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Relatos Ardientes

La confesión del castigo que me pidió de rodillas

No dijo nada cuando entró en mi apartamento, pero no hacía falta. La culpa se le veía en la cara y el deseo también. Esa mezcla me excitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Cerró la puerta con cuidado, como si un ruido brusco pudiera romper algo delicado entre nosotros, y se quedó mirándome esperando una señal.

Yo estaba sentada en el borde del sofá, con las piernas cruzadas y una copa intacta en la mesa. No había bebido porque quería disfrutarlo todo con la cabeza clara. Su respiración ya venía alterada, sus manos no sabían dónde ponerse y su bulto bajo el pantalón lo delataba mejor que cualquier palabra.

—Cierra bien y echa el seguro —le ordené, sin alzar la voz.

Obedeció de inmediato. Eso ya me dijo en qué estado venía. Un hombre adulto, orgulloso en cualquier otro contexto, y allí estaba, tragando saliva y siguiendo cada instrucción como si llevara días necesitándolas.

Se llamaba Darío, aunque no era ese el nombre con el que lo conocí meses atrás, cuando todo esto empezó como un juego de mensajes, retos tontos y promesas a medias. Había aprendido a provocarme y también a fallarme. Me prometía que aguantaría, que cumpliría, que no iba a correrse antes de tiempo cuando yo se lo pidiera por videollamada, que no rompería las reglas, que sería obediente. Y luego terminaba jadeando, pidiéndome perdón y confesando que había hecho exactamente lo contrario.

A mí no me molestaba el error. Me ponía caliente la consecuencia.

—Acércate —le dije.

Vino hasta quedar a un paso de mí. Lo miré despacio, desde la mandíbula tensa hasta el bulto endurecido de su entrepierna. Llevaba camisa oscura, mangas remangadas y esa cara de hombre cansado que, en vez de restarle atractivo, lo volvía más fácil de imaginar arrodillado. Levanté la mano y deslicé un dedo por su cuello, notando el pulso acelerado. Bajé por el centro del pecho, por el abdomen, hasta rozar apenas el cierre del pantalón.

Contuvo el aire.

—Sabes por qué estás aquí, ¿verdad?

—Sí —murmuró.

—No te oigo.

—Sí, lo sé.

Sonreí. —¿Y por qué?

Bajó la mirada. —Porque no cumplí.

—Porque me mentiste —lo corregí—. Y porque te corriste cuando te dije que no lo hicieras.

Sus mejillas se tensaron con una vergüenza que no le quedaba mal. Al contrario, le encendía más la cara, más los ojos, más ese silencio hambriento que traía pegado al cuerpo. Yo me levanté despacio, dejándolo sentir mi cercanía, el roce de mi muslo contra el suyo, mi perfume pegándose a su respiración.

—Date la vuelta. Manos en la pared.

Lo hizo sin discutir. Apoyó las palmas, abrió un poco las piernas y enderezó la espalda. La imagen me arrancó una corriente caliente entre las piernas. Había algo obsceno en ver a un hombre hecho y derecho colocarse así por voluntad propia, esperando castigo con la polla medio dura y la cabeza baja.

Me situé detrás y pasé la palma por su espalda. Bajo la tela noté el calor, la tensión en los músculos, el leve estremecimiento que lo recorrió de arriba abajo. Metí los dedos bajo la camisa, subiéndola poco a poco hasta dejarle la cintura al aire.

—Por cada promesa vacía, un golpe —le susurré cerca del oído.

La primera palmada fue seca, firme, sin toda mi fuerza, pero sí con la intención suficiente para hacerle jadear. No se movió. Solo apretó las manos contra la pared. Le acaricié la zona enrojecida y solté otra, un poco más fuerte. Luego otra. El sonido llenó la sala con una autoridad simple y brutal que me hizo humedecerme más.

—Cuenta.

—Una —dijo con la voz ya rota.

Le di otra palmada. —Dos.

La quinta lo hizo doblar apenas las rodillas. La séptima le arrancó un gemido ronco que intentó tragarse. La décima ya le tenía la respiración completamente desordenada. Yo alternaba golpes con caricias, dejando que mi mano calmara lo mismo que acababa de provocar. No quería dañarlo. Quería marcarlo. Quería que el castigo le recorriera la piel y se le metiera en la polla hasta volverlo loco.

—Eres malo —le dije, pasando las uñas con suavidad por la marca caliente de sus nalgas—. Muy malo. Y, aun así, mírate. Estás a punto de chorrear del gusto.

