Mi cuñada me sometió mientras mi pareja miraba
Me desperté con una sensación húmeda y lenta deslizándose por mi polla, todavía medio dormido, todavía atrapado entre las sábanas y el calor del cuerpo de Mara a mi lado. Al principio pensé que era ella, que había amanecido con una de esas ganas suyas de jugar antes incluso de abrir los ojos. Pero la boca que me chupaba tenía otro ritmo, otra forma de rodearme con los labios, otra manera de apretarme con la lengua por debajo del glande.
Abrí los ojos de golpe y levanté un poco la cabeza. Al pie de la cama estaba Nerea, la hermana de Mara, arrodillada entre mis piernas, con el pelo suelto cayéndole sobre los hombros y la mirada clavada en mí mientras me tragaba la polla con una calma descarada. No se apartó al verse descubierta. Al contrario, me sujetó una cadera con una mano y volvió a bajar despacio, como si quisiera que yo entendiera que no había error ni confusión, que estaba ahí porque le daba la gana.
—¿Qué coño haces? —le solté en voz baja, aún aturdido.
Nerea sacó la polla de su boca con un chasquido húmedo y sonrió.
—Lo que tenía ganas de hacer desde hace semanas.
Giré la cabeza hacia Mara, dispuesto a apartarme, pero ella ya estaba despierta. Tenía la mejilla apoyada en la almohada y una expresión tranquila, casi divertida, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento. Me recorrió el torso con la mano y me apretó el pezón entre dos dedos.
—Déjala —murmuró—. Si te estás poniendo duro como una bestia.
La naturalidad con que lo dijo me desarmó más que la escena misma. Nerea volvió a chuparme sin prisa, hundiéndome media polla, sacándola, lamiendo la corona con toda la lengua antes de bajar de nuevo. Yo seguía mirando a una y a otra, tratando de entender en qué momento se había roto la línea que separaba una fantasía lanzada en broma de una realidad metida en mi cama. Mara me besó la mandíbula.
—Siempre compartimos demasiado —dijo—. Hoy te toca a ti.
Nerea me sujetó la base de la polla y se abrió con dos dedos. Se colocó encima de mí sin pedir permiso, guiándome entre sus piernas. Estaba mojada, caliente, y cuando la punta rozó su coño soltó un gemido corto, ronco, sin vergüenza. Bajó despacio los primeros centímetros, mirándome fijamente, y luego se dejó caer de golpe hasta el fondo. Se le escapó un jadeo y a mí un gruñido.
—Joder —dije, agarrándole las caderas por puro reflejo.
—Eso —respondió ella—. Agárrame bien.
Empezó a moverse encima de mí con un vaivén lento al principio, sintiendo cada embestida completa, cada vez que mi polla salía casi entera y volvía a enterrarse en su coño. Mara se incorporó a mi lado y le apartó el pelo del cuello a su hermana para besarla allí, justo debajo de la oreja. Verlas tan cómodas, tan metidas las dos en aquello, me calentó de una forma casi violenta. Nerea rebotaba sobre mí y Mara la acariciaba como si la estuviera preparando para otra cosa.
—Dile cómo te gusta —susurró Mara.
—Que me folle duro —contestó Nerea, mirándome—. No te quedes quieto.
Le clavé las manos en los muslos y empecé a empujar desde abajo. La cama crujió enseguida. Su coño me apretaba de verdad, caliente y resbaladizo, y cada vez que le entraba hasta el fondo su respiración se rompía un poco más. Mara se puso de rodillas a su lado y le metió dos dedos en la boca para que los chupara. Nerea obedeció sin dejar de montarme, con saliva escurriéndole por la barbilla y los pechos rebotando delante de mí.
—Mírala —dijo Mara—. Mírala mientras se la metes a mi hermana.
Lo hice. Y cuando Nerea notó que la estaba observando como un animal, me sonrió con una mezcla de desafío y excitación que terminó de arrancarme cualquier resto de pudor. La alcé de golpe y la tumbé boca arriba sobre la cama. Mara soltó una risa baja.
—Ahora sí.
