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Relatos Ardientes

La fantasía bdsm que abrió otra puerta

Me llamo Lucía, y aunque llevaba bastante tiempo con mi pareja, hasta esa noche no me había atrevido a cruzar cierta línea que llevaba meses rondándome la cabeza. No era falta de confianza. Al contrario. Con Damián siempre había habido deseo, complicidad y una clase de sinceridad que volvía peligrosas las conversaciones de madrugada.

Todo empezó como empiezan muchas fantasías: con bromas, con preguntas lanzadas al aire, con un «¿y si un día probamos?» que primero se dice riendo y luego ya no da tanta risa. A mí me excitaba imaginarlo mandándome, sujetándome, decidiendo por mí durante un rato. A él le volvía loco verme reconocerlo en voz alta.

Esa noche llegué a su apartamento y supe al instante que no era una noche cualquiera. Había bajado la intensidad de las luces, cambiado las sábanas y despejado la habitación como si fuera un escenario preparado para algo muy concreto. Sobre la cama vi unas esposas acolchadas, una venda negra, una paleta de cuero y un pequeño vibrador apoyado junto a un frasco de lubricante.

Me quedé mirando todo con la garganta seca.

—Todavía podemos dejarlo ahí —me dijo él desde la puerta, sin acercarse—. Si no te convence, guardo todo y cenamos como si nada.

Negué despacio. Llevaba un vestido negro ajustado y, debajo, un conjunto que me había comprado pensando en esa noche. No era para verme bonita. Era para sentirme expuesta desde antes de empezar. Tragué saliva y lo miré de frente.

—No quiero cenar —le contesté—. Quiero que hagas conmigo eso de lo que llevamos hablando semanas.

Vi cómo le cambió la cara. No sonrió. No hizo falta. Se le endureció la mandíbula y en sus ojos apareció esa atención brutal que a mí me desarmaba las piernas.

—Entonces ven aquí.

Me acerqué y me tomó de la nuca para besarme. No fue un beso dulce ni apurado. Fue profundo, húmedo, exigente. Me abrió la boca con la lengua y yo respondí con un gemido ahogado, notando cómo mi cuerpo se iba aflojando y tensando a la vez. Sus manos me bajaron por la espalda hasta el culo y me lo apretó con fuerza por encima del vestido.

—Hoy hablas claro —murmuró contra mi boca—. Si algo te incomoda, lo dices. Si te gusta, también. Quiero oírte.

—Sí.

—No «sí» a secas. Contesta bien.

Sentí un tirón de calor entre las piernas.

—Sí, quiero hablar claro.

Me hizo girar y me llevó frente al espejo del armario. Quedó detrás de mí, una mano cerrada en mi cintura y la otra subiéndome el pelo para dejarme el cuello descubierto. Me miró por el reflejo mientras me besaba ahí, bajo la oreja, lento al principio y luego mordiendo lo suficiente para hacerme jadear.

—Quítate el vestido.

Obedecí sin apartar la vista del espejo. Lo deslicé por los hombros y cayó a mis pies. Me quedé en lencería negra, medias y tacones. Él me recorrió con los ojos sin tocarme durante unos segundos. Esa pausa fue peor que cualquier caricia. Me sentí examinada, elegida, ofrecida.

—Date la vuelta.

Cuando lo hice, me enganchó un dedo en el sostén y lo soltó con un chasquido seco contra mi piel. Mis pezones ya estaban duros. Los miró y luego me los atrapó entre los dedos, primero apretando apenas y después pellizcando más firme. Solté el aire por la boca con un gemido corto, involuntario.

—Eso te gusta.

—Sí.

—¿Cuánto?

Me costó decirlo, justo por eso me excitó más.

—Mucho.

Sus manos bajaron hasta mis caderas y me hizo caminar hacia la cama. Me sentó en el borde y se arrodilló frente a mí. Despacio, me quitó los tacones y me separó las rodillas con las palmas abiertas. El gesto fue simple, pero me dejó empapada. Puso la cara cerca de mi coño cubierto por la tela y respiró hondo antes de besarme encima de las bragas.

