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Relatos Ardientes

Me encadené sola esperando el castigo de mi amo

Dejé la nota sobre la mesa y volví a recorrer la habitación con la mirada. El sitio era viejo, un poco siniestro, y el viento se colaba por alguna rendija arrancándole gemidos a la madera. Podía terminar con todo en ese mismo instante. Podía buscar algo con lo que cubrirme, abrir la puerta y marcharme para no volver. O podía quedarme y hacer lo único que de verdad deseaba: ser suya.

Encontré la botella de agua y el trozo de pan que él había dejado, y también el collar y la cadena. Pasé el cuero alrededor de mi cuello y lo cerré con el candado. La llave la dejé sobre la mesa, a la vista, como una promesa. Medí con cuidado lo que la cadena me permitía moverme desde la tubería a la que estaba sujeta, y acomodé a mi alcance el agua, el pan y el cubo donde tendría que hacer mis necesidades.

Después, con la mano temblando, pasé el extremo de la cadena entre dos eslabones y los uní con un segundo candado. Cuando lo oí cerrarse, lancé las llaves lejos de mí, hacia la penumbra del rincón opuesto. Ya estaba hecho. Estaba encadenada, estaba sola y estaba completamente mojada.

Pasó una hora. Pasó otra. No llevaba reloj y el tiempo se volvió elástico, deforme. Di un trago de agua y noté cómo la luz iba muriendo al otro lado de la ventana sucia. Me tumbé sobre el viejo colchón, me tapé con las mantas raídas y dejé que la oscuridad me cubriera del todo.

***

Después de aquel primer castigo, el primero de verdad, entendí algo que ya no me abandonaría: debía comportarme con dignidad hacia él. Mi decisión de ser suya lo incluía todo, sin reservas ni letra pequeña. Mateo era mi dignidad, mi valor y mi miedo, todo a la vez. Si yo valía algo, era únicamente porque él me deseaba. Y entenderlo, lejos de hundirme, me hacía feliz.

Cuando aquel castigo terminó, se dedicó a curarme con una delicadeza que todavía me costaba creer. Era increíble cómo podía ser tan duro y, al minuto siguiente, tan atento y respetuoso. Me llevó a su cama, y para mí aquello no era un descanso cualquiera: era un regalo, un honor que no daba por sentado. Sin importar lo que me dolía el cuerpo, me entregué entera a darle placer.

Esa noche me penetró por detrás, despacio, sosteniéndome las caderas con las dos manos. Aprendí que había una clase de gozo en ser sometida de aquella forma, en abrirme para él sin reservar nada. Mis pechos también fueron aprendiendo, poco a poco, a soportar las pinzas y la cera caliente, a convertir el dolor en otra cosa.

***

Un día me llevó a pasear por un bosque cercano. Me había pedido que me pusiera ropa interior bonita, de encaje fino, bajo un vestido sencillo, aunque ya no era temporada y hacía frío. Nos metimos por un sendero estrecho y poco transitado, donde las copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz.

—Desvístete —dijo, sin más.

No lo dudé. No pensé siquiera en que alguien pudiera vernos. Me quité el vestido, la ropa interior, los zapatos, y los dejé hechos un montón sobre las hojas secas. El frío me erizó la piel y mis pezones se endurecieron al instante.

—Busca una vara —ordenó—. Algo flexible, pero firme. Voy a castigarte con ella, así que más vale que la elijas tú misma.

No le pregunté por qué tendría que castigarme. No hacía falta. Era suya, lo había comprendido del todo, y podía usarme como quisiera: prestarme, exhibirme o lo que se le antojara. Caminé descalza entre los troncos hasta que encontré una vara de eucalipto que me pareció adecuada. La probé doblándola entre las manos y se la llevé.

—Muy bien —murmuró, sopesándola—. Ponte contra ese árbol.

Apoyé el cuerpo contra el tronco rugoso de un eucalipto grande. Él tomó mis bragas, me cruzó los brazos por detrás del árbol y me ató las muñecas con ellas, ciñéndolas hasta que no pude moverme.

—Preciosa —dijo, casi para sí mismo.

El primer varazo cruzó mis nalgas y me dejó sin aire. Fue duro, mucho más de lo que esperaba. Apreté la mejilla contra la corteza y me mordí los labios para no gritar.

—¿Qué tal, zorra? ¿Crees que la vara está bien elegida o necesitamos hacer alguna prueba más? ¿No dices nada? Bien.

Llegó otro varazo. Y otro. Y otro más, en una progresión lenta y calculada que me hacía contar los segundos entre cada uno, sin saber nunca cuándo caería el siguiente.

—A mí me parece que cumple su función —comentó con calma—. ¿Qué opina la puta?

—Si a usted le parece bien, yo no tengo opinión —contesté, con la voz quebrada.

Me soltó las manos solo para girarme. Me puso de espaldas contra el tronco, con los pechos al aire y el frío mordiéndome, y volvió a atarme las muñecas detrás del árbol.

—¿Sabes que tus tetas son preciosas? —me las acarició y pellizcó mis pezones endurecidos hasta arrancarme un quejido—. Te gusta provocar con ellas, ¿verdad?

—Son solo suyas —respondí.

—No me lo creo. Seguro que disfrutas cuando te las soba cualquiera.

No dije nada. Sabía que cualquier respuesta sería usada contra mí, y el silencio también.

—¿Sabes una cosa? Creo que deben ser castigadas. Tengo muchas ideas para ellas. Empecemos por esto.

