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Relatos Ardientes

La pijamada de mi hermana terminó conmigo de rodillas

Volví a casa de mis padres después de un par de años viviendo con mi tío, justo cuando terminé la universidad. En ese tiempo, mi madre había impuesto una regla nueva que cambiaba por completo la forma en que se vivía bajo ese techo: los hombres de la casa debíamos andar desnudos y teníamos terminantemente prohibido tener una erección. Si alguien era sorprendido excitado, el castigo era inmediato y nada agradable.

La primera y única vez que me pasó frente a mi hermana Marina, ella corrió a contárselo a mi madre, que con total calma le dio permiso de castigarme. La patada que me dio Marina me dobló en dos y me dejó tirado en el suelo durante varios minutos. Lo peor no fue el dolor, sino la sonrisa con la que lo hizo. Mi madre observaba desde un costado, más seria, pero con un brillo en los ojos que delataba que también disfrutaba la escena.

—Deberías agradecerme que fui yo y no ella —me dijo Marina aquel día, frotándose los nudillos—. Las suyas son devastadoras. Una vez le dio una a papá y se desmayó del dolor.

Aprendí rápido a evitarla. Marina solía pasearse por casa con ropa diminuta, y yo hacía lo imposible por no cruzármela, no fuera a traicionarme el cuerpo otra vez.

***

Esa tarde, mi hermana había invitado a un grupo de amigas a quedarse a dormir. Eran todas de su edad, rondando los veinte, y por los gritos y las risas que subían desde la planta baja deduje que ya habían empezado a divertirse. Yo bajé por un vaso de agua y, al llegar al pie de la escalera, me encontré con una escena que me heló la sangre.

Mi padre estaba arrodillado en el salón, con las manos cruzadas detrás de la espalda, y Marina de pie frente a él. Antes de que pudiera reaccionar, ella le soltó una patada brutal, mucho más fuerte que la que me había dado a mí. No sé cómo aguantó. Mi padre dejó escapar un quejido ahogado y se desplomó de lado, encogido sobre sí mismo. Marina sonreía, satisfecha.

—¿Qué pasó? —pregunté, todavía en el último escalón.

—Este pervertido se empalmó mirando a la chica del clima —respondió señalando la televisión.

Giré la cabeza. En efecto, había una presentadora con un vestido cortísimo dando el pronóstico. Tal vez le haría gracia saber que le costó una patada a mi padre, pensé.

—¿No fuiste demasiado dura con él?

—Puede ser… —dijo con una calma fingida—. De ahora en adelante guardaré todas mis fuerzas para ti, hermanito.

—¿Y yo qué hice?

—Papá ya está entrenado. A ti todavía me falta acostumbrarte a patadas. Y hoy vienen mis amigas, así que será una noche perfecta.

—Genial —respondí con todo el sarcasmo que pude reunir, y volví arriba con mi agua sin molestarme en ayudar a mi padre.

***

Me encerré en mi habitación con los audífonos puestos, decidido a no bajar bajo ningún concepto. La idea de que un grupo de desconocidas me viera desnudo me daba pánico. Durante un rato funcionó: la música tapaba el barullo de abajo. Pero en algún momento escuché pasos en la escalera y, justo después, un silencio extraño. Me quité un audífono.

La puerta de mi cuarto se abrió de golpe. Marina estaba en el umbral, y detrás de ella, apiñadas, todas sus amigas. Me estaba exhibiendo como un trofeo. Un coro de risas estalló mientras yo me cubría a manotazos.

—Les presento a mi hermano, Adrián —dijo Marina entre carcajadas—. Saluda.

—Tenías razón, la tiene chiquita —soltó una chica rubia, y las demás se desternillaron.

Sentía cada par de ojos clavado en mí. La humillación me subió por el cuello como una quemadura. Cuando las burlas se volvieron insoportables, me levanté de un salto y avancé hacia la puerta para cerrarla.

—¡Cuidado, que viene a darnos nuestro merecido! —se rió otra.

Empujé para sacarlas al pasillo. Mientras lo hacía, una de ellas, una castaña de mirada traviesa, me golpeó la entrepierna con el dorso de la mano. El dolor fue tan agudo que me doblé, pero seguí empujando hasta echarlas y cerrar. Por primera vez le puse el seguro, aunque sabía que estaba prohibido.

