuerpos, mi humillación parecía pesar menos.

—¿Ya se te bajó, pervertido? —preguntó Renata, nadando hacia mí.

—Sí, perdón.

—Comprobemos que dices la verdad —dijo la morena de antes.

Tres o cuatro manos me buscaron bajo el agua y, por supuesto, el efecto fue el contrario. Volví a endurecerme al instante, y ellas lo celebraron como un gol.

***

Renata propuso jugar al Marco Polo y que yo fuera el primero en buscar. Acepté, aliviado por el cambio de tema. Como me habían tirado vestido, aproveché para quitarme la camiseta empapada y lanzarla al borde.

—¡Que juegue desnudo! —gritó una.

Negué con la cabeza, riendo nervioso.

—Anda, no seas aguafiestas. Ya se te paró delante de todas, ¿qué más da? —insistió otra.

—No puedo.

—¿O es que de verdad la tienes pequeña? —dijo Renata, provocándome.

—No. Solo no quiero.

Ella se deslizó hasta quedar a un palmo, y me habló al oído, tan bajo que solo yo la escuché.

—¿Te lo quitas tú, o te lo quitamos nosotras?

Tragué saliva. Y entonces ocurrió lo que no esperaba: una de las chicas anunció «nosotras también», y en cuestión de segundos empezaron a desatarse los bikinis y a dejarlos flotando en la orilla. No daba crédito. Pechos por todas partes, espaldas desnudas, risas histéricas. Se suponía que yo debía quitarme el bañador, pero el espectáculo me tenía paralizado.

—¡Bruno no se quitó nada! —delató Renata.

—¡Desnúdenlo!

La avalancha volvió. Manos en los brazos, en los hombros, alguien tirando del bañador hacia abajo hasta que cedió y desapareció bajo el agua. Quedé completamente desnudo en medio de un círculo de chicas también desnudas, sintiendo dedos que me rozaban, que peleaban por tomarme bajo la superficie, una mano que cedía el sitio a otra. Era humillante y delirante a la vez. No alcanzaba a ver casi nada a través del agua agitada, solo destellos de piel y el contorno de cuerpos pegándose al mío cuando pasaban. Estaba tan excitado que el único consuelo era pensar que, si me venía ahí dentro, nadie se daría cuenta.

—Bueno, chicas, a jugar —ordenó Renata, sin dejar de acariciarme bajo el agua—. Bruno busca. Que alguien le tape los ojos.

Me ataron una toalla pequeña en la cabeza y empezó el juego. Yo gritaba «Marco» y un coro respondía «Polo» desde todas direcciones. Avanzaba a tientas, los brazos extendidos, y nunca atrapaba a nadie. Sentía pellizcos en la espalda, una mano que me apretaba los testículos un segundo y desaparecía antes de que pudiera reaccionar. Hasta que escuché a una muy cerca, demasiado confiada. Me lancé y la atrapé por la cintura.

El cuerpo se me resbaló entre los brazos, empapado, suave, imposible de sujetar. La atraje y sentí que la dureza se me clavaba contra ella. Aproveché el «juego» para deslizar las manos por su abdomen, por sus pechos. Las chicas chillaban.

—¡La atrapé! —grité.

Ella se giró. Sentí su boca buscando la mía, un beso breve, su mano bajando hacia mi entrepierna. Pensé que iba a acariciarme. En cambio me apretó los testículos con una fuerza brutal, tanta que solté un grito ahogado y abrí los brazos. Para cuando me recuperé, ya había escapado.

—¡Le apreté los huevos! —celebró, y todas rugieron con ella.

La piscina era enorme. Seguí buscando, pero cada vez respondían menos voces, y el agua se iba quedando en silencio. Empezaba a sospechar que jugaba solo.

—Polo —dijo Renata, muy cerca, con una voz tranquila que no invitaba a la huida.

Me acerqué. Su mano me tomó, sin disimulo esta vez, y me guió hasta una zona poco honda. Me hizo sentar en el escalón y se acomodó a mi lado.

—Ya nadie está jugando, ¿verdad? —pregunté, quitándome la toalla de los ojos.