Él dejó escapar una risa mínima, nerviosa. —Sí.

—No te he dado permiso para disfrutarlo tanto.

Le bajé el pantalón y la ropa interior hasta medio muslo. La polla se le levantó libre, dura, pesada, con la punta brillante. Verla así, tiesa mientras yo le ardía el culo a palmadas, me hizo apretar los dientes. Le rodeé la base con una mano y apreté apenas, lo justo para que gimiera.

—Ni se te ocurra correrte otra vez sin permiso.

—No lo haré.

—Eso ya me lo dijiste antes.

Le di un tirón del pelo en la nuca, corto y preciso. Después llevé dos dedos a su boca. —Chupa.

Abrió los labios y los tomó sin dudar, mirándome de reojo como podía. Los humedeció bien, obediente, y yo saqué los dedos lentamente para bajarlos entre sus nalgas, primero por fuera, tanteando, presionando apenas sobre el agujero cerrado que se contrajo al sentirme. El gemido que soltó me golpeó directo en el coño.

—Así me gusta. Quieto y abierto para mí.

Volví a frotar esa entrada con dedos mojados, lento, circular, solo rozando. Con la otra mano seguía sujetándole la polla, no para masturbarlo de verdad, sino para recordarle todo el tiempo dónde estaba su excitación y quién la controlaba. Él empujó apenas las caderas hacia atrás, buscando más.

Le pegué otra palmada. —No te muevas si no te lo ordeno.

—Perdón.

—Me encanta oír eso cuando ya tienes la polla temblando.

Metí un dedo de golpe. Jadeó tan fuerte que casi chocó la frente con la pared. Lo dejé dentro un segundo, sintiendo cómo apretaba, cómo intentaba acostumbrarse, cómo el cuerpo entero se le convertía en una sola zona sensible. Lo saqué despacio y volví a entrar más hondo. La tercera vez añadí un segundo dedo.

—Joder... —se le escapó.

—Di la frase completa.

—Joder, por favor.

—Mejor.

Empecé a mover los dedos dentro de él con un ritmo lento, firme, abriéndolo poco a poco, mientras mi pulgar masajeaba por debajo de la polla y la otra mano seguía castigándole el culo con palmadas espaciadas. Cada golpe lo hacía cerrarse sobre mis dedos. Cada caricia posterior lo desarmaba más. Yo sentía la humedad empapándome la ropa interior y el deseo de verle la cara ya me estaba venciendo.

Lo giré de la nuca y lo empujé hasta ponerlo de espaldas contra la pared. Su expresión era exactamente la que quería: ojos empañados, labios entreabiertos, pecho subiendo y bajando como si acabara de correr. Me agaché, le besé el cuello y mordí el lóbulo con lentitud, dejando una marca pequeña.

—Mírate —le dije—. Viniste a pedir perdón y ya estás rogando que te use.

—Sí.

—Qué fácil eres cuando se te pone dura.

Le desabroché el cinturón del todo, bajé el pantalón hasta los tobillos y me arrodillé delante de él. La polla me quedó a la altura de la boca, tiesa, caliente, palpando en el aire. Le di una palmada suave con la punta de los dedos y se estremeció de pies a cabeza.

—No te corras —repetí.

Le pasé la lengua por la punta, recogiendo el líquido transparente que ya asomaba. Sabía salado, íntimo, excitado. Lo miré mientras abría la boca y me la metía despacio, sintiendo cómo pesaba sobre la lengua. Subí y bajé una vez, dos, tres, apenas provocándolo. Quería que sufriera. Quería que pensara que ya estaba recibiendo lo mejor cuando apenas estaba entrando en calor.

Sus dedos se tensaron a ambos lados del cuerpo, pero no me tocó. Bien. Había aprendido. Hundí más, dejándole la polla casi entera dentro, y lo escuché soltar un gemido grave, animal, que me hizo meter otra mano entre mis piernas por encima de la ropa. Froté mi clítoris mientras lo mamaba, disfrutando su olor, el tirón de sus músculos, el control absoluto de su silencio.

Saqué la polla con un sonido húmedo y empecé a lamerle los huevos, a besarlos, a chupar con fuerza alternando con pequeñas mordidas. Él tenía las rodillas flojas. Yo podía verlo. Y me encantaba ser la causa.

—Dime cuánto me debes —le ordené antes de volver a lamerle desde la base hasta la punta.