El varazo sobre mis senos fue brutal, doloroso de un modo distinto al de las nalgas. Grité. Soltó otro, y otro, hasta que lloré y le supliqué que parara. Eso era exactamente lo que buscaba. Mis lágrimas le gustaban tanto como mis gemidos.

—Es increíble lo dura que me la pones —dijo de pronto, con la respiración acelerada. Me liberó las manos—. Sácamela y hazme una buena mamada.

Me arrodillé sobre las hojas húmedas, le bajé la cremallera y me metí su polla en la boca. Aún temblando por los golpes, empecé a chupársela despacio, sin prisa, como sabía que a él le gustaba. No entendía del todo el sentido del castigo, pero ya había dejado de necesitar entenderlo.

—Mmm… tengo ganas de clavar esas tetas al árbol —jadeó, enredando los dedos en mi pelo—. ¿A que te gustaría? Joder, qué bien la chupas… respóndeme.

—Sí —dije, apenas separándome de él.

—¿Sí? ¿En serio? ¿Me dejarías hacerlo?

—Sí.

Sentí cómo se tensaba entero, excitado por la imagen que se estaba dibujando en su cabeza. No la pondría en práctica, lo sabía, pero el solo hecho de imaginarla, y de que yo se lo permitiera, lo encendía.

—Joder, qué bien, qué bien lo haces… —apretó mi cabeza contra su vientre para que me lo tragara todo, hasta la última gota.

Aquella tarde mi entrega fue perfecta. Me sentí increíblemente bien complaciéndolo, vaciándolo, sirviéndole de la única manera que de verdad me importaba.

***

Me había quedado dormida en aquel cuarto frío sin darme cuenta. Desperté en plena oscuridad, sin saber cuánto tiempo había pasado. Era de noche y hacía aún más frío que antes. Bebí un poco de agua, di un mordisco al pan y me di cuenta de que algo había cambiado.

Ya no estaba todo en silencio. Llegaban voces y golpes desde el piso de abajo, sonidos confusos de gente que iba y venía. Me asusté, pero al mismo tiempo me dije que aquello también era parte de la prueba. Lo que tuviera que venir, vendría, y yo lo soportaría por él.

No conseguía volver a dormirme. La postura era incómoda, el lugar lo era todavía más, y mis pezones seguían duros y sensibles por el frío. Cada crujido de la casa me ponía en alerta.

Entonces noté pasos. Escuché con toda mi atención. Alguien subía por la escalera. De repente temblé y caí en la cuenta de mi propia locura: estaba encadenada, completamente desnuda, y nadie en el mundo sabía que yo me encontraba allí. Cualquier cosa podía pasarme. Estúpidamente, como si eso pudiera protegerme, me hice un ovillo contra la pared.

La puerta se abrió.

Era un hombre. Distinguí el perfil de su barba recortado contra la penumbra. Se dejó caer pesadamente sobre el colchón, a mi lado, sin reparar en que yo estaba ahí. Apestaba a alcohol, un olor agrio que me revolvió el estómago. Dios mío, ¿qué he hecho? ¿Por qué mi dueño me castiga así?

De pronto notó mi presencia. Giró la cabeza hacia mí.

—¿Qué cojones haces en mi cuarto? Esto es mío…

Se calló de golpe al tocarme y sentir mi piel desnuda bajo su mano torpe.

—¿Qué coño eres tú? ¿Una tía? —me había agarrado un pecho, sin ninguna delicadeza—. Hostia, el tío ha cumplido… no jodas.

Y entonces, sin más, se quedó frito. La borrachera pudo con él antes de que su cabeza decidiera qué hacer conmigo. Yo me apreté todo lo que pude contra la pared, conteniendo la respiración. Me daba asco su olor y no quería ni imaginar su aspecto por la mañana, cuando le pasara la mona y se le despejara la mente.

Mientras él roncaba a mi lado, volví a refugiarme en el recuerdo de aquel bosque. La vara de eucalipto que desde entonces guardaba como un tesoro, y que él había seguido usando sobre mi cuerpo con esmero. Recordé cómo, al volver a casa esa tarde, fue él mismo quien me preparó un baño caliente, dulce, reparador, y me lavó con todo el mimo del mundo, acariciándome la piel dolorida como si fuera lo más valioso que tenía.

Sí, lo amaba. Estaba completamente enamorada de mi amo. Y sabía, con una certeza que no necesitaba palabras, que él también me quería. Cada prueba, cada castigo, cada noche encadenada en la oscuridad no era otra cosa que la forma en que él me dejaba demostrarle hasta dónde llegaba mi entrega.

Cerré los ojos. El borracho dormía. Afuera el viento seguía rascando las paredes. Y yo, encadenada y desnuda en aquel cuarto helado, esperé el amanecer pensando en él, sabiendo que volvería a buscarme, y que cuando lo hiciera, yo seguiría siendo suya.

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Comentarios (6)

Monika40

Increible!! me dejo sin palabras, muy buen relato

NocheEnRosa

La imagen del candado y la llave al inicio me atrapo al instante. Por favor que haya una segunda parte!!

LectorBA_77

Muy bien escrito, se nota que hay conocimiento del tema. El ritmo esta muy bien logrado, no se hace largo ni aburrido. Sigue publicando!

SantiR22

brutal jaja

CristalMdq

La tension de la espera es lo que mas me gusto. Me recordo vagamente a algo que lei hace tiempo pero este me parecio mejor logrado en ese aspecto.

GabyM_lect

Muy interesante. Hay mas relatos en esta linea?

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