La sumisión que desperté en la panadería
La mañana en que crucé sola la puerta de aquella panadería todavía no sabía nombrar lo que estaba buscando. Llevaba pocos meses sintiéndome distinta, más consciente de mi cuerpo, de cómo me miraban algunos hombres y de cómo ciertas miradas me aceleraban el pulso aunque fingiera no notarlo. Siempre había sido reservada, torpe para sostener una conversación, incapaz de decir en voz alta lo que me excitaba incluso cuando estaba sola en mi cuarto. Pero algo en mí ya se había movido, una curiosidad tensa y vergonzosa que no desaparecía.
Vivíamos en una ciudad pequeña, de calles tranquilas y negocios de toda la vida. La panadería de la esquina era una de esas que abrían antes del amanecer y perfumaban media cuadra con olor a masa tibia y café fuerte. Yo había ido decenas de veces con mi familia, y siempre me había parecido un lugar simple, cotidiano, inofensivo. Aquel día entré poco después de las ocho, con una falda oscura, una blusa clara y la inseguridad pegada a la piel.
Detrás del mostrador estaba él. Ya no voy a llamarlo por su nombre real, así que diré que se llamaba Julián. Era un hombre maduro, ancho de hombros, manos grandes de trabajar con masa, barba entrecana de dos días y una forma de observar que me hacía sentir vista de verdad. No era guapo en el sentido fácil de la palabra. Tenía algo más incómodo que eso. Presencia.
—Buenos días —murmuré, acercándome.
—Buenos días —respondió él, sin apartar los ojos de mí—. Tan temprano y tan seria. ¿Qué te preparo?
Pedí pan y un par de piezas dulces. Mi voz salió baja, casi frágil. Él se giró a buscarlas y yo aproveché para mirar el local: la vitrina limpia, las bandejas del fondo, el polvo fino de harina sobre la mesa de trabajo. Todo parecía normal. Solo que no lo era. Yo notaba su atención como una mano invisible deslizándose por mis piernas, por mi cintura, por mi pecho.
Cuando volvió, no me entregó la bolsa enseguida. La dejó en el mostrador y se quedó mirándome en silencio, como si esperara que yo confesara algo antes de pagar.
—Has cambiado —dijo al fin—. Ya no entras aquí como una niña acompañada. Entras como una mujer que sabe que la están mirando.
Sentí el calor subir desde el cuello hasta las mejillas. Quise negar con la cabeza, reírme, decir cualquier cosa que desarmara esa tensión, pero no me salió nada. Bajé la vista. Error. Él lo leyó como se lee una puerta entreabierta.
—Mírame —ordenó con voz baja.
Levanté los ojos. Lo hice sin pensar, obedeciendo antes de decidir si quería obedecer. En ese segundo entendí que lo peligroso no era él, sino lo rápido que mi cuerpo respondía a un tono firme.
—Eso está mejor —dijo.
Rodeó el mostrador despacio. No me tocó enseguida. Se acercó lo suficiente para que yo pudiera oler harina, café y sudor limpio. Era una cercanía deliberada, estudiada, y me dejó inmóvil. Mi respiración cambió. Él lo notó.
—Estás nerviosa —murmuró.
—No… yo solo venía por pan.
—No. Venías por rutina. Pero también por curiosidad. Y ahora mismo no sabes qué hacer con ninguna de las dos.
Su mano se posó en mi cintura. Firme, no brusca. Esperó un segundo, dándome espacio para apartarme. No lo hice. Creo que fue ahí donde empezó todo de verdad: no en el primer roce, sino en la conciencia de que yo podía irme y, aun así, me quedé.
—Si te dijera que quiero llevarte al fondo y hacerte arrodillar, ¿saldrías corriendo? —preguntó.
Me quedé muda. El aire parecía más espeso. El local estaba vacío y el ruido de la calle llegaba amortiguado por el vidrio de la puerta.
