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Relatos Ardientes

El día que mi amo vino a cobrarse cada falta

Aparecí frente a tu casa sin avisar, bajé de un coche con conductor y toqué el timbre como si fuera un día cualquiera. Me abriste medio dormida, con la marca de la almohada todavía en la mejilla y los ojos entrecerrados. Tardaste tres segundos largos en entender que el hombre con el que llevabas meses hablando estaba de pie en tu umbral, de carne y hueso.

—¿Eres… eres tú? —tartamudeaste, frotándote los ojos una y otra vez.

—Soy yo —dije—. Sorpresa.

Una vecina que pasaba por la acera nos miró con curiosidad, pero a ti ya no te importaba nada. Te abalanzaste sobre mí, me pasaste los brazos por los hombros y nos fundimos en un abrazo torpe y cálido. Temblabas, mitad por el frío de la mañana, mitad por los nervios.

—No sé qué decir —repetías contra mi cuello—. No sé qué decir.

—Pues no digas nada. Déjame pasar.

Me tiraste de la mano hacia dentro y, entre ruborizada y orgullosa, me enseñaste tu casa. Me gustó verte así, nerviosa en tu propio terreno. Pero tiré suavemente de ti, te acerqué a mi pecho y te besé. Nuestro primer beso. Largo, lento, profundo, de esos que se quedan grabados. Cuando mi mano bajó hasta tus nalgas y las apreté por encima del pijama, te susurré al oído:

—Esto es mío.

Reíste, nerviosa, y yo te di un cachete cariñoso.

—Vístete —ordené.

—¿A dónde vamos?

—A cumplir una promesa. No preguntes.

***

Saliste con unos shorts, una camiseta y unas zapatillas negras, el pelo todavía revuelto pero precioso. En el coche eras un torbellino de preguntas: cómo, por qué, cuándo, desde cuándo lo tenía planeado. Yo te abrazaba contra mí, te acariciaba el pelo y repetía, paciente:

—Tranquila, Bruna. Tranquila.

Llegamos a la ciudad y entramos en una tienda de ropa. Te probaste faldas, blusas, un par de vestidos. Como siempre, indecisa, queriendo decidir rápido y mal. Yo te ayudé a combinar tres conjuntos que valían la pena y los pagué sin dejarte mirar el precio.

A la salida fuimos a otro sitio. Un sex shop. Te pusiste roja en cuanto cruzaste la puerta, pero me seguiste. Nos entretuvimos un buen rato eligiendo: un par de dildos, bolas chinas, un juego de esposas, varios lubricantes. Dejé para el final la zona de BDSM y ahí te di la palabra.

—Elige tú.

Te tomaste tu tiempo. El dependiente nos observaba de reojo, intrigado. Al final te decidiste por una pala de cuero, una fusta rematada en forma de mano, una correa y una vara fina de bambú.

—¿Todo eso? —pregunté, divertido.

—Para una vez que vienes —respondiste, mordiéndote el labio.

Pagamos el equipo completo. Cuando ya nos íbamos, me giré hacia el mostrador y pregunté si tenían un aseo. El hombre dijo que no, pero que disponían de cabinas de visionado. Alquilé una.

—¿Qué quieres ver? —preguntó.

—¿De verdad cree que quiero ver algo? —contesté.

Se quedó entre contrariado y satisfecho. Tú me miraste, nerviosa, mientras yo te empujaba hacia la cabina.

***

Dentro, te agarré del pelo y te comí la boca en un beso brusco y caliente.

—Desnúdate —dije.

—¿Ahora?

—Ahora.

Lo hiciste. Cogí las bolas chinas y te las acerqué a los labios.

—Chúpalas.

Las lamiste despacio, con los ojos clavados en los míos. Cuando estuvieron bien ensalivadas, tiré de tu pelo hacia atrás y deslicé la mano entre tus piernas. Estabas mojada. Muy mojada. Fui metiendo las bolas dentro de ti, poco a poco, y resoplaste contra mi hombro.

Saqué de la bolsa una de las faldas que acabábamos de comprar y te la tendí.

—Póntela. Vas a llevar esto puesto el resto del día. Y las bolas también.

—S… sí —murmuraste, mientras el peso entre tus piernas te robaba el aire.

Salimos de la cabina ante la sonrisa pícara del dependiente. Caminabas con cuidado, midiendo cada paso, porque cada movimiento desplazaba las bolas y te recorría un escalofrío.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntaste camino del coche.

—Ya lo sabrás.

***

Te abrí la puerta y te acomodaste como pudiste en el asiento trasero. Levantaste la falda para no arrugarla y tus nalgas tocaron directamente la tapicería de cuero. Sonreí: ese pequeño gesto de entrega me gustaba.

Le di las indicaciones al conductor y arrancamos. Durante el trayecto pasé la mano por debajo de tu falda para comprobar tu estado. Empapada. Cada bache, cada curva movía las bolas y te arrancaba una mueca de placer que intentabas disimular. Te atraje hacia mí, pasé el brazo por tu hombro y te besé el cuello, el lóbulo de la oreja, la comisura de los labios. Despacio. Muy despacio.

