Mi novia tímida descubrió que le gustaba dominarme
Camila y yo hablábamos cada vez más seguido. A pesar de ser una chica tan callada, había algo en ella que me atraía sin que pudiera explicarlo del todo. Yo siempre fui de los seguros, de los que entran a cualquier lado sin pensarlo, y de alguna forma su silencio me empujaba a ser todavía más extrovertido para compensar. Hacía unos días me había confesado una fantasía que guardaba desde que nos conocimos: amarrarme a una silla y mandar sobre mí. Me sorprendió que algo así viviera en la cabeza de alguien tan aparentemente inocente.
Cumplimos esa fantasía una tarde, y desde entonces sentí que algo se había soltado dentro de ella. Una noche después le escribí.
—¿Cómo estás? —tecleé.
—¡GENIAL! —respondió.
Me quedé mirando la pantalla. Camila nunca usaba mayúsculas, nunca usaba signos de exclamación. Hablaba siempre en voz baja, como si pidiera permiso para existir.
—¿Por qué tan feliz? —pregunté.
—No lo sé, jaja.
—Claro que lo sabes. Dime, anda.
—Creo que desde la otra tarde me siento muy distinta.
—¿Por lo de amarrarme a la silla?
—Sí y no. Lo de la silla estuvo increíble, pero me di cuenta de que dominarte me hizo sentir bien. Sentir el control sobre vos. Al principio fue incómodo, y al final me sentía poderosa. Sexy.
—Me alegra leer eso.
—Desde entonces estuve viendo videos. Aprendí un montón. Creo que la próxima vez va a ser todavía mejor.
Era asombroso cómo había cambiado su manera de expresarse. Antes le costaba armar una frase de más de cinco palabras; ahora desbordaba. Sentí que estaba conociendo a la verdadera Camila, la que había estado escondida todo este tiempo.
—¿Entonces te gustaría seguir experimentando? —escribí.
—Sí. Me gustaría seguir probando. —Y un segundo después—: A vos no te molesta, ¿cierto?
Ahí estaba la vieja Camila, asomándose entre la nueva. Todavía pedía permiso.
—Para nada —contesté—. Me gustó. Te veías increíble teniendo el control.
***
El sábado siguiente salimos a caminar cerca de mi departamento. La química era perfecta: hablábamos, nos reíamos, nos rozábamos al andar. Paramos a comprar helado y, antes de que yo sacara la billetera, ella ya había pagado.
—Yo invito —dijo.
—¿Segura?
—Sí. Ya me lo cobraré más tarde.
Lo dijo en broma, pero la frase me dejó un nudo tibio en el estómago. La Camila de un mes atrás jamás habría dicho algo así.
Al llegar a mi departamento nos tiramos en la cama. Yo imaginé que charlaríamos un rato antes de cualquier cosa, pero ella tomó la iniciativa de inmediato. Me empujó para que quedara boca arriba, se quitó los zapatos y se subió encima de mí solo para darme un beso corto en los labios.
—Sacate los pantalones y la camisa —ordenó, y se bajó.
Obedecí sin pensarlo y quedé en ropa interior.
—¿Vos no te sacás nada? —pregunté.
—Me la saco cuando quiera. Concentrate en obedecer.
Nos besamos. La erección llegó casi al instante. Llevaba un vestido negro corto, pero lo que mejor le quedaba era esa actitud nueva. Por primera vez rompí mis propias reglas de juego y me oí pedir en voz alta.
—Me encantaría que te sacaras el vestido.
—Si te portás bien, tal vez lo haga.
—¿Qué tengo que hacer?
—Primero, date vuelta.
Me giré, de espaldas, con todas las ganas de mirar y sin permiso para hacerlo. La oí caminar hacia su bolso. Cuando volvió, me llevó los brazos hacia atrás. Sentí algo metálico cerrarse sobre mi muñeca izquierda, un clic seco, y enseguida el mismo sonido en la derecha. No tenía idea de dónde había sacado un par de esposas de verdad, pero no me molesté en preguntar.
—Ahora sí sos todo mío —murmuró.
No respondí.
—¿Cierto? —insistió, y me apretó los testículos con la mano.
—Sí —solté—. Soy todo tuyo.
