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Relatos Ardientes

Acepté ser su esclava la noche de mi última prueba

El mes de libertad me pesó más de lo que imaginaba.

Los primeros días me sirvieron para bajar la hinchazón, para dormir sin sobresaltos y para acostumbrarme otra vez al silencio del apartamento. Nadie encendía las cámaras. Nadie me mandaba arrodillarme en el salón con el culo en alto. Nadie me hacía abrir las piernas para comprobar si estaba lista. Debería haberlo disfrutado, pero lo que sentí fue otra cosa: un hueco en el centro del pecho y otro, más bajo, entre las piernas.

Había pasado tanto tiempo obedeciendo que volver a decidir por mí misma me resultó incómodo. Me levantaba, trabajaba, comía, respondía correos, salía a comprar, y todo lo hacía con la sensación absurda de que estaba perdiendo el tiempo. Mi cuerpo no echaba de menos la ternura. Echaba de menos las órdenes, el uso, la certeza de que servía para algo muy concreto.

Me repetí muchas veces que eso no significaba que quisiera cruzar la línea definitiva. Someterme en privado era una cosa. Renunciar a mi nombre, a mi rutina, a mi vida, era otra muy distinta. Podía desearlo todo y aun así negarme al final. Eso me decía. Eso intentaba creer.

Pero por las noches me tumbaba boca arriba, con las manos sobre el vientre, y el coño me latía con una insistencia humillante. No era simple calentura. Era necesidad. La clase de necesidad que te vuelve irritable, torpe y obsesiva.

Masturbarme no me calmaba. Al contrario. Me corría y al minuto siguiente me notaba peor, más vacía, más consciente de todo lo que me faltaba. Llegué a hacerme daño de puro exceso, frotándome el clítoris hasta dejarlo sensible, metiéndome dedos hasta terminar jadeando de frustración. Ningún orgasmo se parecía a sentirme usada de verdad.

La segunda semana salí con un par de conocidas a un bar, más por ansiedad que por ganas de socializar. Bebí, sonreí, dejé que un desconocido me invitara otra copa y me llevara al baño del local. Era atractivo y directo. Me comió la boca con ganas, me metió una mano entre las piernas y encontró humedad de sobra. Yo le bajé la cremallera, le saqué la polla y se la masturbé mientras él me mordía el cuello.

—Qué puta más ansiosa —me dijo al verme abrirle el pantalón tan deprisa.

No me molestó. Casi me gustó. Casi.

Me levantó la falda, me apartó la tanga y me metió dos dedos de golpe. Gemí, sí, porque necesitaba contacto, necesitaba llenarme con algo, con alguien, con lo que fuera. Después me giré sola, apoyé las manos en la puerta y le dije que me follara. Lo hizo, brusco, rápido, con ese ímpetu nervioso del que quiere correrse antes de que lo descubran. Me agarró de la cadera, me golpeó el culo con el pubis y se vació en un condón mientras yo fingía un orgasmo para terminar cuanto antes.

Salí de aquel baño más vacía que al entrar.

Lo que me faltaba no era una polla cualquiera. Era perder el control. Era que otro lo tomara sin pedírmelo dos veces. Era la humillación precisa, la disciplina, el uso. Era él.

La tercera semana abrí un perfil en una aplicación de sexo casual. Puse pocas fotos, ninguna de la cara completa, y una descripción seca, sin romanticismos. Me escribieron muchos hombres. Algunos querían fotos. Otros se hacían los dominantes y a los tres mensajes ya daban pereza. Ninguno entendía la diferencia entre decir burradas y saber mandar de verdad. Cerraba conversaciones una tras otra con el coño palpitando y el mal humor subiéndoseme a la garganta.

La cuarta semana fue la peor. Trabajaba mal, dormía mal y pensaba mal. Vivía chorreando. Podía sentir el roce de la ropa interior durante el día y tenía que apretar los muslos bajo la mesa para no gemir por nada. Empecé a hablarme en voz alta cuando estaba sola, como si discutir conmigo pudiera devolverme el equilibrio.

—No —me decía frente al espejo del baño—. No vas a entregar tu vida entera por estar caliente.

Entonces me mordía el labio, recordaba unas manos empujándome la nuca, una voz ordenándome abrir más las piernas, una polla entrando despacio por mi culo hasta hacerme temblar, y la firmeza de mi discurso se iba al carajo.