—Contéstame.
—No lo sé.
Él sonrió apenas, sin ternura.
—Sí lo sabes. Lo que no sabes es si te da más miedo lo que yo pueda hacerte o lo mucho que podrías desearlo.
Mi coño dio un latido seco contra la tela de las bragas. Ese pequeño espasmo me delató ante mí misma. Tragué saliva.
—No soy así —dije, casi ofendida.
—Todavía no sabes cómo eres.
Me tomó de la barbilla y giró mi cara apenas. Sus dedos eran ásperos. No me besó. Solo me sostuvo ahí, obligándome a seguir dentro de ese momento.
—Si das un paso hacia atrás, te llevas tu bolsa y esto termina —dijo—. Si das un paso hacia delante, vas a hacer exactamente lo que yo te diga.
No pensé. Lo hice. Avancé un paso.
***
El obrador del fondo estaba más cálido que la tienda. Había sacos apilados, una mesa de acero, utensilios colgados y una pequeña oficina con la puerta entornada. El zumbido del refrigerador y el olor a pan reciente me envolvieron de una forma extraña, casi íntima. Julián cerró la puerta interior, no con llave, solo lo suficiente para separarnos del frente del local.
—Ahora dime la verdad —pidió—. ¿Alguna vez has imaginado que un hombre te mande?
Me quedé quieta, abrazándome a mí misma.
—A veces —admití, tan bajo que casi no se oyó.
—¿Y te has tocado pensando en eso?
Sentí vergüenza inmediata, pero también un hilo de excitación tan claro que me humedeció de golpe. Asentí.
—Con palabras. Quiero oírlo.
—Sí.
—Bien. Ya empezamos a entendernos.
Me señaló un punto vacío junto a la mesa de trabajo.
—Quédate ahí. Recta. Las manos detrás de la espalda.
Obedecí otra vez. Mi corazón golpeaba fuerte, no de terror, sino de una mezcla más sucia y más honesta: nervios, deseo, vergüenza, hambre. Él dio una vuelta lenta a mi alrededor, valorándome sin tocarme, como si revisara una pieza antes de usarla.
—Te gusta obedecer más de lo que te gusta admitirlo —dijo.
—No sé si me gusta.
—Ya lo veremos.
Sus dedos rozaron mi cuello, bajaron por el centro del pecho y se detuvieron en el borde de la blusa. Me desabotonó un botón. Luego otro. Yo respiré más fuerte.
—Si en algún momento quieres parar, lo dices. Pero si sigues, no quiero medias tintas ni jueguitos de niña asustada. Quiero verdad. ¿Entendido?
—Sí.
—No. Dilo bien.
—Sí, señor.
La expresión de su cara cambió apenas. Le gustó oírlo. A mí me sacudió decirlo. Ese tratamiento me cayó entre las piernas como una orden escrita directamente sobre el cuerpo.
Terminó de abrirme la blusa y apartó la tela. Llevaba un sostén sencillo, nada pensado para seducir a nadie, y aun así me sentí desnuda. Él me miró el pecho como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
—Bonitas tetas —dijo con crudeza—. Ya tiemblas y todavía no te toqué de verdad.
Me acarició por encima del sostén con toda la mano, apretando el peso de cada pecho. Solté aire por la boca. Los pezones se me endurecieron enseguida. Él sonrió con un desprecio leve, excitante.
—Eso quería ver.
Me bajó una copa del sostén y dejó un pecho al aire. El aire tibio del obrador me erizó la piel. Inclinó la cabeza y me chupó el pezón sin prisa al principio, rodeándolo con la lengua antes de morderlo apenas. El gemido me salió solo. Cerré los ojos.
—No cierres los ojos. Mírame mientras te uso.
Obedecí, jadeando. Volvió a lamerme, esta vez más duro, chupando y soltando hasta que tuve que apretar los muslos. Luego cambió al otro pecho, repitiendo el castigo con más fuerza. Cuando me pellizcó ambos pezones entre los dedos, sentí un latigazo directo al coño.