***
Pensé que empezaríamos de inmediato, pero en lugar de eso sacó un antifaz de dormir y me lo colocó. La oscuridad afiló mis otros sentidos. La habitación estaba en silencio; solo de tanto en tanto pasaba un auto a lo lejos. Y sus pasos. Escuchaba sus pasos rodeándome.
Sentado en el borde de la cama, sentí sus dedos recorrer mis piernas en círculos lentos. La suavidad de su piel se volvía enorme sin la vista. Después, nada. Unos segundos de espera en blanco que me pusieron ansioso.
—¿Qué hacés? —pregunté.
—Shhh. No hagas preguntas.
—Por favor, decime.
—Solo estoy mirando mi mercancía.
De pronto escuché el clic inconfundible de la cámara de un teléfono. Me sobresalté.
—Eh, sin fotos. Borrala.
—Shhh. No estás acá para dar órdenes, sino para seguirlas.
—No me gustan las fotos.
—Es solo para mí. Te ves lindo así, atado y con los ojos tapados. La voy a ver yo sola. Relajate.
No me convenció, pero no quería arruinar el momento. Pensé en pedirle después que la borrara. La oí dejar el teléfono sobre la mesa, y al acercarse sentí su palma abierta sobre mi pecho, bajando hasta mis hombros. Sus manos subieron a mi cara, una en cada mejilla, y vino un beso tierno que no encajaba con todo lo demás. Cómo puede ser tan dulce y tan despiadada al mismo tiempo, pensé.
Se separó. Me tomó del pelo y tiró hacia arriba hasta ponerme de pie. Quedé ahí, tratando de adivinar sus movimientos por el oído. En un solo gesto bajó mi ropa interior hasta el piso. Por reflejo me encorvé, pero ya no había nada que esconder. Me empujó del pecho para apartarme de la prenda y la oí arrojarla a algún rincón.
Siempre fui un tipo seguro de mi cuerpo, pero desnudo, esposado y a ciegas, me sentí completamente expuesto.
—Aww, ¿está dormidito? —se burló.
El comentario me puso rojo.
—¿Y ahora qué? —pregunté, para cambiar de tema.
—Ahora hay que despertarlo.
***
Escuché algo duro golpear la mesa. Supuse que era el teléfono otra vez.
—¿Me estás sacando fotos? —dije, ya molesto.
Su respuesta fue agarrarme los testículos de golpe y apretar, lo justo para arrancarme un quejido.
—Tranquilo. No saqué nada. Pero sos mío. Si te quiero fotografiar, lo voy a hacer.
No podía creer lo que estaba pasando. ¿Dónde había quedado la chica tímida que apenas levantaba la voz? Sentía que estaba con otra persona, y aunque me excitaba, también me empujaba contra mis propios límites. Había una parte de mí que quería cederle todo, y otra que peleaba por recuperar el control antes de que fuera tarde. Esa tensión entre las dos era lo más excitante de todo.
—Quiero ver una película —dijo de repente.
Me quitó el antifaz. Pensé que había cambiado de idea, que no habría nada más, y me desanimé. Caminó hasta el control remoto, encendió el televisor y empezó a buscar algo. Yo seguía desnudo y con las manos esposadas a la espalda.
—¿Me podés sacar esto para vestirme? —pedí.
—Mmm. Así estás bien.
Lo dijo con una calma absoluta. Se acostó y siguió pasando títulos en la pantalla.
—Vení, acostate —ordenó, esta vez con dulzura.
Una parte de mí quería insistir con las esposas, pero decidí averiguar si todo esto era algún juego previo, el más raro que había vivido. Apoyé las rodillas en el colchón y avancé. Sin las manos para sostenerme, tropecé y caí de cara sobre la cama. Me arrastré poco a poco hasta la altura de la almohada. A ella le causaba gracia verme luchar para llegar.
Eligió una película y la dejó en volumen bajo. Acomodó dos almohadas y quedó semisentada, mirando la pantalla. No sé si fue a propósito, pero desde abajo la vista era hermosa: su perfil serio, concentrado en la película, con la luz azul moviéndose sobre su cara. Me acerqué hasta su brazo. Ella lo levantó y lo apoyó sobre mi espalda. Me sentí vulnerable y protegido a la vez, una mezcla que no conocía.