—No. Se aburrieron. Relájate un rato.

La luz me cegó un instante. Cuando enfoqué, me llevé una sorpresa: Renata llevaba el bikini puesto otra vez. Miré alrededor. Todas vestían de nuevo. Busqué mi bañador por las orillas y no lo encontré. Tampoco mi camiseta.

—¿Quién tiene mi bañador? —pregunté, confundido.

—No te preocupes por eso —dijo, posando una mano en mi muslo—. Así te ves bien.

—Todas se vistieron…

—Somos chicas decentes. Lo de antes fue un momento de locura. —Sonrió, y la mano empezó a subir—. Tú eres un caso aparte. Tú no necesitas bañador.

Su mano me alcanzó y comenzó a acariciarme, despacio, mirando al frente como si disfrutara del sol más que de mí. Yo no podía pensar. Estaba cerca, muy cerca, cuando se puso de pie frente a mí y me besó inclinándose, sin dejar de mover la mano, cada vez más firme. Yo, sentado, con ella de pie sobre mí, tuve la sensación clarísima de pertenecerle. De que era ella quien decidía si lo que venía sería placer, dolor o vergüenza. Y esa idea, en lugar de espantarme, me llevó al límite. Le apreté la cintura y exploté en un orgasmo que me tensó el cuerpo entero.

—Te viniste, ¿cierto? —dijo, satisfecha.

—Sí…

—Genial. Salgamos de aquí. —Lo dijo como si solo hubiera esperado eso para pasar a su siguiente plan.

—¿Y mi bañador?

—Ya te dije que no lo necesitas. Ven así.

—No puedo. Me van a ver todas.

—Ya te vieron entero. Y ya estuviste en pelotas en la piscina con nosotras.

—Es distinto. Ahora están vestidas.

Me resistí. Renata me tiró del brazo y yo me eché atrás. Perdió la paciencia rápido. Volvió a tomarme de los testículos, sin apretar lo suficiente para tumbarme, pero sí para borrar cualquier resistencia, y me condujo escalón arriba. Cada vez que intentaba frenar, sentía el tirón. Tenía dos opciones: salir desnudo del agua, o dejar que me arrancara lo que sujetaba.

Como si mi voluntad se hubiera quedado en el fondo de la piscina, me dejé llevar. Caminamos por el sendero de piedra hacia las tumbonas. Renata avanzaba sin titubear, segura, sin voltear a mirarme, exhibiéndome como a un animal exótico que acabara de domar.

—¡Miren! —gritó una a mitad de camino, y todas se giraron a la vez.

Las risas me alcanzaron antes que las miradas. Cuando llegamos, Renata por fin me soltó. Quince pares de ojos cayeron sobre mí. Me cubrí por instinto, y ella me apartó las manos de un manotazo.

—No te cubras. Ya te vimos todas. Si te tapas, te amarramos los brazos a la espalda y nos turnamos. ¿Verdad, chicas?

—¡SÍ! —corearon.

—Es tu decisión si te lo pasas bien o mal con nosotras —añadió la pelirroja, con dulzura venenosa.

—Y no recuperas el bañador. Te vas a tu casa así.

Bajé las manos despacio, hasta dejar los brazos a los lados. Las chicas no apartaban la vista, comentando, evaluando, riéndose por lo bajo. Pensé que la erección de la tumbona había sido el momento más humillante de mi vida. Qué equivocado estaba.

—Ya, no molesten más a Bruno —dijo Renata, y por un segundo creí que me defendería. Entonces me tomó de nuevo, esta vez con suavidad, marcando su propiedad—. Al menos tuvo el valor de quedarse. Y ahora es nuestro el resto de la tarde.

Lo extraño fue que, en algún punto entre el agua y el sendero de piedra, había dejado de querer escapar.

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Comentarios (3)

MorboElite

Tremendo arranque, me engancho de entrada. Muy bueno!

DiegoCba55

la anfitriona con esa sonrisa... sabemos bien como puede terminar eso jaja. Excelente relato

PatoRealista

Por favor la segunda parte! quede con ganas de mas, no podes dejarnos asi

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