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Relatos Ardientes

La tía Beatriz me enseñó a obedecer en su sótano

Golpeé la puerta de roble con los nudillos y esperé. Me había citado a esa hora exacta y sabía, por experiencia, que llegar un minuto tarde solo empeoraría las cosas. Estaba nervioso. Esta vez me había metido en un lío serio, de los que no se arreglan con una disculpa de pasillo. Siempre fui un tipo problemático, rebelde, incapaz de medir las consecuencias de nada, pero poco a poco había aprendido a contenerme. Y todo ese cambio se lo debía a una sola persona: mi tía Beatriz.

Beatriz era una mujer ya madura, cerca de los sesenta. No voy a adornarla: no era una belleza de revista. Era grande, de cuerpo ancho y pesado, de manos firmes y mirada que pesaba más que cualquier mano. Caminaba sin prisa, con esa autoridad lenta de quien sabe que nadie se va a atrever a apurarla. Lo importante de ella, en realidad, no era su físico. Era su carácter. No toleraba la desobediencia, ni los malos modos, ni las excusas. Cuando algo no era de su agrado, usaba el método que hiciera falta para imponer su voluntad. Y siempre, siempre, se salía con la suya.

La puerta se abrió. Me miró fijo, con un enfado que reconocí al instante. Llevaba meses sin darle motivos, pero esta vez había roto la racha de la peor manera posible. Días atrás, en la fiesta de fin de proyecto de la empresa, bebí más de la cuenta con un par de compañeros y terminamos burlándonos de una chica nueva hasta hacerla llorar. La cosa se nos fue de las manos. Alguien lo grabó, llegó a recursos humanos y ahora pesaba sobre mí una sanción que podía costarme el puesto. Era una bajeza. Todavía hoy me da vergüenza recordarlo.

Beatriz fue siempre la única capaz de corregirme. A mi madre nunca la respeté de verdad; a mi tía, en cambio, la obedecía sin discutir, porque ya me había enseñado en el pasado lo que costaba contrariarla. Donde mi madre claudicaba, ella ponía orden.

Sin decir palabra, me invitó a entrar con un gesto seco de la mano y cerró la puerta a mi espalda. Me di la vuelta y empecé a disculparme. Creí, ingenuo, que serviría de algo.

—Lo siento, tía. Anoche cometí un error. No volverá a pasar —dije, aunque ni yo me creía del todo.

—No quiero oír una sola palabra de tu boca —me cortó, con una voz baja y dura que asustaba más que cualquier grito—. Esta vez fuiste demasiado lejos. Te dije que no bebieras. Te emborrachás y te convertís en alguien despreciable. ¿Te sentís orgulloso de haber humillado a esa chica? ¿Te parece de valientes?

—No era mi intención… —insistí, más por miedo al castigo que por arrepentimiento real.

—Te dije que te calles —repitió—. Hoy vas a aprender a comportarte de una vez. Te lo prometo.

Me indicó que la siguiera. Sabía perfectamente adónde íbamos. Recorrimos un pasillo largo y bajamos por una escalera de madera que crujía bajo cada paso. Al fondo estaba la puerta del sótano. La abrió y me dejó pasar primero.

***

Lo primero que vi fue el caballete. Una estructura de madera maciza, alta, con travesaños cruzados entre las patas, algo a medio camino entre un potro de gimnasio y un banco de castigo. Construido a mano, sólido, pensado para una cosa: inmovilizar a alguien por completo. Lo conocía. Tenía recuerdos suyos grabados en el cuerpo.

El nerviosismo me subió por la garganta. Intenté disculparme una vez más, con la voz quebrada. Beatriz no me hizo el menor caso y cerró la puerta del sótano. El sonido del cerrojo retumbó en las paredes de piedra.

—Te lo voy a decir una sola vez. Inclínate sobre el caballete. Ahora —ordenó.

