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Relatos Ardientes

Mi novia descubrió cuánto me gusta obedecerla

Ilustración del relato erótico: Mi novia descubrió cuánto me gusta obedecerla

Adrián llevaba días sin pensar en otra cosa. Una compañera del trabajo, una chica mucho más joven que él, le había mostrado sin querer un lado suyo que ni siquiera sabía que existía. No había sido nada planeado: una tarde, una excusa tonta para acercarse, y de pronto ella sentada sobre sus piernas, marcando el ritmo, decidiendo cada paso. Lo que más lo había encendido no fue el sexo en sí, sino la sensación de no tener el control. De obedecer.

Desde entonces algo se le había quedado dentro, como una astilla. Por las noches buscaba videos, leía foros, miraba imágenes hasta tarde con la luz del teléfono iluminándole la cara en la oscuridad. Esto no es normal, pensaba a veces, y sin embargo seguía buscando. Femdom. Dominación. Mujeres que ordenaban y hombres que agradecían. Cada cosa nueva que descubría lo dejaba más inquieto.

El problema era que en casa lo esperaba Lucía. Y Lucía era dulce. Era la clase de novia que preguntaba si tenías frío, que se dormía abrazada a su brazo, que nunca alzaba la voz. Llevaban casi cuatro años juntos y el sexo era bueno, cómodo, predecible. Adrián siempre había sido el que mandaba en la cama, el que proponía, el que dirigía. Y de pronto eso le parecía un disfraz que ya no le quedaba.

Esa noche estaban acurrucados bajo las sábanas, acariciándose despacio. Los dos sabían adónde iba aquello. Adrián sintió que era ahora o nunca.

—Amor —dijo en voz baja.

—¿Mmm?

—¿No te gustaría probar algo distinto esta vez?

Lucía levantó la cabeza de su pecho y lo miró con curiosidad.

—¿Distinto cómo?

—No sé. Me gustaría que esta vez fueras tú la que manda. Que tomes la iniciativa. Que seas más… autoritaria.

Hubo un silencio que a Adrián se le hizo eterno. Luego ella sonrió de un modo que no le conocía, apoyando la barbilla en su esternón.

—Ya veo. ¿Y tienes algo en mente o lo dejo a mi criterio?

—Lo que te nazca —dijo él, y la voz le tembló un poco.

—Me gusta la idea —murmuró Lucía—. Hagámoslo.

***

Lo que vino después lo descolocó por completo. Esperaba torpeza, risas nerviosas, avances lentos. Esperaba tener que guiarla a cada paso. En cambio, Lucía se incorporó en la cama, lo recorrió con la mirada de arriba abajo y su voz cambió de temperatura.

—Quítate la camiseta y los pantalones. Ahora.

Adrián parpadeó. Por un instante el viejo instinto de mando le subió por la garganta, las ganas de reírse y darle la vuelta a la situación. Se sintió ridículo obedeciendo. Pero el deseo pudo más, y empezó a desvestirse hasta quedar solo en ropa interior.

—Quédate ahí. Que no se te ocurra moverte.

Ella salió del cuarto y lo dejó solo, expuesto, con el corazón golpeándole las costillas. Quizá esto sea un error, pensó. Quizá descubra que no es lo mismo, que con ella nunca va a serlo. Una parte de él se resistía a entregarse, anclada a tantos años de la misma rutina.

Cuando Lucía volvió, todas esas dudas se evaporaron. Se había puesto un babydoll negro con ligueros que le sostenían unas medias finas. No era cuero ni nada extremo, pero le quedaba como una segunda piel y caminaba distinto, más erguida, más consciente de cada paso. Adrián no podía apartar la vista.

—¿Qué te parece? —preguntó ella, girando apenas sobre los talones.

—Te ves increíble.

—Me alegra que lo pienses. —Avanzó hacia él sin prisa—. Esta noche va a ser diferente. Para empezar, vas a tener que ganarte todo. Mientras más obediente seas, mejor te va a ir.

¿De dónde sacó esto?, se preguntó él, atónito por la naturalidad con la que ella entraba en el papel. Lucía llegó hasta el borde de la cama y, en lugar de acostarse, se subió encima del colchón. Se quedó de pie sobre él, mirándolo desde arriba, y Adrián sintió un vértigo nuevo.

—¿Qué es lo que más te gusta de lo que ves? —dijo ella.

