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Relatos Ardientes

El desconocido del bar me pidió que lo llamara amo

Todavía entraba luz por los ventanales cuando él cruzó la puerta del bar donde trabajo. No era un hombre cualquiera. Lo supe por la forma en que se movía: sin prisa, como si el lugar le perteneciera y yo fuera parte del mobiliario que venía a inspeccionar. Sus ojos encontraron los míos al instante y una sonrisa apenas marcada le tiró de la comisura.

Tenía la mandíbula firme, los hombros anchos, y unos labios que decidí morder antes de que dijera una sola palabra. Llevaba una camisa oscura con las mangas dobladas hasta el codo, y bajo la tela se le adivinaba un cuerpo trabajado. ¿Cómo se vería sin esa ropa? ¿Cómo tendría la polla?, pensé, y enseguida me reprendí por dejar que la cabeza se me fuera tan lejos en pleno turno.

Salí de mi ensoñación cuando se apoyó en la barra y bajó la voz.

—Hola, guapa. ¿Me pones una cerveza?

La sonrisa con que lo dijo me dejó las palabras atascadas en la garganta. Decidí no hablar, girarme y servirle la bebida antes de que él notara el calor que me subía por el cuello y la humedad que ya empezaba a mojarme las bragas.

—Aquí tienes —murmuré, dejando el vaso frente a él.

—Dime una cosa, princesa. ¿Tienes algo que hacer esta noche? ¿Me dejarías invitarte a un paseo cuando cierres?

Mis planes se reducían a una ducha larga y dormir hasta el mediodía. Lo miré, calculando, y algo en su seguridad me hizo querer comprobar hasta dónde llegaba.

—¿Y cómo te llamas tú? —pregunté, sirviéndome de la barra como escudo.

—Adrián. —Se inclinó hacia delante, lo justo para que solo yo lo oyera—. Aunque esta noche voy a conseguir que me llames de otra forma. Voy a conseguir que grites mi nombre con mi polla dentro tan alto que lo oiga toda la calle.

El rubor me delató antes de que pudiera contestar. Noté cómo el coño se me apretaba solo, la humedad chorreando entre las piernas y la rabia de que un desconocido me pusiera así con tres frases. No soy una mujer fácil, y pensaba dejárselo claro.

—Si crees que vas a conseguir que me abra de piernas para ti esta noche, lo llevas crudo —le dije, sosteniéndole la mirada—. Búscate a otra que caiga rendida a tus pies. Esa no soy yo.

—Ya lo veremos.

Me guiñó un ojo, agarró su cerveza y se fue a sentar a una mesa del fondo. Desde allí me observó el resto de la noche. No de forma incómoda, sino paciente, como quien espera que la fruta caiga sola del árbol. Cada vez que levantaba la vista, él estaba mirándome, y cada vez yo tardaba un segundo más en apartar los ojos. Sentía sus ojos clavados en mi culo cada vez que me agachaba a coger algo, y me estaba costando una barbaridad no meterme en el baño a meterme dos dedos hasta el fondo para calmarme.

***

Cerré pasada la medianoche. Pensé que se habría marchado hacía rato, así que apagué las luces y eché a andar hacia mi casa por la acera vacía. Entonces una mano me atrapó el hombro y me hizo frenar en seco.

Era Adrián. Por lo visto no era de los que se rinden.

—¿A dónde vas, princesa? Teníamos una cita. ¿No te acuerdas?

Debí decirle que no. En cambio me encogí de hombros, sonreí a medias y eché a caminar a su lado. Hablamos durante horas, de cosas sin importancia primero y de cosas que importaban después. Tenía una manera de escuchar que desarmaba, como si cada palabra mía fuera la única que le interesaba en el mundo. Para cuando quise darme cuenta, le había contado más de lo que le cuento a casi nadie.

—¿Quieres subir a mi casa? —preguntó cuando nos detuvimos frente a un portal—. Una copa más y te pido un taxi, lo prometo.

Dudé. Lo acababa de conocer, apenas sabía nada de él. Pero la curiosidad me pudo, y la certeza de que, si me iba a casa, pasaría la noche pensando en lo que no había hecho, con los dedos metidos entre las piernas imaginando su boca.

—Una copa —acepté—. Solo una.

***

Su piso estaba decorado en blancos y negros, sin un solo objeto de color que rompiera la armonía. Todo parecía elegido con una intención precisa, como si nada estuviera fuera de lugar por casualidad. Me invitó a sentarme en el sofá y volvió de la cocina con dos copas de vino tinto.

—He de confesarte algo, Mara —dijo, sentándose frente a mí, no a mi lado—. Mis intenciones contigo no son las más decentes.

Una sonrisa de niño travieso le iluminó la cara, como si acabara de hacer una diablura.

—Desde que te vi detrás de esa barra, te he imaginado de mil maneras —continuó—. Imaginé el sonido exacto que harías cuando te la meta hasta el fondo. Imaginé cómo te tiembla la voz cuando dejas de tener el control, cómo se te van a poner las tetas duras cuando te muerda los pezones, cómo va a chorrearte el coño por dentro de los muslos.

El calor volvió a subirme por el cuerpo, pero no permití que me llegara al cerebro. Seguía firme. No iba a rendirme tan fácil, por mucho que él jugara sus cartas con esa seguridad insultante.

