El secuestro que yo misma le había pedido
Volvía a casa después de un día imposible. Había pasado la tarde firmando papeles que detestaba firmar, decidiendo sobre vidas ajenas detrás de un escritorio que ya me quedaba demasiado grande. Dirigir un hotel tiene eso: te obliga a ser la persona que nadie quiere ver entrar a su despacho. Salí del trabajo con el cuello rígido y la cabeza llena de ruido, y lo único que quería era llegar, quitarme los zapatos y dejar de ser yo durante un rato.
Lo que no recordaba —porque me lo había hecho olvidar a propósito— era que esa semana le había dado permiso a Damián para que pasara.
Habíamos hablado de aquello durante meses. Primero como una broma en la cama, después en serio, con una hoja de papel entre los dos y una lista de cosas que sí y cosas que jamás. Una palabra para parar del todo, otra para frenar un momento. Él la guardó, eligió un día de los que yo le había marcado en rojo y me prometió una sola cosa: que no sabría cuándo.
No sabría cuándo. Eso era lo que lo hacía funcionar.
Bajé del taxi unas calles antes de casa, en una tienda de golosinas abierta a deshoras, y me compré una caja de bombones helados que empecé a devorar con una ansiedad que conocía bien. Comer cuando estoy nerviosa es una vieja costumbre que me costó años domar. Mordía el último cuando entré en el paso subterráneo que cruza por debajo de la autopista vieja, ese túnel mal iluminado que siempre evitaba y esa noche, por pereza, no evité.
De la penumbra salió una forma enorme.
Un golpe seco entre los omóplatos me cortó el aire y me lanzó el bolso por delante. Una mano grande me tapó la boca antes de que pudiera siquiera pensar en gritar, y todo mi cuerpo, todo, se quedó quieto. Tres segundos. Los conté sin querer. Tres segundos tardó en empujarme contra la pared de hormigón, el pecho aplastado contra el frío, su peso conteniéndome entera. Sentí clarísimamente el bulto duro de su polla apretándose contra mis nalgas a través de la falda, restregándose de arriba abajo con una lentitud obscena, marcándome el surco del culo con esa vara caliente que ya empujaba por salir de la tela.
La mano sobre mi boca aflojó apenas. Una voz me habló al oído, baja, sin prisa.
—No grites. Haz lo que te diga. Y si te portas mal, te la meto aquí mismo, contra el muro, delante de quien pase.
Obedecí. No porque tuviera miedo de verdad —una parte de mí ya había reconocido el calor de esas manos—, sino porque obedecer era exactamente lo que había venido a buscar. La palabra de seguridad me ardía en la garganta como una llave que decidí no usar. Mientras no la dijera, aquello era real. Y sentí, con una vergüenza deliciosa, cómo mis bragas se empapaban en cuestión de segundos, cómo el coño me palpitaba contra la costura del encaje pidiendo lo que aún no había llegado.
Sentí el plástico deslizarse por mis muñecas y cerrarse con un chasquido. Una brida, tensa, justa. Después el roce de mi propio pañuelo de seda, el blanco, deslizándose sobre mis ojos hasta dejarme a oscuras. El maquillaje y el calor del túnel no dejaban que nada se pegara a mi piel, así que anudó la seda detrás de mi nuca con un nudo firme.
—Ahora, callada y buena, vamos a salir de aquí.
Me condujo hacia el otro extremo, sosteniéndome del brazo con una mano que no admitía dudas. Oí abrirse la puerta corredera de una furgoneta. Al subir perdí un zapato, uno de tacón fino que se quedó atrás en el asfalto. No me dejó recogerlo.
—Ni se te ocurra tocarte la venda —dijo, y por primera vez la voz tembló un poco, como si a él también le costara sostener el personaje—. ¿Me has entendido?
Asentí. La puerta se cerró y el motor arrancó.