—Todo.

—No. Dilo bien.

Le rodeé la polla con la mano y apreté mientras hablaba. —Te debo todo. Mi corrida. Mi cuerpo. Lo que me pidas.

Ahí sí sonreí de verdad. Me levanté, lo besé en la boca y le dejé probar su propio sabor en mis labios. Besaba bien cuando estaba sometido: con hambre, con desesperación, con esa entrega torpe que no busca lucirse sino complacer. Le abrí la camisa de un tirón y empecé a besarle el pecho mientras lo guiaba a trompicones hasta el dormitorio.

***

La cama estaba hecha, pero no por mucho tiempo. Lo empujé sentado al borde y me aparté un paso para que me mirara. Tenía la cara roja, la polla dura, el culo marcado y los ojos clavados en mis manos. Lentamente me desabotoné la blusa, luego me bajé la falda, y me quedé de pie ante él con medias y ropa interior. No necesitaba desnudarme del todo para tenerlo al borde del delirio.

—Tócame solo si te lo digo.

—Sí.

Me acerqué hasta quedar entre sus piernas y tomé su mano. La guié hasta mi muslo, la subí un poco, y justo cuando sus dedos rozaban la tela húmeda de mi ropa interior, la aparté.

—Aún no. Primero vas a demostrarme que entendiste.

Lo hice arrodillarse junto a la cama. Su mirada subió hasta mí con una mezcla de reverencia y necesidad que me empapó todavía más. Separé las piernas y deslicé la ropa interior a un lado.

—Come.

No necesitó que se lo repitiera. Se inclinó y me pasó la lengua de abajo arriba, lenta al principio, saboreando, abriendo bien la boca para recoger mi humedad. Solté el aire de golpe y le agarré el pelo. Eso era. Quería verlo así: entre mis piernas, usando la lengua para pagar cada mentira.

Le marqué el ritmo con la mano en la nuca. Cuando lo hacía bien, aflojaba. Cuando flojeaba, apretaba y le frotaba la cara contra mi coño hasta que volvía a lamer con hambre. Metió la lengua más firme, buscó el clítoris, succionó apenas, y mi cadera respondió sola empujándose contra su boca.

—No pares. Así. Joder, así.

Él gemía contra mí mientras me comía, y esa vibración me subía por el vientre como una descarga. Le abrí más el ángulo con los dedos en el pelo y lo usé sin pudor, restregándome cuando me convenía, obligándolo a quedarse exactamente donde yo quería. La mezcla entre su sumisión y mi placer me puso tan al límite que acabé corriéndome rápido, con un espasmo fuerte que me hizo sentarme medio segundo en el borde de la cama para no caer.

Él siguió lamiendo hasta que lo aparté. Tenía la boca brillante y la respiración rota. Le di una bofetada suave en la mejilla, apenas un gesto, y luego lo besé.

—Ahora sí estás empezando a pagar.

Me quité la ropa interior del todo y busqué en el cajón la caja de preservativos y un lubricante. Cuando volvió a verlos en mi mano, la polla le dio un tirón tan visible que no pude evitar una risa baja.

—Te gusta cuando te dejo claro lo que voy a hacerte, ¿no?

—Sí.

—A cuatro patas en la cama.

Obedeció rápido, sin dignidad y sin arrepentimiento, que era como más me gustaba. Le eché lubricante entre las nalgas y extendí con los dedos, masajeando alrededor del culo enrojecido por las palmadas. Entré primero con uno, luego con dos dedos, luego tres, trabajándolo con paciencia pero sin dulzura vacía. Quería abrirlo de verdad, que sintiera la invasión, el estiramiento, la necesidad de relajarse para recibirme.

—Respira y afloja —le dije mientras el tercer dedo entraba hasta el fondo—. Si aprietas, te va a costar más.

—Sigue... por favor.

Le masturbé la polla al mismo tiempo, lento, haciendo que el placer y la incomodidad se mezclaran hasta que ya no pudiera separarlos. Su espalda se arqueó. Tenía la cabeza hundida en la sábana y el culo ofreciéndoseme abierto por mis dedos. La visión me terminó de encender.

Me puse de rodillas detrás, abrí el preservativo con los dientes y me lo coloqué en la polla del arnés que guardaba para noches así. No era la primera vez que lo usábamos, pero sí la primera en la que él venía de verdad a pedir castigo. Le apoyé la punta entre las nalgas y lo escuché contener el aire completo.

