Mi ama me esperaba descalza en aquel hotel
No tardó demasiado en escribirme después de aquella primera conversación. Yo ya sabía, desde el momento en que acepté llamarla mi señora, que la espera iba a ser la peor parte. Y lo fue. Cada día revisaba el teléfono como un adolescente, esperando esa orden que sabía que terminaría llegando.
Mi trabajo me obliga a viajar por medio país. Reuniones, presentaciones, hoteles de carretera que se parecen todos. Ella lo sabía, y supo aprovecharlo enseguida.
—Quiero tu agenda de los próximos dos meses. Todos los viajes, todas las ciudades, todas las fechas —me escribió una mañana, sin saludo ni preámbulo.
Se la envié en menos de diez minutos. Ni siquiera lo dudé. Esa obediencia automática me asustaba y me excitaba a partes iguales.
Dos días antes de que me tocara desplazarme a Salamanca, llegó el mensaje que lo cambió todo. Estaría allí. Yo debía reservar el hotel, avisar en recepción de que una mujer llegaría a las seis de la tarde a nombre de la habitación, y presentarme yo después de esa hora. Ni un minuto antes.
—Cuando entres, ya seré tu dueña dentro de esas cuatro paredes —añadió—. Piensa bien si quieres cruzar esa puerta.
Lo pensé. Lo pensé durante todo el trayecto en tren, con el portátil abierto y sin leer una sola línea. Y a las siete en punto estaba frente a la puerta de la habitación 214, con el corazón golpeándome las costillas y la polla ya medio dura apretada contra la bragueta.
Llamé con los nudillos.
—¿Quién es? —su voz sonó desde dentro, tranquila, casi divertida.
Bajé la mirada al felpudo y contesté en voz baja que era su esclavo. Todavía no me había puesto nombre.
—No te oigo —dijo, y escuché su risa al otro lado de la madera. Me había oído perfectamente.
—Soy su esclavo, señora —repetí, un poco más alto, mirando de reojo el pasillo vacío.
Oí sus pasos. La puerta se abrió apenas lo justo para que ella apareciera en el hueco, sin dejarme pasar. Llevaba un vestido negro ajustado y unas sandalias de tacón altísimo. Me recorrió de arriba abajo con una calma que me hizo sentir como una mercancía en un escaparate.
—Te vas a desnudar aquí fuera —dijo—. Del todo. Cuando estés desnudo como lo que eres, vuelves a llamar.
Y me cerró la puerta en la cara.
El hotel estaba lleno. En cualquier momento podía abrirse otra puerta, sonar el ascensor, aparecer alguien al doblar la esquina del pasillo. Las manos me temblaban mientras me sacaba la camisa, el pantalón, la ropa interior, y lo amontonaba todo contra la pared. El aire acondicionado me erizó la piel y la polla, ya completamente empalmada, se me sacudió contra el vientre a cada movimiento. Nunca me había sentido tan expuesto, tan absurdamente vulnerable, con la verga tiesa apuntando al techo del pasillo de un hotel de tres estrellas, y nunca había deseado tanto que una puerta se abriera.
Llamé otra vez, esta vez con la palma entera.
—¿Qué hay ahí fuera? —preguntó, alargando cada palabra.
—Su esclavo, señora.
Se tomó su tiempo. Yo contaba los segundos pegado a la puerta, encogido, con la polla babeando una gota espesa que me resbalaba por el glande, rezando para que aquello terminara. Cuando por fin abrió, me ordenó entrar a cuatro patas.
***
—Vaya, ya está aquí esta cosa —dijo, cerrando con el pestillo a mi espalda—. Y encima con la polla tiesa como un perro en celo. ¿Y cómo crees que se saluda a tu señora?
No respondí con palabras. Me incliné y empecé a besar sus pies, todavía enfundados en aquellas sandalias imposibles, el cuero tibio bajo mis labios, el tacón rozándome la mejilla. Le lamí el empeine desnudo por encima de la tira de cuero, subí por el tobillo, bajé otra vez hasta el pulgar y me lo metí entero en la boca, chupándolo como si de eso dependiera todo. Ella me dejó hacer, observándome desde arriba como quien mira a un animal recién amaestrado, y yo notaba cómo se me escapaba otro hilo de precorrida que caía al suelo entre mis rodillas.
