La cena de sumisas a la que me mandó mi secretaria
—Jefe, tiene que salir un poco y echar un buen polvo. Está demasiado tenso y se nota.
Rocío tenía razón, aunque me costara reconocerlo. Desde que me habían puesto al frente de la delegación sur perdía los nervios por cualquier tontería, algo que nunca me había pasado antes. Ella era el alma de la oficina: joven, bajita, de curvas generosas y una alegría que contagiaba. Junto con Patricia, mucho más callada y metódica, eran mis dos únicas compañeras allí. Y, para qué negarlo, mis dos únicas relaciones humanas fuera del horario laboral.
El traslado me había dejado sin amigos, sin rutina y sin vida sexual. Tres meses encerrado entre informes y un piso vacío bastan para amargar a cualquiera.
Al día siguiente, Rocío se acercó a mi mesa con una nota doblada en la mano y esa sonrisa suya que siempre anunciaba algún plan.
—El sábado mi amiga Mariela organiza una cena con gente. Ya le he hablado de usted. Es la ocasión perfecta para conocer a alguien e, incluso, para follar un poco.
—¿Quieres que vaya a una cena donde no conozco a nadie? ¿Y encima pretendes que folle con desconocidos? No me apetece demasiado.
—Va a ir y se lo va a pasar bien. No quiero verle más con esa cara de vinagre.
No supe decirle que no. Quizá porque en el fondo necesitaba que alguien decidiera por mí.
***
Me costó encontrar el sitio. Estaba muy apartado, al final de un camino sin farolas, en una nave grande sin ningún cartel. Un joven de gesto arrogante me cortó el paso con la mano apoyada en mi pecho.
—Vengo invitado por Mariela —dije, repitiendo exactamente las palabras que Rocío me había hecho memorizar.
—Espere aquí —respondió el tipo sin cambiar la cara.
Una mujer alta apareció en el umbral poco después. Madura, con mucha clase, de esas que llevan los años como una condecoración. Tenía curvas, carne donde debía tenerla, y una seguridad que se notaba en la forma de pisar.
—¿Andrés? —preguntó con una sonrisa.
Aproveché para mirarla sin disimulo. Su vestido rojo con flores negras tenía una abertura a cada lado, no exagerada, pero sí lo bastante para confirmar que no llevaba nada debajo. Cuando levantó la vista, supo perfectamente dónde había estado la mía.
—¿Satisfecho? ¿O quiere ver un poco más? —me susurró al oído, acercándose.
Me sentí como un colegial al que pillan copiando.
—Disculpe, no he podido evitarlo.
—Me encanta que me mire y que le guste lo que ve. Pase —dijo, apartándose para dejarme entrar.
***
El interior tenía un techo altísimo. En el centro, una mesa larga rebosaba de platos apetitosos colocados con cuidado. A los lados había butacas tapizadas y, al fondo, una pequeña tarima elevada. En la pared de la izquierda, un tablón de madera atornillado sostenía tres látigos, una colección de pinzas metálicas y dos varas nudosas, finas, que parecían de avellano o de algún árbol parecido. Levanté la vista y descubrí varios garfios colgando de unas vigas.
El estómago se me cerró y se me abrió a la vez.
Había más mujeres que hombres, charlando en pequeños corros. Todas vestían dejando amplias zonas de piel al aire, hombros, espaldas, muslos. Mariela me sorprendió mirándolas.
—Ahora vamos a disfrutar de la comida —dijo guiñándome un ojo—. Luego podrá dedicarse al postre.
Las luces se apagaron y quedó una iluminación tan tenue que apenas permitía distinguir las siluetas. Me senté a su lado. De pronto, solo la mesa se iluminó, como un escenario.
—Cuéntame de qué va todo esto —le pedí—. Rocío no ha querido adelantarme nada.
—Es una reunión de sumisas. Nos juntamos tres veces al año. Es una tradición.
—¿Todas las mujeres aquí son sumisas?
—Todas menos Bárbara, la morena de aquella esquina. Ella es Dominante. El hombre que tiene al lado es su sumiso.
Seguí su mirada. Un chico joven, sentado frente a mí a la derecha, le colocaba un antifaz a una morena espectacular. Le abrió una cremallera en el centro del vestido y le sacó los pechos sin ninguna prisa. Cogió media fresa con el tenedor, le pidió que abriera la boca y se la metió entre los labios. La escena me puso la polla dura en cuestión de segundos.