La víspera de cumplirse el plazo, me llegó su mensaje.

Lo abrí con las manos sudadas.

—Mañana estaré en tu casa a las siete. Iré solo. Las cámaras estarán activas para que mis invitados miren y para que quede grabado. Me esperarás como siempre: desnuda, esposada, de rodillas y con el culo levantado. Además, prepararás un bolso con tu portátil, tu teléfono y toda tu documentación. Me da igual lo que pienses responder. Lo tendrás listo.

Leí esas líneas cinco veces. La última ya con las piernas apretadas y la respiración corta. Iba a usarme. Por fin. Solo esa certeza me dejó las bragas mojadas en segundos.

Dormí a ratos. Cada vez que cerraba los ojos imaginaba la cerradura de la puerta, sus pasos en el pasillo, la primera caricia brusca, la revisión de costumbre, el olor a su piel mezclado con el mío. También imaginaba la pregunta final, la única que importaba. Y por primera vez en todo el mes no tuve una respuesta limpia.

A las seis y media de la tarde del día siguiente yo ya estaba lista. Había dejado el bolso abierto junto a la alfombra de la entrada para que pudiera comprobarlo sin pedírmelo. Dentro estaban el portátil, el cargador, el teléfono apagado, mi cartera y los documentos. Me parecía ridículo prepararlo si pensaba negarme, pero obedecer antes de discutir siempre había sido mi reflejo.

Después fui al baño, me duché despacio y me miré en el espejo de cuerpo entero. Era una mujer adulta, competente, con una profesión seria, una vida construida con esfuerzo. También era una sumisa empapada, con los pezones duros y el culo relajado por anticipación. Las dos cosas convivían en el mismo cuerpo y esa contradicción me volvía loca.

Me lubriqué el ano con cuidado. Quería estar abierta para él. Quería que pudiera entrar sin resistencia, que disfrutara, que me usara a fondo desde la primera embestida. Al meterme un dedo me temblaron las piernas. Añadí un segundo, solo para preparar mejor el cuerpo, y tuve que apoyar la frente en el azulejo porque el gemido se me escapó solo.

Luego me quité todo. Cerré las esposas en mis muñecas. Me coloqué en el sitio habitual: de rodillas, pecho bajo, culo arriba, muslos apenas separados al principio y luego más abiertos, porque sabía cómo le gustaba encontrarme. La vergüenza de esa postura desaparecía en cuanto pensaba en lo útil que me sentía así.

Esperar fue una tortura.

No tenía el móvil a mano, no podía mirar la hora y tampoco quería moverme. Cada ruido del edificio me hacía contener la respiración. La nuca me ardía. El coño me chorreaba. Sentía una gota lenta bajar por la cara interna del muslo y eso me humillaba tanto como me excitaba.

Cuando oí la puerta abrirse, casi me corrí de puro alivio.

Entró sin prisa. Cerró detrás de sí. Noté el peso de su presencia antes incluso de sentirlo cerca. El sonido de la ropa al moverse, el golpe leve del bolso al dejarlo en algún lugar, sus pasos medidos sobre el suelo. No dijo nada al principio. Solo me dejó allí, ardiendo, consciente de que estaba siendo observada. Por él. Por las cámaras. Por quien estuviera mirando al otro lado.

—Levanta más el culo —ordenó al fin.

Obedecí de inmediato. La postura me tensó la espalda y me dejó más expuesta. Escuché un resoplido de aprobación.

Su mano me separó los glúteos sin delicadeza. Sentí el aire frío en el ano y luego la yema de sus dedos inspeccionando la lubricación que yo había dejado lista. Metió uno despacio, solo el suficiente para comprobar, y lo sacó enseguida.

—Bien preparada —dijo.

Ese elogio seco me golpeó más fuerte que una caricia.

Me pasó la palma por la espalda hasta la nuca y me agarró del pelo. Tiró apenas, lo justo para levantarme la cabeza y obligarme a hablar con la cara ladeada.

—Dime cómo has pasado este mes.

Tragué saliva. Quise sonar firme y solo soné necesitada.

—Vacía.

Tiró un poco más de mi pelo.

—Más claro.

—He pasado el mes caliente, frustrada y echando de menos que me use.

Me soltó y me dio una palmada seca en el culo. No muy fuerte. Lo bastante para hacerme estremecer.

—Eso ya lo sé.

