Mi Dom me encerró en castidad y me hizo leer
Cuando acepté pasar una temporada en castidad, pensé que sería un juego llevadero, una de esas pruebas que excitan más en la imaginación que en la práctica. Me equivoqué. No porque me resultara insoportable llevar el cinturón o el plug, sino porque mi dueño encontró la forma exacta de meterme el deseo en la cabeza y dejarlo ahí, latiendo, sin darme permiso para apagarlo.
Lo llamo mi dueño cuando estamos solos. Fuera de casa es simplemente Mauro, mi pareja, un hombre sereno, adulto, paciente, con esa clase de autoridad tranquila que no necesita levantar la voz para que yo obedezca. Dentro del dormitorio, o del salón, o de la cocina cuando le da la gana, es mi Dom, y yo sé perfectamente en qué tono me habla cuando espera sumisión completa.
La castidad empezó como un reto breve. Unos días sin orgasmos, un poco de disciplina, unas órdenes sencillas. Pero él decidió alargarlo porque, según dijo, yo todavía no estaba vacía del todo.
—Te cuesta mucho dejar de buscar placer por tu cuenta —me explicó una noche mientras me sentaba al borde de la cama—. Quiero ver qué pasa cuando no puedas escapar ni con las manos ni con la cabeza.
Me abrió las piernas con calma y me colocó el plug como si ya formara parte de mi rutina, sin prisa, hundiéndolo despacio mientras yo respiraba por la boca. Conocía mi cuerpo de memoria. Sabía hasta dónde empujar, cuándo detenerse, cuándo mirarme para comprobar si lo estaba disfrutando demasiado.
—Así —murmuró, apretando la base contra mi sexo—. Quiero que te acostumbres a sentirte ocupada.
Lo peor, o lo mejor, fue que tenía razón. Al cabo de varios días dejé de notarlo a cada segundo. Caminaba por casa, recogía la cocina, doblaba ropa o trabajaba frente al ordenador con ese peso íntimo dentro, discreto, firme, permanente. Y cuando por alguna razón me lo quitaba para limpiarme o ducharme, sentía un hueco tan claro que me sorprendía buscarlo con las piernas, como si me faltara una parte del uniforme.
Esa idea me obsesionó más de la cuenta. Yo quería sufrir más, sentir más intensidad, más incomodidad, algo que me demostrara que estaba siendo una sumisa ejemplar. Se lo confesé una tarde, pensando que le gustaría mi entrega. Lo que conseguí fue su gesto frío, ese que me hace apretar los muslos aunque sepa que no sirve de nada.
—No te pedí sufrimiento por capricho —dijo—. Te pedí obediencia. Si sigues empeñada en inventarte pruebas para sentirte mejor contigo misma, te voy a castigar.
Me mojé al oírlo. Me humilló reconocerlo, pero me mojé igual. Porque cuando se pone así, cuando deja claro que manda él y no mis fantasías desordenadas, algo en mí se rinde de inmediato.
El castigo llegó ese fin de semana.
***
Me hizo ducharme y presentarme desnuda en el dormitorio, salvo por el collar fino de cuero que solo uso para él. La habitación estaba ordenada con esa limpieza casi ceremonial que a Mauro le gusta antes de jugar. Las cortinas cerradas, una lámpara encendida, el libro ya colocado sobre la colcha.
Lo reconocí enseguida. Era una novela erótica especialmente sucia, elegida por él con toda la mala leche del mundo. Sonrió al ver mi cara.
—Hoy vas a leer en voz alta —dijo—. Y no vas a parar aunque te toque, aunque te abras, aunque me pidas correrte. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Más claro.
—Sí, mi Dom.
Me ordenó inclinarme sobre la cama. Sentí el aire sobre el culo antes que su mano. El primer azote no fue brutal, pero sí seco. El segundo me sacó un jadeo. Al quinto ya tenía la piel ardiendo y la cabeza ligera, y empecé a entender que no me estaba castigando por desobedecer una norma puntual, sino por esa manía mía de querer decidir qué clase de sumisa debía ser.
—Cuenta —ordenó.
—Seis.