—¿Estás mojada?
No respondí enseguida.
Su mano se deslizó por mi vientre, se metió bajo la falda y quedó apoyada sobre mis bragas.
—Te hice una pregunta.
—Sí.
—Mucho o poco.
—Mucho.
—Qué rápida. Te bastó con que te hablara feo y te agarrara las tetas.
Sus dedos me apretaron el coño por encima de la tela y sentí mi humedad enseguida, tibia, evidente, vergonzosa. Él la frotó con lentitud, de arriba abajo, marcando bien el clítoris a través de las bragas, y tuve que morderme el labio para no gemir más fuerte.
—Quítatelas.
Me miró de frente, esperando. Las manos me temblaban cuando me levanté la falda y bajé las bragas por mis piernas. Las dejé a un lado. Quedar así, medio desnuda y obediente en una panadería cerrada por dentro, me revolvió el estómago de pura excitación.
—Ahora sí. Ábrete para mí.
Separé las piernas. Él soltó una exhalación corta al verme empapada.
—Joder. Mira nada más. No era pan lo que querías esta mañana.
Me pasó un dedo por los labios del coño, recogiendo humedad. Lo sostuvo frente a mi cara.
—Abre la boca.
La abrí. Me metió el dedo y lo chupé sin pensar, probándome a mí misma mientras él me observaba. El gesto me hizo arder por dentro.
—Buena chica. Ahora de rodillas.
Caí despacio sobre el suelo, entre olor a harina y metal. La falda quedó recogida sobre mis muslos. Julián me acarició el pelo una sola vez, no con cariño, sino con propiedad.
—Quiero ver si esa boca obedece tan bien como el resto.
Se abrió el pantalón y sacó la polla. Era gruesa, dura, pesada en la mano. Verla tan cerca me provocó un nudo en la garganta y un chorro nuevo entre las piernas. La cabeza estaba brillante y enrojecida; la vena del tronco le latía marcada.
—Sácale la lengua.
Lo hice. Me golpeó suavemente la punta sobre ella, dejándome sentir el sabor salado del líquido que ya rezumaba. Después me la apoyó en los labios.
—Despacio. Quiero que aprendas bien.
Lo lamí desde la base hasta la punta, una vez, dos, con torpeza al principio. Él me agarró del pelo, juntándolo en un puño, y guió el ritmo. No me forzó de golpe; me fue metiendo la polla poco a poco, dejándome acostumbrarme al grosor, a la sensación de llenarme la boca, al peso sobre la lengua.
—Así. Sin dientes. Relájate y traga.
Respiré por la nariz, me incliné y tomé más. Cuando la cabeza rozó la garganta, se me escapó una arcada. Él gruñó, excitado.
—Eso. Quiero oírte ahogarte un poco.
Empezó a mover las caderas con más firmeza. Mi saliva le corría por el tronco y me mojaba la barbilla. Cada vez que entraba más hondo, sentía la presión en la garganta y tenía que aferrarme a sus muslos para no apartarme. El sonido húmedo de mi boca tragándolo llenó el cuarto. Yo misma me excitaba al oírlo.
—Mírate —dijo—. Arrodillada, babeando por una polla que ni siquiera conocías esta mañana.
Me retiró apenas y me pasó la punta por los labios, embarrándolos de saliva. Luego volvió a hundírmela más fuerte. Esta vez me sostuvo quieta del pelo y folló mi boca con embestidas cortas, cada vez más seguidas. Las arcadas me hacían llorar. Mis ojos se humedecieron de inmediato. Yo seguía tragando como podía, sintiendo sus huevos golpearme la barbilla.
—Qué buena se te ve así la cara —murmuró—. Toda abierta para mí.