***
El viaje fue largo, o me lo pareció. A oscuras el tiempo se estira y se deforma; sin vista, cada bache es una sorpresa y cada curva un pequeño abismo. Conté los minutos hasta que dejaron de tener sentido. Treinta, quizás cuarenta. Sentía el corazón en la garganta y, más abajo, un calor que no tenía nada que ver con el del túnel. Me había prometido a mí misma rendirme y lo estaba cumpliendo mejor de lo que esperaba. Con las muñecas atadas a la espalda no podía siquiera cerrar bien los muslos, y cada bache me subía una punzada al clítoris hinchado; noté cómo el flujo me bajaba por dentro del muslo, tibio, pegajoso, hasta la media, y me mordí el labio para no gemir sola en el asiento.
La furgoneta se detuvo. El silencio de afuera era enorme, un silencio de campo abierto, de noche sin ciudad cerca. Sabía adónde íbamos: la vieja casa de campo que habíamos elegido juntos, sin vecinos, sin nadie. Pero saberlo no me quitaba el vértigo. Esa era la magia del trato.
Se abrió el portón. El aire de la noche me golpeó las piernas desnudas.
—Ahora, Marina —dijo, usando mi nombre por primera vez—, vamos a tener una larga charla.
No respondí. Me sacó de la furgoneta y me llevó unos pasos sobre tierra seca hasta apoyarme contra el tronco rugoso de un árbol. Una encina, supe después; entonces solo era corteza áspera mordiéndome la espalda a través de la blusa.
Sus manos bajaron por mis caderas y desabrocharon la falda. La tela cayó a mis tobillos y me dejó con las medias negras de costura y la ropa interior de encaje que me había puesto esa mañana sin saber para quién. Sentí algo frío y romo recorrerme la pierna, desde la rodilla hasta la cintura, lento, deliberado. No supe qué era. Un mango, el dorso de un cuchillo sin filo, daba igual: el truco estaba en no saberlo. Aquel objeto helado apartó a un lado el encaje de mis bragas y se deslizó por la raja de mi coño, empapado, resbalando sin esfuerzo entre los labios hinchados. Ahogué un jadeo cuando la punta me rozó el clítoris y volvió a subir manchada de mi propia humedad.
—Mírate cómo estás —murmuró, y oí cómo se llevaba el objeto a la boca, cómo lo lamía—. Chorreando antes de que te haya tocado. Puta mía.
—Quiero que sientas exactamente lo que me haces sentir a mí —murmuró después cerca de mi cuello, y su mano se metió entera bajo el encaje. Dos dedos me abrieron con una brutalidad medida y se hundieron hasta el nudillo, curvándose dentro. Grité contra la mordaza de mi propia mandíbula apretada. Los sacó, brillantes, y me los pasó por los labios—. Chúpate. Quiero que sepas a qué sabes cuando estás a punto de rogar.
Abrí la boca y los chupé. El sabor salado y espeso de mi propio coño me llenó la lengua, y él aprovechó para meterme los dedos hasta el fondo de la garganta, hasta que se me saltaron las lágrimas bajo la venda.
Me quedé inmóvil. Él también. Durante dos minutos eternos no pasó nada: sabía que estaba ahí, lo oía respirar, pero no me tocaba. La espera era parte del castigo. Cuando llevas la venda puesta, la anticipación pesa más que cualquier golpe.
—¿Damián? —susurré, porque a veces el personaje se rompe solo y necesitas oír que la persona sigue debajo.
Un dedo se posó sobre mis labios, pidiendo silencio. No me regañó. Solo me hizo callar.
Después me liberó las muñecas. El plástico cedió y por un instante, por puro instinto, mis manos quisieron arrancarse la venda y echar a correr. Él lo anticipó. Una presión firme me devolvió contra el árbol, sin violencia real, con el control exacto de quien sabe medir su fuerza.
—Quítate la chaqueta y la blusa.