Le abrí bien las piernas a Nerea y se la metí de una embestida seca. Ella gritó, no de dolor sino de puro impacto, y me rodeó la cintura con las piernas. Empecé a follármela de verdad, con golpes largos y duros, sin ningún cuidado ya. El sonido húmedo del coño tragándose mi polla llenó la habitación junto con sus gemidos cada vez más sucios.
—Más —me pidió—. No aflojes, cabrón.
Mara se puso sobre la almohada junto a la cabeza de su hermana y la besó en la boca mientras yo la follaba. Se besaban de lado, con la lengua, gimiendo una dentro de la otra, y yo veía cómo Nerea se rompía entre mis brazos y entre los labios de su hermana. Mara le bajó una mano al pecho, le pellizcó el pezón, y luego la llevó entre sus piernas para frotarle el clítoris justo donde mi polla la abría con cada empujón.
Nerea se corrió así, entre temblores y jadeos, apretándome tan fuerte por dentro que casi me hizo acabar detrás de ella. Se arqueó, clavó los talones en mi espalda y se vino diciendo una sarta de obscenidades contra la boca de Mara. Yo tuve que salir para no correrme en ese instante. Respiré hondo, con la polla empapada y latiéndome a la altura del ombligo.
Mara me agarró de la mandíbula y me besó con hambre.
—Todavía no te vas a correr —me dijo—. Hoy mandamos nosotras.
***
Nos levantamos tarde, desnudos los tres, arrastrando la mañana por el apartamento como si fuera un territorio cerrado al resto del mundo. Mara preparó café envuelta en una bata ligera, y Nerea se sentó en la encimera con una camiseta mía puesta, sin ropa interior, separando las rodillas a propósito cada vez que yo pasaba cerca. No hablaban como dos mujeres que acababan de cruzar una línea. Hablaban como si la línea hubiera estado borrada desde siempre y yo fuese el último en enterarme.
—Hoy no trabajas, ¿no? —me preguntó Nerea.
—No.
—Perfecto. Entonces nos perteneces todo el día.
Lo dijo sonriendo, pero no sonó a broma. Mara dejó la taza delante de mí y me acarició el cuello por detrás.
—Vamos a jugar en serio —dijo—. Si algo no te gusta, lo dices. Pero si sigues, obedeces.
Asentí con la polla ya medio dura solo de escucharla. Había algo en su tono, una firmeza tranquila, que me disparó el pulso. Nerea saltó de la encimera y fue al cajón donde Mara guardaba algunas cosas que ya habíamos usado otras veces: esposas acolchadas, una venda, un plug pequeño, un vibrador, un collar negro de cuero que yo conocía bien. Me lo lanzó al pecho.
—Póntelo.
Lo hice sin apartar la vista de ella. Mara se acercó para ajustármelo al cuello, dejando el aro metálico justo sobre la garganta. Después tiró suavemente de él y me llevó hasta el sofá del salón. Me sentó con las piernas abiertas. Nerea se arrodilló entre ellas y empezó a desabrocharme el pantalón.
—Quiero ver si sabes quedarte quieto —dijo.
Me bajó la ropa de un tirón y me dejó la polla libre, dura del todo otra vez. La rodeó con la mano y empezó a masturbarme despacio, demasiado despacio, usando apenas la punta de los dedos, obligándome a sentir cada roce sin darme suficiente para descargar. Mara, detrás de mí, me pasó la venda por los ojos y la ató firme.
La oscuridad volvió todo más intenso. Oía el movimiento de sus pies por el suelo, el chasquido del lubricante al abrirse, sus respiraciones alternándose cerca y lejos. Nerea seguía pajéandome a un ritmo medido, cruel. Mara me besó la nuca.
—No te muevas —ordenó—. Si te corres sin permiso, te dejamos así, con las ganas.
Noté primero la lengua de Nerea en la punta, apenas un lametón. Luego su boca bajando un poco, succionando, dejando que yo me tensara entero. Y justo cuando mi cuerpo quiso empujar hacia adelante, Mara me sujetó de los hombros contra el respaldo del sofá. Su mano bajó a mis huevos y los apretó con la presión justa para hacerme bufar.
—Quieto.