Me sacó la polla con un sonido húmedo. Un hilo de saliva me quedó colgando del labio al glande. Él me lo limpió con el pulgar y me lo hizo chupar.
—Ponte de pie y apóyate en la mesa.
Cuando lo hice, me subió más la falda hasta dejarme el culo casi al aire. El primer contacto de su palma sobre una nalga fue un aviso. El segundo, una palmada seca que me hizo dar un salto.
—Ah —se me escapó.
—No fue tan fuerte. Qué sensible eres.
Me dio otra, más dura, y luego otra. El escozor se extendió caliente por toda la piel. Entre dolor y vergüenza, mi coño respondió con más humedad. Él pasó dos dedos entre mis piernas y soltó una risa ronca.
—Mojadísima. Te pego y te pones peor. Ahora ya no puedes mentirte.
Me introdujo un dedo. Luego dos. Entraron sin resistencia, empapados. Los movió dentro de mí abriéndome despacio, curvándolos hacia arriba mientras con la otra mano me sujetaba la cadera. Me arqueé sobre la mesa.
—Señor…
—Eso. Usa la palabra cuando me la merezca.
Sus dedos salían y entraban con un ruido obsceno, cada vez más rápido. Con el pulgar empezó a frotarme el clítoris en círculos firmes y casi se me doblaron las rodillas. Yo gemía de forma entrecortada, incapaz de ocultarlo. La mezcla de la madera fría bajo mis manos y su mano trabajándome así me volvió loca.
—Te vas a correr con mis dedos, ¿verdad?
—No sé…
Me dio una palmada en el culo justo en el punto donde ardía más.
—Contesta bien.
—Sí… sí, señor.
—Entonces hazlo.
Aceleró el roce en mi clítoris, sin soltar el ritmo dentro de mi coño. El orgasmo me subió rápido, inesperado, tembloroso. Me corrí apretando la mesa con ambas manos, jadeando, con las piernas temblando y un gemido ahogado enterrado en el antebrazo. Sentí cómo me contraje alrededor de sus dedos una y otra vez.
—Mira qué fácil —dijo, sacándolos para enseñármelos brillantes—. Ni siquiera te he follado y ya te corriste encima de mi mano.
Me metió esos dedos en la boca. Los lamí, avergonzada y excitada a partes iguales. Él aprovechó mi docilidad para abrir más sus piernas con el pie.
—Ahora viene lo serio.
***
Se colocó detrás de mí y frotó la punta de la polla entre mis labios empapados. El primer roce directo me arrancó un suspiro largo. La cabeza resbalaba por mi entrada, subía al clítoris, volvía a bajar. Era una tortura medida.
—Te voy a meter la polla y no quiero oírte decir que no sabes lo que estás haciendo —dijo—. Quiero que la recibas.
Empujó despacio. La cabeza entró y sentí una presión llena, densa, mucho más intensa que la de sus dedos. Mi cuerpo se tensó por reflejo.
—Relájate. Si te pones rígida, te va a costar más.
Respiré hondo. Él me acarició la espalda con la mano libre mientras avanzaba milímetro a milímetro, dejándome sentir cada tramo de su polla abriéndome. Cuando terminó de entrar hasta el fondo, se quedó quieto. Yo tenía los ojos cerrados, la boca abierta, el coño latiéndome alrededor de él.
—Joder —murmuró—. Aprietas como una trampa.
Empezó a moverse despacio. Salía casi hasta dejar solo la punta y volvía a hundirse entero, golpeando hondo pero sin violencia, con un ritmo pesado que me obligaba a acomodarme a su tamaño. Cada embestida me empapaba más. El ruido húmedo entre las piernas se hizo claro, indecente. Él lo oyó y sonrió contra mi nuca.
—Escucha eso. Tu coño me está diciendo más verdad que tu boca.
Me sujetó del cabello y arqueó mi espalda. Así cambió el ángulo y lo sentí todavía más profundo. Un gemido más alto me escapó de golpe.
