La luchadora lesbica que me salvó del infierno
Fui a verla pelear y terminé besándola en un callejón, con la sangre aún fresca en su boca y unas ganas salvajes de hacerla mía.
Fui a verla pelear y terminé besándola en un callejón, con la sangre aún fresca en su boca y unas ganas salvajes de hacerla mía.
Todo empezó con una videollamada indecente y acabó en un club privado donde mi esposa decidió no ponerle límites a nada.
Mi vecina volvió al amanecer con las piernas temblando y una sonrisa indecente; cuando me contó lo del club, no pude dejar de imaginarlo.
Cada viernes quedaba de servicio en el bar, con el collar puesto y la orden de abrirme para cualquiera que quisiera usarme.
Fui al club pensando en unas copas y terminé de rodillas, con la boca llena y el cuerpo pidiendo más de lo que creía soportar.
Fui a ese club pensando en unas copas y un encuentro pendiente, pero salí en un coche con dos hombres que ya habían decidido cómo me querían usar.
Fuimos a mirar y nada más, o eso dijimos antes de sentarnos en aquel sofá y notar demasiadas manos donde no debían.