Esclavo de bar y castigo frente a todos
Mi amo actual no me tenía en su casa para quererme ni para presumir una relación. Me tenía porque le resultaba útil. Era dueño de un bar nocturno de ambiente oscuro, con una clientela fija que mezclaba cuero, dominación y ganas de mirar cómo alguien era reducido a cosa. Yo era esa cosa.
Los viernes y sábados me hacía llegar antes de abrir. Me revisaba como quien revisa mercancía, me ponía el collar, ajustaba la pequeña jaula de metal sobre mi polla y elegía qué iba a llevar puesto. A veces un pantalón corto demasiado apretado, a veces un suspensorio bajo una remera de red, a veces apenas una camisa abierta que dejaba ver las marcas de mi cuerpo. Nunca me preguntaba qué prefería. No tenía sentido.
Llevaba meses con él. Antes hubo otros. Algunos me habían dejado cicatrices finas en la espalda, otros quemaduras pequeñas, otros marcas de mordidas, de pinzas, de correas, de agujas. Los clientes las miraban como si leyeran un historial de uso. Algunos tocaban con la punta de los dedos y sonreían. Otros preguntaban quién me había hecho cada una, y mi amo contestaba con orgullo frío, como si hablara de arreglos hechos sobre un mueble viejo.
—A éste lo educaron bien desde hace años —decía mientras me obligaba a bajar la cabeza—. Sabe abrir la boca, sabe aguantar, sabe callarse.
Yo servía copas cuando hacía falta, recogía vasos, limpiaba mesas y llevaba hielo. Pero mi trabajo principal no estaba en la barra. Al fondo había un cuarto con una camilla, una silla pesada con correas en los brazos, una cruz acolchada fijada a la pared, cajones con lubricante, plugs, mordazas, esposas, pinzas y consoladores de distintos tamaños. Cualquiera que pagara lo acordado podía pedirme para usarme ahí dentro. Los habituales ni siquiera tenían que preguntar mucho. Me señalaban, yo miraba a mi amo, y si él asentía tenía que seguirlos.
La primera vez de esa noche empezó poco después de las diez. El bar ya estaba casi lleno y yo notaba las miradas clavadas en mis piernas, en el bulto inútil que dejaba la jaula, en el collar negro ceñido a mi cuello. Un hombre alto, de barba corta y camisa oscura, me agarró de la mandíbula mientras yo dejaba una bandeja sobre la barra.
—¿Éste está disponible? —le preguntó a mi amo sin apartarme la cara.
—Para lo que quieras —respondió él—. Solo no le rompas nada que no pueda seguir usando después.
El hombre se rió, me hizo girar y me empujó hacia el pasillo del fondo con una mano firme entre los omóplatos. Entramos al cuarto y cerró sin apuro. Yo ya sabía el ritual: espalda recta, manos detrás, ojos bajos, esperar instrucciones.
—Desnúdate lo justo —ordenó—. Quiero ver el culo libre y la boca ocupada.
Me bajé el pantalón corto y lo dejé en los tobillos. La jaula quedó expuesta, ridícula y humillante, apretando mi polla medio despierta sin dejarla crecer. Él se acercó, la tocó por encima del metal y soltó una mueca de diversión.
—Mira nada más. Ni para eso te dejan ser hombre entero.
No respondí. No debía.
Me abrió la boca con dos dedos y me obligó a sacar la lengua. Después desabrochó su cinturón, bajó la cremallera y sacó una verga gruesa, ya bastante dura. Me dio un golpe leve con la punta sobre los labios.
—Chupa.
Lo hice como me habían enseñado: primero lengua, luego labios, luego toda la boca tragando despacio. Él me tomó del pelo en cuanto notó que podía meterme más. Tiró de mi cabeza hacia abajo y empezó a follarme la boca con embestidas secas, cortas al principio, más profundas después. La punta me rozaba la garganta y yo tenía que respirar por la nariz mientras el cuero de su cinturón me golpeaba la barbilla.
—Así. Para eso sirves —gruñó—. Para que te use cualquiera.
Me hizo arrodillarme mejor y aceleró. La saliva me corría por la comisura de los labios hasta el cuello. Cada vez que intentaba regular el ritmo, él me apretaba más el pelo y me hundía toda la polla en la garganta. Se notaba que disfrutaba no solo de meterla, sino de sentir mi arcada, mi falta de aire, el ruido húmedo y vergonzoso de mi boca trabajando.