A regañadientes, me acomodé. Apoyé el vientre sobre la base de cuero, estiré los brazos hacia adelante y dejé caer las piernas atrás, tal como ella esperaba. Giré la cabeza y la vi sacar del bolsillo de su vestido unos guantes largos de goma, de esos de uso doméstico. Era su costumbre. Nunca castigaba con las manos desnudas; siempre se enfundaba los guantes primero, como un ritual.

—Hace demasiado que debería haber hecho esto —dijo mientras tiraba del látex sobre sus antebrazos. La goma chirriaba al ajustarse, y ese sonido me ponía la piel de gallina—. Fui demasiado blanda contigo. Hoy se acaba.

Del armario del rincón sacó una serie de brazaletes de cuero. Los conocía también. Me los ciñó uno a uno en las muñecas y los tobillos, los apretó contra la piel y cerró cada hebilla. Después aseguró cada brazalete a la madera con un pequeño candado metálico y giró la llave. Ahora no había forma de soltarme. Las llaves desaparecieron en su bolsillo, lejos de mi alcance.

Pataleé un poco, por instinto, sabiendo que era inútil. Estaba clavado al potro. El vientre sobre el cuero, las manos atadas a las patas delanteras, los pies a las traseras.

—Suéltame —dije, alzando la voz sin pensar—. Suéltame ahora mismo.

—Te advertí que cerraras la boca —respondió ella, tranquila—. Vas a aprender a estar callado.

Se llevó la mano al armario otra vez y volvió con un pañuelo grueso de tela y un rollo de cinta. Me sujetó la mandíbula, me obligó a abrir y me introdujo el pañuelo en la boca. Después rodeó mi cabeza con la cinta, vuelta tras vuelta, hasta que la mordaza quedó firme. Intenté hablar, suplicar, protestar; solo salió un murmullo ahogado. Quedé en silencio, amordazado, humillado.

—Así está mejor —dijo, agarrándome del pelo y levantándome la cara hacia la suya. El tirón fue brutal. Se me escapó una lágrima de pura sorpresa más que de dolor—. No voy a escuchar una excusa más. Vas a recibir el castigo que te mereces y lo vas a aguantar en silencio.

***

—Cien correazos por beber y emborracharte —enumeró, soltándome el pelo—. Y otros cien por lo que le hiciste a esa muchacha. Doscientos en total. No me importa si llorás. No me voy a detener. Y no será de corrido: serán a lo largo de la tarde, tanda a tanda, y cada tanda más dura que la anterior.

Me bajó el pantalón con sus manos enguantadas hasta los tobillos, y después el calzoncillo, de un tirón seco, sin ceremonia. Sentí el aire frío del sótano contra el culo desnudo. Del armario tomó una correa de cuero gruesa y se la enrolló a la mano derecha. Escuché el crujido del cuero ajustándose a la palma.

Se colocó a un metro detrás de mí. Hubo un silencio largo, calculado, y entonces el primer correazo estalló contra la piel desnuda de las nalgas. El chasquido resonó en las paredes de piedra y después llegó el ardor, una quemadura seca que me hizo tensar todo el cuerpo. El segundo cayó igual de fuerte. El tercero peor.

Perdí la cuenta enseguida, pero ella contaba uno a uno, en voz baja, sin apuro. Hacia el correazo número veinte la piel del culo me ardía como si hubiera apoyado el cuerpo contra una estufa, y cada golpe era más insoportable que el anterior porque caía sobre la marca del previo. Quería pedir perdón de verdad, por primera vez sincero, pero la mordaza no me dejaba articular nada. Solo aguantar.

Y entonces, para mi horror, sentí algo que no debía sentir. Cada correazo, además de dolor, me mandaba una corriente rara al bajo vientre. Mi polla, contra la madera fría del caballete, empezó a endurecerse sin permiso. No podía creerlo. Cuanto más ardía la piel del culo, más se me hinchaba entre las piernas. Traté de pensar en cualquier otra cosa. Fue inútil. A los treinta correazos ya la tenía completamente empalmada, apretada contra el cuero, imposible de disimular en aquella postura.