—Tus piernas. Me encantan con esas medias. Me has dejado sin palabras, Lucía.

Apenas terminó la frase, ella le apoyó el pie descalzo en el pecho y lo empujó hacia el colchón. Por reflejo, Adrián le sujetó el tobillo con las dos manos.

—Te vas a dirigir a mí como «mi ama». ¿Entendido?

Él calló. No por rebeldía, sino por vergüenza, por esa última resistencia tonta que todavía le quedaba. Lucía retiró el pie, midió la distancia y le soltó un golpe seco entre las piernas con el empeine. No fue brutal, pero bastó para que Adrián se encogiera con un gemido ahogado y los ojos muy abiertos.

—Eso te gusta, ¿no? —dijo ella con una sonrisa traviesa.

—Un poco… ¿Cómo lo sabes? —preguntó él, temiendo de pronto que ella supiera más de lo que decía.

—Dejaste una de tus páginas abierta en la tablet, tontito.

Adrián sintió un alivio enorme. No solo no estaba enojada: estaba dispuesta. Más que dispuesta.

—Te repito la pregunta. ¿Qué es lo que más te gusta de lo que ves?

—Tus piernas, Saa… —empezó él, y cuando estuvo a punto de decir su nombre, ella le presionó el pie justo donde dolía, recordándole sin palabras la regla—. …Mi ama.

Aquello le arrancó una carcajada de satisfacción.

—Vas aprendiendo. Ahora quítate la ropa interior. Rápido.

Adrián obedeció y quedó completamente desnudo, boca arriba, mientras ella seguía vestida y de pie sobre la cama. La diferencia lo desarmaba: él entregado, vulnerable, y ella sin haberse quitado una sola prenda. Nunca se había sentido tan débil ni tan excitado al mismo tiempo. Su erección apuntaba al techo, tensa, casi dolorosa.

—¿Quieres besar estas piernas? —preguntó Lucía.

—Sí, mi ama.

—Entonces gánatelo. Empieza por los pies. Si lo haces bien, tal vez tengas el privilegio de subir.

***

Acercó un pie a su cara y Adrián lo recibió como si fuera lo único que importara en el mundo. Lo besó despacio, primero el empeine, luego cada dedo, sin apartar la mirada de ella. Lucía lo observaba desde arriba con los labios entreabiertos, y él entendió que ella también estaba descubriendo algo. Que aquello le gustaba tanto como a él, como si le hubiera abierto una puerta a una versión de sí misma que llevaba años guardada.

—¿Ya puedo subir, mi ama? —pidió él entre beso y beso.

—Te lo ganaste. Por obediente.

Adrián se incorporó hasta quedar sentado, se aferró a sus muslos y empezó a recorrérselos con la boca. Lucía gemía bajito, jugaba a mantener el equilibrio sobre el colchón, y en algún momento, sin perder del todo su papel, deslizó un pie de vuelta entre las piernas de él y empezó a presionarlo con el talón mientras Adrián seguía besándola. Cada vez que él soltaba un quejido, ella apretaba un poco más. El placer y la incomodidad se mezclaban en algo que lo volvía loco.

—Tómate el sexo con la mano y levántalo —ordenó ella de pronto.

Él obedeció, sabiendo lo que se venía y deseándolo a partes iguales. Lucía midió, tomó impulso apenas y le dio otro golpe firme, más fuerte que el primero. Adrián se dobló sobre sí mismo, agarrándose, con la respiración entrecortada.

—¿Estás bien? —preguntó ella, saliéndose un segundo del personaje, con un destello de preocupación genuina.

—Sí… solo dame un momento.

—Bien —dijo, recuperando enseguida la voz de mando, aunque con una sonrisa cómplice—. Que de ahí van a salir mis hijos algún día. No quiero romperte nada todavía.

Cuando él volvió en sí, esperaba que la cosa siguiera, pero Lucía se tendió boca abajo en la cama, lánguida.

—Ahora me vas a dar un masaje. Y más vale que me encante, o te gano otra. Empieza ya.

