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Relatos Ardientes

Mi primera sumisión empezó en la academia

Nunca había estado con otro hombre. Ni una vez. Había llegado a la adultez aferrada a la promesa de esperar, como si la paciencia fuera una virtud suficiente para ordenar el cuerpo cuando el cuerpo llevaba años pidiendo otra cosa.

Por fuera era correcta, seria, dueña de mis clases y de mis horarios. Por dentro era un incendio mal disimulado. Miraba porno a escondidas, me corría con juguetes hasta dejar las piernas temblando y luego salía de casa con vestidos ajustados, tangas mínimos y esa necesidad absurda de provocar sin llegar nunca al final.

Tenía pareja desde hacía años. Él hablaba de futuro, de convivencia, de boda, de calma. Yo asentía, sonreía y seguía fingiendo que estaba hecha de la misma disciplina con la que me habían criado. Pero cada semana me compraba lencería más pequeña, más atrevida, más inútil para una mujer que decía esperar.

Por las mañanas trabajaba en la universidad. Por las tardes daba clases de apoyo en una academia privada. Era ahí donde me permitía ciertas licencias: faldas más cortas, escotes más marcados, medias finas, perfumes que se quedaban flotando en el aula incluso después de cerrar la puerta.

En esa academia conocí a Darío.

Era alto, moreno, ancho de hombros, de esos hombres que no parecen construidos en un gimnasio sino a golpes de vida. Tenía tatuajes en los brazos, manos grandes y una manera de mirar que no pedía permiso. Trabajaba en un hospital por las mañanas y por las tardes iba a mis clases con una mezcla de desparpajo y atención que me descolocaba.

También estaba Vera, una alumna intermitente con la que él tenía una relación extraña, a ratos pareja, a ratos guerra. Ella era descarada, adulta, consciente del efecto que causaba. Entre los dos había una tensión constante, una forma de hablar del sexo sin nombrarlo del todo que terminaba por contaminar el ambiente.

Darío solía burlarse de mí.

—Usted va de decente, profe, pero tiene cara de pensar muchas guarradas —me soltaba con una sonrisa torcida.

—Y tú tienes cara de suspender si sigues hablando en vez de estudiar —le respondía yo, sosteniéndole la mirada más de lo debido.

Él se reía, echándose hacia atrás en la silla, como si supiera que ese tira y afloja no era solo un juego verbal. Lo peor era que lo sabía. Y yo también.

Durante meses alimenté esa tensión con pequeñas crueldades. Cruzaba las piernas despacio delante de él. Me inclinaba sobre su mesa más de la cuenta. Dejaba que me mirara las piernas, la curva del pecho, la línea del tanga insinuada bajo un vestido demasiado ceñido. Lo encendía y luego lo frenaba. A él. A otros. A mí misma.

Eres una calientapollas, me dije más de una vez frente al espejo, sin indignarme demasiado porque, en el fondo, la palabra me describía mejor que cualquier otra.

La tarde en que todo cambió salí de casa después de una escena pequeña y sucia con mi pareja. Me había agarrado el culo en el dormitorio y bromeó con mis juguetes, con lo gastados que los dejaba, con las ganas que tendría yo de que llegara de una vez nuestra noche de bodas. Lo miré en silencio y le recordé, casi con frialdad, que los dos estábamos esperando.

Se quedó callado. Yo me fui con un vestido de tirantes pegado al cuerpo, unos zapatos de tacón medio y un conjunto negro de encaje que apenas cubría nada.

Cuando llegué a la academia, Darío ya estaba ahí.

—Hoy vienes más peligrosa de lo normal, profe —dijo nada más verme entrar.

—Hoy vienes más bocón de lo normal —contesté mientras dejaba el bolso sobre la mesa.

—No. Hoy vengo caliente. No es lo mismo.

Le lancé una mirada dura, aunque una parte de mí sintió el tirón conocido entre las piernas. Intenté seguir con la clase como cualquier otro día. Durante un rato lo logré.

Los otros alumnos se fueron marchando antes de tiempo por distintos motivos. Cuando cerré la puerta tras el último, me quedé sola con él en el aula. Afuera seguía haciendo calor. Adentro, el ventilador removía el aire sin enfriar nada.