Beatriz lo notó. Cómo no iba a notarlo. Dejó de golpear un segundo, se agachó a un costado y me miró desde abajo, con los ojos entornados. Vio la verga hinchada asomando entre el vientre y el potro, mojando el cuero con la punta.

—Mirá qué asqueroso —dijo, con desprecio tranquilo—. Te la está poniendo dura tu propia paliza. Sos peor de lo que pensaba.

Se me escapó un gemido ahogado por el pañuelo. La vergüenza me hervía en la cara. Ella se irguió, me dio dos correazos más, más secos, más precisos, y siguió contando como si nada.

—A partir de hoy me vas a obedecer en todo —dijo, caminando despacio a mi alrededor, dejándome anticipar el siguiente—. Se te van a quitar las ganas de desobedecer. Y esto de acá abajo —añadió, dándome un pequeño golpe con la punta del guante en la verga tiesa que colgaba entre mis muslos—, también lo voy a domar yo.

El roce del látex frío contra la polla ardiente me arrancó un espasmo entero. Ella se rió por lo bajo, satisfecha del efecto. Siguió con la tanda.

Llegó a cincuenta y se detuvo. Me sujetó otra vez del pelo, me miró a los ojos.

—Has recibido los primeros cincuenta. Ahora vas a descansar y a pensar en lo que hiciste. Y en la cochinada que se te está poniendo dura ahí abajo. Cuando vuelva, seguimos. No llegamos ni a la mitad. Va a ser una tarde muy larga.

Y salió. Cerró la puerta y me dejó solo, inmóvil, amordazado, con el sótano en penumbra y el cuerpo latiéndome al ritmo del dolor. La verga, mientras tanto, no me bajaba. Palpitaba contra el cuero del caballete, humedeciéndolo con un hilo de líquido que no podía retener. No tenía ninguna prisa Beatriz. Yo no iba a ir a ninguna parte.

***

Volvió al cabo de un buen rato y cumplió su palabra al pie de la letra. Otros cincuenta correazos, sin una pizca de piedad. Cuando Beatriz prometía algo, lo cumplía. Mi piel quedó en carne viva, el culo hinchado, marcado a rayas rojas gruesas que se cruzaban unas con otras. Llevaba cien, y todavía faltaba la mitad. La polla seguía dura, tercamente dura, chorreando pre-semen sobre el cuero. Volvió a marcharse y a dejarme solo.

Las esperas se hacían cada vez más largas, y cada una me dejaba más tiempo para pensar. Y pensé. Pensé en la chica de la fiesta, en su cara, en lo miserable que había sido. Por primera vez en mucho tiempo me arrepentí de verdad, no por miedo al castigo, sino por lo que había hecho. Tal vez ese era exactamente el punto de toda la tarde. Y pensé también, con vergüenza, en mi propio cuerpo traidor, en la verga que no bajaba, en el placer sucio mezclado con el dolor.

Cuando reapareció, el sótano estaba más caldeado. La vi quitarse el vestido y dejarlo doblado sobre una silla; se quedó en una combinación oscura, ceñida, cómoda para la tarea. Las tetas grandes le colgaban pesadas debajo de la tela, y el ancho de sus caderas se marcaba entero. No era una mujer bonita, no lo era, pero había algo en su forma de moverse, en la seguridad con la que se plantaba, que me hacía sentir aún más pequeño de lo que ya estaba. Se enfundó de nuevo los guantes largos, mirándome fijo todo el tiempo. El chirrido de la goma volvió a ponerme los nervios de punta.

—Ahora empieza tu verdadero castigo —dijo—. Tu piel ya está sensible, y es justo cuando más va a doler. Nadie va a venir a salvarte. Gritá si querés. Ah, cierto: no podés.