—Esa boca me va a servir hoy —dijo—. Sal a la terraza y túmbate boca arriba en el suelo, delante de la silla de la izquierda.
Obedecí. La terraza daba a un patio interior y el suelo de baldosa estaba frío contra mi espalda desnuda. La polla se me tumbó contra el ombligo, tiesa, palpitando al ritmo del corazón. Estuve un par de minutos solo, mirando el cielo violeta del atardecer, escuchando el rumor lejano de la ciudad, hasta que ella apareció. Venía descalza y traía una pequeña bolsa de tela cuyo contenido no alcancé a distinguir.
—Abre la boca y humedece mis pies —ordenó, sentándose en la silla.
Apoyó la planta del pie sobre mi cara. Empecé a trabajarlo despacio, recorriendo el empeine con la lengua, deteniéndome en el talón, hundiéndomela entre los dedos uno a uno. Ella suspiró, no de placer, sino de pura satisfacción de mando, como quien comprueba que una herramienta funciona.
—Quieto, con la boca abierta —dijo, y sacó de la bolsa una lima y un cortaúñas—. Necesito que me hagas de bandeja. No quiero nada en el suelo.
Se hizo la pedicura usándome de soporte. Yo permanecí inmóvil, sosteniendo el peso de sus pies sobre mi rostro, mientras ella limaba y recortaba con una indiferencia absoluta, hablando sola de vez en cuando, comentando lo cómodo que le resultaba tenerme así. La humillación no estaba en lo que hacía, sino en lo poco que yo le importaba mientras lo hacía. Y aun así se me caía la baba, se me tensaba la verga y se me contraía el culo contra la baldosa fría.
—Bien. Ya está —dijo al terminar—. Date la vuelta sin levantarte del suelo. Ese es tu sitio.
Rodé sobre las baldosas. Me ató las muñecas a la espalda con una cinta de cuero que apareció de no sé dónde.
—Comprueba que no ha quedado nada en el suelo —añadió—. Y si queda algo, lo limpias con la lengua. Para ti es un premio. ¿No es así?
—Sí, mi señora —murmuré contra la baldosa—. Así es.
***
Me dejó allí unos minutos más, atado y boca abajo, con la polla aplastada contra el suelo, hasta que entró de nuevo. Esta vez traía un collar de cuero negro que me ciñó al cuello después de soltarme las manos. El cierre hizo un clic metálico y, no sé por qué, ese sonido me ablandó por completo. Me sentí marcado.
—Voy a tumbarme un rato —dijo, dejándose caer sobre la cama—. A ver la tele, a mirar el móvil, lo que sea. Tú te ocupas de mis pies. Los masajeas hasta que yo diga. Y antes tráeme algo del minibar: un zumo y una bolsa de patatas.
Fui hasta el minibar a cuatro patas, con el collar tirando de mi cuello y la polla balanceándose entre las piernas, recogí lo que me había pedido sosteniéndolo con cuidado y volví junto a la cama.
—Venga, empieza. ¿A qué esperas?
Tomé uno de sus pies entre las manos y empecé a amasarlo, hundiendo los pulgares en el arco, deslizándolos hacia los dedos. Ella encendió la televisión y, al rato, hizo una videollamada a una amiga. Yo seguía masajeando, invisible, mientras la oía hablar de mí en tercera persona.
—Tengo aquí a mi nuevo juguete —decía, riéndose—. Calladito, dándome un masaje. Y tendrías que verle la polla, tiesa como un poste desde que ha entrado por la puerta. Ni lo toca ni se atreve. Igual te lo presto un día de estos, ya verás qué bien entrenado lo tengo.
La amiga reía al otro lado y pedía detalles, y ella se los daba sin bajar la voz, describiéndome como si yo no estuviera oyendo cada palabra. De vez en cuando, ella escupía un trozo de patata al suelo y me ordenaba recogerlo con la boca sin soltar su pie. Cada gesto buscaba lo mismo: recordarme dónde estaba mi lugar. Y funcionaba. Cuanto más me rebajaba, más me costaba imaginar querer otra cosa.
Cuando se cansó del teléfono, lo dejó sobre la mesilla y me miró con una sonrisa nueva, más afilada.