Otra palmada. Luego otra. Perdí el ritmo por la mezcla de dolor y excitación, y eso hizo que me corrigiera con dos más, esta vez más abajo, justo donde el golpe se extendía hacia los muslos. El plug se movía dentro de mí con cada impacto y me arrancaba una sensación espesa, indecente, como si el castigo me estuviera follando desde dentro.
Cuando terminó, me tenía temblando. Yo seguía inclinada, con la cara hundida entre los antebrazos, el coño húmedo y el culo caliente. Noté sus dedos separándome los labios y solté un gemido avergonzado.
—Mírate —dijo—. Castigada y chorreando.
No me dejó contestar. Metió dos dedos y los hundió sin suavidad, obligándome a abrir más las piernas. Sentí el tapón dentro y sus dedos delante, llenándome por ambos lados, y se me doblaron las rodillas.
—¿Te gusta que te corrija?
—Sí.
Me pellizcó el muslo.
—Señor.
—Sí, señor. Me gusta.
Entró y salió varias veces, mojándose bien con mi excitación. No me estaba acariciando para aliviarme; me estaba usando, removiendo el deseo para dejarlo al rojo vivo. Cada vez que sus dedos rozaban esa parte hinchada y sensible dentro de mí, se me escapaba un espasmo. Quise mover la cadera buscando más, y me sujetó por la nuca.
—Quieta. No follas conmigo. Aguantas lo que yo te dé.
Su otra mano me abrió el culo sin meter nada, solo apartando la carne caliente mientras el plug seguía clavado en mí. Gemí contra la colcha. El contraste entre sus dedos adelante, la presión atrás y el escozor de las nalgas me convirtió en una masa obediente, respirando a tirones.
—Ahora siéntate —ordenó.
Me senté sobre la cama con las piernas abiertas. Él me colocó el libro entre las manos y se acomodó a mi lado, vestido todavía, impecable, como si no acabara de dejarme medio deshecha.
—Empieza a leer.
Lo hice. La voz me salió inestable al principio, pero él no me dejó detenerme. A los pocos párrafos ya estaba metida en una escena de sexo explícito, pronunciando palabras sucias con la garganta seca mientras notaba mi propio cuerpo reaccionar. Mauro pasó dos dedos por la marca roja de mis nalgas y yo perdí una línea.
—Sigue.
Retomé la frase. Él me acarició entre los muslos sin llegar al centro, solo rozando, subiendo y bajando. Cada vez que pensaba que al fin iba a tocarme donde más lo necesitaba, se apartaba. Mi voz empezó a quebrarse en las palabras más directas, especialmente cuando el texto describía pollas, bocas, corridas, todo aquello que yo no podía tener aunque lo estuviera leyendo en alto.
De repente me apartó el libro de una mano.
—Sujétalo con la izquierda —dijo—. La derecha, detrás de la espalda.
Obedecí. Él me separó más las piernas y me miró un segundo, disfrutando de mi tensión.
—Sigue leyendo mientras te abro.
Deslizó dos dedos por mi coño mojado y me metió uno, luego dos, con lentitud calculada. Yo seguí leyendo como pude, tragándome los gemidos entre frase y frase. Sentía el cuerpo entero concentrado entre las piernas. El plug empujaba desde dentro, sus dedos me penetraban por delante y la fricción me tenía tan excitada que las palabras empezaron a mezclarse.
—Pronuncia bien —me corrigió con una calma cruel—. Si vas a leer obscenidades, las lees completas.
Y yo las leí. Leí sobre lenguas, sobre folladas contra la pared, sobre mujeres pidiendo más con la boca llena. Mientras tanto, mi Dom me follaba con la mano a un ritmo lento, retirando y volviendo a meter los dedos una y otra vez, haciendo ruido con mi humedad. Me ardía el clítoris de tanto no recibir exactamente lo que pedía.
Cuando ya estaba a punto de cerrar las piernas por puro reflejo, retiró la mano. Casi lloré de frustración.
—Gracias, señor —dije, porque eso era lo que tocaba.
Él sonrió. Esa sonrisa suya, leve, satisfecha, me dio más vergüenza que si se hubiera reído de mí abiertamente.
—A cuatro patas.