Darío se quitó la camiseta empapada de sudor con la naturalidad de quien está en su casa. Debajo llevaba el torso desnudo, marcado, cubierto de tinta y de ese brillo húmedo que me hizo tragar saliva.

—¿Te molesta? —preguntó.

—Debería —dije.

—Pero no te molesta.

No contesté. Me acerqué con la excusa de mirar uno de los tatuajes de su hombro. Él empezó a explicarme el significado de una fecha, de una frase, de una cicatriz mal tapada por la tinta. Yo apenas escuchaba. Estaba demasiado pendiente del olor de su piel, del calor que desprendía, de la cercanía obscena que ya no tenía nada de académica.

Acabé sentada en sus piernas sin recordar el instante exacto en que tomé esa decisión. Tal vez fue cuando me sujetó la cintura. Tal vez fue cuando noté su respiración en mi cuello. Tal vez llevaba meses decidiéndolo.

Entonces sonó mi teléfono.

Me aparté con fastidio y contesté. Era una amiga. O eso creí hasta que empezó a hablar. Reconocí enseguida el tono triunfal, la indecencia satisfecha, la crueldad de quien llama para dejar constancia de una traición ya consumada.

No me interrumpió ni me dejó interrumpirla. Me contó, de corrido, que mi pareja acababa de follársela en mi casa. Me habló de su lengua, de su polla, de cómo la había puesto contra la pared, de cuántas veces se la había metido, de lo mucho que había disfrutado. Lo dijo todo como si me clavara una aguja despacio, esperando escuchar mi dolor al otro lado.

Yo no le di ese gusto. Colgué.

Me quedé inmóvil unos segundos con el teléfono en la mano. No lloré. No grité. Lo que sentí fue otra cosa: una claridad brutal, una rabia caliente, un deseo de romper de una vez el disfraz de mujer correcta al que me había encadenado sola.

Volví hacia Darío. Él me miraba serio, sin hacer preguntas.

—¿Quieres ayudarme a cambiar algunas cosas? —pregunté.

—Dime cómo.

Lo miré de arriba abajo, despacio, y por primera vez no jugué a insinuar. Di una orden.

—Desnúdate.

Parpadeó, sorprendido, y luego sonrió.

—¿Me lo estás mandando o me lo estás pidiendo?

Sentí algo encenderse con fuerza en el pecho.

—Te lo estoy mandando.

Su expresión cambió. Se puso de pie y obedeció sin una palabra más. Se quitó el pantalón, la ropa interior, y quedó desnudo frente a mí. Tenía una polla gruesa, pesada, medio endurecida ya solo por el tono de mi voz. Los huevos colgaban llenos, tensos, y verlo así, expuesto, obediente, me dio una sacudida inesperada.

No era solo deseo. Era poder.

Yo seguía vestida. Esa diferencia me hizo respirar mejor. Abrí el bolso, saqué un pequeño frasco de aceite y me senté frente a él. Me quité los zapatos sin apartar los ojos de su cara.

—Siéntate. Las piernas abiertas.

Obedeció.

Eché aceite en la planta de mis pies y también en una mano. Luego empecé a rozarle la polla con los dedos, apenas un toque al principio, solo para sentir cómo se endurecía del todo bajo mi palma. Él soltó el aire por la boca.

—Mírame —le ordené.

Me miró.

Pasé la planta del pie derecho por la base de su polla y subí despacio, dejando una película brillante sobre la piel caliente. Volví a bajar. Repetí el movimiento con más presión, atrapándola entre mis dos pies, deslizándolos arriba y abajo con lentitud calculada. La lubricación hacía el resto: un sonido húmedo, un roce firme, su respiración cada vez más rota.

—Joder, profe…

—No me llames así ahora.

—Entonces dime cómo quieres que te llame.

Lo pensé solo un segundo.

—Señora. O no me llames de ninguna forma.

Vi cómo tragaba saliva. Asintió.

—Sí, señora.

Seguí masturbándolo con los pies, lenta, cruel, disfrutando de cada gesto de su cara. Mi vestido se había subido por los muslos y yo sabía perfectamente lo que estaba enseñando. Su mirada se desvió hacia mi entrepierna una vez, dos veces, hasta que chasqueé la lengua.

—Te dije que me miraras.