—Eso quería oír.
El ritmo fue creciendo. Ya no era una exploración, sino una follada de verdad. Su cadera chocaba con mi culo una y otra vez, cada golpe más decidido, más sucio. Yo me dejaba llevar por la mesa, por sus manos, por el placer áspero de sentirme abierta y usada justo donde minutos antes yo solo iba a comprar pan.
—Dilo —ordenó—. Dime que te gusta.
—Me gusta —jadeé.
—Más claro.
—Me gusta cómo me folla, señor.
Ese reconocimiento cambió algo entre los dos. Él me agarró más fuerte de la cadera y me embistió con hambre. La base de su polla me golpeaba el clítoris en algunas entradas, y cada una de esas rozaduras me disparaba descargas por el vientre.
—Buena chica. Ya aprendiste a hablar.
Me llevó una mano entre las piernas y empezó a frotarme el clítoris mientras seguía penetrándome. La combinación me rompió. No tenía dónde refugiarme de tanto estímulo: la polla abriéndome, la fricción exacta en ese punto sensible, sus palabras encima, el olor de la harina mezclándose con el sexo.
—No aguanto…
—Sí aguantas. Y te corres cuando yo quiera.
Retiró la mano justo cuando estaba al borde. Gimoteé, frustrada. Él se rió con malicia.
—Eso también se aprende. No todo lo decides tú.
Salió de mí de golpe y me giró. Me sentó sobre el borde de la mesa de trabajo, con las piernas abiertas. Me contempló unos segundos, viendo mi coño hinchado y mojado, los labios brillantes, el temblor en los muslos.
—Quiero verlo de frente.
Volvió a penetrarme así, cara a cara. Entró de una embestida profunda y yo me agarré a sus hombros. Desde ese ángulo podía verlo todo: cómo se perdía dentro de mí, cómo mi cuerpo lo recibía, cómo su mandíbula se apretaba de placer. Me besó por primera vez, y no fue un beso romántico, sino sucio y dominante. Me abrió la boca con la lengua como antes me la había abierto con la polla.
Mientras me follaba, me bajó el sostén del todo y empezó a jugar con mis tetas, apretándolas, pesándolas en las manos, tirando de los pezones hasta hacerme jadear contra su boca. Luego se apartó apenas y me escupió sobre uno de ellos para frotarlo con el pulgar. La obscenidad del gesto me hizo contraerme alrededor de su polla.
—Mira cómo te excita todo —dijo—. Que te usen, que te ensucien, que te manden. Eres perfecta para esto.
—Sí…
—¿Sí qué?
—Sí, señor.
La velocidad aumentó otra vez. La mesa vibraba con los golpes. Yo ya no podía mantener una respiración pareja; cada embestida me arrancaba un sonido. Sentía el orgasmo volver, más grande y más oscuro que el primero.
—Pídelo.
—Déjeme correrme.
—Otra vez.
—Por favor, déjeme correrme, señor.
Me miró unos segundos, disfrutando mi urgencia, y llevó dos dedos a mi clítoris. Empezó a frotar con la precisión cruel de quien sabe exactamente cuánto necesita para romperte.
—Ahora.
Me corrí con un espasmo brutal, apretándolo fuerte, casi sin poder respirar. El orgasmo me dobló hacia delante y me dejó vibrando entera. Él siguió follándome durante ese temblor, atravesando cada contracción, alargando el placer hasta volverlo casi doloroso. Grité su título otra vez sin proponérmelo.
—Eso. Quiero oírte correr así.
Se sacó de mi coño y me volteó sobre la mesa, doblándome por la cintura. Me separó las nalgas y sentí su dedo húmedo presionando mi culo.
—Hoy también voy a probar esto.
Contuve el aire.
—Nunca…
—Ya sé. Por eso vas a obedecer bien.