Al otro extremo, una chica de cara dulce se limpió los labios, apartó la silla y se metió debajo de la mesa. Poco después la siguió otra.
No podía dejar de mirar. La situación era excitante y mis meses de sequía me tenían al borde de algo que no controlaba.
—Céntrese en la comida —me dijo Mariela, divertida—. Luego habrá tiempo de sobra para el sexo.
—¿Te ha dicho algo Rocío de mí?
—Que está usted insoportable de tenso porque hace siglos que no folla. Creo que lo dijo con esas mismas palabras —respondió, muerta de risa.
—¿De qué la conoces?
—Desde niña. Vivía en mi barrio y yo era muy amiga de su madre.
—¿Su madre murió?
—No. Dejamos de hablarnos, pero a Rocío la sigo queriendo mucho.
—¿Y tú no tienes pareja?
—No. Es difícil encontrar al dominante adecuado. Hay mucho aficionado que cree que esto va de gritar.
—¿Entonces no estás disponible?
—Claro que lo estoy. Aquí no se entra si no lo estás. Es obligatorio —añadió, guiñándome otra vez el ojo.
***
En ese momento, una de las chicas que se había metido bajo la mesa volvió a su sitio. Estaba roja, despeinada, con el vestido torcido. Se levantó la falda, agarró la polla de su hombre y se la clavó de golpe; luego escondió la cabeza bajo el mantel para que él pudiera seguir comiendo tan tranquilo. La mesa se mecía con el vaivén, pero nadie parecía darse por enterado.
—Coma —me ordenó Mariela.
Y algo se rompió dentro de mí. Estaba harto de sentirme como un marginado cachondo, como un espectador que solo sabía mirar. Así que dejé el tenedor, agarré a Mariela de la nuca y la atraje hacia mi boca.
La besé con violencia, le mordí el labio, le metí la lengua. Cuando hizo fuerza para separarse, se lo impedí. Mi otra mano se coló por la abertura del vestido y atrapó uno de sus pechos. Lo apreté hasta hacerle daño y le mordí el hombro desnudo. Le pellizqué el pezón con dos dedos y subí los dientes hasta su cuello.
Luego me aparté para evaluar mi obra.
A Mariela se le había corrido el pintalabios. Tenía el pelo alborotado, las mejillas encendidas y, en los ojos, un fuego que un minuto antes no estaba. Algo salvaje. Ahora era yo el que sonreía.
—¿Todo bien? —pregunté.
Me miró, y supo que había perdido el control de la noche.
—Perfectamente, señor —dijo.
Lo dijo de un modo que sonaba a rendición total. Esto es otra cosa, pensé. Detecté un par de sonrisas cómplices en las mujeres de la mesa y seguí comiendo como si nada hubiera pasado.
***
Cuando terminó la cena, Mariela me llevó a un sofá apartado, junto a la tarima. Se sentó muy cerca, con las rodillas apuntando hacia mí.
—Entonces, ¿le prometiste a Rocío que hoy follaba? —pregunté.
—Sí, señor. Puede elegir a la chica que quiera y yo se la presento.
—¿No puedo elegirte a ti?
—Sabe que sí. Pero con tanta chica joven, pensé que preferiría variedad.
En la tarima había una mujer atada con cuerdas, y varias personas la observaban en silencio. Justo enfrente, dos chicas jóvenes bebían algo de pie. Me fijé en una de ellas: morena, de pelo largo y liso, con un rostro casi angelical que desentonaba con el lugar. Me vio mirarla y me devolvió la mirada con un guiño descarado. Mariela captó el cruce al instante.
—¿Le gusta Daniela? Es difícil de domar.
—Creía que aquí ya estabais todas domadas.
—Las sumisas somos las que elegimos, aunque parezca lo contrario. Esa es la primera lección.
—¿Entonces es mala elección?
—Para follar es excelente. Para domarla tendría que emplearse muy a fondo. Es mi sobrina, por cierto.
Lo dijo sin pestañear, como quien da un dato sin importancia. Yo me tomé un segundo para decidir qué hacer con esa información, y decidí usarla.
—Túmbate sobre mis piernas —le dije a Mariela.