Cuando se cansó de eso, me soltó. Tosí, con lágrimas calientes en los ojos, y ni me dejó recuperar el aliento. Me hizo girar, me inclinó sobre la camilla y me separó las nalgas con las manos. Noté el aire frío del cuarto en el agujero y luego el chorro espeso del lubricante.
—No te muevas.
Metió dos dedos sin avisar, abriéndome con rudeza. Ya estaba acostumbrado, pero aun así me arrancó un quejido. Los movió dentro, buscando aflojarme, y enseguida sacó los dedos para frotar la polla lubricada entre mis nalgas. La punta empujó y entró de golpe, dura, pesada, arrancándome un jadeo más fuerte.
—Joder, qué bien tragas por detrás —dijo, clavándome la mano en la espalda.
Empezó a embestirme sin delicadeza, usando mi culo como si quisiera vaciar semanas de tensión. Cada golpe sonaba húmedo. La camilla chirriaba contra el suelo. Yo agarré los bordes con las dos manos y abrí más las piernas por reflejo, porque resistirme solo empeoraba la presión. Él me agarró del collar y tiró hacia atrás para obligarme a arquearme mientras me follaba más hondo.
—Mírate —me soltó junto a la oreja—. Un puto de bar con la polla enjaulada y el culo siempre listo.
Sentía la jaula apretando de puro estímulo frustrado, una mezcla de dolor y excitación que me ponía caliente y me humillaba al mismo tiempo. Él lo notó al tocarme entre las piernas. Se rió y me dio una palmada fuerte en la nalga.
—Ni siquiera puedes correrte. Mejor. Así recuerdas quién manda.
Me folló unos minutos más, cambiando de ritmo, a veces lento y profundo, a veces bruto y rápido. Cuando estuvo cerca de correrse, me sacó, me hizo arrodillar de nuevo y me empujó la polla en la cara.
—Abre y traga.
Le mamé con la garganta irritada hasta que se tensó entero. La corrida me explotó sobre la lengua en varias sacudidas calientes y saladas. No me dejó apartarme. Me sostuvo quieto mientras yo tragaba todo lo que me echaba, y solo cuando terminó me dio dos palmaditas en la mejilla, satisfecho.
—Buena herramienta.
Se fue sin mirarme otra vez. Yo me limpié la boca, me subí la ropa, acomodé la jaula y volví al salón principal como si nada. Ese era siempre el trato. El cuarto podía dejarme abierto, dolorido o con semen secándose en la piel; afuera yo tenía que volver a sonreír lo justo, bajar la cabeza y quedar disponible.
***
Cerca de medianoche llegaron tres clientes que conocían bien el lugar: una mujer de cabello oscuro con botas altas, una travesti alta de hombros anchos y perfume fuerte, y un hombre calvo que siempre llevaba guantes de cuero. Habían jugado conmigo otras veces. Cuando me vieron, intercambiaron una mirada que me hizo apretar los muslos.
La mujer fue la que habló con mi amo.
—Nos lo llevamos un rato. Queremos usar todos los juguetes que dejes.
—Mientras vuelva entero para seguir trabajando, hagan lo que quieran.
Me llevaron al fondo entre los tres. La travesti me empujó contra la puerta apenas entramos y me besó con violencia, mordiéndome el labio. Su mano bajó directo a la jaula y me apretó el metal hasta que solté un gemido ahogado.
—Míralo —dijo, riéndose—. Encerradito y aun así desesperado.
La mujer me hizo desnudar por completo, salvo el collar y la jaula. El hombre me ató las muñecas a la cruz de la pared, dejándome abierto de piernas. Yo respiraba hondo, sintiendo la mezcla de miedo y ansia que me despertaba no saber cuánto iban a exigir. La travesti me escupió en la boca.
—Traga.
Tragué.
La mujer me puso pinzas en los pezones y las tensó con una cadenita. El ardor fue inmediato. Luego me dio una bofetada suave primero, fuerte después, hasta que me dejó la cara caliente.
—Quiero oírte pedir —susurró.
—Por favor…
—No. Pide mejor.
La travesti me metió dos dedos en la boca mientras el hombre me abría las nalgas por detrás. Sentí la lengua de él rodeándome el agujero, lenta y sucia, como si saboreara su propiedad temporal. Me lamió con una paciencia que parecía preparación para algo peor. La mujer tiró de las pinzas y yo me retorcí contra las correas.