—Ya estás mojada —dijo, con la voz ronca—. Y todavía no he empezado.

Me acarició por encima de la lencería, presionando justo donde más lo necesitaba. Cada roce era una provocación calculada. Yo me movía buscando más presión y él retiraba la mano solo para volver a tocarme cuando ya estaba desesperada. Me hizo sufrir adrede, y yo me abrí más para él.

—Recuéstate.

Me tumbé sobre la cama. Entonces me ató las muñecas al cabecero con las esposas acolchadas. No demasiado fuerte, pero sí lo suficiente para que al tirar notara que no iba a soltarme sola. Esa certeza me revolvió el vientre. Después me puso la venda, y la oscuridad me volvió todo más intenso de inmediato.

Escuché el roce de su ropa, el colchón hundiéndose a mi lado, su respiración cerca. Luego sentí su mano en un muslo, subiendo poco a poco hasta el borde de mis bragas. Me las apartó a un lado y metió dos dedos entre mis labios, recogiendo mi humedad. Los pasó por mi clítoris despacio, con una precisión que me hizo arquearme.

—Quieta.

La orden me atravesó como un latigazo por dentro. Intenté obedecer, pero cada círculo de sus dedos me sacudía las caderas. Me estaba tocando justo como yo necesitaba, alternando presión firme con pausas crueles. Cuando ya estaba gimiendo sin vergüenza, apartó la mano.

—No —protesté, tirando de las esposas.

Escuché su risa baja.

—Eso. Quiero oírte pedir.

Me mordí el labio. Me daba pudor, aunque él no pudiera verme. Tal vez por eso terminé diciéndolo.

—Tócame otra vez.

—¿Así de educada estás? No me lo creo.

La siguiente sensación fue su lengua entre mis piernas. Directa, caliente, húmeda. No me dio tiempo a responder nada. Me abrió con la boca y empezó a lamerme de abajo arriba, lento al principio, como si saboreara cada reacción. Después encontró mi clítoris y me succionó con la presión justa para arrancarme un gemido largo, descarado.

—Joder... —se me escapó.

Él siguió, hundiendo la lengua, sacándola, volviendo a mi clítoris para castigarme con lamidas rápidas que me hacían retorcerme. Yo tiraba de las esposas, abría más las piernas, buscaba su cara con las caderas. Entonces me metió un dedo, luego dos, y empezó a follarme con la mano mientras me comía el coño sin piedad.

La cama crujía debajo de mí. Mi respiración era cada vez más sucia, más rota. Lo oía tragar mi humedad, lamerla, chuparla. Sentía sus dedos entrar y salir con un ritmo firme, doblándose dentro de mí justo donde me hacía ver blanco aunque tuviera los ojos cubiertos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, se apartó otra vez.

—Damián... no me jodas.

Me dio una nalgada seca. No fuerte, pero sí lo bastante brusca para hacerme gritar de sorpresa.

—Te corres cuando yo te deje.

Se me heló y se me calentó el cuerpo al mismo tiempo. Sentí el cuero de la paleta deslizándose por mis muslos, por mi vientre, por el interior de las piernas. No golpeaba todavía. Solo me marcaba el recorrido, como si dibujara por dónde iba a venir el siguiente escalón de la noche. Cuando por fin descargó el primer azote en uno de mis glúteos, solté un jadeo que terminó en gemido.

No era dolor puro. Era ardor, impacto, piel encendida. Y después venía su mano acariciando la zona golpeada, o su boca besándome el culo con una ternura obscena que lo mezclaba todo. Otra nalgada. Luego otra. Algunas con la mano, otras con la paleta. Me iba preguntando si estaba bien, y yo respondía que sí con la voz cada vez más temblorosa.

—Más —dije, sin pensar.

Hubo un silencio corto.

—Eso quería oír.

Me soltó de las muñecas solo para hacerme girar. Me puso boca abajo y volvió a sujetarme, esta vez con las manos a la espalda. Quedé con la cara hundida en la almohada, el culo levantado, completamente expuesta. Escuché el sonido de su cinturón al abrirse y un segundo después sentí la palma de su mano estrellarse en mi nalga izquierda.