Lo hice. Con dedos torpes me desabroché la blusa de seda y dejé que cayera junto a la falda y la cazadora, formando un charco de tela a mis pies. Me sentí desnuda mucho antes de estarlo del todo.
—Ahí está todo lo que finges ser de día —dijo, y oí cómo apartaba uno de mis zapatos de una patada—. Aquí no te sirve de nada. Aquí eres solo un coño que pide.
Tenía razón. Ahí, contra esa corteza, no era una jefa ni una agenda ni una firma al pie de una carta difícil. Era solo un cuerpo que había pedido ser tomado.
Oí el ruido de una cremallera bajando. Después el roce inconfundible de piel contra piel, su mano recorriendo su propia polla, arriba y abajo, a un palmo de mi cara. La respiración se le espesó.
—De rodillas.
Bajé, guiada por sus manos en mis hombros, hasta que la corteza me arañó la espalda de arriba abajo y las rodillas se me hundieron en la tierra seca. Sin vista, el mundo se redujo al olor cálido y salado de su sexo cerca de mi boca. La punta de su glande me rozó los labios, pintándomelos con un hilo de humedad tibia.
—Abre.
Abrí. Y me la metió entera, de un solo empujón, hasta hacerme toser. Se quedó ahí, sujetándome la nuca con la mano, forzándome a respirar por la nariz mientras la garganta se me acostumbraba a su gruesor. Después empezó a follarme la boca sin piedad, con embestidas largas y rítmicas que me hacían tragar saliva a la fuerza. Sentía sus huevos golpeándome la barbilla, oía el ruido húmedo y obsceno de mi propia boca chorreando alrededor de su polla, y cada vez que se retiraba yo aspiraba una bocanada rápida antes de que me la volviera a hundir hasta el fondo.
—Así, Marina, así —jadeaba—, con esta boca finísima de jefa, tragándomela como una zorra.
La sacó de golpe cuando yo ya me atragantaba de placer, y una gota espesa cayó desde la punta a mi mentón. Me la extendió con el pulgar por los labios como quien pinta.
—Todavía no. Todavía te queda cola.
***
Una cuerda de cáñamo, áspera y seca, empezó a enrollarse en mis muñecas y a subir hasta rozarme la garganta, no para ahogarme sino para recordarme que estaba sujeta. La tensión era perfecta: suficiente para sentirme a su merced, no tanta como para asustarme de verdad. Damián conocía cada centímetro de ese límite. Lo habíamos dibujado juntos en papel, y él lo recorría ahora con una precisión que me erizó la piel. Me hizo levantarme y me ató de pie, con los brazos por encima de la cabeza atados a una rama baja, las tetas empujadas hacia adelante, las piernas separadas con la punta de su bota metida entre mis tobillos.
Sentí el extremo romo de aquel objeto frío volver a recorrerme, esta vez los pechos. Me soltó el sujetador con una mano y dejó que cayera. Estar así, atada y a oscuras bajo el cielo abierto, me hacía sentir más expuesta de lo que jamás me había sentido. Su mano libre rodeó uno de mis pechos, sin apretar, solo sosteniéndolo, como quien evalúa lo que le pertenece. Después me pellizcó el pezón con dos dedos, con fuerza, retorciéndolo hasta que gemí; hizo lo mismo con el otro, sin apuro, marcando el ritmo con el que iba a follarme más tarde.
Su boca bajó a chuparme una teta entera, mordiendo el pezón, tirando de él con los dientes. Con la mano que le quedaba libre me arrancó las bragas de encaje —oí el rasgar de la costura— y me metió tres dedos de golpe en el coño chorreante. Los curvó buscando el punto exacto y ahí se quedó, machacándomelo por dentro mientras me mamaba las tetas con hambre.
—Córrete —ordenó soltando el pezón, con los dedos todavía dentro, follándomelos rápido y sucio—. Córrete atada a este puto árbol como la perra en celo que eres.