—¿De quién eres, Bruna?

—Tuya —respondiste con un hilo de voz—. Solo tuya.

El coche se detuvo y te erguiste de golpe, intentando ver dónde estábamos. Era un restaurante. Uno bueno, con manteles blancos y bastante gente.

—Vamos a comer —anuncié.

—¿Ahora? —preguntaste, incrédula, con el cuerpo ardiendo.

—Ahora —corté, seco.

Caminaste a mi lado, agarrada de mi mano, sufriendo en silencio con cada paso. Pedí una mesa en un lateral. Te separaron la silla, te invitaron a sentarte, y el camarero nos dejó la carta. Estabas tensa, conteniendo la respiración.

—Separa las piernas —dije en voz baja.

—¿Cómo? —Me miraste alarmada, pensando en que alguien pudiera verte, en que las bolas pudieran resbalar.

—Abre las piernas. Ya lo he dicho.

Mi rostro estaba serio. Obedeciste, y al instante te pusiste roja como un tomate. Pedí por los dos: ensaladas, pescado y un helado de postre. Pusiste cara de fastidio porque querías elegir tú, pero no te atreviste a protestar.

Mientras comíamos nos hacíamos carantoñas y me contabas anécdotas de tus años de facultad. Pasamos un rato divertido y, por un momento, hasta te olvidaste de lo que llevabas dentro. Hasta que te levantaste para ir al baño y la presión de las bolas te devolvió a la realidad: se te escapó un suspiro audible que hizo girar la cabeza a la mesa de al lado.

Me miraste con la cara descompuesta.

—Eso serán doce —dije tranquilamente.

Arqueaste las cejas. Sabías perfectamente lo que significaba.

Cuando volviste del baño yo ya había pagado. Me confesaste, ruborizada, que al sacarte las bolas para orinar casi te corres allí mismo, y que tenías los labios hinchados de tanto roce.

***

De vuelta en el coche, te besé y me llevé el pulgar a tu boca.

—Chupa.

Pensaste en el conductor y te encendiste de vergüenza, pero abriste la boca y lo lamiste igual, despacio, sin apartar los ojos de mí. Cuando saqué el dedo de entre tus labios, te separé las piernas y tiré con suavidad de las bolas. Resoplaste. Ya no podías más. Ya no pensabas en el conductor, solo en ti.

Mi pulgar se abrió paso dentro de ti, lento.

—Cierra las piernas —ordené—. Aprieta.

Juntaste los muslos con fuerza mientras yo me movía dentro de ti, una y otra vez. Jadeabas, te retorcías contra el respaldo, intentabas no gritar y no lo conseguías. Un orgasmo intenso te recorrió entera y te derrumbaste sobre mi hombro, temblando.

—Este es solo el primero —te susurré al oído.

***

Llegamos a nuestro destino: una casa preciosa en la urbanización Monteverde, aislada, rodeada de un pequeño bosque y sin vecinos a la vista. Saliste del coche todavía sudada, con las piernas flojas, y recorriste el sendero hasta la puerta agarrada de mi mano.

Saqué la llave y, antes de cruzar el umbral, te levanté en brazos como a una recién casada y te metí dentro. La casa estaba a estrenar, impecable. Había dado instrucciones para que la nevera estuviera llena y todo dispuesto, y mientras te enseñaba las habitaciones iba comprobando que se hubieran cumplido.

El salón tenía un sofá grande, dos butacas y una mesa de café baja en el centro. Al fondo, una larga mesa de comedor de roble.

—Creo que le daremos uso —dije, y tú me sonreíste con malicia.

La cocina tenía una isla de mármol que ninguno de los dos pudo mirar sin imaginar algo. En el despacho te ordené guardar bajo llave los instrumentos que habíamos comprado y entregarme la llave después. Lo hiciste sin rechistar.

—Voy a ducharme, vengo sudada del viaje —pediste.

—Dúchate, vístete y baja al salón. Te estaré esperando.

Mi voz sonó más dura de lo que esperabas y un escalofrío te recorrió la espalda. Pero estabas tan feliz de estar ahí que se te pasó enseguida. Era la primera vez que íbamos a estar juntos de verdad.

Mientras te duchabas, dejé sobre la cama un conjunto que había traído para ti: una falda de cuadros hasta la rodilla, una blusa blanca y unas braguitas de algodón. Cuando saliste y lo viste estirado sobre el edredón, supiste que era para ti. Te frotaste las nalgas sin pensarlo. Hoy probarías mi mano en persona, no en una pantalla. Estabas nerviosa, ansiosa y excitada a partes iguales.

***

Bajaste al salón preciosa, con el pelo aún húmedo y la blusa tensándose sobre el pecho.

—¿Cómo estás? —pregunté.

—Nerviosa, pero bien.

Te besé una vez. Y otra.

—Tenía muchas ganas de conocerte en persona.

—Y yo a ti —dijiste.

—Avisa a alguien de que vas a estar fuera unos días.

—Luego les mando un mensaje a mis hermanas —respondiste, quitándole importancia—. ¿Vas a azotarme? ¿Voy a por algo? ¿Cómo me pongo? —empezaste a hablar atropelladamente.