Gemí más alto. La derecha recibió otra igual. Luego una serie de golpes medidos que me fueron calentando toda la zona hasta que cada roce de aire se sentía como una caricia abrasadora. Entre azote y azote me abría el culo con los dedos, me apretaba la carne, me metía la mano entre las piernas para comprobar lo mojada que estaba.

—Mírate cómo estás —me dijo, aunque yo seguía vendada—. Chorreando por unas nalgadas y unas órdenes.

Me agarró del pelo, no para lastimarme, sino para obligarme a levantar la cabeza.

—Contéstame.

—Sí... estoy empapada.

—Porque te gusta que te mande.

—Sí.

—Porque te pone que te use.

El rubor me subió hasta el pecho, pero no había dónde esconderme.

—Sí. Me pone muchísimo.

Me metió dos dedos en la boca por detrás. Los chupé por instinto. Salieron húmedos y enseguida los sentí bajar entre mis piernas para frotarme el clítoris con pequeños círculos mientras la otra mano me agarraba de la cadera. El contraste entre la humillación suave de esa postura y el placer directo me dejó temblando.

—Ahora sí puedes correrte —susurró—. Pero te vas a correr como yo diga.

Entonces me folló con los dedos de verdad, duro, entrando y saliendo con un ritmo obsceno mientras seguía rozándome el clítoris. Yo dejé de intentar ser contenida. Gemía contra la almohada, decía su nombre, decía «así», decía «no pares». Mi coño se cerraba sobre sus dedos cada vez con más fuerza.

—Cuenta.

—¿Qué?

Me dio otra nalgada, seca.

—Cuenta o te paro otra vez.

—Uno... —jadeé.

Su mano aceleró.

—Dos...

Ya me temblaban los muslos.

—Tres...

El orgasmo me explotó encima. Me corrí con un espasmo violento, apretando las piernas tanto como me lo permitía su agarre. Grité sin poder evitarlo y noté cómo me seguía tocando durante unos segundos más, obligándome a sentir cada sacudida completa, cada latido insoportable del clítoris. Acabé llorando un poco del exceso, con la respiración deshecha.

Me soltó la venda y la luz tenue me devolvió la habitación a golpes lentos. Lo vi de pie detrás de mí, con la camisa abierta, la polla dura marcándole el pantalón. La visión me hizo volver a humedecerme a pesar del orgasmo reciente.

—Quiero tu boca —me dijo.

Se sentó en el borde de la cama y me hizo arrodillarme entre sus piernas. Le abrí el pantalón y lo bajé lo justo para sacársela. Estaba dura, pesada, con la punta húmeda. Pasé la lengua por el glande y él soltó el aire entre dientes. Repetí el recorrido más despacio, disfrutando de cómo se le tensaban los muslos.

Le envolví la polla con la mano y empecé a lamerlo de abajo arriba, dejando saliva, mirándolo a los ojos. Después me la metí en la boca. Primero solo la punta, luego más, hasta que sentí el peso contra la lengua. Él me sostuvo el pelo hacia atrás con una mano, sin empujarme todavía, dejándome marcar el ritmo.

Yo quería gustarle y también quería provocarlo. Lo chupé con hambre, hundiendo la boca, sacándola con lentitud, rodeándolo con la lengua. La mano me ayudaba en lo que no alcanzaba. Su polla se me deslizaba caliente y dura, cada vez más mojada por mi saliva. Los gemidos que soltaba eran bajos, tensos, y eso me excitaba todavía más.

—Así, joder... no pares.

Tomó un poco más de control y empezó a mover mis labios sobre él con una presión suave pero firme. No me forzó, pero sí me guió. Me agarré a sus piernas mientras él me follaba la boca despacio, apenas unos centímetros al principio, luego un poco más. Sentí cómo la excitación me volvía a mojar entre las piernas solo por tenerlo así, por dejar que usara mi boca y escuchar cómo se rompía su respiración.

Cuando me apartó, tenía la barbilla húmeda. Me la limpió con el pulgar y me lo metió en la boca. Lo chupé, manteniendo la mirada. Él sonrió de lado.