Solté el libro y cambié de postura sobre la cama. Escuché cómo se abría la hebilla de su cinturón. Solo ese sonido me hizo mojarme de nuevo con una violencia casi ridícula. No siempre me permitía sentirlo dentro durante la castidad. Por eso, cuando lo hacía, mi cuerpo entraba en alerta como si por fin le fueran a dar de comer después de haberlo tenido días a pan y agua.
Me acarició el culo con la palma abierta antes de bajar el pantalón lo suficiente. Luego tiró del plug. Salió despacio, viscoso, y yo gemí por el vacío inmediato.
—Te habías encariñado con él, ¿verdad?
—Sí, señor.
Me pasó la punta de la polla por los labios hinchados, empapándola. Yo empujé hacia atrás por puro instinto. Él me dio una palmada corta.
—No te metas sola en mi verga.
Tuve que quedarme quieta, con la espalda arqueada y el coño latiendo a mil. Me la fue metiendo poco a poco, abriéndome alrededor de él, obligándome a sentir cada centímetro. Mauro no es un hombre brusco sin control; es peor. Sabe exactamente cómo hacer que una penetración lenta resulte más obscena que un embiste salvaje.
—Joder —se me escapó cuando entró hasta el fondo.
—Eso. Dilo.
Se retiró solo un poco y volvió a hundirse. El sonido húmedo llenó la habitación. Me agarró de la cadera con fuerza y empezó a follarme con un ritmo parejo, sin compasión pero sin prisa, asegurándose de que yo sintiera el grosor, la fricción y el castigo delicioso de no poder correrme aunque me estuviera llevando al borde.
—Léelo ahora —dijo, señalando el libro abierto sobre la cama.
Tardé un segundo en entender. Luego tuve que inclinarme, con él todavía dentro, para ver las líneas. Me la sacaba casi entera y me la volvía a meter mientras yo intentaba leer en voz alta. Cada embestida me cortaba el aire. Cada palabra obscena se mezclaba con el golpe de su pelvis contra mi culo caliente.
—Más fuerte la voz —ordenó, clavándome los dedos en la cintura.
Leí temblando, diciendo «coño», «polla», «correrse» entre jadeos, mientras él me follaba por detrás y dejaba que la humedad escurriera por la cara interna de mis muslos. Estaba tan excitada que mi vientre se contraía solo. Varias veces sentí el orgasmo asomando, subiendo como una ola gruesa, y varias veces él cambió el ángulo o frenó apenas para estropearlo.
—No, todavía no —murmuró junto a mi espalda—. Quiero oírte suplicar bien.
Eso fue lo que me rompió. Porque yo había aguantado la mano, el castigo, la lectura, la penetración contenida. Pero cuando pidió súplica, la sumisa orgullosa que a veces quiero ser desapareció y solo quedó una mujer caliente, abierta y necesitada.
—Por favor, señor.
—¿Por favor qué?
Me embistió más hondo. Solté un grito breve.
—Déjeme correrme. Por favor. Estoy a punto.
—Lo sé.
Y siguió follándome sin darme permiso. Más rápido ahora, más sucio, haciendo crujir la cama, sacándome gemidos que ya no tenían nada de contenidos. Me llevó una mano al pecho, me retorció un pezón entre los dedos y después bajó hasta mi clítoris. Lo tocó apenas, una presión corta, exacta, y tuve que morder la sábana para no deshacerme.
—Mírame —ordenó.
Giré la cabeza como pude. Su expresión era de concentración pura, mandíbula tensa, ojos clavados en mí, la polla entrando y saliendo cubierta de mi propia humedad. Ese espectáculo me excitó casi tanto como la fricción.
—Dime de quién es este coño.
—Suyo.
—¿De quién?
Me dio una embestida brutal, de las que llegan hasta el fondo y hacen ruido húmedo, obsceno, inconfundible.
—De usted, señor. Solo suyo.
Entonces sí. Entonces empezó a tocarme de verdad. Sus dedos frotaron mi clítoris con la presión justa mientras no dejaba de follarme ni un segundo. Fue demasiado de golpe: la vergüenza, el dolor del castigo todavía vivo en el culo, la lectura abierta a un lado, su verga golpeándome dentro, su mano apretándome fuera. El orgasmo me subió por el vientre como un latigazo y me partió en dos.