—Perdón, señora.

La palabra me atravesó como un dedo. Apreté más fuerte con los pies, retorciendo apenas la polla entre ellos. Él dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Eso. Así. Aguanta.

La punta ya brillaba, hinchada, soltando líquido. Lo extendí con el dedo gordo del pie y seguí moviéndome sobre él. Darío soltaba gemidos cortos, roncos, y de vez en cuando una palabra sucia que me hacía apretar los muslos.

—Tienes un tanga diminuto debajo de eso, ¿verdad? —murmuró.

—No estás en posición de preguntar.

—No. Pero lo huelo. Y me estoy volviendo loco.

Sonreí por primera vez desde la llamada.

—Pues vuélvete loco en silencio.

Lo llevé hasta el borde sin dejar que cruzara. Cada vez que lo sentía a punto, aflojaba. Cada vez que intentaba levantar la cadera, le clavaba la mirada y se quedaba quieto. Descubrí, mientras lo hacía, que mandar me excitaba más de lo que había imaginado durante años.

—No te corras —dije.

Él gimió.

—Si te corres sin permiso, te quedas con las ganas de lo demás.

Su polla tembló entre mis pies. El esfuerzo por contenerse le marcó el cuello, el abdomen, las manos cerradas sobre el borde de la silla. Yo estaba empapada. Ya no podía negar nada.

Me puse de pie despacio. Luego me levanté el vestido hasta la cintura y le mostré el tanga negro, mínimo, pegado a un coño que ya lo había mojado casi por completo.

—Ahora sí puedes mirar.

Darío soltó un juramento bajo.

Metí la mano por debajo de la tela y me acaricié delante de él apenas unos segundos, lo justo para demostrarle cuánto me había excitado tenerlo obedeciendo. Sus ojos siguieron cada movimiento.

—De rodillas —ordené.

Se arrodilló al instante.

Le agarré del pelo con una mano y le acerqué la cara a mi entrepierna, todavía cubierta.

—Vas a lamer por encima del tanga. Nada más. Hasta que yo diga.

Lo hizo. La primera lamida me arrancó un jadeo seco. Sentí la humedad caliente de su boca filtrarse a través de la tela, la punta de su lengua presionando justo donde más la necesitaba. Tiré más fuerte de su pelo.

—Otra vez.

Repitió. Y otra. Y otra. Cada pasada empapaba más la tela, hasta que el encaje quedó pegado a mis labios. Yo me balanceaba contra su boca, perdiendo la compostura a una velocidad que me excitaba tanto como me asustaba.

—Quítamelo con los dientes.

Le vi sonreír antes de obedecer. Enganchó la tela, la bajó despacio por mis muslos y me dejó desnuda de cintura para abajo en mitad del aula. El aire me golpeó el coño abierto, brillante. Darío se quedó un segundo mirándolo, casi con devoción.

—No te quedes mirando. Come.

Hundió la cara entre mis piernas con hambre. Su lengua fue directa, cruda, sin delicadeza innecesaria. Me lamió de abajo arriba, separándome con los dedos, metiendo la lengua en mi entrada mojada y volviendo luego al clítoris con presión firme, como si llevara toda la vida aprendiendo exactamente cómo hacerme perder el control.

Me apoyé en la mesa para no caerme. Gemía sin pudor, con la cabeza echada hacia atrás, dándole órdenes entrecortadas.

—Más fuerte… ahí… no pares… mete la lengua… joder, así…

Él obedecía y, a la vez, me devoraba a su manera. Noté cómo me abría con dos dedos y me los metía despacio, curvándolos dentro, buscando un punto que encontró demasiado rápido. Mi cuerpo reaccionó con una sacudida violenta.

—¿Te gusta que te coman así, señora? —preguntó con la boca húmeda al separarse un instante.

—Sí, cabrón. Me encanta. Ahora sigue.

Volvió a meter la cara y ya no habló más. Entre su lengua y sus dedos me dejó al borde del orgasmo en pocos minutos. Lo sentía venir como una ola tensa, acumulándose en el vientre.

—Para.

Se apartó de inmediato, jadeando también, con la barba y la boca brillantes de mí.