Adrián se arrodilló junto a ella y se puso a trabajar. Empezó por los hombros y fue bajando, los omóplatos, la cintura, la curva de la espalda, los muslos, las pantorrillas. Cumplir cada orden lo mantenía duro, y verla así, entregada bajo sus manos, no ayudaba a calmarlo. No aguantó mucho: empezó a sustituir las manos por la boca. Besó la espalda, fue descendiendo, y cuando llegó a la parte de atrás de las rodillas se demoró ahí, dibujando círculos lentos con la lengua. Sentía cómo el cuerpo de Lucía se estiraba cada vez que daba con un punto justo.

Siguió así, cambiando de zona, atento a cada reacción. De reojo vio cómo ella retiraba una mano de debajo de su cabeza y la deslizaba hacia atrás, buscándolo. Los dedos de Lucía recorrieron su pierna hasta encontrar lo que querían. Lo tomó con suavidad al principio y empezó a acariciarlo, y cada vez que él la hacía retorcerse de gusto, ella apretaba un poco más, devolviéndole moneda por moneda.

Aquel dolor controlado lo enloquecía. El ritmo de su lengua se aceleraba a la par que la mano de Lucía. Durante varios minutos no se escuchó nada en el cuarto más que la respiración agitada de los dos y el sonido húmedo de la boca de él contra su piel.

—No aguanto más —dijo Adrián con la voz rota—. Quiero entrar.

—Lo voy a permitir —respondió ella, ya muy encendida—. Porque yo también estoy ardiendo.

***

Lucía se giró boca arriba. La urgencia los hizo prescindir de cualquier preámbulo: apartaron apenas la lencería y él la penetró de una embestida. Ella arqueó la espalda y se mordió el labio. No era como las otras veces, las de siempre; esta vez había una necesidad distinta, algo que no entendía de papeles ni de juegos. Tras unas pocas embestidas lentas, los dos respiraban como si hubieran corrido kilómetros.

Y entonces, casi por instinto, Lucía buscó de nuevo entre las piernas de él y apretó. El cambio fue inmediato: Adrián se volvió frenético, la embestía con una potencia que ninguno de los dos esperaba, entrando y saliendo con una urgencia animal. Ella nunca había sentido algo así. Mientras más se acercaba al orgasmo, más fuerte apretaba, como si las dos cosas estuvieran unidas por un mismo cable. Hasta que soltó un gemido distinto a todos los anteriores y tensó el cuerpo entero, temblando, sosteniéndolo sin apretar ya, dejándose ir.

Adrián bajó el ritmo hasta volverlo lento y suave, aunque él todavía no había terminado. Lucía lo empujó del pecho, lo tumbó de espaldas y, sin decir una palabra, se inclinó sobre él. Lo recibió con la boca, presionando con los labios a lo largo de toda la extensión, jugando con la lengua en la punta. Cada tanto se lo sacaba para masturbarlo con la mano, y en esos huecos le soltaba un golpe seco entre las piernas que le arrancaba un gemido a medio camino entre el dolor y el placer. Luego volvía a la boca. Así un buen rato, hasta que él notó que ya no podía más.

—Me voy a venir —dijo Adrián, agotado, casi sin fuerzas.

—Está bien —susurró ella.

Lucía se sentó sobre su vientre, lo tomó con firmeza, usando el abdomen de él como apoyo, y lo masturbó con una fuerza que parecía querer arrancárselo. Adrián solo alcanzaba a sujetarle la cintura y las nalgas, que le quedaban perfectamente al alcance. Ella siguió, implacable, hasta que él clavó los dedos en sus muslos y se vino con una sacudida que le recorrió todo el cuerpo. Quedó desparramado, sin aire, mientras ella se dejaba caer a su lado.

—Hacía años que no la pasábamos tan bien —murmuró él contra la almohada.

—Sí —dijo Lucía, acomodándose en el hueco de su brazo—. Y todo gracias a tu obediencia. De ahora en adelante me vas a hacer caso siempre. ¿Escuchaste?

—Sí, amor —contestó Adrián, con un dejo de sorna.

Ella le dio un golpecito con el dorso de la mano, justo donde más le dolía, sin fuerza, solo para marcar el territorio.

—Ya te dije cómo quiero que me llames en la cama.

—Sí… mi ama —respondió él, sonriendo, con un último latido de dolor agradecido entre las piernas.

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Comentarios (3)

TatoMdp

genial, me encanto!!

ElObservador_ok

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio la noche

Lupe_rdz

me recordo algo similar con mi pareja, aunque no tan intenso jaja. Muy bueno el relato!

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