—¡Le di al pequeñín! —gritaba la castaña al otro lado—. ¡Le sentí hasta los huevos!

—Eres terrible, Dafne —respondía otra, muerta de risa.

Las oí intentar girar el picaporte sin éxito y, poco a poco, alejarse hacia el cuarto de Marina. Me senté contra la puerta, sujetándome la polla dolorida, intentando recuperar el aliento.

***

Diez minutos después, alguien tocó.

—¿Quién es?

—Soy yo, Adrián.

La voz de mi madre me erizó la piel. La creía fuera con sus amigas hasta tarde. Salté a quitar el seguro y abrí. Allí estaba ella, imponente, y a su lado todas las amigas de Marina con una sonrisa contenida.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Ven aquí —dijo, y me tomó de la polla con las yemas de los dedos para jalarme fuera del cuarto. Las chicas ahogaron unas risitas, pero se frenaron ante la presencia de mi madre.

—Auch… ¿qué hice? —protesté.

—Sabes que tienes prohibido ponerle seguro a la puerta.

—Sí, pero Marina y sus amigas entraron a molestarme.

—Solo queríamos saludarlo, señora —intervino una de ellas con voz de inocente—. Dafne comentó que la tenía pequeña y él se ofendió.

Me cubrí por reflejo. Mi madre me apartó la mano de un manotazo.

—No te tapes, Adrián. ¿Te molestó que dijeran que la tienes pequeña? ¡Es que la tienes pequeña! —Ninguna pudo aguantar la risa.

—Una me golpeó los huevos —dije con la voz a punto de quebrarse.

—Perdón, señora, fui yo —admitió Dafne sin perder la sonrisa—. Pensé que iba a pegarnos.

—¡Miente! Solo iba a cerrar la puerta —repliqué.

—¡Silencio! —El pasillo enmudeció—. Adrián, no me importan las razones. Cerraste con seguro y eso merece un castigo.

Un frío me recorrió la espalda. Las amigas de Marina abrieron los ojos como platos; era evidente que mi hermana ya les había contado en qué consistían los castigos de esta casa y se morían por presenciar uno.

—Mamá, no hice nada malo, me estaban molestando.

—Te doy dos opciones —dijo ella, inflexible—. O eres amable con tu hermana y sus amigas el resto de la noche, o te castigo aquí mismo, delante de todas. Elige.

—Seré amable —respondí en el acto. La situación era injusta, pero no podía ni imaginar una patada suya frente a esas chicas.

—Muy bien. Quiero que las atiendas, que les preguntes qué necesitan cada quince minutos y que no vuelvas a ser grosero.

—¿Por qué tengo que ser su sirviente?

—No serás su sirviente. Solo serás amable.

—Gracias, mami —canturreó Marina con una dulzura tan falsa que me revolvía el estómago—. Hermanito, llevémonos bien, ¿sí?

***

Bajé a la cocina a regañadientes a preparar la limonada que la primera de ellas «necesitaba». Tenía ganas de escupir en la jarra, pero el riesgo no valía la pena. Subí con cinco vasos y entré al cuarto de Marina. Por más insufribles que fueran, no pude evitar notar que todas eran preciosas: piernas largas asomando de shorts diminutos, sonrisas afiladas, el pelo recién lavado. Estaban sentadas en círculo en el suelo.

Dejé la jarra sobre una mesa y me dispuse a irme.

—¿No nos vas a servir, hermanito? —preguntó Marina.

—Ya se las traje.

—Mamá dijo que fueras amable. Eso no es amable.

Apreté los dientes y serví cada vaso, evitando mirarlas a los ojos.

—Gracias, Adrián. Marina tiene suerte de tenerte.

—De nada —murmuré.

—A mí me gusta tu cosita, es chiquita pero bonita —bromeó otra, y todas estallaron de nuevo.

—No te vayas todavía —dijo la rubia cuando intenté escapar—. Vamos a jugar a verdad o reto. Si juegas cinco rondas, te dejamos en paz.

