Su sumisión a diez mil metros de altura
El bullicio de la terminal era el telón perfecto para lo que tenía planeado. Lisboa quedaba atrás, pero el destino de esta vez era Montevideo y el juego iba a subir de nivel. La arrinconé en un hueco apartado, antes del control de seguridad, y la miré sin prisa. Su piel clara resaltaba bajo las luces frías del aeropuerto y sus ojos oscuros me buscaban con esa mezcla de miedo y entrega que tanto me gustaba en ella.
Sin decir una palabra, saqué dos dispositivos de la mochila: uno vaginal y otro anal, ambos de silicona negra y con control por Bluetooth.
—Póntelos —ordené en voz baja—. Los dos. Ahora.
La vi tragar saliva, consciente del riesgo. Extendí la mano, esperando el tributo.
—A cambio quiero tu tanga. No quiero que nada se interponga entre tú y yo durante las próximas doce horas.
Asintió y se escabulló hacia los baños mientras yo vigilaba la entrada. Volvió caminando con una rigidez deliciosa y me entregó un trozo de encaje tibio que guardé en el bolsillo. En su mirada noté que ya sentía la doble invasión reclamando su sitio.
Había elegido los asientos con precisión: la última fila, donde el fuselaje se estrecha y deja un pequeño pasillo propio, lejos del trasiego del resto del pasaje. Ella en el centro, yo en la ventanilla. A su otro lado se acomodó una mujer de unos cuarenta y tantos, de aire sofisticado y labios pintados de granate, ajena por completo a lo que estaba a punto de presenciar. Cuando el avión empezó a rodar, abrí la aplicación en el móvil y dejé el dedo suspendido sobre la barra de intensidad.
***
El rugido de los motores inundó la cabina. El avión aceleró por la pista y la fuerza nos clavó contra el respaldo de cuero. Miré de reojo a mi sumisa: los nudillos blancos sobre el apoyabrazos, la mirada fija al frente, intentando procesar lo que llevaba dentro. Deslicé ambos diales hasta el tope justo cuando el morro se levantaba hacia el cielo.
Su espalda se arqueó. El zumbido de los juguetes quedó camuflado bajo el estruendo del despegue, pero el efecto en ella fue demoledor. Un quejido agudo se le escapó entre los dientes, tan húmedo y desesperado que la mujer del pasillo bajó la revista de golpe.
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó, ladeando la cabeza con una ceja arqueada.
Mi sumisa no podía hilar una palabra. Tenía los ojos perdidos, la respiración convertida en un silbido entrecortado, las mejillas tan encendidas que las pecas parecían brasas.
—Solo le dan pánico los despegues —respondí por ella, esbozando media sonrisa mientras cambiaba el patrón de vibración a uno irregular que la hacía dar saltitos en el asiento—. Se le pasará al llegar a la altitud de crucero. ¿Verdad que sí?
Ella asintió con un movimiento espasmódico. La mujer no apartó la vista enseguida; se quedó observando su pecho agitado, sus labios temblorosos. Había en ella una chispa de reconocimiento, de quien sabe que ese tipo de pánico no se siente en la garganta, sino mucho más abajo.
Le sostuve la mirada por encima de la cabeza de mi chica y, con un gesto mínimo del pulgar, activé el impulso máximo. Mi sumisa enterró la cara en mi hombro para ahogar el grito y me clavó las uñas en el muslo.
—Parece que va a ser un vuelo largo —comentó la desconocida, con la voz un tono más grave y una sonrisa que empezaba a volverse cómplice.
—El más largo de su vida —sentencié, guardando el móvil pero dejando todo al máximo.
***
El «ding» que liberó los cinturones fue mi señal de salida. Las luces de la cabina se habían atenuado y nuestra fila quedaba en penumbra. Saqué de la mochila un antifaz de seda negra y unas cintas de velcro.
—Póntelo —le dije, extendiéndole la venda—. No quiero que veas nada de lo que viene.
—Darío... por favor —susurró ella, con la voz quebrada por la vibración que seguía rugiéndole dentro.
—No te he dado permiso para hablar. Solo para obedecer.
Se colocó la seda y se hundió en una oscuridad absoluta. Le aseguré las muñecas a los reposabrazos. Quedó inmovilizada, el pecho subiendo y bajando sin ritmo, la piel erizada por el aire acondicionado.
—¿Qué le está haciendo? —preguntó la mujer, con una voz que oscilaba entre la indignación fingida y una curiosidad voraz.
—Darle exactamente lo que necesita —contesté sin mirarla—. Y usted podría aprender un par de cosas si deja de disimular.