—Por favor, úsenme —acabé diciendo, humillado por mi propia voz.
Eso los excitó.
La travesti sacó una polla hermosa y gruesa de entre su ropa y me la puso contra los labios. Yo la chupé mientras el hombre seguía lamiéndome el culo y me metía lubricante con los dedos. La mujer se colocó delante de mí con una sonrisa dura, me agarró la cara y me obligó a mirarla.
—Hoy no decides nada. Hoy eres hueco, boca y piel.
Me follaron casi sin pausas. Primero la travesti en la boca, profunda, llevándome hasta las lágrimas otra vez, mientras el hombre me abría por detrás con tres dedos y la mujer me pellizcaba los pezones con las pinzas puestas. Después me soltaron de la cruz y me doblaron sobre la silla acolchada. El hombre entró en mi culo despacio, disfrutando cada centímetro, haciendo presión hasta el fondo antes de empezar a moverse. Su polla no era tan gruesa como la del primero, pero sí larga, y cada embestida me tocaba profundo.
La travesti se puso delante para que la mamara mientras me penetraban. Me agarró del pelo igual que había hecho el cliente anterior y me usó la boca sin compasión. La mujer se arrodilló entre mis piernas, abrió la jaula con una pequeña llave que le había dado mi amo y dejó libre mi polla ya hinchada y brillante de preseminal. No me la acarició con ternura. Me la golpeó suave contra el vientre, luego empezó a masturbarme a tirones secos, justo al ritmo de las embestidas del hombre en mi culo.
—Míralo —dijo ella—. Se pone duro aunque lo traten como basura.
—Porque para eso está —contestó la travesti, empujándome aún más dentro de su polla.
Yo estaba al límite. Me estaban usando por todas partes, estirándome, calentándome, manejando mi respiración. El hombre de atrás aceleró, chocando fuerte contra mí. La mujer siguió pajéandome con la mano lubricada, sin dejar que aflojara. Cuando me corrí, no fue un orgasmo dulce ni libre; fue una descarga brutal, casi dolorosa, que me sacudió las piernas mientras seguía con la boca llena y el culo siendo follado.
Me corrí sobre mi abdomen y la mano de ella. No me dejó descansar. Untó mi semen en la punta de mi polla y volvió a meterla en la jaula mientras yo seguía jadeando. El clic del cierre me devolvió de golpe a mi sitio: excitado, sensible, incapaz de tocarme.
Entonces intercambiaron posiciones. La travesti me puso a cuatro patas en el suelo, separándome las piernas con el pie. La mujer me sujetó por el collar y el hombre se colocó delante, ofreciéndome otra vez la polla. La travesti me penetró de una sola embestida y me dejó sin aire. Era más gruesa que la del hombre, más pesada, y me abrió con una contundencia obscena.
—Joder, cómo aprietas —dijo, y empezó a darme sin piedad.
Tuve que mamar al mismo tiempo que ella me taladraba el culo. La mujer tiraba del collar para marcar el ángulo, obligándome a sostener el cuello en una postura agotadora. Cada vez que aflojaba, me daba un tirón seco.
—No te desplomes. Sigue chupando.
La travesti me folló hasta que su respiración se volvió un gruñido continuo. Me agarró de las caderas y me embistió tan fuerte que mis rodillas se deslizaban por el suelo. El hombre se corrió primero en mi boca, bombeando espeso sobre mi lengua. Tuve que tragar incluso con la polla de la travesti golpeándome por detrás. Un instante después ella me sacó, me hizo girar y se corrió sobre mi cara y mi pecho entre gemidos roncos, dejando chorros calientes que la mujer extendió con los dedos como si me marcara.
El hombre aún no había terminado del todo conmigo. Me puso de rodillas y me ordenó lamer la corrida que se había derramado sobre el suelo de vinilo. Lo hice. La mujer me soltó las pinzas de los pezones de un tirón al final, dejándome un dolor agudo que me hizo estremecer entero.
—Ahora vuelve afuera —dijo—. Que todos vean qué útil eres.
***
Volví al bar con el culo ardiendo, la cara brillante y la camisa mal abotonada. A la clientela eso le encantaba. Ver el efecto del cuarto en mi cuerpo era parte del espectáculo. Algunos me rozaban al pasar. Otros levantaban mi mentón para inspeccionarme. Uno me tomó una foto sin pedir permiso. Nadie fingía pudor.