Me corrí gritando su título, sin elegancia, sin contener nada. El coño me latió alrededor de su polla una y otra vez, apretándolo mientras él seguía empujando, aprovechando mis espasmos para hundirse más y más. Noté cómo me sujetaba para usar mi cuerpo durante mi propio clímax, como si mi corrida le perteneciera por completo.
—Así —gruñó cerca de mi oído—. Así me gusta dejarte.
No me dejó descansar. Siguió follándome con embestidas cortas y profundas hasta que mi orgasmo se volvió sensibilidad dolorosa. Yo gemía ya sin sentido, agotada, con las piernas flojas. Cuando él se corrió, lo sentí en la tensión de todo su cuerpo antes de sentirlo en la verga endurecida golpeando una última vez. Se vació dentro con un gemido ronco y me mantuvo llena unos segundos, inmóvil, respirando fuerte contra mi espalda.
Cuando salió, me derrumbé sobre la cama. Tenía el cuerpo abierto, el culo ardiente, el coño temblando y la mente vacía de cualquier resistencia. Mauro me apartó el pelo de la nuca y me besó ahí, suave, casi tierno.
—Ahora sí has entendido —dijo.
No supe si asentí o simplemente me dejé caer más. Pero sí, había entendido.
***
Después de aquella noche, la rutina cambió de forma definitiva. La lectura dejó de ser un adorno y se convirtió en disciplina. Cada noche, entre cuarenta y cinco minutos y una hora, yo tenía que leer lo que él eligiera o lo que yo propusiera con su aprobación previa. Nada de excusas. Nada de pantallas que me distrajeran. Nada de tocarme.
Lo peor era que no siempre intervenía. A veces se sentaba en un sillón con el portátil, trabajando como si yo fuera solo un objeto más del cuarto. Yo estaba ahí, con el plug dentro o con el cinturón puesto según me hubiera mandado, leyendo páginas enteras de sexo explícito mientras él apenas levantaba la mirada. Esa indiferencia me ponía peor que cualquier mano.
Porque yo sabía que me estaba observando aunque no pareciera. Sabía que registraba cuándo apretaba los muslos, cuándo cambiaba el tono de voz, cuándo me humedecía tanto que necesitaba recolocarme en la cama para no rozar de más. Y, sobre todo, sabía que disfrutaba dejando crecer mi necesidad sin hacer nada para aliviarla.
Una noche me tocó una novela que había elegido yo. Pensé que sería más fácil porque conocía el estilo, pero me equivoqué otra vez. Era peor leer algo que me excitaba de verdad, algo que no había sido seleccionado como castigo sino como gusto personal. Mauro se dio cuenta en la tercera página.
—Te está gustando demasiado.
Yo seguí leyendo, aunque sentía las mejillas ardiendo.
—Responde.
—Sí, señor.
Se acercó a la cama y me apartó el libro apenas un segundo para besarme. Fue un beso sucio, largo, metiéndome la lengua en la boca mientras yo seguía sentada con las piernas juntas por el cinturón. Cuando se separó, me dejó sin aire.
—Abre la página y sigue. Si te callas, mañana no te quito nada en todo el día.
Leí. Él se colocó detrás de mí y me desabrochó el cinturón con la calma de quien abre un regalo que ya es suyo. Yo quería girarme, lanzarme encima, chuparle la polla de rodillas hasta que me llenara la cara. No pude hacer nada. Me sujetó por el cuello con una mano y con la otra volvió a ponerme el plug, más grande esa vez.
Entró despacio, estirándome con una presión firme que me hizo jadear sobre la página. Me humedecí tanto que el muslo me brilló en segundos.
—Eso quería ver —murmuró—. Que un libro te abra así.
La lectura continuó entre pequeñas torturas. Un pellizco en el pezón. Una mano cerrándose sobre mi garganta lo suficiente para recordarme su control. Dos dedos extendiendo mi humedad por el pliegue de los labios pero sin entrar. Una orden seca cada vez que mi voz temblaba demasiado.
Llegué al final del capítulo rota de excitación. Cerré el libro y lo miré con esa mezcla humillante de deseo y sumisión que a él tanto le gusta.
—¿Puedo pedir algo, señor?
—Puedes pedir. Otra cosa es que te lo dé.