Me miró con una mezcla de frustración y deseo que me hizo sonreír otra vez. Quería correrse. Quería metérmela. Quería que dejara de jugar. Y por primera vez yo disfrutaba alargando el momento.

—Ponte de pie.

Lo hizo.

Le desabroché el cinturón con el que había dejado el pantalón a medio quitar y se lo até a las muñecas por delante, no para inmovilizarlo de verdad sino para marcar el gesto, el lugar, el tono. Él bajó la vista y luego volvió a mí.

—¿Esto va en serio?

—Muy en serio. Si no quieres, hablas ahora.

—Quiero. Demasiado.

Le di una bofetada suave en la mejilla. No por castigo. Por afirmación. Por probar cómo nos sonaba esa clase de contacto. Él cerró los ojos un segundo y su polla dio un tirón.

—Entonces aprende a esperar.

Lo empujé hasta la mesa, lo hice inclinarse y le pasé la mano por la espalda tatuada, por el culo duro, por los muslos. Lo toqué como si inspeccionara algo que acababa de comprar. Luego me arrodillé detrás de él y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, lenta, larga, solo una vez.

Darío soltó un gemido grave.

—Hostia…

Lo metí en mi boca sin preámbulos. Entero no podía, pero sí lo bastante como para sentir el peso contra la lengua, el sabor salado de su excitación, el pulso duro latiendo entre mis labios. Lo chupé con ritmo, alternando profundidad y presión, mientras le agarraba las nalgas para mantenerlo quieto.

Él intentó mover la cadera una vez. Le mordí lo justo para avisar.

—Quieto.

—Sí… sí, señora.

Eso me calentó todavía más. Seguí mamándosela hasta oírlo respirar como un animal cansado. Después me puse de pie y me giré, apoyando las manos en la mesa.

—Ahora sí. Fóllame.

No se movió.

—Pide permiso —añadí.

Escuché su voz rota detrás de mí.

—Déjame metértela, por favor.

Separé más las piernas.

—Métela de una vez.

Me agarró de la cadera y empujó la punta entre mis labios hinchados. El primer roce me hizo jadear. Llevaba tanto tiempo deseando ese momento con miedo que, cuando por fin ocurrió, sentí una mezcla brutal de ansiedad, rabia y hambre. Entró despacio al principio, abriéndome, forzando apenas, dejándome notar cada centímetro.

Dolió. No demasiado, pero sí lo suficiente para arrancarme un quejido áspero.

—No pares —dije de inmediato.

Él obedeció. Terminó de entrar y se quedó un segundo quieto, completamente dentro de mí. Yo notaba su polla tensándome por dentro, el estiramiento, el calor, la realidad física de haber dejado de ser virgen con un alumno arrodillado hacía apenas unos minutos a mis pies.

—Joder —murmuró—. Estás apretadísima.

—Y tú dentro. Así que no digas tonterías y muévete.

La primera embestida fue lenta. La segunda, menos. A la tercera ya estaba follándome con un ritmo firme, cada vez más seguro, haciéndome chocar contra el borde de la mesa. Los sonidos llenaron el aula: piel contra piel, respiraciones abiertas, pequeños golpes secos, mis gemidos ya sin ningún intento de contención.

Sentía cómo me abría y me llenaba una y otra vez. Cada empuje entraba un poco más fácil porque yo estaba completamente mojada, pero el borde de la molestia seguía ahí, mezclado con un placer nuevo, salvaje, que me hacía apretar el coño alrededor de su polla como si quisiera retenerla dentro.

—Más fuerte —le pedí.

Me agarró mejor de las caderas y me dio justo eso. Embestidas más duras, más profundas, haciendo vibrar la mesa. Solté un grito breve cuando me alcanzó muy adentro.

—Ahí, cabrón. Ahí. No cambies.

Él empezó a hablar sucio, casi entre dientes.

—Mira cómo te la estoy metiendo… después de tanto ir de santa… cómo aprietas… cómo la pedías…

—Sigue hablando —jadeé.

—Te morías de ganas. Se te nota en este coño empapado. Te gusta mandarme, pero te encanta que te la clave.

Sentí un escalofrío entero. Era verdad. Me corrí la mano hasta el clítoris y empecé a frotarme mientras él me penetraba sin pausa. La combinación me dejó sin aire.