Antes de retomar la correa, se acercó por detrás y me pasó la mano enguantada por las nalgas ardidas, despacio, apretando cada verdugón con los dedos. Grité contra la mordaza. La goma fría se pegaba al calor de la piel viva y multiplicaba el ardor. Después bajó la mano entre mis muslos, me agarró la verga endurecida y me la apretó a puño cerrado, sin caricia ninguna, como quien empuña una herramienta.

—Mirá cómo la tenés —murmuró, casi asqueada, casi divertida—. Toda dura, toda mojada. Sos un cochino. Vas a acabar como un perro antes de que termine el día, te lo prometo. Pero primero, más correa.

Me la soltó de golpe, dio un paso atrás y siguió. La segunda mitad fue otra cosa. Sin prisa, espaciando cada golpe, dejando que el ardor del anterior se asentara antes de sumar el siguiente. Las lágrimas me resbalaban por la cara sin que pudiera hacer nada, y no podía moverme ni un centímetro. La mordaza seguía firme, ahogando cada intento de queja. Cada correazo me sacudía entero, y la polla saltaba contra el cuero con cada golpe, chorreando más. No paró hasta los doscientos. Lloré como no lloraba desde niño, en silencio, derrotado.

—Ahora ya no sos tan gracioso —dijo, ajustándose un guante que se le había escurrido—. A partir de hoy aprendés a respetarme. Si volvés a hacerlo, no serán doscientos. Serán trescientos. Vos decidís. La próxima no voy a ser tan benévola.

***

Creí que me iba a soltar. Me equivoqué. Empezó a preparar algo que no entendí del todo: colocó junto al potro un soporte alto con una bolsa de líquido tibio colgada, y de él bajaba un tubo grueso de silicona transparente. Lo tomó con su mano enguantada y se acercó.

—¿Ves esto? Vas a recibir un enema. Es grueso, va a costar, pero va a entrar completo. No me voy a detener hasta que entre. Ahora sí vas a aprender de verdad lo que es la incomodidad.

Sentí el frío del lubricante contra la entrada del culo, y después el dedo enguantado de mi tía abriéndome paso sin la menor delicadeza. Un dedo primero, hasta el fondo, girando adentro con esa firmeza de médica antigua. Después dos. Me tensé entero. La mordaza ahogó un aullido. Ella no aflojó.

—Estate quieto —dijo—. Cuanto más te resistas, peor. Aflojá el culo.

No podía aflojar nada. Estaba clavado al potro, con el culo en carne viva, y ahora ella metiéndome los dedos hasta los nudillos. Sacó los dedos y encajó la punta gruesa del tubo. Presionó despacio pero sin pausa. El anillo del culo cedió con un ardor nuevo, distinto al de la correa, un ardor interno, profundo. El tubo entró entero.

Abrió la llave. El líquido tibio empezó a subir por el tubo y a llenarme por dentro. Al principio no sentí gran cosa. Después, un peso raro, una presión que iba creciendo, expandiéndose por las tripas. Beatriz miraba la bolsa vaciarse sin apuro, con los brazos cruzados, chirriando los guantes al doblarlos.

—Aguantá —dijo, cuando empecé a retorcerme sobre el cuero—. Va a entrar todo. Y lo vas a retener hasta que yo diga.

La panza se me hinchaba, dura, tensa. Los calambres empezaron a subir por el vientre. La verga, contra toda lógica, seguía dura, aplastada contra el potro, palpitando con cada latido. Cada vez que un calambre me sacudía, se me contraía todo, y con la contracción venía otra ola de placer sucio, de esos que dan asco de sentir. Yo apretaba los dientes contra el pañuelo, la baba me caía por la comisura, los ojos se me cerraban solos.

Cuando la bolsa se vació, cerró la llave pero no me quitó el tubo. Lo dejó adentro, taponando. Se apoyó en la pared, cruzada de brazos, y me miró retorcerme.

—Cinco minutos —dijo—. Cinco minutos así, aguantando. Después vemos.