Me corrí. No pude no correrme. Le empapé la mano y la muñeca, sentí el coño apretarse alrededor de sus dedos con espasmos que me hicieron colgar entera de la cuerda. Un grito ronco se me escapó de la garganta hacia la noche vacía, y no me importó nada, porque nadie iba a oírme más que él.
Entonces llegó el primer golpe.
No lo vi venir —nunca los ves cuando llevas venda— y eso fue lo que me hizo gemir antes incluso de sentir el dolor. El manojo de cuerdas restalló contra mis muslos con un chasquido elástico y contundente. Uno. Un calor agudo se extendió por la piel. Apreté los dientes.
—¿Lo recuerdas? —preguntó, y yo supe que esperaba que contara.
—Dos —dije, y el segundo cayó sobre mis caderas, cruzándome el culo.
—Tres.
El tercero fue el más fuerte, un estallido limpio sobre las nalgas ya calientes que me dobló las rodillas y me arrancó un sonido que no era de dolor ni de placer, sino de los dos mezclados. Me quedé colgando un poco de la cuerda, jadeando, con la piel ardiendo y el resto del cuerpo pidiendo más de lo que mi orgullo quería admitir. Sentí su mano abrirse paso entre mis nalgas encendidas, deslizarse hasta el coño y comprobar con un chasquido húmedo lo mojada que me tenía cada azote.
—Mírate, chorreando por el látigo. Qué guarra me saliste.
Damián tiró las cuerdas al suelo. Lo oí caer, blando, sobre la tierra. Y después oí lo otro: el ruido seco de su cinturón terminando de soltarse, el pantalón cayendo sobre la bota. Se colocó detrás de mí. Sentí su polla, dura como un palo, restregándose entre mis nalgas ardientes, subiendo y bajando por el surco, pintándome el culo con la humedad de la punta.
Me abrió las nalgas con las dos manos y, sin previo aviso, empujó. La cabeza gorda de su verga se abrió camino en mi coño empapado y se hundió hasta el fondo de una sola embestida. Grité colgada de la cuerda, con la corteza mordiéndome las tetas al aplastarme contra el árbol, y él ya no paró. Me folló ahí, contra la encina, en el campo, a oscuras, con embestidas largas y brutales que me hacían chocar el clítoris contra el nudo áspero de la madera y me arrancaban un gemido nuevo con cada golpe de caderas.
—Toma, toma, toma —gruñía pegado a mi nuca, agarrándome del pelo, tirando hacia atrás—. Esto es lo que querías, ¿verdad? Que te sacara de tu oficinita y te pusiera a coger como la perra que eres.
—Sí —jadeé—, sí, sigue, más fuerte, fóllame, fóllame más fuerte.
Me sacó la polla brillante y me obligó a girar la cadera. Me penetró de nuevo, ahora de costado, con una pierna mía levantada apoyada en su brazo, abriéndome hasta que sentí cómo llegaba a un fondo nuevo. La otra mano me buscó el clítoris y empezó a frotármelo en círculos rápidos mientras me clavaba la verga hasta la base.
Me corrí por segunda vez, más largo, con el coño mordiéndole la polla en oleadas que me sacudieron entera. Él aguantó, cabrón, respirando por la nariz, esperando a que yo terminara. Cuando por fin recuperé el aliento me sacó de golpe, me dio la vuelta como a un maniquí y me la metió otra vez de frente, con mi espalda contra la corteza, mis piernas alrededor de su cintura, sostenida por su fuerza y por las cuerdas.
—Mírame —gruñó—. Aunque no me veas, mírame.
Levanté la cara vendada hacia él. Me embestía cada vez más rápido, con menos ritmo y más hambre, y yo notaba cómo su polla se hinchaba dentro de mí, cómo iba llegando. Se retiró en el último segundo, me soltó las piernas, se arrancó la venda de un tirón y me dijo:
—De rodillas. Otra vez. Abre la boca.