Obedecí. Nerea me chupó mejor entonces, hundiéndome media polla, sacándola hasta dejar solo la punta entre los labios y volviendo a tragársela. Su saliva me corría por la ingle. Mara aprovechó para abrirme las piernas más y meterme un dedo lubricado en el culo. Me estremecí entero.
—Así me gusta —dijo ella—. Tenso y obediente.
El dedo salió y entró otra vez, más profundo. Después añadió un segundo. Yo tenía la boca entreabierta, respirando por ella, mientras Nerea me mamaba con hambre y Mara me preparaba por detrás con una paciencia perversa. El contraste era brutal: la boca caliente delante, los dedos firmes detrás, la venda negándome ver nada y obligándome a entregarme al tacto.
—Está listo —dijo Nerea.
Escuché un clic metálico y entendí que Mara estaba ajustando una correa. Tiró del collar para hacerme inclinar la cabeza atrás. Nerea dejó de chuparme y, por un segundo, lo único que sentí fue el vacío y el aire frío sobre la polla mojada. Entonces algo duro y liso me empujó el culo. No era grueso, pero sí lo bastante firme para hacerme soltar un gemido avergonzado.
—Respira —dijo Mara—. Te lo meto despacio.
Lo hizo. El plug entró poco a poco, abriéndome con una presión constante hasta quedar bien colocado. Noté cómo me llenaba, cómo me dejaba el cuerpo alerta, vulnerable. Nerea se rió bajito al oírme jadear.
—Míralo —dijo, aunque yo no pudiera verla—. Ya está más dócil.
Mara me quitó la venda. La primera imagen que tuve fue la de Nerea de pie, sin la camiseta, completamente desnuda frente a mí. Tenía una mano entre las piernas, embadurnándose los dedos con su propia humedad. La segunda fue Mara sentándose a mi lado con el mando del vibrador en la mano y una expresión de autoridad que me encendió más que cualquier pose.
—De rodillas —me dijo.
Bajé al suelo. Nerea me ofreció el coño a la altura de la cara y yo no esperé otra orden. Le abrí los labios con los pulgares y empecé a lamerla de abajo arriba, metiendo la lengua con ganas, sintiendo cómo se le tensaban los muslos. Sabía a sexo reciente, a excitación densa, y la forma en que me usó la cara desde el primer segundo me puso todavía más duro.
—Así, cabrón —jadeó—. Métela bien.
Mara encendió el vibrador y se lo apoyó en el clítoris. Nerea pegó un respingo y me agarró del pelo para mantenerme ahí. Yo la comía sin delicadeza, chupando, lamiendo, metiendo la lengua hasta donde me dejaba, mientras ella se corría casi encima de mi boca a pequeñas sacudidas. Mara no apartó el vibrador hasta que la vio temblando.
—Ahora siéntate —ordenó Mara a su hermana.
Nerea se acomodó en el sofá con las piernas abiertas. Mara me tomó del collar y me llevó entre ellas. Se arrodilló detrás de mí, me sacó el plug despacio y me hizo soltar aire entre dientes. Luego me masturbó un momento, apenas lo suficiente para endurecerme como una piedra, y me guio hacia el coño de Nerea.
—La vas a follar mirándome a mí —dijo.
Entré de una sola vez. Nerea gimió con la cabeza echada atrás y yo me quedé un segundo quieto, sintiendo el calor brutal de su interior. Mara me sostuvo la mirada mientras me daba la primera palmada en el culo. No fue fuerte, pero bastó para convertirme en un animal obediente. Empecé a embestir.
Cada golpe hacía rebotar el sofá contra la pared. Nerea me recibía abriéndose bien, sujetándose las tetas, enseñándome la boca abierta, y Mara seguía detrás de mí, alternando caricias con palmadas, órdenes con susurros. Me agarró del pelo para inclinarme hacia atrás.
—Más profundo.
La obedecí. Entraba hasta el fondo, salía casi entero, volvía a meterme con un chasquido húmedo que me estaba volviendo loco. Nerea se metió dos dedos en la boca y luego me los hundió entre los labios para que los chupara mientras la follaba. Los saboreé sin apartar el ritmo. Mara me tomó de la barbilla.
—Dile de quién es esa polla ahora mismo.