—Ve a mi maleta. Abre la cremallera del doble fondo y tráeme lo que encuentres dentro.
Crucé la habitación a gatas. En el doble fondo había un arnés con un consolador grueso de silicona negra, de esos que abultan más que la mayoría de las pollas de verdad. Se lo llevé entre los dientes, porque no me atreví a usar las manos sin permiso.
—Buen perro —dijo, cogiéndolo.
Pero no se lo puso ella. Me lo ajustó a mí, sobre la cara, las correas apretándome alrededor de la cabeza, el consolador sobresaliendo de mi boca como una extensión absurda de mi propia inutilidad. Me apretó las hebillas hasta que se me clavaron en las mejillas y la base de goma me tapó los labios por completo. Ya no podía ni hablar. Solo respirar por la nariz y ofrecerle esa polla postiza que ahora era mi cara.
—El masaje y la charla me han puesto de buen humor —dijo, quitándose el vestido por la cabeza y arrancándose las bragas de un tirón—. Otro día me buscarás a un hombre de verdad. Hoy me conformo con esto.
Se subió a la cama desnuda, con las tetas balanceándose sobre mí, y se colocó a horcajadas sobre mi cabeza. Vi su coño abierto justo encima, brillante, mojado, los labios hinchados y el clítoris asomando entre ellos como una perla oscura. Escupió sobre la punta del consolador, restregó la saliva con dos dedos y, despacio, fue acomodándose sobre la silicona. Al principio solo lo rozaba, pasándose el glande falso entre los pliegues, embadurnándolo de sus jugos, jugando, haciéndome sentir el calor de su coño sin entregarme nada. Yo notaba cómo caían gotas espesas por la base del arnés y me resbalaban por la barbilla hasta el cuello.
Luego se dejó caer entero. La vi apretar los dientes cuando el consolador la abrió y desapareció dentro de ella hasta el fondo. Se sujetó un segundo, respirando por la nariz, y empezó a montarlo en serio. Adelante y atrás, en círculos, arriba y abajo, cambiando el ritmo a su antojo, apoyando las manos en la pared para impulsarse. El coño se le pegaba a la base de goma con un chapoteo húmedo que me llegaba a las orejas. Yo no podía moverme. Solo existía como base, como mueble, sintiendo el temblor de sus muslos contra mis mejillas, el olor denso a su sexo bajándome por la garganta, mi propia polla latiendo abandonada contra mi vientre, ignorada, olvidada.
—Así, guarro, así —jadeaba—. Aguántame bien la polla, que no se te caiga.
Aceleró. El colchón crujía, sus tetas botaban justo encima de mi frente y el arnés se me hundía en la cara con cada embestida. La oí romperse por dentro con un gemido largo, casi un gruñido, sentí cómo el coño le apretaba la silicona en espasmos y cómo un chorro tibio me caía por la barbilla y el cuello. Se derrumbó un instante sobre mí, sudada, con el sexo pegado a mi mandíbula, jadeando.
Cuando recuperó el aire, me soltó el arnés y me puso el consolador en la boca sin sacarlo del todo, empujando la base contra mis dientes.
—Chupa. Límpialo. Bien limpio y seco.
Le chupé la silicona igual que le hubiera chupado la polla a un hombre. Sus jugos me cubrían la lengua, salados y espesos, y ella me miraba mamársela con las cejas arqueadas, divertida. Lo hice durante varios minutos, hasta que quedó impecable. Después se sentó en el sillón de la esquina, abrió las piernas de par en par y me llamó con dos dedos.
—Ven aquí. Termina el trabajo.
Gateé hasta ella con la polla goteando entre las piernas y hundí la cara entre sus muslos. El coño le olía a sexo recién follado, a saliva y a su propia corrida. Le lamí despacio, de abajo arriba, recogiendo con la lengua todo lo que le chorreaba por el perineo. Le abrí los labios con los pulgares, le chupé cada pliegue, le hundí la lengua dentro tan hondo como pude y luego subí hasta el clítoris, describiendo círculos, mamándoselo, dándole pequeños golpes con la punta. Ella me agarró del pelo y me pegó la cara contra su coño hasta que casi no podía respirar.
—Más adentro. Chúpame el clítoris, cerdo, no lo dejes.