Primero usó uno de sus dedos, trabajando despacio, abriéndome con paciencia. El escozor inicial me hizo apretar los dientes. Luego metió un segundo, girándolos, mientras con la otra mano volvía a acariciarme el coño para no dejar que me cerrara del todo por la tensión. El contraste me mareó: delante, húmeda y sensible; detrás, tirante, vulnerable, totalmente expuesta.
—Relájate o te va a costar. Quiero hacerlo bien.
Esa frase, tan simple, me dio una calma extraña. No era ternura; era control. Y a mí me funcionó. Aflojé un poco. Él siguió trabajando con los dedos hasta que mi cuerpo cedió.
Luego sentí la punta de su polla apoyarse en mi culo. El simple contacto me hizo jadear.
—Respira hondo.
Empujó con firmeza medida. La cabeza entró despacio, estirándome de una forma intensa, ardiente, casi insoportable durante los primeros segundos. Me aferré al borde de la mesa. Él se quedó quieto, dándome tiempo.
—Mírate, soportándolo —murmuró—. Qué puta maravilla.
Cuando retomó el movimiento, fue en embestidas cortas al principio, apenas saliendo y entrando para acostumbrarme al grosor. El escozor empezó a mezclarse con otra cosa más pesada, más honda. No era el mismo placer del coño. Era más bruto, más oscuro, más mental. Sentirme tan abierta ahí me desarmó por completo.
—Eso… así… —alcancé a decir.
—Dime dónde la tienes.
Me dio vergüenza, pero lo dije.
—En el culo, señor.
—Bien. Y te gusta.
Su mano buscó mi coño y metió dos dedos dentro mientras me seguía follando el culo. El efecto fue devastador. Sentir ambos agujeros ocupados a la vez me sacudió hasta la raíz. Empecé a moverme hacia atrás, buscando más sin querer ocultarlo ya.
—Mira cómo empujas —dijo con una risa grave—. Ya no tengo que enseñarte tanto.
El ritmo aumentó. Su polla entraba y salía de mi culo con un sonido espeso, húmedo de lubricación y deseo, mientras sus dedos me follaban el coño al mismo tiempo. Yo no sabía dónde poner el aire, dónde poner las manos, cómo aguantar la avalancha de sensaciones. Solo podía gemir y dejarme hacer.
—Te vas a correr otra vez.
—Sí… sí…
—Pídelo como corresponde.
—Quiero correrme, señor… por favor…
—Hazlo.
Me frotó el clítoris con dos dedos rápidos y firmes. El orgasmo me explotó encima de la mesa con una fuerza casi violenta. Me corrí temblando, con las piernas cediendo, sintiendo cada embestida anal atravesar el centro de ese placer hasta volverlo salvaje. Él siguió un poco más, gruñendo, hasta que noté su cuerpo tensarse detrás de mí.
—Voy a correrme.
Sus manos me clavaron en la mesa y dio varias embestidas profundas, duras, antes de correrse con un gemido ronco. Lo sentí pulsar dentro de mí, caliente, espeso, y esa descarga final me dejó completamente floja, respirando a sacudidas.
***
Cuando salió, me acarició una nalga enrojecida por las palmadas y me ayudó a incorporarme. Yo tenía el cabello desordenado, la ropa medio abierta, la piel ardiendo y la cabeza dando vueltas. Él me llevó a la pequeña oficina del fondo, me sentó en una silla y me alcanzó un vaso de agua. Ese contraste entre la crudeza de hacía un momento y la calma práctica del después me conmovió más de lo que esperaba.
—Bebe —dijo.
Lo hice despacio. Él se apoyó en el escritorio y me observó en silencio mientras recuperaba el aliento. Después me pasó el pulgar por el labio inferior, todavía hinchado de chupársela.
—Mírame bien —dijo—. No has hecho nada que no quisieras. Te han excitado cosas que te daban vergüenza, sí. Pero las deseabas.
