Le pedí a mi mejor amigo que me dejara castigarlo
Tengo una fijación rara desde que tengo memoria. Empezó como simple curiosidad, esa que cualquier chica siente al preguntarse qué tienen los chicos ahí abajo. La mayoría lo supera con un par de clases de biología y un diagrama aburrido en la pizarra. Conmigo no funcionó así. A mí la curiosidad se me quedó pegada y, con los años, se fue convirtiendo en otra cosa.
En el colegio todo parecía girar alrededor de lo mismo. Los chicos dibujaban penes en las puertas de los baños, en los márgenes de los cuadernos, en los pupitres. Se golpeaban ahí entre ellos para reírse, y las comedias que veíamos estaban llenas de hombres doblándose de dolor tras un mal paso sobre una baranda. Recuerdo una tarde en casa de un compañero, todos amontonados frente a la tele. En la película, un tipo caía sentado sobre un tubo y se machacaba la entrepierna. Los demás se carcajeaban. A mí no me dio risa. Me dio otra cosa, algo caliente y silencioso que no supe nombrar entonces.
Me preguntaba cómo era posible que un golpe ahí fuera universalmente gracioso cuando yo ni siquiera había visto unos de cerca. Quería saber cómo se sentirían en mi mano. Qué pasaría si los apretaba. Qué sentiría yo al hacerlo.
Había una chica en mi clase, Lucía, callada y aplicadísima, la última de la que cualquiera habría sospechado. Una tarde estaba sentada en una grada alta del salón de actos, balanceando los pies, y un compañero pasó justo por debajo. Vi cómo ella calculaba la distancia con una sonrisa mínima y le soltaba una patada perfecta. El chico se dobló en dos y todos se rieron, ella la primera. A mí no me dio risa. Me dejó pensando durante semanas en cómo alguien tan serio podía humillar a un chico solo para divertirse, y en lo mucho que me habría gustado estar en su lugar.
Crecí, y la obsesión creció conmigo. De adulta seguía bromeando con mis amigos, un golpecito suave de vez en cuando, nunca de verdad. Pero la idea seguía ahí, esperando.
***
Mi mejor amigo se llamaba Bruno. Estábamos juntos a todas horas, riéndonos de cualquier tontería. Yo sabía que le gustaba, lo notaba en cómo me miraba cuando creía que no me daba cuenta. No era la más guapa de la facultad, pero tenía lo mío: buenas curvas, un escote que sabía usar y la costumbre de salirme con la mía.
Por casualidad volví a cruzarme con Diego, un viejo conocido del colegio. Estaba igual que de niño, solo que más alto y más creído. Una tarde, para hacerse el gracioso delante de los demás, se dedicó a tirarme bolitas de papel durante toda la clase. No reaccioné. Lo dejé hacer. Ya sabía cómo iba a cobrármelo.
A la salida lo vi charlando con una chica mientras caminaba, claramente intentando ligar. No me importó. Apreté el paso hasta alcanzarlos, me planté delante de él y le dije:
—Esto es por las bolitas de papel.
Le solté una patada con todas mis fuerzas. Diego cayó de rodillas sobre el asfalto. La chica que lo acompañaba puso cara de susto, pero alcancé a ver que se le escapaba una sonrisa. Me di la vuelta y me marché sin decir nada más, con el corazón a mil.
Bruno me alcanzó a media cuadra, muerto de risa.
—Lo vi todo. Te pasaste, lo dejaste tirado en el suelo —dijo entre carcajadas.
—Se lo merecía. Llevaba toda la tarde molestándome.
—Lo dejaste sin descendencia, pobre.
—No creo que el mundo necesite más Diegos —eso lo hizo reír todavía más.
—Probablemente no.
—Ten cuidado, que tampoco necesita más Brunos —le dije guiñándole un ojo.
—Oye, yo no me merezco una patada así.
—La verdad que no. Pero sería divertido, ¿no crees?
—Para ti, quizá. Diego no parecía estar pasándolo bien.
—¿Me dejarías darte una algún día? —solté, como si nada.
—Estás loca. Jamás.
—Anda, solo una… —puse mi mejor cara de pena.
—Ni con tus ojitos de gato.
—Vale, entonces no te la pido. Simplemente te la voy a dar.
—Me vengaría si lo haces.
—Daría igual, porque yo ya tendría lo que quiero.
—¿De verdad te gustaría? ¿Por qué?
—No sé. Me gustaría patearte por diversión, sin más.
—Qué rara eres.
—Puede. Te propongo algo. Tú nunca has besado a nadie. Si me dejas, te doy un beso. ¿Qué dices?
—¿Quién dice que no he besado a nadie?
—Lo digo yo. Te conozco hace años, lo sé.
Bruno se quedó callado, evaluándolo. Yo notaba que el plan estaba funcionando. Quería ver de una vez en mi vida lo que tanto me había obsesionado.
—¿Y bien? ¿Vienes a mi casa y lo hacemos?
—¿Lo harás más suave que con Diego?
—Claro que sí.