Bajé la intensidad anal al mínimo y puse la vaginal en un modo de oleaje, una marea que subía y bajaba. Empecé a acariciarle los muslos por debajo de la falda, subiendo hasta rozar su entrada, ardiente y empapada. El contraste entre mis dedos fríos y el calor de los juguetes le arrancó un sollozo seco.
—Mírela —le dije a la desconocida, señalando cómo le temblaban las piernas—. No sabe dónde estoy ni quién la observa. Solo siente cómo la deshago por dentro.
Empecé a masajearle el clítoris con una presión firme, coordinándome con los impulsos de la aplicación. Mi sumisa jadeaba sin pudor, olvidando que había cientos de personas dormidas a unos metros. Sus caderas buscaban una liberación que yo le dosificaba con crueldad.
—Me voy a correr... Darío, ya... —gimió, echando la cabeza hacia atrás.
—Hazlo —ordené, subiéndolo todo al máximo de golpe.
El espasmo la atravesó entera. Un calor líquido le brotó con tal fuerza que me empapó los dedos y goteó desde el borde del asiento. Quedó balbuceando, con la cara bañada en un rubor violáceo. La mujer de al lado no pudo despegar los ojos del rastro de humedad.
—Dios mío —susurró la pasajera, llevándose una mano al pecho.
—Esto es solo el principio —le dije, quitándole la venda a mi chica—. Ahora que estás bien abierta, nos vamos al baño. Muévete.
***
La empujé hacia el cubículo y eché el pestillo con un golpe metálico. El espacio era asfixiante, olía a desinfectante y el rugido de los motores parecía salir de las paredes. La giré de espaldas y le aplasté el pecho contra el espejo frío.
—Darío, aquí no, nos van a oír —susurró, ahogada entre el pánico y el deseo.
—Que escuchen. Que sepan que te estoy usando a diez mil metros —respondí, subiendo los juguetes al máximo desde el bolsillo.
Su grito murió contra la pared mientras le subía la falda. La penetré de un solo golpe, hundiéndome en su humedad. La frente se le empañó contra el espejo con cada embestida. La tomé con un ritmo salvaje, sabiendo que el ruido del avión se tragaba casi todos sus gemidos. Mis manos se le clavaron en las caderas, dejando marcas rojas sobre su palidez.
—Dilo. Di lo que eres —le exigí, con un azote que resonó en el habitáculo.
—Soy tuya... úsame, Darío, más fuerte —gimió, con la cara pegada al metal, perdiendo la frontera entre el dolor y el placer.
Cuando llegué al final lo hice apretándola contra la pared, vaciándome en su interior mientras los dispositivos seguían martilleándola. Quedó colgando de mis brazos, las piernas fallándole.
—Límpiate y sal. La función no ha terminado —le dije, abriendo la puerta.
***
El monitor anunciaba el descenso. Las luces volvieron en un tono anaranjado que hacía resaltar las ojeras de mi sumisa y su piel algo sudada. La desconocida de la fila ya ni fingía leer.
—Quedan quince minutos para tocar suelo —le dije, deslizándole la mano por la nuca y obligándola a agacharse en el pasillo de nuestra fila—. Sabes qué toca para celebrar, ¿verdad?
—Darío... ella nos está mirando —susurró, con los ojos clavados en la pasajera.
—Precisamente por eso lo vas a hacer. Baja.
Obedeció, hundiéndose entre mis piernas mientras yo me desabrochaba con una calma insultante. La mujer del pasillo se inclinó un poco más, con la boca entreabierta y un brillo de excitación mal disimulada. Mi sumisa empezó a trabajar con la boca, desesperada, mientras yo ponía los juguetes en un pulso constante que la mantenía en trance.
—¿Le gusta lo que ve? —le solté a la desconocida—. ¿Cree que no nos dimos cuenta de cómo nos miraba?
La mujer se humedeció los labios y bajó la vista.
—Es... difícil no mirar algo tan intenso —admitió con una voz ronca que la delataba.
Cuando el clímax se volvió inevitable, agarré a mi sumisa del pelo y me corrí en su boca justo cuando el avión inclinaba el morro. La mantuve ahí, asegurándome de que lo tragara todo.
—Arriba —ordené, tirando de ella.
Tenía los labios brillantes y un rastro en la comisura. Señalé a la mujer de al lado.
—Bésala. Que pruebe a qué sabe tu dueño.
Sin dudarlo, mi chica se inclinó sobre el asiento y estampó su boca contra la de la pasajera. Fue un beso húmedo, compartido. La desconocida no se apartó: le rodeó el cuello con las manos, aceptando el intercambio con una avidez que me hizo reír. Cuando se separaron, las dos jadeaban, unidas por el secreto de aquel vuelo.