Otra nalgada, esta vez más dura. Después otra. Y otra. Pronto el escozor se volvió calor compacto. Yo abría más las piernas con cada golpe, ofreciendo mejor el centro, sintiendo cómo el dolor me encendía todavía más.

—Cuenta a las cámaras lo que hiciste para intentar sustituirme.

La vergüenza me subió a la cara de golpe. Aun así, hablé. Sabía que negarme solo alargaría las cosas, y una parte de mí deseaba esa exposición.

—Fui a un bar. Me folló un desconocido en el baño.

La siguiente nalgada me arrancó un gemido ronco.

—¿Te gustó?

—No, señor.

—¿Por qué?

Me quedé en silencio un segundo, solo un segundo, y la palma me estalló de nuevo en la piel.

—Porque tuve que guiarlo. Porque no sabía usarme. Porque no era usted.

Noté que sonreía aunque no pudiera verlo.

Me tocó entre las piernas por primera vez. Solo rozó dos dedos por mis labios empapados, sin metérmelos, extendiendo mi humedad como si me marcara con ella. Yo temblé entera. Después me metió dos dedos de golpe en el coño y los abrió dentro, brusco, sintiendo cómo lo apretaba.

—Mírate —murmuró cerca de mi oído—. Un mes diciendo que no y estás goteando sobre el suelo.

Movió los dedos adentro con fuerza, entrando y saliendo rápido, golpeando justo donde sabía que me doblaba. Yo jadeé, tiré de las esposas y hundí más el pecho en la alfombra. Sentía el clítoris latiendo sin tocarlo. Mi respiración se volvió un ruido feo, ansioso, humillante.

—Señor…

—Cállate.

Los sacó del coño y los pasó por mi boca sin pedir permiso. Abrí de inmediato. Saboreé mi propia humedad mientras él me sujetaba la mandíbula.

—Chúpalos.

Lo hice. Lentamente. Sin dejar de respirar por la nariz, excitada por la simpleza brutal de estar así, desnuda, atada y probándome a mí misma de sus dedos como una puta obediente.

—Ahora dime qué necesitas.

—Que me use.

—¿Dónde?

No tuve que pensarlo.

—En el culo.

Soltó una risa baja, satisfecha. Oí la cremallera. Oí el roce del pantalón cayendo. Después lo sentí de nuevo detrás de mí, más cerca, más grande, inevitable. Me apoyó la punta en la entrada del ano y la dejó ahí, apenas presionando. Yo gemí antes de que entrara. Solo el contacto ya me tenía al borde.

—Respira y quédate quieta.

Entró despacio, exactamente como recordaba. La primera parte siempre dolía un poco, incluso preparada. Era una presión intensa, una abertura forzada que me obligó a relajarme a conciencia. Cerré los ojos. Sentí cómo me llenaba centímetro a centímetro, cómo mi cuerpo se rendía y lo aceptaba. Cuando estuvo dentro hasta el fondo, se quedó quieto un momento y yo solté un gemido largo, roto, mezcla de alivio y necesidad satisfecha.

—Eso es lo que echabas de menos —dijo.

—Sí, señor.

Me retiró casi del todo y volvió a entrar despacio una segunda vez, más fácil, más profundo. La tercera ya no fue lenta. Me embistió con un golpe seco que me hizo avanzar sobre las rodillas y soltar un grito contra la alfombra. A partir de ahí me folló sin compasión.

Sus manos me clavaban en las caderas. Cada embestida entraba dura, exacta, con ese ritmo que no busca agradar sino usar. Mi culo lo tragaba y mi coño goteaba sin control entre mis muslos. Sentía el impacto dentro, el ruido húmedo de mi excitación contra el suelo, la piel ardiéndome donde me había pegado. Todo mi cuerpo estaba reducido a ser un agujero obediente y una espalda arqueada para recibirlo.

—Joder… así… así te quería —masculló, acelerando.

Yo gemía sin pudor, con la voz rota. No había forma elegante de sonar cuando te están follando el culo con esa intensidad. Cada vez que me daba más fuerte, la presión me rozaba por dentro de una manera que disparaba calambres de placer hasta el clítoris. Estaba tan excitada que me habría corrido solo con eso, sin tocarme, si me empujaba un poco más.

Me tiró del pelo otra vez y me levantó el torso, obligándome a quedar de rodillas, la espalda pegada a su pecho, su polla aún metida hasta el fondo en mi culo. Desde esa posición me folló de nuevo, más vertical, más profunda. Sus dedos se cerraron sobre mi garganta sin apretar del todo, solo marcando dominio, y la otra mano me amasó una teta con rudeza.