—Mmm. Está bien. Veremos qué pasa.
***
Vivía sola con mi padre, y a esa hora estaba trabajando, así que nadie nos molestaría. Subimos a mi habitación. Puse música en el ordenador y Bruno se tumbó en mi cama, con un cojín sobre la cara para taparse de la luz. Lo dejé descansar un rato mientras yo fingía mirar la pantalla.
Me acerqué poco a poco. Llevaba unos pantalones cortos y tenía la entrepierna completamente expuesta. No me pude contener: le solté un puñetazo, no demasiado fuerte, justo ahí. Noté sus testículos blandos contra mis nudillos, y la sensación me recorrió entera. Eran tan blanditos. Bruno saltó de la cama cubriéndose con las manos.
—¡Aah! Estás loca, ¿por qué hiciste eso?
—Lo siento, no pude resistirme.
—Me dolió, tonta.
—Perdón —no podía parar de reír.
—¿Entonces qué? ¿Me das el beso?
—No, ese no cuenta. Ese fue por mi cuenta.
—Sabía que era mentira tuya. Me voy.
—No, espera. No cuenta porque no quiero que sea así. Déjame darte una de verdad y te juro que después te beso.
—Mientes.
—Vale. Te doy el beso primero. Pero júrame que me dejarás pegarte después, ¿de acuerdo?
—Te lo juro.
Sabía que Bruno siempre cumplía su palabra. Me senté a su lado en la cama y me acerqué a sus labios. Aunque fuera mi mejor amigo, besarlo fue una delicia. Lo habría hecho igual sin premio de por medio. Sus labios eran suaves y el beso se alargó más de lo que cualquiera de los dos esperaba.
—Ahora ponte de rodillas y abre un poco las piernas —le dije.
Él respiraba hondo, como en trance por el beso. No opuso resistencia. Se arrodilló frente a mí y verlo así, esperando su castigo, me hizo sentir algo nuevo, una corriente de poder que no había sentido nunca. Eché la pierna atrás y le solté la patada que llevaba años imaginando.
Noté algo rebotar dentro de él a través de la tela. Bruno se desplomó en el suelo con las manos entre las piernas, encogido. Verlo ahí tirado me dejó sin aire. Me sentía extraña, poderosa y, a la vez, culpable. Me arrodillé a su lado y le acaricié el pelo como a un animalito herido.
—Fuiste muy valiente. Gracias por dejarme. ¿Estás bien?
—No. Me dolió muchísimo.
—¿El beso no lo valió? —pregunté en tono de broma.
—Supongo que sí.
—¿Supones? ¿Quieres que te dé otra? —lo amenacé entre risas.
—Vale, sí lo valió. No creo aguantar otra.
Se tumbó boca arriba y yo le acomodé la cabeza sobre mis piernas, jugando con su pelo.
—Al menos los dos hemos experimentado algo interesante hoy, ¿no?
—Sí. Quiero otro beso.
—¿Con otra patada incluida?
—No creo poder aguantarla.
—Qué lástima. Te habría dado un beso mucho mejor.
—Eres muy mala.
—Lo sé —dije sonriendo.
—Aun así me gustas.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
—¿Aunque me guste patearte?
—Eso es nuevo y rarísimo, pero aun así me gustas.
Algo se removió dentro de mí al oírlo. Siempre me había parecido tierno, y llevábamos años siendo buenos amigos. Que siguiera gustándole después de aquello hizo que él empezara a gustarme a mí.
—Quiero que seas mío, Bruno.
—¿Tu novio?
—Algo así. Pero quiero que siempre hagas lo que te pida.
—¿Me besarás de vez en cuando?
—Sí, siempre que obedezcas.
—Está bien. Te haré caso.
Lo besé de nuevo para sellar el trato, y noté cómo se entregaba. Podía hacer con él lo que quisiera. Y lo primero que quería era lo de siempre: verlo entero, sin nada que esconder.
***
—Mi padre vuelve tarde hoy. Pongamos una película —dije, y le pasé el mando—. Busca algo de terror.
Mientras él rebuscaba, yo arreglaba la cama. Cuando la película arrancó y Bruno fue a tumbarse a mi lado, lancé mi siguiente orden.
—Quiero que te quites la ropa.
—¿La camisa y los pantalones?
—Toda.
—No sé si es buena idea.
—Dijiste que obedecerías. Si no cumples, no vuelvo a besarte.
—Es que nunca lo he hecho… —supuse que se refería a que era virgen, igual que yo.
—No he dicho que vayamos a hacer nada. Solo quiero que te desnudes para ver la película.
Se quitó los zapatos, luego la camisa, después los pantalones. Al llegar a la última prenda se detuvo. Yo lo miraba fascinada: su cuerpo delgado, esa piel suave, esa fragilidad. Todo él parecía mío.
—¿Qué pasa? Dije toda la ropa.
—Me da vergüenza quitarme la ropa interior.
—No me importa. Quítatela ahora mismo.
—No puedo, Lorena… Me da mucha vergüenza —al oírlo así, sentí algo de compasión.