—A la cama. Encima de mí.

Me subí a horcajadas sobre él y acomodé su polla en la entrada de mi coño. Todavía estaba sensible por el orgasmo, por los dedos, por todo. Justo por eso la primera presión me hizo cerrar los ojos. Bajé despacio, notando cómo me abría, cómo entraba centímetro a centímetro hasta quedar dentro por completo. El gemido nos salió a los dos.

Me quedé un instante inmóvil, saboreando la plenitud. Luego empecé a moverme. Primero corto, suave, buscando otra vez el ritmo de mi cuerpo. Después más amplio, más decidido. Subía y bajaba sobre él mientras sus manos me agarraban las caderas y me guiaban apenas, dejándome llevar el mando durante ese tramo. Mis tetas rebotaban con cada movimiento, y él alternaba entre apretármelas y jugar con mis pezones endurecidos.

—Mírate —me dijo, señalando el espejo lateral—. Quiero que veas cómo te follas mi polla.

Giré la cabeza y la imagen me golpeó de lleno: mi cuerpo encima del suyo, el cabello desordenado, la piel todavía enrojecida de las nalgadas, mis caderas bajando una y otra vez. La visión me prendió todavía más. Apreté el coño al subir y al bajar me dejé caer con más fuerza, arrancándole un gruñido.

—Eso. No te contengas.

Me incliné hacia adelante y lo besé mientras seguía cabalgándolo. Nuestros cuerpos chocaban con un sonido húmedo y cada embestida me rozaba por dentro justo donde más me hacía falta. Él aprovechó el cambio de ángulo para meter la mano entre nosotros y frotarme el clítoris con dos dedos. Casi me vengo al instante.

—Damián... voy a correrme otra vez.

—Todavía no.

Me agarró por la cintura y, con una facilidad que siempre me impresionaba, me levantó para hacerme girar. Quedé de espaldas a él, sentada otra vez sobre su polla, ahora mirándome al espejo desde otro ángulo. Me sujetó el cuello por delante, sin apretar de más, solo lo suficiente para hacerme sentir dominada, sostenida, encerrada dentro de su ritmo.

Empezó a embestirme desde abajo, duro y profundo. Cada golpe me hacía botar sobre sus muslos. Yo gemía abierta, sin una pizca de vergüenza ya, con la cabeza apoyada en su hombro. Su mano libre me bajó al vientre, después al clítoris, y me tocó con una insistencia exacta, brutal.

—Ahora sí. Córrete.

El segundo orgasmo me dobló. Me corrí sobre su polla, temblando entera, apretándolo tanto que él soltó una maldición ronca contra mi cuello. Seguí sintiendo las embestidas mientras el orgasmo me atravesaba en oleadas. No se detuvo. Al contrario. Me acomodó hacia delante hasta dejarme con las rodillas sobre el colchón y el pecho casi pegado a la cama.

—Quiero follarte así.

Lo dijo y ya me estaba entrando desde atrás. La primera embestida fue lenta, profunda, de esas que obligan al cuerpo a rendirse al tamaño y al ritmo. La segunda fue más fuerte. La tercera me arrancó un grito corto. Me agarró de la cadera con una mano y del pelo con la otra, manteniéndome donde quería mientras me penetraba con una cadencia cada vez más dura.

El sonido del sexo llenó la habitación: piel golpeando piel, el colchón quejándose, mis gemidos ya sin filtro, su respiración rota. Él me follaba de verdad, sin suavizarlo, entrando hasta el fondo y saliendo casi por completo para volver a meterla con violencia controlada. Entre embestida y embestida me soltaba palmadas en el culo, avivando el calor que ya me ardía ahí.

—Qué rico te dejas usar —murmuró—. Mírate cómo recibes cada golpe.

Yo no tenía espacio mental para nada más que sentir. Su polla entrando. El tirón en el pelo. Las nalgadas. El clítoris rozando contra la sábana en ciertos movimientos. Abrí más las piernas por puro instinto, y él aprovechó para embestirme con un ángulo todavía mejor. Sentí que me volvía loca.