—Al baño —le dije a mi sumisa—. Sácate los juguetes, límpialos y tráemelos.
Volvió minutos después y me los dejó en la palma, fríos y limpios. Los guardé. Le devolví el trozo de encaje que había viajado en mi bolsillo.
—Póntelo. Quiero que bajes de este avión vestida como una mujer decente, aunque las dos sepamos que por dentro estás deshecha.
***
El asfalto de Carrasco vibró bajo las ruedas. Mientras cruzábamos la terminal, mi sumisa avanzaba con una rigidez elegante, ocultando bajo la ropa el caos que acababa de vivir. Montevideo nos recibió con un aire húmedo que le pegaba el pelo a la nuca. Un taxi nos llevó por la rambla hasta el hotel, en pleno centro.
En cuanto la puerta de la habitación se cerró, no la dejé ni soltar la maleta. La empujé contra la pared del recibidor y la besé con una posesión cansada.
—Bienvenida a Uruguay —le dije—. ¿Creías que el hotel era para descansar?
—No... Darío, por favor —jadeó, con los ojos casi negros.
Le subí el vestido y le bajé la tanga que acababa de devolverle. La penetré de un empujón, rápido y rudo, para marcar territorio en el nuevo continente. Cuando terminé me retiré y la dejé caer de rodillas sobre la alfombra.
Saqué de la maleta una cajita de terciopelo. Dentro brillaba un collar de plata con el dije de una loba. Se lo cerré alrededor del cuello con la precisión de quien echa un candado.
—Esto es para que no olvides nunca lo que eres —sentencié—. Mi loba, mi propiedad. Ahora arréglate. Vamos a conocer la ciudad y quiero que camines a mi lado con esto bien a la vista.
***
Salimos bajo un sol de tarde. Nos subimos a un ómnibus que cruzaba la avenida 18 de Julio, casi lleno, lo que nos obligó a apretarnos junto a la puerta trasera. Fue entonces cuando la vi: una chica menuda, universitaria a juzgar por los libros que apretaba contra el pecho. Apenas pasaba el metro y medio. Tenía la piel clara con subtonos rosados, una cara redonda de rasgos definidos y unos ojos castaños que saltaban de mi sumisa a mí con una curiosidad eléctrica. El pelo corto, lleno de rulos.
Lo que más me llamó la atención fue cómo sus pechos, grandes para su contextura, se agitaban mientras me veía deslizar la mano por el cuerpo de mi loba sin ningún disimulo. La universitaria se mordía el labio. Su respiración se había vuelto irregular. Supe en el acto que ella quería lo mismo: quería ser sometida.
Aproveché un frenazo para sentarme a su lado, dejando a mi sumisa de pie, vigilando. Le puse una mano firme sobre el muslo.
—Qué descarada eres —le susurré al oído.
No se apartó. Cerró los ojos y asintió, entregándose al contacto de un extraño en mitad del transporte público.
—Cuando bajemos, bájate con nosotros. Vamos a nuestro hotel —ordené.
Me levanté sin esperar respuesta. Sabía que nos seguiría.
***
Bajamos cerca de la rambla y caminamos bajo los jacarandás. Detrás de nosotros sonaron sus pasos rápidos. Nos detuvimos frente a la fachada del hotel y me giré para encararla. Temblaba, con los rulos despeinados por el viento.
—Síguenos —solté, seco.
Subimos en el ascensor en silencio. Entramos en la habitación del piso veintiuno y cerré con doble vuelta. La universitaria se quedó en el centro de la alfombra, pequeña y desorientada.
—No sé cómo te llamas —le dije, acercándome hasta cubrirla con mi sombra—, pero a partir de ahora eres mi juguete. ¿Entendido?
Bajó la cabeza y asintió.
—Dilo más alto, mirando a mi loba a los ojos —exigí, agarrándola del mentón.
—Sí, amo —repitió, y se le humedecieron los ojos al verbalizar su propia entrega.
Mi sumisa la observaba con una curiosidad de depredadora. Se acercó, le pasó una mano por el pelo corto y terminó con un tirón seco que la obligó a arquear la espalda.
—Bienvenida al juego —dijo mi chica, con una voz nueva, de quien ya sabe lo que es estar en ese sitio—. Darío no tiene piedad con las que llevan la contra.
Saqué de la mochila el equipo: gomas elásticas, una vela de cera roja de bajo punto de fusión y unos palillos de madera.
—Desnudas. Las dos —ordené, sentándome en el sillón.
Mi loba se desnudó con la eficiencia de quien conoce el ritual, quedando solo con el collar sobre el pecho. La universitaria temblaba mientras dejaba caer su ropa. Su cuerpo reveló unas curvas compactas y firmes, endurecidas por el deporte, que contrastaban con su estatura.
