Mi ama decide cuándo soy un hombre y cuándo no
Desde hace meses repites el mismo ritual cada vez que la casa se queda vacía. Cierras la puerta del dormitorio aunque no haya nadie, como si el secreto necesitara una cerradura. Te quitas el pantalón y la ropa interior, dejando al aire esa cosa pequeña que tienes entre las piernas, y te tumbas sobre la cama con el corazón ya latiendo más rápido de lo que deberías admitir.
Levantas las caderas y buscas el vídeo de siempre en el teléfono. En la pantalla, una mujer a la que jamás podrías tocar se ajusta un arnés con un dildo grueso sobre la cintura. Es exactamente la clase de mujer que ni te miraría dos veces, y eso forma parte de lo que te excita: la distancia entre lo que ella es y lo que eres tú.
Ella se coloca frente a la cámara, lista para penetrar un culo que, te dices a ti mismo, al menos sirve para darle placer a alguien. Empiezas a masturbarte. Con dos dedos basta para algo tan ridículamente pequeño, y esa constatación, lejos de avergonzarte, te enciende todavía más. Cierras los ojos y te imaginas embestido por esa diosa indiferente.
—¿Te gusta que te dé por el culo, putita? —dice la mujer del vídeo, sin mirar siquiera a cámara.
—Sí… —susurras contra la almohada—, dame más, por favor.
La ves embestir cada vez más fuerte y en tu cabeza ya no estás en la cama: estás de rodillas, doblado, recibiéndola. Tu respiración se vuelve corta y entrecortada al mismo ritmo que tu mano. Esto es lo que soy, piensas, y la idea no te duele, te hunde más en el placer.
—¿Te vas a correr ya? —escuchas que dice ella—. Venga, dámelo todo. Diez, nueve, ocho… aguanta un poco, perra.
Tratas de aguantar, pero cada vez es más complicado. No solo eres pequeño y sumiso; encima terminas antes de tiempo, siempre, como si tu cuerpo tampoco quisiera concederte ni esa última dignidad.
—Tres, dos, uno… ¡ahora!
En la pantalla, ella abre la boca y un chorro le cruza la cara. Tú te corres casi al mismo tiempo, con un gemido ahogado, y te quedas mirando el techo con la respiración rota y una mezcla de alivio y vergüenza que ya conoces de memoria.
Te limpias con la misma ropa interior que acabas de quitarte y, durante unos minutos, juras que no volverás a hacerlo. Que es enfermizo, que no es sano necesitar humillarte para llegar hasta el final. Lo juras cada vez. Y cada vez, dos o tres días después, vuelves a cerrar esa puerta que no hace falta cerrar.
***
Otra de las cosas que has aprendido a disfrutar es bañarte desnudo en la piscina cuando sabes que nadie va a aparecer. Te quitas todo en el borde, sintiendo el aire de la tarde sobre la piel, y te metes despacio. El agua fría te encoge todavía más lo poco que tienes, y por algún motivo esa humillación física —la de comprobar cuán pequeño puedes llegar a ser— te resulta deliciosa.
Mientras flotas boca arriba, imaginas que sales del agua y que hay un grupo de mujeres en las tumbonas. Las imaginas señalándote, riéndose en voz baja, comentando entre ellas lo que ven. En tu fantasía no hay piedad, y eso es justo lo que buscas.
Sales chorreando y te sientas en el borde mojado. Te agarras y empiezas a sacudirte sin pudor, con el frescor del agua todavía en los muslos y el aire en los testículos. No paras ni un segundo. Sientes que la oleada sube desde abajo, imparable, hasta que finalmente te corres sobre las baldosas calientes del borde.
—Joder… —dices, mientras las fuerzas te abandonan y las últimas gotas caen al suelo.
Te dejas resbalar de nuevo al agua y te quedas allí un rato, dejando que la piscina se lleve el rastro, preguntándote por qué necesitas humillarte para sentir algo tan intenso.
***
Pero, sin ninguna duda, tu fantasía favorita es siempre la misma. La repites tantas veces en tu cabeza que ya tiene un guion fijo, una escena que conoces hasta en sus pausas.
Estás desnudo, atado de pies y manos, frente a una mujer vestida de cuero de la cabeza a los pies. Ella te ha dejado claro mil veces que la ropa es para las personas y que la desnudez es para los animales, y que tú perteneces a la segunda categoría. Te habla siempre con esa calma que da más miedo que cualquier grito.