—Mira a la cámara —me ordenó.

Había una frente a nosotras, discreta pero imposible de ignorar. Giré la cara hacia ella, jadeando, con el pelo pegado a la frente y la boca abierta de puro vicio. Saber que me miraban me dio otra sacudida entre las piernas.

—Diles qué eres cuando te tengo así.

La respuesta salió sola, casi en un sollozo.

—Su puta.

Me pellizcó el pezón con fuerza y embistió a fondo.

—Más claro.

—Su puta para usar. Su cosa.

Eso le gustó. Lo noté en el modo en que empujó con más violencia, marcando un ritmo brutal que me hizo perder la cuenta de todo. Mis muslos temblaban. El ano ardía y al mismo tiempo lo pedía más. El coño se me contraía vacío, necesitado, y esa combinación de dolor, plenitud y humillación me tenía al borde del orgasmo desde hacía rato.

Me soltó la garganta, me escupió en los dedos y me llevó esa humedad al clítoris. Empezó a frotármelo en círculos rápidos mientras seguía penetrándome el culo sin bajar el ritmo. La mezcla fue insoportable. Me arqueé, tiré de las esposas hasta que me dolieron las muñecas y empecé a gemir de una forma aguda, descontrolada.

—No te corras hasta que te lo permita.

Intenté obedecer. De verdad. Pero llevaba un mes entero cargada, excitada, desesperada por volver a esto. Mi cuerpo ya no me pertenecía ni para aguantar.

—Señor, por favor…

—Aguanta.

Redobló el movimiento sobre mi clítoris, cruel a propósito, y las embestidas se hicieron todavía más cortas y violentas, golpeando siempre en el mismo sitio. Yo dejé de formar palabras. Solo salían jadeos, chillidos ahogados y súplicas rotas. El orgasmo empezó a subir desde el vientre como un espasmo imparable.

—Córrerte así de fácil te delata —dijo junto a mi oreja—. Te basta con que te abran el culo y te traten como mereces.

Eso fue exactamente lo que me terminó de romper.

Me corrí con un temblor salvaje, apretándole la polla dentro del culo mientras él seguía follándome sin aflojar. El orgasmo me dobló el abdomen, me dejó las piernas inútiles y la boca abierta en un gemido largo, obsceno, que seguramente recogieron todas las cámaras. Chorreé más sobre sus dedos y sobre mis muslos. Él no me dio tregua. Siguió usándome en plena descarga, arrancándome pequeños espasmos extra hasta que el placer se mezcló con un dolor delicioso y sucio.

Me dejó caer de nuevo hacia delante, apoyada sobre manos y rodillas. Yo respiraba como si hubiera corrido varias calles. Él siguió dentro, más lento por unos segundos, y luego volvió a endurecer el ritmo. Se estaba acercando. Lo noté en la tensión de sus manos, en la forma en que me clavaba las caderas, en los gruñidos cada vez menos controlados.

Entonces habló.

—Escúchame bien.

Un escalofrío me recorrió entera. Sabía que ese momento llegaría, pero escucharlo durante la follada, con su polla entrando y saliendo de mi culo, lo volvía mucho más real.

—Si aceptas pasar a ser mía por completo, tu vida anterior termina cuando me corra dentro de ti. No habrá vuelta atrás. Lo decides ahora, abierta, follada y mirando al suelo como la cosa que eres conmigo.

Quise pensar en mi trabajo. En mi nombre. En mis amigas. En la rutina limpia y razonable que había defendido durante semanas. Quise recordar todos mis argumentos. Pero lo único que tenía era su polla taladrándome el culo, el olor del sexo en la habitación, las piernas empapadas, el cuerpo temblando de placer y una verdad brutal latiéndome por dentro.

Sin eso yo no estaba completa.

Él me dio una embestida tan profunda que me hizo gemir con la frente contra el suelo.

—Responde.

No dudé más.

—Sí, acepto.

Se quedó quieto un instante, apenas uno.

—Dilo bien.

Tragué saliva, respiré hondo y lo dije con toda la claridad que pude, aunque la voz me saliera rota.

—Acepto ser suya. Quiero que se corra dentro de mí.