Los cinco minutos fueron una eternidad. Cada segundo era una ola nueva. Y mientras yo sufría, ella se acercaba, me pasaba la mano por la espalda, por las nalgas ardidas, y de vez en cuando bajaba a agarrarme otra vez la polla, apretándola con la palma enguantada, meneándomela con lentitud calculada. No había cariño en el gesto. Era otra manera de humillarme.

—Y todavía la tenés dura —murmuraba, con la boca cerca de mi oído—. Con la tripa a punto de reventar y vos empalmado como un animal. Sos un puerco. Aprendé lo que sos.

Empezó a hacerme una paja lenta, brutal en su ritmo, sin cambiarme la cadencia. La goma me raspaba, apretaba, tiraba. Yo lloraba y gemía a la vez detrás del pañuelo, con el vientre lleno, el culo taponado y la verga latiendo en su puño. Cuando ya no aguantaba más y estaba por correrme, ella me soltó de golpe.

—Ni se te ocurra —dijo—. No te vas a correr cuando quieras. Te vas a correr cuando yo te lo permita.

Me sacó el tubo con un tirón limpio y me arrastró, todavía atado a las argollas móviles del potro que ella misma soltó, hasta un balde grande de metal que había preparado en el rincón. Me obligó a soltar todo ahí, delante de ella, sin ninguna intimidad, con la mordaza puesta y las manos aún ceñidas al cuero. La humillación fue absoluta. Ella miraba impasible, chirriando los guantes.

—De ahora en adelante me vas a obedecer por completo —dijo, mirándome desde arriba mientras yo terminaba de vaciarme—. Y si no, ya sabés que tengo cómo hacerte recordar esta tarde. ¿Te animás a desobedecerme otra vez?

Negué con la cabeza todo lo que la mordaza me permitía. No, no me animaba. Había aprendido la lección.

***

Me lavó ella misma con un balde de agua tibia y un trapo, sin la menor ternura, como se limpia una herramienta. Me devolvió al caballete, me volvió a fijar boca abajo. Pensé que ya había terminado. No había terminado.

Se plantó otra vez detrás de mí, y esta vez sentí sus manos enguantadas separándome las nalgas ardidas, abriéndomelas. La punta de un dedo, ya lubricado, entró de una en el culo recién vaciado. Después dos. Después tres. Los movía adentro con método, sin prisa, ensanchándome.

—Se te va a acabar el orgullo por acá —dijo, y sonó a sentencia—. El culo lo tenés para lo que yo diga. Hoy vas a aprender también eso.

Escuché el ruido del cuero de la silla, el crujido de algo que sacaba del armario. Cuando volvió, me apoyó contra la entrada del culo la punta gruesa, roma, tibia, de un consolador de goma sujeto a un arnés que se había ceñido a las caderas. Lo vi de reojo. Era grueso, más de lo que jamás me había metido nadie ni yo mismo. Me tensé entero. La mordaza me ahorró la súplica.

—Aflojá —dijo—. Ya sabés que si te resistís, es peor.

Empujó. El anillo, ya castigado por el enema, cedió con un ardor blanco. La cabeza entró. Grité contra el pañuelo, un grito largo, sordo. Ella no paró. Empujó más, sin brusquedad pero sin retroceder, hasta que la verga de goma me entró entera. Se quedó adentro, quieta, dejándome sentir el llenado.

—Callate —dijo, aunque yo ya no podía hacer otra cosa—. Ahora te voy a follar como se folla a los cerdos como vos. Y te vas a acordar de esto cada vez que se te ocurra desobedecerme.

Y empezó a moverse. Primero despacio, sacando la verga hasta la mitad y volviendo a hundírmela entera. La goma raspaba, tiraba, ardía. Cada embestida me sacudía sobre el potro, me arrastraba el vientre por el cuero mojado, me clavaba mi propia polla contra la madera. Yo lloraba, gemía, babeaba en el pañuelo. Ella me clavaba la mano enguantada en la cadera para tenerme firme y me metía dentro toda su fuerza. No era una mujer chica. Cada empujón era pesado, plantado, imposible de contener.