—Tranquila. No tengas prisa, deja que fluya. ¿Ves esta libreta que llevo en el bolsillo de la camisa?

—Sí.

—Cógela. Ábrela. Lee la primera página.

La cogiste con miedo. Abriste los ojos como platos cuando entendiste lo que era.

—Falta de ortografía, seis —leíste con la voz temblando—. Mal hablada, doce. Burlarte de mí, otros doce…

—Lo he ido anotando todo, Bruna. Te dije que algún día arreglaríamos cuentas.

Me miraste con cara de susto.

—Ahora sé buena —dije—. Ven a mi derecha y túmbate sobre mis rodillas.

Obedeciste, no sin cierto temor. Quedaste tendida a lo largo, y yo apoyé la mano sobre tus nalgas, todavía por encima de la falda, y las acaricié. Te gustó.

—Voy a empezar suave pero constante. Puedes gritar, puedes llorar, pero no te tapes el trasero con las manos.

—Está bien.

Empecé despacio. Apenas los notabas.

—Puedes darme más fuerte, que los aguanto —desafiaste.

—Tranquila.

Mantuve el ritmo, paciente, y poco a poco el calor fue subiendo por tus nalgas. No dolía. Te gustaba. Entonces me detuve, doblé el dobladillo de tu falda sobre tu espalda y dejé a la vista las braguitas blancas. En la entrepierna la tela ya estaba húmeda.

—Empiezas pronto a mojarte —comenté.

Te ruborizaste. Seguí, ahora sin la protección de la falda, y estos ya los sentiste de verdad.

—Ay… —se te escapó.

Continué un buen rato, alternando golpes y caricias, hasta que empezaste a hacer esfuerzos por mantener las manos quietas. El culo te ardía. Una lágrima asomó.

—Para, por favor, ya me duele —suplicaste.

Cogí el elástico de las braguitas y te las bajé hasta las rodillas. Tus nalgas estaban rojas y calientes.

—Ahora estás aún más hermosa.

El culo te ardía y te picaba, pero al mismo tiempo tu sexo estaba empapado y notabas mi dureza contra tu vientre. Querías que parara y querías que no parara, todo a la vez. Empecé de nuevo, esta vez con más fuerza, intercalando caricias en tus nalgas y algún dedo furtivo entre tus piernas.

—No, por favor… —gemías, sin saber si era súplica o ruego de que siguiera.

Cuando por fin terminé, habían pasado más de veinte minutos. Tu trasero era de un rojo intenso y no parabas de sollozar, deseando que te tomara de una vez.

—¿Quién es tu amo, Bruna?

—Tú.

—¿Y qué hago contigo?

—Lo que quieras.

—¿Cómo lo hago?

—Como quieras.

***

Estiré el brazo y cogí un bote que había dejado junto al sofá. Tú seguías boca abajo, con el culo latiendo de dolor, sin saber qué venía. Metí los dedos en la crema hidratante y noté cómo tu piel ardiente se estremecía al primer contacto frío. La fui extendiendo despacio, aliviando el ardor, y aproveché cada pasada cerca de tu trasero para insinuar un dedo dentro. Resoplabas, entre el miedo y las ganas.

—Levántate. Ponte de rodillas frente a mí.

—Sí, señor.

Me saqué la verga del pantalón, dura como una piedra, y te la ofrecí.

—Aquí la tienes. Es toda tuya.

Sin pensarlo te la metiste en la boca y chupaste como si no hubiera un mañana. Estuve a punto de correrme, pero me contuve.

—La primera vez tiene que ser dentro de ti —dije—. Ponte a cuatro patas sobre la mesa de café.

Obedeciste. Tu culo rojo y brillante por la crema estaba esplendoroso. Por un instante dudé, pero no: la primera vez sería como debía ser. Te agarré las caderas, apoyé la punta y empujé tan profundo como nuestros cuerpos lo permitieron. A pesar de lo mojada que estabas, dejaste escapar un grito al sentirme entrar entero.

Te embestí marcando el ritmo contra tu trasero dolorido, y los dos acabamos corriéndonos casi a la vez. Notaste el calor dentro de ti y te quedaste quieta, jadeando sobre la madera.

Me incliné sobre tu espalda y te susurré:

—Y este es el segundo.

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Comentarios(7)

MatiasBsAs

Brutalmente bueno. Lo de la libreta con los numeros me parecio un detalle muy original, no lo esperaba para nada.

LecturaCaliente

Dios mio que relato!!! Quede con muchisimas ganas de saber como sigue, por favor no dejes esto incompleto

SofiaV_lect

La tension que va generando desde el principio es increible, me engancho sin soltarme hasta el final.

SergioBaires

me recordo a algo que vivi hace tiempo, aunque mucho menos intenso jaja. muy bueno el relato

Valeria_R

Que manera de escribir esto. Gracias por compartirlo, me encanto

NocheDeRelatos

el titulo ya engancha, y el relato no defrauda. excelente

Aguante79

buenisimo!!! esperando la segunda parte ya

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