—Última oportunidad para arrepentirte —murmuré.

Movió la cabeza. —No.

Empujé despacio. La primera resistencia cedió con un gemido grave que le salió de muy adentro. Avancé poco a poco, sintiendo cómo su cuerpo se abría, cómo intentaba acostumbrarse al grosor, cómo cada centímetro lo iba llevando de la tensión al placer más crudo. Cuando estuve completamente dentro, me quedé quieta unos segundos con las manos firmes en sus caderas.

—Dime quién manda.

—Tú.

—Dímelo mejor.

—Tú mandas. Haz conmigo lo que quieras.

Entonces empecé a follármelo.

Primero lento, con embestidas profundas que lo hacían avanzar sobre la cama y volver contra mí. El sonido húmedo del lubricante y de sus jadeos llenó el cuarto. Cada vez que salía casi por completo, él intentaba seguirme hacia atrás, desesperado por no perder la presión. Cada vez que volvía a entrar hasta el fondo, soltaba un gruñido ronco que me empapaba de poder.

Le agarré la nuca y aceleré. Las embestidas se volvieron más secas, más seguidas, más jodidamente obscenas. El culo todavía caliente por las palmadas rebotaba contra mis muslos, y yo alternaba golpes de cadera con manotazos sobre la piel enrojecida. El contraste lo enloquecía. Lo notaba en cómo apretaba, en cómo se le escapaban las palabras.

—Joder... sí... así... no pares...

—Qué sucio te pones cuando te abren el culo —le dije, dándole otra palmada—. Viniste a pedir perdón y ahora solo quieres que te follen.

—Sí. Sí. Quiero eso.

—¿Quieres que te castigue así?

—Sí, por favor. Más fuerte.

Eso hice. Lo sujeté por las caderas y le di más duro, clavando el ritmo hasta hacerlo temblar. La cama golpeaba la pared con un compás brusco. Sus gemidos se volvieron más altos, menos controlados, y tuve que agarrarle el pelo para levantarle la cara y obligarlo a tragarse un poco de su propia vergüenza.

—Mírame.

Se giró como pudo, con la boca abierta, los ojos medio perdidos. Seguí follándolo sin bajar el ritmo. —Te gusta que te usen, que te marquen, que te tengan así de abierto.

—Sí —dijo casi sin voz.

—Y te vas a correr solo cuando yo lo decida.

Le metí una mano por debajo del cuerpo y le agarré la polla. Estaba tan dura que latía en mi palma. Empecé a masturbarlo al mismo tiempo que lo penetraba, coordinando el movimiento con cada embestida. Ahí perdió del todo el control. Su espalda se arqueó, las piernas le flaquearon y empezó a suplicar en frases cortadas.

—Por favor... por favor... déjame...

—Todavía no.

Aflojé la mano de golpe y seguí solo con las embestidas. La frustración lo hizo gemir con rabia. Sonreí. Eso también era parte del pago. Volví a meterle dos dedos en la boca desde atrás cuando se incorporó un poco.

—Chupa.

Lo hizo mientras yo le follaba el culo con un ritmo brutal, usando su boca para silenciar lo que el cuerpo no podía callar. Luego saqué los dedos y le agarré la mandíbula.

—Date la vuelta.

Lo giré sobre la cama y quedó boca arriba, sudado, con el pecho subiendo a tirones y la polla erguida contra el vientre. Le levanté las piernas, empujando sus rodillas hacia el pecho, y volví a metérsela de frente. Entró con facilidad esta vez, húmedo y abierto ya para mí. Él lanzó un grito ahogado que se convirtió en un gemido largo cuando empecé a entrar y salir sin compasión.

Verle la cara era otra cosa. Podía mirar cómo se le deshacía la expresión cada vez que lo llenaba hasta el fondo. Podía verle la garganta tensarse, la boca buscar aire, la polla botando sola entre nosotros. Le escupí en la punta y empecé a masturbarlo otra vez, más rápido, mientras lo seguía penetrando con golpes profundos.

—Ahora sí. Córrete cuando te lo diga.

—Dímelo... joder, dímelo...

Le di dos embestidas especialmente fuertes, de esas que hacen que todo el cuerpo se sacuda. —Córrete.