Mi amo me hizo servir una ronda de tragos así, todavía usado. Luego me llamó detrás de la barra y me metió dos dedos en la boca para probar el gusto que me quedaba.
—Bien —dijo—. Hoy estás rindiendo.
Ese elogio me calentó y me avergonzó al mismo tiempo.
A eso de las dos apareció otro habitual, uno de los que disfrutaban más la crueldad tranquila que el apuro. Era mayor que los demás, de traje impecable y voz baja. Nunca alzaba el tono. Precisamente por eso imponía más. Se sentó en un taburete, me hizo acercarme con un gesto y repasó con el dedo una cicatriz vieja junto a mi costilla.
—Te quiero solo para mí media hora.
Mi amo aceptó sin discutir.
En el cuarto no me mandó desnudarme enseguida. Me hizo arrodillar sobre arroz crudo que guardaban en un cajón para ese tipo de juegos. El dolor fue punzante desde el primer segundo. Después caminó a mi alrededor mientras hablaba, como si me evaluara.
—No me interesa solo follarte. Me interesa ver cuánto obedeces cuando te duele.
Me colocó una mordaza, me ató las manos a la espalda y me dejó así unos minutos, escuchando mi respiración nasal y mis pequeños movimientos torpes sobre el arroz. Luego me puso una venda en los ojos. Sin vista, todo se volvió más intenso. Oía el roce de los objetos, el clic de un cajón, el destape de una botella de lubricante.
Sentí primero un golpe de fusta sobre el muslo. Después otro en la nalga. Luego una serie lenta, medida, repartida entre culo, espalda y costados. No eran latigazos para romperme, sino para mantenerme en ese borde donde el dolor afila cada sensación. Gemía contra la mordaza, y él se detenía un segundo cada tanto para palpar la piel caliente que iba levantando.
—Qué bien te sienta el castigo —murmuró.
Cuando ya estaba temblando, me quitó la mordaza. Apenas pude tragar saliva, me ordenó abrir la boca y me metió dos dedos hasta el fondo, apretando mi lengua. Los saqué limpios con la lengua por reflejo. Se oyó su pequeña risa.
—Eso quería ver.
Me hizo ponerme a cuatro patas sobre la camilla y me dejó la venda. La incertidumbre me dejó el cuerpo vibrando. Noté primero un plug pequeño entrando despacio, apenas para acostumbrarme de nuevo. Después lo cambió por otro más grande, de base ancha, que me abrió de manera continua, obligándome a respirar hondo para aceptarlo. Lo movió un poco, me dejó acostumbrarme y al final lo sacó de golpe. El vacío duró un segundo. Enseguida sentí la punta de su polla entrar lenta, muy lenta, como si quisiera marcar el camino centímetro a centímetro.
Ese hombre follaba distinto. Sin violencia torpe. Con control. Se enterraba despacio hasta el fondo y se quedaba ahí, dejándome sentir el tamaño, la presión exacta, la forma en que mi cuerpo terminaba cediendo. Después se retiraba casi por completo y volvía a entrar. Cada embestida era un recordatorio de que no podía escapar ni prever nada con los ojos tapados y las manos atadas.
—Dime a quién perteneces —ordenó.
—A mi amo.
Me dio una nalgada seca.
—Y ahora, ¿de quién es este culo?
Tragué saliva, con su polla enterrada hasta lo más hondo.
—Suyo… mientras usted quiera.
Eso lo excitó. Su ritmo cambió. Dejó la paciencia y empezó a follarme con más fuerza, sosteniéndome por la cintura para usarme a su gusto. La camilla volvió a chirriar. Mis gemidos se hicieron más altos. Yo sentía cómo el dolor del castigo previo se mezclaba con el placer sucio de que me abrieran otra vez, de que me ordenaran hablar mientras me perforaban por detrás.
Me sacó la venda justo cuando estaba más perdido y me obligó a mirarlo por encima del hombro. Su expresión seguía tranquila, casi fría, mientras me destrozaba el culo a embestidas firmes.
—Quiero ver tu cara cuando me corra dentro.
Seguí mirándolo. No me permitió apartar los ojos. Cuando se tensó, me clavó una mano en la nuca y se vació dentro de mí en pulsos largos, profundos, sin dejar de moverse durante unos segundos más, como si quisiera empujar cada chorro hacia el fondo. Sentí el calor llenándome por dentro. Esa sensación siempre me dejaba raro: invadido, usado, satisfecho y avergonzado al mismo tiempo.