—Tuya —gruñí sin pensar.
Las dos sonrieron. Y ese pequeño gesto, esa aprobación compartida, me disparó una oleada de excitación tan fuerte que tuve que frenar o me corría. Mara debió notarlo, porque me obligó a salir de inmediato.
—Todavía no.
***
Después del mediodía terminamos en la ducha, no para calmarnos sino para seguir. El vapor había empañado los cristales y el cuarto de baño olía a jabón, piel caliente y sexo reciente. Nerea se apoyó con las manos contra la pared, arqueando la espalda apenas lo suficiente para mostrarme el culo. Mara me empujó hacia ella por el collar.
—Límpiala con la boca primero.
Me arrodillé detrás de Nerea y le besé los muslos por dentro antes de llevar la lengua a su coño. El agua le resbalaba por la espalda y por las nalgas mientras yo la lamía despacio, saboreando cómo todavía seguía sensible. Ella gemía contra los azulejos, moviendo las caderas hacia mi boca. Mara, a un lado, se masturbaba mirándonos, con la otra mano agarrándome del pelo para marcarme el ritmo.
—No tengas prisa —dijo—. Hazla pedirlo.
Así que jugué. Le lamí el clítoris apenas con la punta, luego me hundí más, chupé, alterné presión y pausas hasta que Nerea empezó a temblar de frustración. Quiso girarse para buscarme, pero Mara la sujetó por la nuca.
—Quieta tú también.
La imagen me atravesó: las dos hermanas desnudas en la ducha, una sometiendo a la otra, y yo en medio, obedeciendo órdenes con la cara llena de su coño. Nerea terminó rogando.
—Métemela ya —dijo con voz rota—. Por favor, fóllame ya.
Mara me soltó y me dio permiso con un simple gesto de cabeza. Me puse de pie, la agarré de las caderas y le metí la polla desde atrás. La humedad del agua y del jabón volvió la entrada resbaladiza, pero el golpe de entrar hasta el fondo la hizo arquearse de inmediato. Empecé a follármela contra la pared, duro, corto y seguido, viendo cómo sus pechos temblaban con cada embestida.
Mara se colocó delante de su hermana y la besó mientras yo le daba por detrás. Luego bajó una mano entre sus cuerpos y empezó a frotarle el clítoris con dos dedos. Nerea quedó atrapada entre los dos estímulos, gimiendo en la boca de Mara, clavando los dedos en los azulejos, abriéndose cada vez más para mí.
—Eso es —decía Mara entre beso y beso—. Que se la meta toda. Toda.
Yo obedecía empujando las caderas con violencia medida, sintiendo cómo el culo de Nerea me golpeaba el pubis, cómo su coño me ordeñaba la polla. Bajé una mano para agarrarle una teta y apretársela fuerte. Con la otra seguí sujetándole la cintura para no dejarla escapar ni un centímetro. Ella ya no gemía; jadeaba como si se estuviera vaciando por dentro.
Mara se apartó un poco para mirarnos y luego se arrodilló delante de Nerea. Le separó las piernas cuanto pudo desde abajo y empezó a lamerle el clítoris mientras yo la penetraba. La combinación fue demasiado. Nerea gritó, de verdad gritó, y se corrió con un espasmo largo, apretándome la polla de forma brutal. Seguí dándole dentro durante su orgasmo, sintiendo sus contracciones una detrás de otra, hasta que casi no pude sostenerme.
Salí antes de correrme y Mara me agarró la polla en el acto.
—Ven aquí.
Me giró hacia ella y me hizo sentarme en el borde de la bañera. Se colocó de rodillas entre mis piernas y me la chupó con una hambre distinta a la de su hermana: más posesiva, más consciente de lo que me estaba negando desde hacía horas. Me tragaba hasta el fondo y luego me miraba mientras me escupía encima para seguir pajéandome con la boca abierta cerca del glande.
—No te corras —me advirtió, casi riéndose de mi cara.
Era una tortura. Nerea, todavía temblando por su orgasmo, se arrodilló detrás de Mara y empezó a besarle la espalda, el cuello, los hombros. Después le apartó el pelo y le mordió la nuca mientras ella seguía mamándomela. Las dos se tocaban, se rozaban, se provocaban, y yo en medio a punto de perder la cabeza.