Me miró sorprendida, pero obedeció rápido, como si el cuerpo supiera responder antes que la cabeza. Me encantó tenerla así, boca abajo sobre mis muslos. Le acaricié el culo por encima de la tela, despacio, y después le subí la falda hasta dejarlo al aire. Lo tenía grande pero firme, hermoso, de esos que piden ser marcados.
Descargué la mano con fuerza. El sonido restalló en la nave y ella se tensó entera. Le di cinco azotes seguidos, contando en voz baja, hasta que en su piel empezó a dibujarse una mancha roja. Era precioso. Volví a acariciarla y entonces colé la mano por debajo. Mis dedos abrieron su sexo: estaba húmedo, listo, deseando. A Mariela se le escapó un gemido que no pudo tragarse.
Puse una mano sobre sus pechos y con la otra seguí azotándola, despacio pero firme, alternando el golpe y la caricia. Apretaba, soltaba, golpeaba. El rojo se intensificó hasta cubrirle medio trasero. Su respiración se aceleró, mezclando gemidos y quejidos que intentaba amortiguar contra el cuero del sofá.
La agarré del pelo y le levanté la cabeza. Despeinada, con el rímel corrido y los labios convertidos en un manchón, estaba más hermosa que al abrir la puerta. En sus ojos seguía aquel fuego.
—Ponte a cuatro patas —ordené.
—Sí, señor —dijo, y se colocó al instante.
Daniela nos observaba desde su rincón sin disimular. Lo que brillaba en su mirada era pura excitación.
—Ven —le dije.
Se acercó deprisa, mordiéndose el labio.
—¿Qué desea, señor? —preguntó, justo cuando mi polla, ya libre y dura, apuntaba al sexo de su tía.
—Que tu tía te coma el coño mientras yo la follo —respondí.
Daniela sonrió, se subió a la esquina del sofá, se levantó el vestido y colocó su sexo a la altura de la boca de Mariela. Le di un azote seco a la mayor.
—Haz que tu sobrina se corra o te castigaré a ti.
—Sí, señor —jadeó.
***
Entré en Mariela de una sola embestida. Estaba tan mojada que apenas hubo resistencia, solo ese último tramo en el que la sentí abrirse del todo con un gemido largo. Le agarré las caderas y empecé a moverme con un ritmo firme, mirando cómo ella, entre mis empujones, intentaba comerle el sexo a su sobrina sin perder la concentración. Su propio placer se lo ponía difícil; cada vez que yo aceleraba, su lengua se detenía un instante.
Daniela se bajó el vestido y dejó al aire unos pechos firmes y turgentes. Me clavó los ojos vidriosos mientras se pellizcaba los pezones y los estiraba con una crueldad que parecía gustarle.
Me moví más rápido y, a la vez, azoté de nuevo aquel culo enrojecido. Intentaba aguantar, pero los meses de sequía me jugaban en contra y notaba el orgasmo subiendo demasiado pronto. Daniela lo entendió, y empezó a frotarse buscando alcanzarme, excitada de ver cómo me follaba a su tía. Mariela sintió mis embestidas descontrolarse y se corrió con la boca pegada al sexo de su sobrina, que en ese mismo instante empezó a temblar de la cabeza a los pies.
Fue magnífico vaciarme dentro de Mariela mientras las dos se deshacían a la vez. Cuando saqué la polla, Daniela me pidió permiso para limpiarla. Se lo concedí. Empujó a su tía a un lado, casi tirándola del sofá, y se lanzó sobre mí lamiendo con avidez, sin dejar una gota. Mariela la miraba desde abajo, visiblemente molesta por haber perdido el premio.
Ya de pie, recompuesto, las cogí a las dos por los hombros, una a cada lado, y les di un beso suave en la frente.
—Muchas gracias por todo. Me habéis hecho disfrutar de un rato fabuloso.
Ellas se apretaron contra mí, satisfechas, ronroneando casi. En la despedida intercambiamos teléfonos y prometimos seguir en contacto.
—Llámeme, por favor. Para lo que desee —dijo Mariela.
—Me encantaría que me llamara usted a mí —añadió Daniela, con una sonrisa que era un desafío.
***
El lunes llegué a la oficina con una disposición que llevaba meses sin tener. Rocío levantó la vista de su pantalla y me sonrió con malicia.
—¿Qué tal el fin de semana, jefe?
—Estupendamente —contesté.
Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba mintiendo.