Me soltó las manos, me quitó la venda y me ordenó lamerle la polla limpia antes de vestirse. Obedecí hasta dejarla brillante. Él me acarició la cabeza como a un perro bien entrenado y salió.
***
A las cuatro de la mañana cerrábamos. Para muchos, el final del servicio era mejor que cualquier polvo del cuarto. Era la parte pública, la más degradante, la que convertía mi uso en espectáculo. Mi amo me llevó al vestuario, me quitó casi toda la ropa y me dejó solo con un suspensorio mínimo que en realidad no tapaba gran cosa, más el collar y la jaula. Luego me hizo salir así al pasillo de los baños.
Ya había gente esperando con el móvil en la mano.
—A cuatro patas —ordenó.
Me puse en el suelo frío entre risas, comentarios y flashes. Sentía el semen seco en la piel, el culo sensible, las piernas cansadas. Mi amo abrió la puerta del primer cubículo y me mostró el inodoro sucio.
—Ya sabes. Sin manos.
Era una orden vieja y conocida. Tenía que limpiar usando la boca y la lengua, rebajándome más allá de cualquier dignidad posible mientras todos miraban. Me agarró del collar y me acercó. El olor me golpeó primero. Luego el borde frío de la taza. Saqué la lengua y empecé a lamer donde me indicaba, oyendo carcajadas apagadas, murmullos excitados, el clic constante de las cámaras.
—Más despacio —decía él—. Que se vea bien cómo trabaja.
Yo obedecía con la cara caliente de vergüenza. A veces algún cliente me escupía cerca para que siguiera limpiando. Otro dejó caer un preservativo usado junto a mi boca. Mi amo lo recogió y me lo apretó contra los labios.
—Vacía eso.
Lo hice. Sentí el contenido espeso caer en mi lengua y tuve que tragar bajo la mirada satisfecha de todos. Alguien soltó un silbido. Otro comentó que yo sí sabía servir de verdad. Mi amo seguía relatando historias de mis cicatrices, de quién me había dejado tal marca, de cuánto tiempo llevaba sometido, de cómo algunos me habían pasado a otros por puro aburrimiento. Cada palabra me hundía más.
Los cuatro cubículos fueron iguales o peores. En uno tuve que lamer el suelo alrededor de la base. En otro, chupar restos pegados al borde mientras mi amo me mantenía del cuello. En el último ya me temblaban los brazos de estar a cuatro patas tanto tiempo y una mujer me sostuvo el móvil casi en la cara para grabar mi expresión.
—Mira aquí —dijo—. Quiero ver cómo tragas.
Mi amo le complació. Me dio otro preservativo usado para vaciarme en la boca. Lo tragué entero, con la mandíbula temblando.
Cuando al fin terminé, estaba cubierto de sudor, olor ajeno y humillación. Él no me permitió lavarme ni enjuagarme la boca. Solo me hizo ponerme un pantalón suelto sobre el suspensorio y me devolvió mis cosas.
—Te vas así a casa. Y mañana me escribes para darme las gracias por dejarte servir.
—Sí, amo —respondí con la voz rota.
Salí del bar casi al amanecer y llamé un taxi desde la esquina. Ya conocía la rutina final. Algunos conductores sabían de qué trabajaba y aprovechaban el viaje. Esa noche me tocó uno que me reconoció apenas subí. Me miró por el espejo, sonrió y me dijo que si quería llegar sin problemas ya sabía cómo compensar el trayecto.
Me incliné entre los asientos y le abrí la bragueta en silencio. Todavía tenía sabor a semen y desinfectante barato en la boca. Lo chupé durante buena parte del recorrido, con el olor del bar aún pegado a mi piel. Se corrió antes de llegar y me obligó a tragar también.
Cuando entré en mi apartamento, el sol empezaba a insinuarse entre las cortinas. No me duché. No podía. Me dejé el suspensorio, la jaula, la suciedad y el cansancio. Me tumbé boca abajo, con el culo latiendo y la boca llena de recuerdos asquerosos de la noche. Cerré los ojos y todavía sentía manos, órdenes, vergas, risas.
Eso era lo peor y también lo que me ataba. Al día siguiente me dolería todo. Juraría que no quería volver. Pero cuando llegara el viernes, mi móvil vibraría con un mensaje corto de mi amo, y yo iría otra vez al bar, me dejaría poner el collar y quedaría de nuevo al servicio de cualquiera que quisiera usarme.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé acompañantes masculinos en Palermo.