—¿Lo prometen?

—Sí —respondieron a coro.

Acepté. Y, aunque me costara reconocerlo, estar rodeado de tantas chicas guapas en shorts tenía algo de embriagador, incluso con mi orgullo por el suelo.

***

Marina giró la botella. Apuntó a Camila, la más linda de todas en mi opinión. No era tan delgada como las demás, pero tenía unas curvas que quitaban el aliento y, sobre todo, una cara dulce y tímida. Era la única que no me había insultado en toda la noche.

—Camila, ¿verdad o reto? —preguntó mi hermana.

—Verdad —respondió en voz baja.

—¡Cobarde! —se quejó Dafne.

—Eligió verdad y punto. Dinos, Camila, ¿qué opinas de la polla de Adrián?

Se me heló la sangre otra vez. Me llevé despacio las manos a la entrepierna mientras Camila se ponía colorada hasta las orejas.

—Pues… está bien, creo —dijo bajito.

—¡Buuu! Responde bien. ¿Te parece grande, pequeña? ¿Te gusta? —insistió Dafne, encantada de hacerla sufrir.

—Vamos, sé honesta. Haz de cuenta que mi hermano no está —pidió Marina.

—Está bien… supongo que sí es un poco pequeña —soltó por fin, con la cara ardiendo.

El cuarto estalló en carcajadas. Yo quería que la tierra me tragara. Lo peor era que no lo había dicho para burlarse: lo había dicho en serio, obligada, y eso me dolió más que todas las bromas juntas.

—Lo siento, Adrián —me dijo con cara de culpa.

—No pasa nada —mentí.

—¿Y aun así te gusta? —volvió a la carga Marina.

Camila tardó en contestar.

—Creo que sí… es bonita aunque no sea grande.

Las risas volvieron, pero algo extraño me pasó: empezó a gustarme esa chica que respondía con tanta vergüenza y tanta honestidad. Lástima que, después de esta noche, jamás podría mirarme de otra forma.

***

La botella giró de nuevo y cayó en Dafne, la castaña.

—¿Verdad o reto?

—Verdad.

—¿Te follarías a mi hermano? —preguntó Marina, y otra ronda de risas inundó el cuarto.

—¿Todas las preguntas van a ser sobre mí? —protesté.

—Tranquilo, esta es la última sobre ti —dijo Marina.

—No, ni loca —respondió Dafne con crueldad—. Yo necesito hombres con vergas de verdad, de esas que te abren en dos. Con la de Adrián ni la sentiría dentro del coño. Necesito que me la metan hasta el fondo, que me golpee la matriz, y esa cosita ni llega.

Mientras todas se reían, alcancé a ver a Camila apretando los labios para no hacerlo. Esa pequeña diferencia me reconfortó un poco.

La botella volvió a girar y, de nuevo, señaló a Camila.

—Otra vez tú. Esta vez elige reto, para que la cosa se ponga interesante.

—¿Y si es muy feo el reto? —dudó ella.

—No seas cobarde.

—Está bien… reto.

—¡Genial! Te quedas en ropa interior y entras al armario con Adrián diez minutos —anunció Marina, y el cuarto se vino abajo.

Camila se puso de un rojo intenso. A mí me dio rabia que mi hermana la pusiera en esa situación.

—No puedo hacer eso —protestó Camila.

—¡Es tu reto, tienes que cumplirlo! —la presionó Renata, la morena.

—Pero me da vergüenza que Adrián me vea en ropa interior…

—¡Si tú le viste la polla toda la noche! Deja que él te vea las tetas —remató Dafne entre risas.

Decidí echarle una mano.

—Acabemos con esto. Prometo no hacer nada —le dije, para tranquilizarla.

***

Camila se puso de pie, se bajó los shorts y se quitó la camiseta holgada. Tuve que apartar la mirada para no traicionarme: tenía un cuerpo espectacular, caderas amplias, unas tetas enormes que apenas cabían en el sostén blanco, y una piel que pedía a gritos ser tocada. Las bragas, también blancas, se le pegaban al coño marcando cada pliegue. Caminamos al armario y mi hermana cerró la puerta tras nosotros.