Bajé la vista. La verdad me golpeó sin piedad. Deseaba negar, pero el cuerpo todavía me latía con demasiada honestidad.
—No sé qué pensar.
—No hace falta que lo decidas hoy. Solo hace falta que no te mientas.
Guardó un momento de silencio antes de seguir.
—Si vuelves, no vas a venir a comprar pan. Vas a venir a explorar esto conmigo. Dominación, humillación, dolor medido, placer. No juegos a medias. Y si no vuelves, no voy a buscarte. La decisión es tuya.
Ese alivio me aflojó el pecho. No había trampa. No había amenaza. Solo una puerta abierta hacia algo que ya había probado y que me daba más miedo rechazar que aceptar.
—¿Y si vuelvo? —pregunté.
—Entonces entrarás por esa puerta sabiendo que aquí mando yo.
Mi coño dio otro latido, pequeño pero feroz, solo de oírlo. Julián lo vio en mi cara y sonrió apenas.
Se agachó, recogió mis bragas del suelo y las deslizó por mis piernas con una lentitud innecesaria. Luego me acomodó la ropa, cerró algunos botones de mi blusa y me entregó la bolsa con el pan y las piezas dulces que yo había pedido al llegar. El gesto cotidiano, casi doméstico, resultó obsceno después de todo lo demás.
—Ahora vete a casa —dijo—. Y cuando estés sola, piensa en qué fue lo que más te gustó. No lo que más te impresionó. Lo que más te gustó.
Asentí.
Antes de abrir la puerta interior, me detuvo con dos dedos en la barbilla.
—Dime una cosa antes de irte.
—¿Qué cosa?
—¿Volverás?
Noté un vacío breve en el estómago, seguido de un calor conocido entre las piernas. Lo supe antes de hablar.
—Sí, señor.
Él apartó la mano.
—Eso pensaba.
Salí a la calle con las piernas todavía sensibles y el olor a pan pegado a la ropa junto con otro olor más íntimo, más animal, que solo yo podía reconocer. El aire fresco me despejó un poco, pero no lo suficiente para ordenar el desorden que llevaba dentro. Cada paso me recordaba lo que había pasado en aquella mesa, en aquel suelo, entre harina y órdenes.
En casa me encerré en el baño, me miré en el espejo y vi una versión de mí que no conocía del todo: despeinada, colorada, con la boca hinchada y los ojos demasiado vivos. No vi una víctima de mis fantasías. Vi a una mujer que acababa de cruzar un límite y que, en lugar de arrepentirse, seguía temblando de ganas.
Esa noche me toqué recordando cada orden. Me metí los dedos pensando en cómo me había hecho abrir la boca, arrodillarme, apoyar las manos en la mesa, pedir permiso para correrme. Cuando imaginé otra vez su polla entrando en mi culo mientras me llamaba buena chica, me corrí con un gemido que tuve que ahogar contra la almohada.
Al amanecer siguiente ya estaba despierta. Me vestí con cuidado, me puse unas bragas sencillas y, antes de salir, me las quité. Las doblé y las guardé en el bolso. Cuando llegué a la panadería, la persiana todavía estaba a medio abrir y el interior olía a la misma mezcla de siempre: pan recién hecho y peligro.
Toqué la puerta de vidrio. Julián apareció desde el fondo, me vio a través del cristal y entendió todo sin necesidad de palabras. Me abrió. Yo entré despacio. Él miró mis manos vacías, mi respiración contenida, la forma en que cerré la puerta detrás de mí.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días, señor.
Sus ojos se afilaron con satisfacción.
—¿Trajiste bragas?
—En el bolso.
—¿Y puestas?
Negué.
Su sonrisa fue mínima, pero suficiente para incendiarme.
—Muy bien. Entonces hoy ya no vienes a comprar. Hoy vienes a obedecer.
Y esta vez, cuando me señaló el fondo del local, no dudé ni un segundo en seguirlo.