Aprendí a ser sumisa la noche que dejé de resistirme
Me llamo Camila y, hasta hace poco más de medio año, no sabía nada de mí misma. Eso suena exagerado, lo sé. Pero es la verdad. Tenía veintisiete años, un trabajo aburrido y una idea muy ordenada de quién era: una chica tímida, callada, de las que se sientan en la última fila y rezan para que nadie les pregunte nada. Esa Camila se vestía con jeans holgados y sudaderas dos tallas grandes. Esa Camila se moría de vergüenza si un hombre la miraba demasiado.
Después llegó Mateo. Y empecé a escribir esto porque necesito contarlo en algún lado, aunque sea a desconocidos.
Lo conocí en el cumpleaños de una amiga. Yo estaba en un rincón, sosteniendo un vaso que no pensaba terminar, y él se acercó como si ya supiera algo de mí que yo todavía ignoraba. Me habló bajo, despacio, sin prisa. No me preguntó lo que preguntan todos. Me miró las manos, el cuello, la forma en que evitaba sus ojos, y sonrió.
—Te escondes mucho —me dijo—. Lástima. Tienes una espalda que merece vestidos.
Me puse roja hasta las orejas. Y, sin embargo, esa frase se me quedó pegada toda la semana.
***
Mateo es bastante más grande que yo. Mido un metro sesenta, peso poco, no tengo fuerza para nada. Él me saca dos cabezas y unos cuantos kilos. Desde el principio entendí, sin que nadie lo dijera en voz alta, que con él yo no iba a poder imponer gran cosa. Lo raro fue darme cuenta de que eso me tranquilizaba en lugar de asustarme.
La primera vez que salimos, me dijo que pasaría por mí a las ocho y que dejara la ropa lista sobre la cama. No para elegir él, pensé. Me equivoqué. Llegó, abrió mi armario, sacó un vestido corto que yo había comprado en una crisis de valentía y no me había puesto nunca, y lo dejó sobre la colcha.
—Este —dijo—. Y nada debajo que se note.
Me temblaban las manos al subirme el cierre. Me miré al espejo y vi a una mujer que no reconocía: las piernas al aire, los tacones que él también había señalado, el escote más bajo de lo que me hubiera atrevido sola. No soy yo, pensé. Y al mismo tiempo: ojalá lo fuera.
Esa noche caminé por la calle sintiendo cómo los hombres giraban la cabeza. Antes eso me hubiera dado ganas de desaparecer. Con Mateo a mi lado, con su mano firme en mi cintura, me daba algo muy distinto. Me gustaba que me miraran. Me gustaba saber que él lo veía y que, aun así, yo era suya.
***
Lo del trato duro vino después, pero no me tomó por sorpresa. Era como si todo lo demás hubiera sido la preparación.
Una madrugada, en su departamento, me besó contra la pared del pasillo antes siquiera de encender la luz. No fue un beso suave. Me agarró del pelo, me echó la cabeza hacia atrás y me besó el cuello como si quisiera dejarme marca. Solté un sonido que no había hecho nunca.
—Eso —murmuró contra mi piel—. Quiero oírte así.
Me llevó a la cama medio a empujones, medio en brazos, y me dio la vuelta. Yo no objeté nada. Esa es la parte que más me cuesta explicar: que no objetar fue, justamente, lo que más me excitó. Bajó por mi espalda con la boca, me abrió con las manos, hundió la lengua donde nadie me había tocado así antes. Tiré de las sábanas, temblé, gemí su nombre contra la almohada. Él se reía bajito, satisfecho, como quien comprueba algo que ya sabía.
Después subió. Me montó por detrás y, con una mano abierta en mi nuca, me empujó la cabeza contra el colchón.
—Abajo —dijo—. Quédate abajo.
Sentí todo su peso encima de mí. Me costaba respirar y no quise que parara. Me penetró duro, sin pausas para que me acostumbrara, y cada embestida me arrancaba un quejido que ya no me molestaba que se oyera. En algún momento me dolió. Se lo dije, casi sin voz. Él no aflojó. Bajó la boca a mi oído y me preguntó si quería que parara de verdad.
—No —contesté.
Y era cierto. Me gustaba que doliera. Me gustaba no tener fuerza para apartarlo aunque hubiera querido. Me corrí así, aplastada contra la cama, repitiendo cosas que jamás habría dicho en voz alta: que era suya, que hiciera conmigo lo que quisiera. Él terminó dentro, despacio al final, y se quedó un rato sin quitarse, respirándome la nuca.
—Eres más obediente de lo que crees —dijo.
No lo discutí.
***
Con los meses fui entendiendo cómo funcionaba esto entre nosotros. Yo soy delicada para casi todo. Me gusta la atención, soy caprichosa con las cosas pequeñas, exijo que me consientan. Pero en la cama me deshago de todo eso. Le entrego las decisiones como quien suelta un peso. Él elige cómo me visto, cuándo, qué llevo debajo. Yo no recuerdo la última vez que usé ropa holgada. Ahora son vestidos cortos, tacones, tangas casi a diario, y muchas veces nada que me sujete los pechos porque a él le gusta que se note.