El cambio en él fue inmediato. Me agarró con ambas manos y empezó a follarme con una violencia desatada, como si mi respuesta hubiera liberado algo que llevaba reteniendo toda la noche. Cada golpe me sacudía el cuerpo entero. Yo solo podía recibirlo, abrirme, ofrecerme. El dolor ya era puro placer. El placer ya era pura entrega.

—Así —gruñó—. Así te quería oír.

Sus embestidas se volvieron irregulares. Más profundas. Más desesperadas. Yo volvía a estar cerca del orgasmo sin entender cómo mi cuerpo seguía respondiendo después del primero. Me metí los dedos entre las piernas a ciegas, buscando el clítoris, y él no me lo impidió. Al contrario: me empujó la mano más fuerte contra mí misma.

—Córrerte otra vez mientras me recibes. Hazlo.

Me froté frenética, con la muñeca torpe por las esposas, mientras él me abría el culo a embestidas. El segundo orgasmo subió más rápido, más crudo. Lo sentí romperse justo cuando él se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, duro, tenso, descargándose dentro de mí en pulsos espesos y profundos.

El calor de su corrida en mi culo me arrancó un gemido animal. Me corrí a la vez, apretándolo dentro, sacudida por espasmos que me dejaron ciega unos segundos. Él siguió inmóvil, enterrado hasta el fondo, vaciándose sin prisa, y yo solo pude temblar, con la cara pegada al suelo, sintiendo cada pulsación como un sello.

Cuando por fin salió, un hilo caliente me resbaló entre las nalgas. Sentí la ausencia de su polla como un vacío inmediato, pero distinto al de aquel mes. Este ya venía acompañado de otra cosa: una calma rendida, una certeza pesada y definitiva.

Me desabrochó las esposas. Las muñecas me ardieron al recuperar movilidad. No intenté levantarme. Me quedé donde estaba, respirando, con el sexo chorreando y el culo sensible, mientras él me acariciaba la espalda con una lentitud extraña, casi considerada.

—Mírame —dijo.

Me incorporé despacio y giré la cabeza. Su expresión seguía dura, pero había satisfacción en ella. No ternura. Algo mejor, para mí: propiedad.

—Desde esta noche ya no retrocedes —dijo—. Lo que aceptaste queda grabado. Tendrás instrucciones. Y aprenderás a vivir como corresponde a tu nuevo lugar.

Sentí un latigazo de miedo real. No el miedo excitante del juego, sino otro más hondo. El de saber que la fantasía acababa de mezclarse con la vida. Aun así, por debajo de ese miedo había una corriente de paz que me dejó casi mareada.

Asentí.

—Sí, señor.

Me pasó el pulgar por el labio inferior, hinchado de tanto morderlo. Luego me hizo abrir la boca y lo metió. Lo chupé en silencio, saboreando el sudor, la piel, el final de todo lo que había sido hasta ese momento.

—Buena chica —murmuró.

Ese gesto mínimo me desarmó más que toda la follada. Bajé la mirada, todavía abierta de piernas, todavía marcada en el culo y en las nalgas, y comprendí que la lucha del mes entero había terminado justo donde siempre terminaba todo con él: dentro de mi cuerpo.

Me hizo ponerme de pie. Las piernas me fallaron un poco. Señaló el bolso que yo había preparado.

—Recógelo.

Lo hice sin preguntar nada. El asa me cortó la mano por el temblor.

Antes de salir, miré una última vez el apartamento. El sofá, la cocina, el pasillo, los objetos corrientes de una vida ordenada y reconocible. Después él abrió la puerta y apoyó una mano firme en la base de mi espalda, guiándome.

Crucé el umbral con el coño aún húmedo, la corrida escurriéndome por el culo y el corazón latiendo tan fuerte que me dolía. No sabía exactamente qué vendría después. Solo sabía que, por primera vez en un mes, no me sentía vacía.

Me sentía llena.

Si este relato te dejó con ganas y estás en zona oeste, conocé acompañantes en La Matanza.

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Comentarios(4)

Lau_Nocturna

Que bien escrito, se siente la tension desde el primer parrafo. Sigan subiendo relatos asi!!

Mati_BA

necesito la segunda parte jajaja no puede quedar ahi

Sonia_Noc

Buenisimo. Me gusto como jugaron con eso de querer decir que no pero no poder resistirse.

CuriosoLector_ok

Pregunta sincera: esto le paso a alguien de verdad? Porque parece demasiado real para ser inventado jaja

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