—No pares, no pares, no pares…

Me incorporé un poco y le ordené que me soltara las muñecas. Cuando lo hizo, me giré hacia él sin sacármela de dentro y lo empujé hasta sentarlo en la silla. Me monté encima, de frente, bajando despacio por su polla hasta sentirla otra vez al fondo.

Desde ahí lo miré a los ojos mientras cabalgaba. Él tenía la boca entreabierta, la cara dura de deseo, el cuello tenso. Le pasé una mano por la garganta y apreté lo justo para que notara el gesto.

—No te corras todavía.

—Me lo estás poniendo imposible.

—Ese es el punto.

Subía y bajaba sobre él con un ritmo que ya no era castigo sino pura necesidad. Mis tetas rebotaban bajo el vestido subido, mi respiración se mezclaba con la suya, y su polla me golpeaba por dentro de una forma que me iba vaciando la cabeza. Me incliné para besarlo con rabia, mordiéndole el labio, chupándole el gemido.

Luego me separé y le llevé una mano al cuello otra vez.

—Dime qué soy.

Él me sostuvo la mirada.

—Una guarra preciosa que sabe exactamente lo que quiere.

Eso me hizo correrme.

El orgasmo me subió desde el vientre hasta la garganta en una sacudida larga, húmeda, brutal. Me quedé temblando sobre él mientras mi coño se contraía una y otra vez alrededor de su polla. Darío soltó un gruñido al sentirlo.

—Joder… me voy a correr.

Me levanté de golpe, dejándolo escapar de mí con un sonido mojado. Él protestó, pero lo callé con una mirada. Me arrodillé entre sus piernas y volví a meterme su polla en la boca, rápida, profunda, decidida a sacarle la corrida como yo quería.

—Ahora sí. Córrete.

No necesitó más. Me agarró del pelo, sin brusquedad, apenas sosteniéndome, y se vació con gemidos roncos. Noté la primera descarga caliente en la lengua, luego otra, y otra. Tragué parte y dejé que el resto me resbalara por los labios mientras seguía chupando hasta exprimirle las últimas contracciones.

Cuando terminé, me incorporé despacio. Él estaba deshecho en la silla, sudado, satisfecho, todavía medio atado con su propio cinturón y mirándome como si acabara de descubrirme de verdad.

Yo también estaba distinta.

Me limpié la comisura de la boca con el pulgar y me senté en la mesa frente a él, abierta de piernas, sin volver a bajarme el vestido de inmediato. Sentía el escozor dulce entre los muslos, el cuerpo flojo, el corazón ya sin culpa.

—¿Estás bien? —preguntó al fin.

—Sí —respondí, y era la verdad más simple que había dicho en mucho tiempo.

Él sonrió, todavía jadeante.

—Pues vaya manera de empezar.

Me reí por lo bajo. Bajé la mirada a su polla, aún húmeda, y luego volví a sus ojos.

—No. De empezar, nada.

Tomé su cinturón y lo solté por completo, dejándolo libre. Después me puse de pie, me coloqué el tanga empapado y bajé el vestido sobre mis muslos con toda la calma del mundo.

—Esto ha sido la liberación —dije—. Lo siguiente será aprender hasta dónde quiero llegar.

Él se levantó despacio, todavía desnudo, y me sostuvo la mirada sin bromas esta vez.

—Cuando quieras volver a mandar, llámame.

Recogí mis zapatos, cerré el bolso y me acerqué a darle un último beso. Fue corto, húmedo, con sabor a semen y a decisión recién tomada.

—No te equivoques —murmuré sobre su boca—. A veces mandaré. Y a veces me dejaré hacer. Pero nunca volveré a fingir que no tengo hambre.

Salí del aula con las piernas temblando y una sensación nueva dentro del cuerpo. Había perdido una cosa esa tarde y había ganado otra mucho más importante. No era inocencia. No era decencia. Era algo mejor.

Era libertad.

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Comentarios(4)

Valentina_1994

increible!! este tipo de relatos me enganchan desde la primera linea

Dante_relatos

Espero que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue todo.

LucasSF

Me recordo a algo que viví hace unos años, esa mezcla de emociones que describe. Muy bien narrado.

GabyRos

jaja la tension al inicio me puso de cabeza, tremendo arranque

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