Me enseñó a obedecer en cosas chiquitas primero. A esperar callada. A pedir permiso. A bajar la mirada cuando me hablaba de cierta manera. Dice que la cabeza agachada es señal de sumisión, y al principio me daba un poco de risa nerviosa. Ahora me sale solo. Es raro cómo el cuerpo aprende antes que la cabeza.
Una vez, mientras me cogía, apoyó el pie sobre mi mejilla y me sostuvo así, contra el suelo, sin apretar fuerte, solo lo justo para que yo sintiera quién mandaba. Tendría que haberme sentido humillada. Y de algún modo lo estaba. Pero esa humillación, elegida, hecha con él, me prendía como ninguna otra cosa. Me corrí mirándolo desde abajo, con su pie todavía en mi cara, sintiéndome la mujer más pequeña y más deseada del mundo a la vez.
***
Lo de las fotos empezó por casualidad, una de esas tardes en que me quedé dormida en su sillón. Yo estaba boca abajo, en tanga, con el vestido subido. Me despertó muy suave, con el celular en la mano, y me mostró lo que había tomado.
—Mira —dijo—. Mira lo que tengo aquí.
Eran fotos de mi culo, de mi espalda, del borde de mi cara medio dormida. Nunca me había gustado que me retrataran. Me incomodaba verme. Pero esas imágenes eran distintas. Me veía bien. Me veía deseable de una manera que no sabía ver en el espejo. Me quedé mirándolas más tiempo del que debería confesar.
—Me gustan —admití, en voz baja.
—Lo sé —dijo él—. Se te nota.
Esa noche le propuse algo que jamás imaginé que saldría de mi boca. Le dije que quería mostrarlas. No la cara, todavía no. Solo el cuerpo. Quería que otros las vieran, que algún desconocido las mirara y fantaseara conmigo sin saber quién soy. Apenas terminé de decirlo, me cubrí la cara con las manos de pura vergüenza. Él me apartó las manos, despacio, y me obligó a sostenerle la mirada.
—Así que mi niña tímida es una exhibicionista —dijo, sonriendo—. Vamos a ir despacio. Pero vamos a ir.
Y nos pusimos a ir.
***
Abrí una cuenta donde subo fotos. Nada que me identifique: ni el rostro completo, ni tatuajes, ni el departamento de fondo. Solo yo, en la ropa que él elige, en las poses que él decide. La primera vez que apreté el botón de publicar el corazón me iba a mil. Pensé en borrarla en cuanto la subí. No lo hice.
Lo que pasó después me cambió por dentro. Empezaron a llegar mensajes. Hombres que no conozco y nunca voy a conocer, escribiéndome lo que harían conmigo, contándome cómo me imaginan. Yo, que me moría de vergüenza si alguien me miraba en el metro, ahora me excito leyendo a desconocidos fantaseando con mi cuerpo. Saber que están del otro lado de la pantalla, mirándome, deseándome a ciegas, me pone de una manera que no sabía que existía.
Y lo mejor de todo: se lo cuento a Mateo. Le leo los mensajes en voz alta mientras me toca. Le digo cuántos miraron las fotos, qué escribieron, qué les gustaría hacerme. A él lo enloquece. Me coge más duro cuando le hablo así, como si la idea de que medio mundo me desea desde lejos confirmara que yo, al final del día, abro las piernas solo para él.
—Que miren todo lo que quieran —me dijo una noche, con la mano cerrada en mi pelo—. Pero quién te pone de rodillas soy yo.
—Sí —contesté, y bajé la cabeza sin que me lo pidiera.
***
Sé que para mucha gente esto sería incomprensible. Una mujer que disfruta que la traten duro, que la hagan llorar a veces, que la llamen cosas feas en la cama y se venga justo por eso. Una chica tímida que se volvió mirona de su propio deseo, que goza imaginando ojos ajenos sobre ella. No espero que nadie lo entienda. Yo misma tardé en entenderlo.
Lo único que sé es que nunca me sentí tan libre como desde que aprendí a obedecer. Suena contradictorio, lo sé. Pero entregarle a Mateo el control no me hizo más pequeña. Me destapó. Esa Camila de la última fila, la de las sudaderas grandes, sigue existiendo de día. De noche, en cambio, soy otra cosa. Soy suya. Y cada vez exploro un poco más lejos.
Todavía vamos despacio, paso a paso, probando cada cosa nueva cuando él decide que estoy lista. Ya iré contando lo demás, lo que venga después, lo que me anime a hacer la próxima vez que me diga «abajo» y yo, sin pensarlo, baje la cabeza. Por ahora me quedo con esto: descubrir lo que una es resulta lo más excitante que me ha pasado en la vida.