En la fantasía, ella se coloca detrás de ti. Te muerde el lóbulo de la oreja mientras su mano enguantada baja y te sostiene eso que tienes la indecencia de llamar miembro. Te susurra que da pena, que no entiende cómo te atreves a llamarlo así, y cada palabra suya te recorre la espalda como una corriente.
—Algún día debería cortártelos —murmura contra tu cuello, apretando apenas tu escroto entre los dedos de látex.
Ese es exactamente el momento que más te gusta. El instante en que sientes el guante frío rodearte, tu hombría literalmente a su merced, sin que puedas hacer nada porque las cuerdas no te dejan. Ella juega con la idea sin prisa, disfrutando de tu miedo y de tu deseo a partes iguales.
A veces alarga el momento durante minutos enteros dentro de tu cabeza. Te pregunta si crees merecer conservarlos, te obliga a contestar en voz alta, te corrige cuando tartamudeas. La fantasía es tan detallada que casi puedes oler el cuero del traje y notar el frío del suelo bajo las rodillas.
En la versión más extrema, la que solo te permites las noches en que estás muy caliente, ella acerca unas tijeras frías a tu piel mientras te embiste por detrás. La sensación doble —el dolor anticipado y la penetración— te lleva al límite. No es el dolor lo que buscas, sino la entrega absoluta: la certeza de que en ese instante no decides nada, de que tu cuerpo le pertenece por completo.
—Hazlo —pides tú, con la voz quebrada—. Córtamelos.
Y entonces oyes el chasquido de las tijeras al cerrarse en el aire, junto a tu piel pero sin tocarla, y siempre es en ese punto exacto donde te corres con todo el cuerpo, jadeando, recuperando el aliento sobre tus propias sábanas revueltas mientras la fantasía se deshace y vuelves a estar solo.
***
Hay una fantasía nueva, sin embargo, que se te ha metido dentro estas últimas semanas y a la que vuelves cada noche.
En ella, tu pareja —una mujer preciosa, muy por encima de lo que mereces, te repites— está siendo follada por tres hombres a la vez. Tres hombres grandes, con vergas que en comparación con la tuya parecen pertenecer a otra especie. Tú estás en una silla, en una esquina del cuarto, mirando.
Bueno —piensas al principio—, al menos podré masturbarme mientras la veo.
Error. En la fantasía te han dado algo que te mantiene incapaz de ponerte duro. Lo único que puedes hacer es mirar, impotente, mientras ella disfruta como nunca lo ha hecho contigo. La oyes gemir de un modo que jamás le arrancaste tú, y eso te humilla y te excita a la vez, esa contradicción que ya define todo lo que deseas.
Cuando los tres terminan, te toca el papel que de verdad anhelas en el fondo: acercarte y limpiar el desastre que han dejado, de rodillas, como el sirviente que en tu cabeza siempre quisiste ser. Lo haces despacio, tragándote la vergüenza y el morbo a la vez.
Y mientras estás ahí abajo, uno de ellos te agarra de las caderas y te levanta sin esfuerzo. De tu boca sale un «no» que ni tú te crees, porque en tu mente solo estás suplicando que lo haga. Y lo hace. Terminas doblado, recibiéndolo, mientras ella lo graba todo con el teléfono y se toca con la otra mano, riéndose de la escena, decidida a guardar ese momento para recordártelo siempre.
Lo peor —o lo mejor— es que en la fantasía ella se traga con gusto la verga de uno de ellos, esa misma boca que a ti nunca te concede nada. Te lo deja claro: hay placeres que son para los hombres de verdad, y tú no estás invitado.
Al final, en esa escena imaginaria, los dos terminan rotos y marcados, ella por delante y tú por detrás, y de algún modo retorcido eso te parece justo. Cada uno en su lugar.
***
Apagas el teléfono y te quedas un rato en la oscuridad, recuperando la respiración, sintiendo cómo la realidad vuelve a ocupar el cuarto. Mañana saldrás a la calle vestido, hablarás con tu jefe, sonreirás en el ascensor, y nadie sabrá nada de lo que ocurre cuando la puerta se cierra y eres por fin lo que de verdad eres.
A veces te preguntas si algún día te atreverás a buscar a alguien que convierta el guion en algo real. Una mujer que te ate de verdad, que te hable con esa calma helada, que decida por ti cuándo eres un hombre y cuándo no. La sola idea te acelera el pulso otra vez.
Pero esta noche te basta con la fantasía. Cierras los ojos, te tapas, y dejas que la última escena se repita en bucle hasta que el sueño te alcanza.
¿Y tú? ¿Cuál es tu fantasía favorita?