Me arrodillé ante él. Le abrí el pantalón y saqué su polla dura, pesada, ya brillante en la punta. Solo verla tan cerca me hizo salivar. La agarré con una mano y le di un beso en la base antes de lamerla despacio hacia arriba.
—Quiero chupársela.
—Ya lo estás haciendo.
Tenía razón. Me la metí en la boca con hambre, apretando los labios, dejando que me rozara la garganta mientras la mano trabajaba en lo que no entraba. Mauro me sujetó el pelo y me marcó el ritmo con tirones breves. No me obligaba a tragar de golpe; me dirigía, que es distinto. Yo subía y bajaba obediente, saboreando el calor, el peso y ese punto de autoridad que siempre me vuelve loca cuando me usa la boca.
—Así, puta —dijo en voz baja—. Lee obscenidades y luego hazlas.
Gemí alrededor de su verga. El plug dentro y mi boca llena me tenían en un estado de excitación salvaje. Me apartó justo cuando mejor lo estaba haciendo y me hizo incorporarme.
—Date la vuelta. Apoya las manos en la pared.
Obedecí enseguida. Me subió la falda del camisón y me bajó la tela justa para dejarme el culo expuesto. Retiró el plug y, antes de penetrarme, me escupió entre las nalgas. El gesto me hizo estremecerme entera. Pasó dos dedos por ahí, abriendo, presionando, sin llegar a entrar más que la punta. Yo gemí contra la pared.
—Tranquila. Hoy no te voy a follar el culo. Quiero que lo notes y que te quedes con ganas.
Luego bajó la mano a mi coño y metió un dedo, después dos, removiendo mi humedad con crudeza. Me los saqué casi suplicando con el cuerpo cuando sentí la punta de su polla en la entrada.
—Fóllame, por favor.
—Eso suena mejor.
Entró de una sola embestida. Solté un quejido tan alto que tuve que morderme el labio. Me agarró de la cadera y empezó a darme duro, sin cuidado estético, como a mí me gusta cuando ya me ha trabajado bastante la cabeza. El sonido de su pelvis contra mi culo rebotaba en la pared. Cada empuje me aplastaba el pecho contra la pintura y me dejaba el coño latiendo.
Me metió una mano por delante para sobarme el clítoris mientras seguía penetrándome. No era una caricia delicada; era una fricción firme, rápida, llevándome al límite a propósito. Yo ya no podía hablar en frases completas. Solo salían jadeos, súplicas cortas y su título repetido como una letanía indecente.
—Dime que te gusta obedecer.
—Me encanta obedecerle.
—Dime que te dejo hecha una puta necesitada.
—Sí, señor. Me deja así. Hecha una puta necesitada.
Me agarró del cuello y me hizo volver la cara lo suficiente para besarme la comisura de la boca mientras me seguía follando. Ese contraste me remata siempre: la brutalidad entre las piernas y la calma casi cariñosa arriba. Sentí venir el orgasmo con una violencia imparable.
—Córrete —ordenó al fin.
No necesité nada más. Me corrí de pie, contra la pared, con su mano entre mis piernas y su polla enterrada hasta el fondo. El orgasmo me dejó temblando, gimiendo sucio, contrayéndome alrededor de él. Mauro gruñó al sentirlo y se vació segundos después, agarrándome fuerte para no dejarme caer.
Cuando terminó, me mantuvo allí, pegada a la pared, respirando los dos como si hubiéramos corrido una distancia enorme. Luego me dio la vuelta y me besó de verdad, largo, lento, saboreando el desastre que me había hecho.
—Ahora sí puedes cerrar el libro —me dijo.
Me eché a reír, medio rota, medio feliz. Él también sonrió.
Desde entonces entendí que la castidad no era solo no correrse. Era aprender a habitar el deseo sin aliviarlo enseguida. Era llevar un plug durante horas hasta sentirlo parte de mí y, cuando faltaba, extrañarlo. Era leer con las piernas abiertas y la voz temblando, sabiendo que cada palabra podía volverse una orden. Era suplicar cuando tocaba y callar cuando él quería silencio.
Y, sobre todo, era descubrir que mi Dom no quería destruirme a base de dolor gratuito. Quería moldearme a base de control, de excitación sostenida, de castigos precisos y orgasmos administrados. Quería que mi coño le obedeciera igual que mi boca.
Lo consiguió.
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