—Sos muy lindo, ¿sabés? —dijo, girando la cabeza hacia mí.
—Gracias. Vos sos la chica más linda del mundo.
Me sonó rarísimo decir algo tan cursi, pero salió solo. Ella empezó a acariciarme la espalda.
***
—De verdad me encantaría verte sin el vestido —solté.
—Mmmm.
—Por favor —insistí, casi haciendo berrinche.
—Bueno. ¿Te vas a seguir portando bien?
—Sí —contesté, con un tono más infantil de lo que habría querido.
Se incorporó y me dio la espalda.
—Bajame el cierre.
—No tengo manos —protesté.
—Arreglate.
Encontré el cierre con la cara y busqué la lengüeta. La atrapé con los dientes y tiré despacio hasta el fondo. Al ver su espalda desnuda no pude contenerme y empecé a besarla por todas partes.
—Jaja, tranquilo. Portate bien.
—Es que me encantás —dije, y le di un último beso largo en la base de la espalda.
Se sacó el vestido, lo dobló con cuidado y lo dejó sobre la mesa de luz. Volvimos a la posición de antes. Me deslicé un poco más abajo, apoyé la cara contra el costado de su abdomen y empecé a besarlo. Su piel era tibia y suave. Al principio le dio cosquillas; después me acariciaba la cabeza mientras seguía mirando la película con una paz que me daba envidia. Yo no quería que terminara nunca. Bajé besando por su cadera hasta sus piernas, esas piernas que extrañaba desde la última vez.
—Sos muy inquieto —dijo.
—No puedo evitarlo.
—Yo voy a hacer que te portes bien.
—¿Cómo?
—Quería que fuera sorpresa, pero te cuento. Desde que te até a esa silla, algo cambió en mí. Estuve investigando y descubrí cosas muy interesantes.
—¿Por ejemplo?
—Además de las esposas, pedí otra cosa por internet. Todavía no llegó.
—¿Qué pediste? —pregunté, demasiado entusiasmado.
—Es secreto —dijo, tocándome la punta de la nariz con un dedo.
—Dale, decime.
—Nop.
—Por favor.
—Solo te voy a decir que va a ser una forma interesante de tener tus impulsos bajo control.
La pista me bastó.
—¿Una de esas jaulas de castidad? —pregunté.
—¿Cómo rayos lo adivinaste? —dijo, genuinamente asombrada.
—No sé si estoy tan seguro de usar algo así.
—Lo vas a usar. Vas a tener que portarte muy bien para que libere a tu amiguito. Así que disfrutá la libertad por ahora.
Toda esa charla me dejó nervioso y caliente al mismo tiempo. No aguanté: me arrastré hasta su cuello y empecé a besarlo. Ella me sostuvo la nuca y echó la cabeza hacia atrás para darme acceso total. Su respiración se volvió más honda. Le estaba gustando.
***
Seguí besando su cuello con todo, y de pronto sentí su mano cerrarse sobre mi pene. Empezó a acariciarlo despacio, y ese roce me prendió tanto que la besé con más hambre. Bajé del cuello al pecho, hasta uno de sus senos. Era delgada, pero los tenía grandes; quería arrancarle el corpiño, tomar ambos con las manos, hundir la boca en ellos. Pero las esposas seguían ahí, recordándome quién mandaba.
—Besá mis piernas —ordenó.
Me arrastré hacia abajo y empecé por encima de la rodilla, subiendo lento por el muslo. Cada beso era una pequeña victoria que quería estirar lo más posible. Percibía el aroma de una loción suave. Cuando me acerqué demasiado a su entrepierna, posó la mano sobre mi cabeza, marcando el límite. Sin desanimarme, me lancé hacia la cara interna del muslo izquierdo, hundí la boca y pasé la lengua en círculos sobre esa piel blanca. Ella se estremeció.
—Me gusta mucho lo que hacés —dijo, agitada.
Seguí un rato más, hasta que empezó a tirar de mí para llevarme a su boca. Sin las manos libres me costaba moverme; ella me sostenía para que no cayera. Al final se cansó, me empujó a un lado y se montó encima. Me besó y se levantó solo para sacarse el corpiño. Al verla así, el deseo me explotó en el pecho.