—De rodillas frente a mi loba —exigí.
Encendí la vela y dejé caer la primera gota sobre su hombro. El grito que soltó fue agudo, una nota de dolor que se transformó en suspiro cuando la cera se enfrió sobre su piel.
—Te gusta que te marquen, ¿verdad? —le dije, vertiendo un hilo rojo que le bajaba por el escote.
Agarré uno de sus pezones, ya endurecido por el frío y el miedo, y lo aprisioné entre los dos palillos, asegurándolos con las gomas. La presión fue inmediata. Repetí la operación con el otro. La universitaria arqueó la espalda, jadeando, con los rulos empapados de sudor.
—Mírala —le dije a mi loba, dándole un azote a la nueva que resonó en toda la habitación.
—Es perfecta para jugar, amo —respondió, mordiéndole el lóbulo de la oreja a la chica, que sollozó de puro placer.
—No eres más que un juguete para nosotros —sentencié—. Y esto es solo el calentamiento.
***
Abrí el ventanal y el aire fresco de la noche entró de golpe. El piso veintiuno ofrecía una vista vertiginosa: las luces de la ciudad se extendían bajo nosotros y el rumor del tráfico era el único testigo. Arrastré a las dos hacia la baranda de cristal de la terraza, desnudas y temblando.
—Culo en pompa. Las dos. Ahora.
Se colocaron de espaldas a la ciudad, apoyando los antebrazos en el metal frío. Me puse detrás, alternando las manos entre sus sexos, que ya goteaban sobre el suelo.
—Vais a llegar al límite cinco veces —les susurré—. Pero no os daré permiso para estallar hasta la sexta. La que se corra antes, lo pagará caro.
Empecé a estimularlas con un ritmo frenético. La universitaria soltaba gemidos que se perdían en el viento; mi loba apretaba los dientes, luchando por contener la marea. Una, dos, tres veces las llevé al borde y me detuve justo cuando empezaban a convulsionar, negándoles el final con frialdad quirúrgica.
—Por favor, Darío, no puedo más —suplicó la universitaria, con la voz rota.
—Quinta vez. Aguantad —respondí, con un azote sonoro.
Cuando sentí que sus músculos estaban a punto de colapsar, inicié el sexto asalto y esta vez no me detuve. Apliqué una presión constante hasta que sus espaldas se arquearon como arcos tensos.
—¡Ahora! ¡Para mí! —rugí.
El efecto fue devastador. La universitaria fue la primera; un chorro transparente brotó de ella proyectándose hacia el vacío. Segundos después mi loba respondió con una intensidad aún mayor, empapando el cristal. Las dos quedaron espasmódicas, las piernas fallándoles.
—Mírate —le dije a la nueva, obligándola a ver el rastro de su propia derrota—. Mi loba te ha ganado hasta en esto.
***
Las arrastré de vuelta al interior. El aire acondicionado golpeó sus cuerpos todavía calientes. La universitaria estaba completamente ida; mi loba mantenía una chispa de orgullo herido en la mirada, aferrada al collar como a su único ancla.
—A la cama. Ahora.
Tumbé a la universitaria boca arriba, con las piernas abiertas, los pezones aún rojos por los palillos. Senté a mi loba a horcajadas sobre su cara, los sexos a milímetros.
—Mírame mientras la asfixias con tu humedad —le exigí, mientras me colocaba para penetrar a la nueva.
Me hundí en ella de un golpe seco. Su grito quedó ahogado bajo el cuerpo de mi loba. Era una imagen de pura depravación: yo tomándola con furia mientras mi chica le restregaba el sexo por la boca. Me incliné a besar a mi loba, saboreando el sudor de su piel, mientras las embestidas movían la cama por el suelo.
—¡Me voy a correr! —rugí.
En el último segundo saqué a mi loba y la obligué a mirarme de frente. Salí de la universitaria con un sonido húmedo y descargué todo en la boca abierta de mi chica. Lo aceptó entero, tragando cada chorro mientras la otra se retorcía debajo, llorando de pura sobrecarga.
—Trágatelo todo, loba mía —susurré, viéndola pasar la lengua por sus labios brillantes.
Me quedé en silencio, observándolas. La universitaria rota y vacía sobre las sábanas empapadas. Mi loba de rodillas a mi lado, reclamando su lugar de favorita con la mirada fija en su presa. El juego había alcanzado su clímax y la jerarquía estaba más clara que nunca.
Esto es para ti, mi loba: que vean de quién eres. Aunque te dé vergüenza, eso es justo lo que más te enciende.