—Más fuerte —le pedí, ronca.

Respondió con una serie de embestidas brutales que me hicieron morder la almohada para no gritar demasiado. Cada una me atravesaba con una mezcla de placer y sometimiento que me vaciaba la cabeza. Ya no pensaba. Solo recibía. Solo me abría. Solo quería más.

Su mano volvió a mi clítoris y lo frotó rápido, sin delicadeza, mientras seguía follándome por detrás. Eso fue demasiado. Mi cuerpo se tensó entero.

—Córrete otra vez —ordenó.

Y obedecí. Me corrí con un gemido sucio, largo, apretando las sábanas entre los dedos mientras mi coño se cerraba espasmódico sobre su polla. Él siguió unas cuantas embestidas más, aprove­chando mis contracciones, gimiendo ya sin contenerse. Lo sentí cerca por cómo perdía el ritmo perfecto, por cómo apretaba la mandíbula, por el gruñido grave que le salió del pecho.

Me sacó de golpe y me llevó al borde de la cama. Quedé de rodillas en el suelo, todavía mareada por el orgasmo, mirándolo con la boca entreabierta. Su polla brillaba húmeda. Me agarró del mentón.

—Abre.

Obedecí, pero él negó con la cabeza.

—No. Hoy la quiero ver.

Se pasó la mano un par de veces, rápido, mirándome fijo, y se corrió sobre mis pechos con un gemido áspero, espeso, largo. Sentí el calor de su corrida en la piel, el peso de las gotas bajando despacio entre mis tetas. La imagen me excitó tanto que me apreté los muslos sin pensarlo.

Él seguía respirando fuerte cuando me incliné. Pasé dos dedos por mi pecho, recogí su semen y me lo llevé a la boca sin apartar la mirada. Luego lamí otra gota directamente de mi piel. Su expresión cambió por completo. Tenía esa cara de deseo incrédulo que solo aparece cuando uno ve una fantasía hacerse real.

—Joder, Lucía.

Sonreí, todavía de rodillas, y repetí el gesto más despacio, saboreando el efecto que le provocaba. Al final él mismo me limpió con una toalla tibia y me ayudó a subir a la cama. Me desató por completo, masajeándome las muñecas donde habían estado las esposas, besándome los hombros, las nalgas enrojecidas, la espalda sudada.

Nos quedamos abrazados un rato, los dos todavía acelerados. Yo tenía el cuerpo agotado y despierto a la vez, como si me hubieran vaciado de tensión y llenado de otra cosa más peligrosa. Le acaricié el pecho en silencio hasta que él me apartó un mechón de la cara.

—¿Cómo estás?

La pregunta me hizo sonreír. No era un trámite. Quería saberlo de verdad. Pensé en la venda, en las nalgadas, en su boca en mi coño, en la forma en que me había follado hasta hacerme corr­er varias veces, en lo mucho que me había excitado obedecer y también pedir más.

—Muy bien —le dije—. Demasiado bien.

Él soltó una risa baja y me dio un beso suave, completamente distinto a los de antes. Ese sí fue tierno. Casi doméstico. Y sin embargo, debajo de esa calma, los dos sabíamos que algo había cambiado.

—Esto recién empieza —murmuró.

Apoyé la cara en su cuello y cerré los ojos. Ya no tenía miedo de admitirlo, ni ante él ni ante mí misma. Aquella noche no había descubierto solo un juego nuevo. Había descubierto que me excitaba entregar el control en las manos correctas, escuchar órdenes con el coño empapado, sentir el cuerpo usado hasta quedarme temblando y luego volver a los brazos de la misma persona que me había hecho perder la cabeza.

Y lo que más me calentaba de todo era saber que la próxima vez no iba a llegar con nervios. Iba a llegar con hambre.

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Comentarios(4)

TormentaNocturna

Tremendo relato!!! quede sin palabras

Valentina_mx

Por favor seguí con esto, quede con muchas ganas de saber que pasó despues

LucasBaires

increible, de los mejores que lei por aca!!

Fer_lect

Me recordó algo que viví hace tiempo... da miedo cuanto te puede cambiar una noche asi

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