—Sentime —jadeó, sin perder el ritmo, sin perder nunca el control—. Sentí a tu tía adentro tuyo. Vas a aprender a portarte bien, ¿me oís? Vas a aprender a callarte, a obedecer, a no volver a humillar a ninguna chica nunca más. Porque si lo hacés, esto se te queda a vivir en el culo.

Se inclinó sobre mi espalda, sin dejar de embestir, y su mano bajó al frente. Volvió a agarrarme la polla que seguía dura y me empezó a masturbar al ritmo de sus embestidas. Adelante y atrás. Adentro y afuera. Cada empujón por el culo me disparaba entero contra su puño enguantado. Cada tirón de su puño me empujaba hacia atrás para ensartarme más. No podía escapar de ninguna de las dos direcciones. La goma de su guante me apretaba la verga, la goma de su falo me abría el culo. La corrida se me juntó desde adentro, brutal, y esta vez no iba a poder pararla.

Ella lo notó.

—Ahora sí —susurró, casi con asco tranquilo, casi con placer propio—. Ahora te dejo. Corréte. Corréte como un perro sobre el potro donde te castigué. Que te quede grabado.

Me corrí. Me corrí con un grito ahogado en el pañuelo, con el culo lleno, con las nalgas en carne viva, con la mano de mi tía apretándome la verga. El semen salió en chorros gruesos contra el cuero, contra la madera, contra mi propio vientre. Ella no aflojó el ritmo hasta que la última sacudida se me apagó. Después, despacio, sacó el falo de goma con un tirón limpio y me dejó vaciado, temblando, colgado de los brazaletes de cuero.

—Esta es la última lección —dijo, quitándose el arnés y dejándolo sobre la silla, tranquila, con la respiración apenas agitada—. La próxima vez que te ocurra volver a portarte como un animal, empezamos por acá. Directo. Sin correazos previos. ¿Está claro?

Asentí con lo poco que me quedaba de cabeza. Estaba clarísimo.

***

Cuando por fin me soltó los candados y me quitó la mordaza, apenas podía sostenerme en pie. Me ayudó a sentarme en el escalón, me dio agua y, por primera vez en toda la tarde, su voz perdió el filo.

—Espero no tener que repetir esto —dijo simplemente—. Pero lo repetiré si hace falta. Y ya sabés cómo lo repito.

Solo puedo decir que aprendí. Volví al trabajo cambiado, más respetuoso, más medido, capaz de pensar antes de actuar. Con el tiempo, claro, volví a tropezar; las personas no cambian de un día para otro, y siempre vuelven a la misma piedra. Pero esa tarde marcó un antes y un después. Y sí, hubo otras tardes. Muchas.

Beatriz murió hace ya algunos años. Nunca volví a conocer a nadie tan estricta como ella, ni tan justa. Otras intentaron ponerme en orden a su manera, pero ninguna llegó a entender lo que ella entendía: que conmigo no servían las palabras blandas, sino la firmeza absoluta. Le debo más de lo que nunca supe decirle. Y si esto les gustó, quizás algún día les cuente el resto.

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Comentarios(7)

SubLector85

tremendo relato, de los mejores que lei en esta categoria!!!

NocheDePlata

por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo...

Claudia_76

me encanto el ambiente que crea desde el principio, se siente la tension en cada linea. muy bueno

TeoMdP

me recordo a ciertas situaciones de mi pasado jaja. excelente narrativa, muy entretenido

Morbologo

el titulo ya engancha y el relato no defrauda. bravo

MartinaBsAs

como logras describir tan bien esa dinamica de autoridad? quede impresionada, de verdad. sigue escribiendo

Rodri_Cba22

increible la forma en que narraste la tension psicologica, no es facil lograrlo y aca se logra

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