Mara soltó por fin mi polla y se incorporó.
—Al dormitorio. Quiero terminar esto bien.
***
La luz de la tarde entraba sesgada por las cortinas cuando volvimos a la cama. El cansancio empezaba a notarse en los cuerpos, pero no en el deseo. Al contrario: después de tantas horas excitados, negados y usados, todo estaba más sensible, más urgente, más animal. Mara sacó unas esposas acolchadas y me las mostró.
—Última parte —dijo—. Si sigues, ya sabes.
—Sigo.
Me ató las muñecas al cabecero, no tan separadas como para hacer daño pero sí lo bastante para que sintiera la falta de control. Nerea se subió a la cama y me abrió las piernas. Mara se montó sobre mi cara, dejándome ver de reojo el coño de su hermana acercándose a mi polla. Entendí de golpe el juego y casi se me fue el aire.
—Vas a servirnos a las dos —dijo Mara.
Se sentó sobre mi boca y yo empecé a lamerla por puro instinto. Su coño estaba caliente, hinchado, y sabía exactamente cómo usar mi lengua. Se movía encima de mí guiando la presión, obligándome a pasar por su clítoris, a entrar y salir, a tragarme sus gemidos. Al mismo tiempo, Nerea se ensartó lentamente en mi polla, mirando hacia abajo para disfrutar de mi expresión atrapada entre las piernas de su hermana.
La sensación me desquició. Tenía la boca ocupada con Mara, la polla enterrándose y saliendo del coño de Nerea, los brazos inmovilizados, el cuerpo entero reducido a servirles placer. Nerea empezó a cabalgarme a un ritmo constante, apoyando las manos en mi pecho. Mara se corrió primero, aplastándome la cara entre sus muslos y soltando un gemido largo que me vibró directo en la lengua.
Cuando se apartó, respiré hondo apenas un segundo antes de que me agarrara de la mandíbula desde un lado.
—Ahora mírala —me ordenó.
Nerea seguía montándome, cada vez más rápido, con el pelo pegado al cuello y los pechos subiendo y bajando descontrolados. Yo tenía la polla al rojo vivo, estirada al límite, y se notaba en mi cara. Mara se acercó a besarme y luego me susurró al oído:
—Te vas a correr cuando yo lo diga. Ni un segundo antes.
Nerea empezó a frotarse el clítoris mientras me cabalgaba. Yo la veía perder el ritmo, recuperarlo, perderlo otra vez, con ese punto exacto en el que el placer se vuelve casi rabia. Mara le metió dos dedos en la boca para que los chupara y luego se los llevó entre las piernas, ayudándola a correrse. Nerea estalló encima de mí, temblando de rodillas, apretándome la polla con unas contracciones salvajes.
—Ahora —dijo Mara por fin.
La orden me rompió. Me corrí con un gruñido seco, agarrado inútilmente al cabecero, descargando dentro de Nerea en pulsos largos que me vaciaron por completo. Ella siguió moviéndose un poco más, exprimiéndome hasta la última gota, y luego cayó a un lado jadeando. Mara me soltó las esposas y me besó con una calma casi tierna que contrastaba con todo lo que me habían hecho.
Quedamos los tres tendidos en la cama, sudados, agotados, todavía con la respiración desordenada. Nerea tenía una pierna sobre mi muslo. Mara apoyó la cabeza en mi hombro.
—No estuvo mal para una mañana cualquiera —dijo.
Me reí, todavía recuperándome.
—Era de mañana cuando empezó. Ahora ya no sé ni qué hora es.
Nerea levantó la cabeza y sonrió con descaro.
—Entonces mejor. Así mañana podremos empezar otra vez sin mirar el reloj.
Nadie respondió enseguida. No hacía falta. Después de cómo me habían usado, de cómo me habían puesto de rodillas y me habían llevado de una a otra durante todo el día, la promesa quedó suspendida en el aire como algo perfectamente posible.
Y lo peor, o lo mejor, fue darme cuenta de que ya estaba deseando obedecer otra vez.
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