—Dale aunque sea un beso, no seas aburrida —se rió Marina antes de dejarnos a oscuras.

El espacio era diminuto. Apenas distinguía su silueta. Las risas de las demás se filtraban por la madera y eran lo único que aliviaba el silencio incómodo entre nosotros.

—¿Quieres sentarte? —pregunté.

—Sí —contestó con un hilo de voz.

Nos las arreglamos para acomodarnos en el suelo, tan apretados que nuestras piernas quedaron pegadas. No se me ocurría qué decir. Entonces, sin previo aviso, sentí su mano sobre mi muslo. Se me cortó la respiración. La mano subió despacio, acariciándome, hasta que la yema de sus dedos rozó la base de mi polla, que ya empezaba a despertar. Se me escapó un jadeo.

—Shhh… —susurró, y me besó.

Le respondí abriéndole la boca con la lengua. Sabía dulce, a la limonada que yo mismo había servido. Puse la mano sobre su muslo desnudo y subí hasta la cadera. Su piel era tibia, suave, y cada centímetro que recorría le arrancaba un temblor. Le pasé la mano por encima del sostén y le apreté una teta. Era pesada, blanda, se me desbordaba entre los dedos. Le pellizqué el pezón por encima de la tela y ella gimió dentro de mi boca.

Su mano, mientras tanto, había cerrado los dedos alrededor de mi polla ya dura. Empezó a masturbarme muy despacio, apretando de arriba a abajo, descubriéndome el glande y volviendo a bajar la piel con un ritmo que me hacía apretar los dientes para no gritar.

—¿Todavía crees que es pequeña? —pregunté, medio en broma, con la voz temblorosa.

—Sí… —respondió, y casi me muero—. Pero me gusta como es. Me cabe entera en la mano y así puedo apretarla toda. Me gustas, Adrián.

Esas palabras me reanimaron. Le bajé un tirante del sostén y le liberé una teta. En la penumbra apenas se distinguía, pero la sentí, redonda y pesada, con el pezón ya endurecido apuntándome. Me incliné y me la metí en la boca. La chupé entera, tironeando del pezón con los labios, mordisqueándolo con cuidado, mientras ella se arqueaba contra mí y me apretaba la polla más fuerte.

—Dios… —jadeó apenas—. No pares.

Cambié a la otra teta y le hice lo mismo. Ella me masturbaba cada vez más rápido, con la muñeca girando en la punta, extendiendo el líquido que ya se me escapaba para deslizar mejor la mano. Bajé la mano por su vientre hasta las bragas y las encontré empapadas. Metí los dedos por debajo del elástico y le toqué el coño directamente. Estaba mojadísima, tan resbaladiza que mis dedos se hundieron sin resistencia.

—Ay, Adrián… —gimió por lo bajo, mordiéndose el labio para que las de afuera no la oyeran.

Le abrí los labios del coño con los dedos y empecé a acariciarle el clítoris en círculos, primero suave, luego más rápido. Ella abrió las piernas todo lo que el armario le permitía y le metí dos dedos dentro. Estaba tan estrecha y tan caliente que se me nubló la vista. Cerré los ojos y empecé a bombearla, entrando y saliendo con los dedos mientras el pulgar le seguía trabajando el clítoris.

Camila me apretaba la polla al ritmo de mis dedos, ahogando los gemidos contra mi hombro. Sus caderas se movían solas, montando mi mano, buscando más. Yo estaba a punto de estallar. Le mordí el cuello, le lamí el lóbulo de la oreja y le susurré al oído:

—Córrete, Camila. Córrete en mis dedos.

Fue como apretar un botón. Sentí cómo el coño se le cerraba alrededor de mis dedos en espasmos, cómo todo el cuerpo se le tensaba y luego se aflojaba, y ella hundía la cara en mi cuello para no gritar. Al mismo tiempo, la mano con la que me estaba masturbando me apretó con fuerza y la sacudió más rápido. No aguanté ni tres pajazos más: me corrí a chorros contra su mano, contra mi propio vientre, un orgasmo tan largo y sucio que creí que me iba a desmayar en el armario.