—Está bien, ven. No pasa nada —me levanté y me acerqué a sus labios—. Cierra los ojos.
Los cerró. Volví a besarlo, cada vez con más calor, mientras bajaba las manos por su cintura hasta su ropa interior. Lo noté tensarse cuando entendió lo que hacía, pero seguí, deslizándola por sus piernas hasta dejarla caer al suelo. Separé mis labios para echar un vistazo. Él se cubrió con una mano y se agachó a recogerla, pero yo planté el pie encima para impedírselo. Me miró desde abajo, como un cachorro asustado. La aparté de una patada y la lancé debajo de la cama.
—Déjame ver —ordené.
—Me da mucha vergüenza.
—Eres mío. Puedo mirarte cuanto quiera. Ven aquí.
Se acercó dando pasos cortos, tapándose con timidez, y eso me lo hizo desear todavía más. Cuando lo tuve delante, le aparté las manos sin que opusiera resistencia. Por fin lo vi: el vello escaso, el pene que el beso había despertado a medias y, debajo, esos testículos que llevaba toda la vida queriendo conocer. Lo sujeté de las muñecas mientras lo observaba. Estaba nerviosísimo.
—Vamos a ver la película —dije al fin—. Apaga la luz y túmbate.
Me acosté y él apagó, pasando por encima de mí para colocarse detrás. Nos cubrimos con la sábana. La película seguía, pero ninguno de los dos la miraba de verdad.
—Abrázame —le pedí.
Me abrazó enseguida. Se sentía increíble, aunque lo notaba algo lejos. Tiré de sus brazos para acercarlo y, al echarme hacia atrás, sentí algo duro contra mis nalgas.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Perdón…
—¿Es tu pene?
—Sí… —susurró.
Pasé la mano por detrás y lo agarré. Bruno me abrazó con fuerza al notarlo. Era como tener un tubo de carne caliente entre los dedos: duro y, a la vez, con la piel suavísima. Me encantaba, aunque todavía me resultaba extraño, así que lo solté tras unos segundos. Me giré un momento: estaba rojo como un tomate, y se me escapó una risita.
—Tranquilo, no pasa nada. Sigue abrazándome.
Volví a echar el cuerpo atrás. Sentí su miembro clavándose entre mis muslos, rozando mi piel a través de la falda. Era una sensación deliciosa que no quería que terminara nunca. Él casi no se movía, pero yo sabía que lo estaba disfrutando tanto como yo.
Poco a poco bajé la mano hasta sus piernas y la dejé ahí. Después seguí descendiendo, lentísimo, escuchando cómo respiraba hondo a mis espaldas. Por fin alcancé mi objetivo. Atrapé uno de sus testículos con las yemas de los dedos y exploré cada rincón, suave y tibio, y luego el otro, hasta tenerlos ambos en mi mano. Bruno respiraba cada vez más rápido. Era una delicia notarlos moverse, balancearlos entre los dedos, cerrar el puño con suavidad como reclamando algo que ahora era mío.
De pronto, un susto de la película me hizo dar un salto.
—¡Aah! —se quejó Bruno.
Sin querer le había apretado fuerte.
—Ups, perdón, me asusté —dije aflojando la presión.
—Estoy bien… —contestó, aunque yo no lo solté.
Estuve un buen rato así, jugando con él. La mayor parte de la tensión se había roto, pero todavía quedaba algo que yo quería. Me giré para mirarlo a los ojos, esos ojos tranquilos. Volvimos a besarnos, y esta vez sentí su pene rozando mi entrepierna por encima de la ropa. Empecé a mover las caderas para intensificar la fricción y él respondió igual. Los dos jadeábamos mientras nos besábamos.
Bajé la mano, lo tomé y empecé a usarlo para frotarme. A él parecía volverlo loco. Yo nunca había hecho nada parecido, pero todo salía solo. Me separé un poco y empecé a masturbarlo. Solo lo había visto en algún vídeo, pero no parecía difícil. Tenerlo así, sintiendo que todo su placer estaba a mi merced, que podía hacerlo gemir con un simple movimiento, era embriagador.
Aparté la sábana de un tirón para verlo entero. Bruno había perdido toda la vergüenza, tumbado boca arriba, completamente a mi merced. Verlo desnudo y rendido me encendía como nada.
—Oye… espera —susurró.
—¿Qué? —no me detuve.
Sentí algo tibio caer sobre mi mano, y luego un segundo hilo sobre su abdomen. Bruno puso su mano sobre la mía para frenarme. Reduje el ritmo hasta parar, sin querer soltarlo todavía, notando cómo iba perdiendo la rigidez segundo a segundo. Por fin lo solté y tomé una toalla del suelo para limpiarnos.
Me tumbé de nuevo, mirando el techo, procesando lo que acababa de pasar. Entonces Bruno se giró y me abrazó, apoyando la cabeza en mi cuello, tierno como un cachorro. Le pasé la mano por la espalda y nos quedamos así, con el murmullo de la película de fondo, sabiendo los dos que aquello era apenas el principio.