Se corrió al instante, con un gemido roto que casi fue un ladrido, manchándose el abdomen y mi mano a chorros. No dejé de penetrarlo mientras se corría. Al contrario. Seguí unas cuantas embestidas más, aprovechando cómo apretaba involuntariamente, cómo el orgasmo lo dejaba temblando, abierto, indefenso. Luego me detuve muy adentro y lo besé con la respiración mezclada.

Estaba demasiado excitada para terminar ahí. Salí despacio, me quité el arnés y me senté sobre su cara antes de que pudiera recuperar el aire. —Todavía no he terminado yo —le dije.

Él apenas tuvo tiempo de asentir antes de que le cubriera la boca con el coño. Bajé el cuerpo y empecé a frotarme contra su lengua, aprovechando su agotamiento como otra forma de obediencia. Tenía la boca hinchada, la barbilla húmeda y aun así siguió lamiendo, terco, servicial, exacto donde lo quería.

Me agarré al cabecero y me moví sobre su cara con descaro, usando su lengua y su boca hasta que otra subida caliente me cerró el vientre. Esta vez el orgasmo vino más largo, más sucio, con las piernas temblándome a ambos lados de su cabeza. Le apreté los muslos contra las orejas mientras me corría y solo lo solté cuando el cuerpo dejó de latirme.

***

Caí a un lado de la cama y nos quedamos respirando en silencio unos segundos. Él seguía boca arriba, con el pecho marcado por mis uñas, el abdomen manchado de corrida y las nalgas todavía rojas. Le pasé la mano por el vientre, despacio, casi tierna, y luego le limpié con una camiseta vieja que había dejado a propósito cerca de la cama.

—Mírate —le dije.

Le alcancé el espejo pequeño del tocador. Observó su propia cara deshecha, la mordida en el lóbulo, la marca leve en la mejilla, el agotamiento satisfecho. Después bajó la vista a su cuerpo y soltó una risa incrédula.

—Parezco un desastre.

—Pareces alguien que por fin entendió la advertencia.

Me miró como si quisiera besarme y arrodillarse al mismo tiempo. Eso me enterneció un poco, aunque no lo suficiente como para volverme blanda. Le acaricié la nuca y apreté justo lo necesario para recordarle quién había llevado el ritmo toda la noche.

—La próxima vez que te dé una regla, la cumples.

—La cumpliré.

—Y si no la cumples...

Sus labios se curvaron. —Volveré a pagarlo.

Le di un beso corto, sucio todavía por el sexo y por el poder. —Eso pensé.

Se incorporó con cuidado, notando en el gesto el castigo en el culo y el cansancio entre las piernas. Lo mandé a ducharse mientras yo cambiaba las sábanas más arrugadas. Cuando salió, con el pelo húmedo y una toalla en la cintura, volvió a parecer un hombre normal. Casi. Porque en los ojos se le había quedado algo mío.

Se acercó a la puerta para vestirse y yo recogí mi bolso. Antes de que se fuera, lo llamé otra vez. Volvió, obediente, y le abrí la toalla de un tirón para mirarlo una última vez. Flácido ya, marcado, rendido. Le pasé los dedos por el pecho y sonreí.

—Prepárate, madurito. La próxima no pienso dejarte salir de la cama en toda la noche.

Él tragó saliva y me sostuvo la mirada. —Entonces procuraré portarme mal.

Me reí, baja, maliciosa, tal como a él le gustaba. —Eso ya lo sé. Lo que todavía no sabes es cuánto peor puedo ponerte.

Lo dejé ir con esa promesa pegada al cuerpo. En cuanto se cerró la puerta, me llevé los dedos a la boca recordando su sabor y la forma en que había temblado al primer golpe. La deuda no estaba saldada del todo. Los dos lo sabíamos. Por eso aquella noche no terminó como una despedida, sino como el inicio de una costumbre.

Su confesión había sido simple. Había venido a decirme que no podía dejar de pensar en mí, en mis órdenes, en mis castigos, en cómo se corría cuando yo se lo prohibía y en cómo deseaba pagar cada falta con el cuerpo entero. La mía fue más silenciosa, pero más honesta: tampoco quería clemencia.

Quería repetirlo.

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Comentarios(4)

ManuelSR

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo por aca

LectoraPasional

Por favor seguí, me quede con muchas ganas de saber que paso despues. Excelente ritmo.

CuriosoNomade

jaja que apertura, me enganche desde el primer parrafo sin darme cuenta

Malu_cba

Me recordo a una situacion que viví hace un tiempo... hay confesiones que se sienten demasiado reales, jaja. Muy bueno.

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