Nos quedamos abrazados en la oscuridad, jadeando en silencio, con sus dedos todavía pringosos apretándome la polla escurrida y mis dedos todavía enterrados en su coño empapado. Le di un último beso en los labios, largo y lento, mientras afuera las demás seguían riéndose sin sospechar lo que acababa de pasar.

Y entonces la puerta se abrió de golpe y la luz nos cegó.

***

Marina se quedó petrificada al vernos tan cerca, con su mano todavía donde no debía y el sostén de Camila con un tirante caído. Nos separamos de un salto y las demás enloquecieron.

—¿Se la mamaste a mi hermano? —preguntó Marina.

—No, solo hablábamos —mintió Camila, escondiendo la mano llena de semen detrás de la espalda.

—Mira tu mano —dijo Renata, arrancándosela de un tirón y levantándosela en el aire para que todas vieran los hilos de leche que le colgaban entre los dedos—. Además de pequeña, precoz. Se corrió con una paja mal dada.

Camila se puso roja, pero las demás, en lugar de seguir burlándose de ella, empezaron a felicitarla por haber «cumplido el reto». Dafne le agarró la mano y, para escándalo del resto, le chupó un dedo lleno de mi semen.

—Mmm… sabe a poco, como el resto de él —soltó, y todas se murieron de risa.

Salimos del armario y Marina me cortó el paso con una sonrisa que ya conocía demasiado bien.

—Contigo es distinto, Adrián. Mamá te tiene prohibido empalmarte. Imagina lo que hará cuando sepa que te viniste en la mano de mi amiga, dentro de mi armario.

Tragué saliva.

—Tú me obligaste a jugar, tú me metiste ahí. No es justo.

—No te pedí que se te parara la polla ni que le llenaras la mano de leche. Eso es responsabilidad tuya.

—No le digas a mamá. Por favor.

—Mmm… aún no lo decido. ¿Qué dicen, chicas? ¿Le cuento?

—¡Sí, cuéntale! —corearon entre risas.

—Por favor, Marina —supliqué.

—Bésame los pies y lo reconsidero.

—Marina… no voy a hacer eso.

—Bien. Tu dignidad vale más que tus huevos. Respetable. Ahora vuelvo, voy con mamá.

—¡Espera! —La sujeté del brazo. Me puse de rodillas. Ella adelantó un pie y yo lo besé, totalmente humillado, sin atreverme a mirar a Camila.

—Me convenciste, Adrián. Guardaremos tu secretito… pero a cambio serás nuestro esclavo cada vez que nos juntemos.

—¡Sí! —celebraron todas.

—Estás loca —murmuré.

—Un poco. Pero será mucho más divertido que ver a mamá castrarte en el patio.

Estaba contra la pared y lo sabía. Acepté. Mientras las chicas se abrazaban eufóricas, busqué a Camila con la mirada. Ella no gritaba como las demás, pero en sus labios había una sonrisa pequeña, casi tierna, y sus dedos, todavía pringosos de mi semen, se rozaban despacio unos con otros como si no quisiera limpiárselo. Parecía que, a su manera tímida, también disfrutaba de mi humillación.

Y lo más extraño de todo es que, aun así, no podía dejar de quererla. No tenía la menor idea de lo que Marina y sus amigas planeaban hacer conmigo de ahí en adelante, pero algo me decía que aquella noche había sido apenas el principio.

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Comentarios(8)

Gaston_BA

Qué relato! Me enganchó desde el primer párrafo y no pude parar. Gracias!

CuriosaRB

Por favor necesito la segunda parte, no puede quedar asi!!!

ClaraOscura

La tensión de esos diez minutos está narrada de una manera que se siente real. Muy bueno, seguí escribiendo.

Rodrigo_Pba

El detalle del armario me pareció genial, la oscuridad como detonante de todo. Muy bien logrado.

martin1010

increible!! de los mejores que lei en este sitio

LectoresBA

Me quede con ganas de mas, se hizo muy corto. La proxima parte tiene que ser mas larga!

MarisolCuentos

Que manera de narrar, mezcla la incomodidad con el deseo de una forma que te atrapa. Mas relatos así por favor.

FelipeK22

jaja la parte del armario me mató, tremendo el momento

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