Bajé, cegada un instante por la luz tenue de la furgoneta, y abrí. Él se acabó a dos manos, frente a mi cara, y se corrió con un gemido largo y ronco. Sentí el primer chorro caliente cruzarme la mejilla, el segundo aterrizarme en la lengua, el tercero y el cuarto llenarme la boca hasta que se me escurrió por las comisuras. Espeso, salado, mío. Tragué lo que pude sin cerrar los ojos, mirándolo desde abajo, con la barbilla y el pecho brillando de semen a la luz amarilla.
—Buena chica —jadeó, y me pasó el pulgar por los labios recogiendo lo que colgaba—. Trágatelo todo. Así.
Tragué. Y entonces todo cambió.
Su mano, la misma que un instante antes me sostenía por el pelo, recorrió con una suavidad increíble la marca caliente que me cruzaba el pecho, subiendo hasta la clavícula. Sentí sus dedos en el resto del nudo de la venda que aún colgaba de mi cuello. Y mientras la apartaba del todo, una lágrima se me escapó sin permiso, no de tristeza, sino de esa cosa enorme que se desborda cuando te dejas caer del todo y alguien está ahí para sostenerte.
La seda cayó. La luz tenue de la furgoneta me deslumbró un segundo. Lo vi: a él, mi Damián, mirándome con la misma intensidad con que me había follado, pero ahora teñida de otra cosa. Me sostuvo el mentón con dos dedos y, con una esquina del pañuelo blanco, me enjugó la lágrima y el resto de su corrida con un cuidado que ningún desconocido habría tenido jamás.
—¿Estás aquí? —preguntó en voz baja. La pregunta de siempre, la que cierra el círculo.
—Estoy aquí —respondí, y era verdad. Más entera que en todo el día.
Me desató. Cuando la cuerda cedió, mi cuerpo resbaló por el tronco y él me atrapó antes de que tocara el suelo, marcándome apenas la espalda contra la corteza, el último vestigio físico de lo que acababa de vivir. Me sostuvo contra su pecho hasta que la respiración se me normalizó.
***
—Vístete —dijo después, otra vez con sequedad fingida, aunque la sonrisa se le adivinaba en la voz.
Me vestí despacio, saboreando el regreso. Primero el sujetador, luego lo que quedaba de las bragas rotas, que me guardé en el bolsillo de la cazadora como quien guarda un trofeo. Las medias se deslizaron por mis piernas todavía temblorosas, húmedas por dentro. Me puse la blusa y abroché cada botón con dedos que tardaban en recordar cómo se hacía, notando cómo la seda se me pegaba a los pezones aún duros y sensibles. Cuando me ajusté la falda a la cintura, sentí que su semen todavía me resbalaba por dentro del muslo, tibio, y la tela hizo ese sonido tan particular de la piel al ceñirse de nuevo. Me di cuenta de cuánto me había gustado dejar de ser, durante una hora, la mujer que tenía que ser.
Damián me miró ponerme la cazadora con algo parecido a la ternura, como quien recupera un objeto valioso que prestó un momento. Me acercó los zapatos —el que había quedado en el túnel lo había recogido sin que yo lo notara, claro que sí— y me tendió el bolso.
—Al otro lado de la casa hay agua y una manta —dijo—. Y mañana, si quieres, hablamos de qué te gustó y qué no.
Lo besé entonces, despacio, con la boca todavía salada de él, de la tensión, del miedo elegido. No fue un beso de amantes que se despiden. Fue el de dos personas que se conocen tan bien que pueden inventarse extraños el uno para el otro y volver, después, a encontrarse.
—Mañana —prometí.
Y mientras caminábamos de la mano hacia la casa, bajo un cielo sin ciudades, con las bragas rotas en el bolsillo y la corrida todavía secándoseme entre las piernas, entendí que el verdadero lujo no era el control que ejercía en mi despacho, sino el que entregaba, voluntaria y entera, cuando dejaba que él me arrancara de mi propia vida durante una noche.