No podía incorporarme. Instintivamente moví la pelvis para arrastrarla de costado, y quedamos los dos de lado, frente a frente. Por fin tenía sus pezones a mi alcance. Fui directo a uno, abriendo apenas la boca para que entrara entero.
—¡Uuuh! —gimió cuando lo atrapé.
Me sostuvo la nuca mientras yo la devoraba. Mi pene rozaba sus muslos; encorvándome un poco llegaba casi a su sexo. Cada roce le arrancaba un sonido y un apretón. Empujaba y volvía, intentando excitarla más, deseando que se sacara la ropa interior para hundirme de una vez.
Ella bajó la mano hasta la base de mi pene y lo guió contra el punto que buscaba, usándolo como un objeto para darse placer. Cuando creí que no podía calentarme más, me dio un manotazo en los testículos. El dolor me prendió de golpe y empecé a empujar con fuerza. Ella gimió, una y otra vez, hasta que no aguantó: me apartó para bajarse las bombachas con urgencia.
Las terminó de sacar con los pies y las tiró al piso. Me miró a los ojos. Mi cara quedaba a la altura de su pecho; se inclinó para alcanzar mis labios y yo eché la cabeza atrás hasta besarla. Fue un beso lleno de deseo y de ternura, las dos cosas a la vez.
—Despacio —dijo, tomando otra vez la base de mi pene.
Por más excitado que estaba, traté de contenerme y empujé despacio. Entró de a poco. Ella dejó de moverse y solo se oía su respiración. A mitad de camino, apretaba la base para frenarme; después entendió que tenía que soltar para que entrara entero. Buscando algo de qué aferrarse, volvió a tomar mis testículos. Los apretó, y ese dolor casi me hace perder el control ahí mismo.
De pronto apretó con muchísima fuerza. La descarga me encendió tanto que clavé los últimos centímetros de una sola vez. Ella aflojó. Saqué un poco y volví a hundirme, más rápido. No paraba de gemir, y empezó a mover la pelvis para asegurarse de tenerme entero.
Llegamos al punto sin retorno. Entraba y salía con todo. Apoyé la cara en su pecho, lamí sus pezones, los sentí endurecerse contra mi lengua. Eso parecía volverla loca; me clavaba las uñas en la espalda.
Cambió de posición. Me empujó boca arriba y se sentó sobre mí. Acomodó mi pene y bajó de golpe, rápido, una sensación deliciosa. Empezó a cabalgar, subiendo y bajando, con los pechos rebotando frente a una cara que no podía hacer nada más que mirar. Mis manos los querían y no podían tenerlos. Cada vez que bajaba, yo empujaba la pelvis hacia arriba para encontrarla.
Vi cómo llevaba un brazo a su espalda. Pensé que iba a apoyarse, pero su mano capturó mis testículos de nuevo y empezó a apretar. El deseo se me disparó otra vez.
—No sé si aguante —le dije.
—Ya casi. Aguantá un poco.
Siguió montándome. Tenerme agarrado de esa forma volvía la tarea de resistir tres veces más difícil. Que una chica tan menuda, que hasta hacía poco parecía tan frágil, pudiera hacerme tanta fuerza y tanto daño me prendía como nada. Sus gemidos subían. Empujé más fuerte para no dejar ni un centímetro afuera. Las embestidas se volvieron violentas, hasta que me soltó y me dio un último manotazo cuyo chasquido escuché en toda la habitación.
Ese golpe me llevó al límite. Solté un gemido y ella volvió a atrapar mis testículos, apretándolos con todas sus fuerzas justo cuando llegué. Me vacié dentro de ella. Su gemido fue más suave, y la tensión de todo su cuerpo me dijo que se venía también. Fuimos bajando el ritmo hasta quedar agotados, yo cubierto de sudor, ella exhausta.
Después de unos segundos se dejó caer a mi lado, recuperando el aire, y me jaló para abrazarme. Volví a apoyar la cara contra su pecho, pero esta vez no había deseo, solo una paz enorme. La chica más callada que conocí me había desarmado por completo, y por primera vez no quería recuperar el control.