Se lo mamé con hambre. La sentí temblar otra vez, se me estremeció contra la boca, me llenó la lengua de otro chorrito de flujo, y luego me hizo empezar otra vez, descansando los talones sobre mi espalda mientras yo trabajaba, arañándome la nuca con las uñas.
—Me gusta cómo lo haces —dijo, casi sin aliento—. Sirves para esto. Para poco más, pero para esto sirves.
Cuando por fin me apartó, tenía toda la cara empapada, la barbilla y las mejillas brillantes de sus jugos, y mi polla seguía sin haber sido tocada ni una sola vez, tiesa y palpitante entre las piernas, chorreando una hebra larga de precorrida hasta la moqueta.
***
Así llegamos a la hora de la cena. Me ordenó ponerme un pantalón corto y bajar a recoger el pedido en recepción. Volví con una ensalada y un poco de pollo, me quité de nuevo la ropa y me coloqué a cuatro patas junto a su silla, sosteniendo el plato.
Comió con calma, sin prisa, alargando mi humillación tanto como pudo. Me tiraba al suelo los huesos del pollo y algún trozo de lechuga que no le apetecía, y yo tenía que recogerlos. Cuando terminó, dejó las sobras esparcidas por la baldosa.
—Deja el plato reluciente —dijo—. Con la lengua.
Lo dejé impecable. Ella me observaba con las piernas cruzadas, evaluándome como quien decide si una compra mereció la pena.
—Tienes cara de sed —dijo entonces—. ¿A que no me equivoco?
—Sí, mi señora. Tengo sed.
—Pues ve al baño, trae una toalla, extiéndela en el suelo y túmbate encima. Boca arriba, con la boca abierta.
Lo entendí antes de que ella se acercara. Obedecí igual. Se colocó de pie sobre la toalla, a horcajadas sobre mi cara, se abrió el coño con dos dedos y me miró fijo mientras un chorro caliente me caía en la lengua, me llenaba la boca, me desbordaba por las comisuras hacia las orejas. Me usó como su retrete con la misma naturalidad con la que había usado mi boca toda la tarde. Tragué lo que pude, se me escapó el resto por el cuello, y ella se sacudió los últimos goterones sobre mis labios.
—También eres esto —dijo cuando terminó—. No vales para mucho más que para servirme. Y la verdad, creo que para nada más. —Se mordió el labio, pensativa, mirándome la polla que seguía tiesa contra mi vientre—. Me estoy volviendo a excitar. Pero no. Me reservo para mañana. Tengo preparado a un macho de verdad y quiero que lo veas todo desde tu sitio, en el suelo, con esa pollita tuya tiesa sin poder tocártela, mientras a mí me folla alguien que sí sabe. ¿Qué te parece?
La pregunta me sorprendió. No sabía si estaba listo para algo así, si quería verlo, si podría soportar mirar a otro hombre hundiéndole la polla en el coño que yo acababa de mamar. Pero no me quedaba voluntad con la que decidirlo. Solo pude articular lo único que sentía verdadero en aquel momento.
—Mi voluntad no existe, señora. Soy un objeto para su uso. Su propiedad.
—Bien —dijo, y por primera vez en toda la noche su sonrisa pareció casi de aprobación—. Ya veremos eso mañana. Ahora tengo sueño. Tú duermes ahí, junto a la cama, en el suelo, en el sitio de un perro. Y ni se te ocurra tocarte esa polla en toda la noche. Si me despierto y te pillo cascándotela, mañana no te dejo ni mirar. Lo primero que verás al despertar serán mis pies delante de tu cara. Ya sabrás qué hacer.
Me tumbé en el suelo, junto a la cama, con el collar todavía al cuello, la cara pegajosa de todo lo que había recibido y la polla dolorida de tanto latir sin descanso. Ella apagó la luz. En la oscuridad de aquella habitación de hotel, escuchando su respiración tranquila sobre mi cabeza, con las manos cruzadas sobre el pecho para no caer en la tentación, pensé en el día siguiente, en el trabajo al que tendría que presentarme, en lo imposible que sería concentrarme después de todo aquello. Y pensé, sobre todo, en el macho que ella había prometido para mañana y en lo que todavía estaba por venir.