—Quiero enseñarte algo —dijo, y me tendió la mano.

Lo seguí por una escalera de caracol hasta una puerta cerrada con llave en el piso de arriba. Este tío tiene complejo de villano de novela, pensé, medio divertida, medio nerviosa. Sacó una llave del bolsillo, la giró en la cerradura y abrió.

La boca se me quedó abierta sin que saliera de ella ningún sonido.

—¿Qué es todo esto? —conseguí decir al fin.

Las paredes eran de un granate tan oscuro que parecía negro. Del techo colgaban un par de esposas de cuero. De los muros sobresalían anclajes, argollas, una cruz de madera pulida fijada en un rincón. Pero lo que de verdad me cortó la respiración fue el banco acolchado en el centro, con correas para sujetar muñecas y tobillos, esperando como un animal paciente.

Había una cama redonda con sábanas color vino. Del cabecero salían más correas. En unas vitrinas de cristal relucían objetos cuyo nombre yo desconocía y cuyo uso solo intuía: cuerdas trenzadas, frascos de aceite, antifaces, consoladores de varios tamaños, un plug anal negro brillante, cosas con formas que me hicieron apretar los muslos sin querer.

—Esto es demasiado —murmuré, abrumada, con la sensación de que las piernas iban a fallarme.

Sentí su mano deslizarse por mi espalda. Se acercó a mi oído, y su aliento me erizó la nuca entera.

—Te dije que esta noche acabarías gritando mi nombre. No te asustes. No tenemos que usar nada de esto. Todavía. —Hizo una pausa medida, dejando que la palabra flotara—. Pero me muero por arrancarte la ropa y follarte contra esa pared hasta dejarte el coño lleno de mi corrida. ¿Qué me dices? ¿Aceptas?

Mis neuronas dejaron de funcionar en orden. El deseo dolía, físico, urgente, una presión en el clítoris que me pedía rendirme. Me giré y lo besé, hambrienta, esperando que me devolviera el beso con la misma furia.

No lo hizo.

Me agarró de la coleta y tiró de mi cabeza hacia atrás, separándome de él con una firmeza que me dejó sin aire.

—Aquí las cosas no funcionan así, princesa —dijo, mirándome desde arriba—. Aquí mando yo y tú obedeces. Has aceptado. No usaremos nada que tú no quieras. Pero ahora vas a ser una buena chica y vas a quitarte la ropa, despacio, para que pueda mirarte bien.

Tenía la voz baja y serena, sin un gramo de violencia, y eso era justo lo que la volvía irresistible. No me arrancó nada, no me empujó, no me forzó. Solo esperó, con las manos cruzadas a la espalda, mientras el silencio de la habitación se hacía cada vez más denso. Yo sentía cada latido golpeándome en el cuello, en las muñecas, en el clítoris hinchado, en sitios donde no sabía que se notaba el pulso.

—¿Y si te digo que no? —probé, con la última hebra de orgullo que me quedaba.

—Entonces te pido ese taxi y te vas a casa con tu ducha y tu cama vacía —respondió sin inmutarse—. Eres libre de cruzar esa puerta cuando quieras. Esa es la única regla que no se negocia. Pero los dos sabemos que no has subido hasta aquí para irte, y que ese coño tuyo está deseando que te lo abra.

Una parte de mí quiso revelarse, soltarle que no era su juguete, recordarle todo lo que le había jurado en la barra horas atrás. Otra parte, la que mandaba esa noche, ya tenía los dedos en el primer botón de la blusa.

Me desvestí despacio, como me lo había pedido, sintiendo su mirada recorrerme cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto. Solté los botones uno a uno hasta que la blusa se abrió y le dejé ver el sujetador negro apretándome las tetas. Le di la espalda para bajarme la falda, agachándome más de lo necesario, sabiendo que el tanga se me metía entre las nalgas. Al girarme otra vez, me solté el sujetador y lo dejé caer al suelo. Los pezones se me habían puesto duros como piedras, tanto que dolía. Me colgué el tanga con dos dedos y lo bajé por las piernas, y noté el hilo empapado despegárseme del coño con un tirón húmedo. No me tocó. Esperó, paciente, igual que en el bar, hasta que estuve frente a él con la respiración entrecortada y la ropa hecha un montón a mis pies.

—Muy bien —dijo, y la aprobación en su voz me encendió más que cualquier caricia—. ¿Ves lo fácil que es cuando dejas de pelear? Ábrete de piernas. Quiero ver cómo tienes ese coño.

Separé los pies sin pensarlo. Él se agachó despacio delante de mí, me abrió los labios con dos dedos y silbó bajito al ver el brillo.

—Estás empapada, princesa. Todo esto es por mí. —Deslizó la yema del dedo corazón por la raja, de abajo arriba, sin llegar a meterlo—. ¿Cuánto tiempo llevas así? ¿Desde el bar?

—Sí… —admití, con la voz rota.

—Buena chica.

Me llevó hasta la pared y me apoyó contra ella, todavía sin prisa. Una de sus manos me sujetó las muñecas por encima de la cabeza; la otra me recorrió el costado, lenta, midiendo cada reacción. Me pellizcó un pezón entre el pulgar y el índice, retorciéndolo hasta que se me escapó un gemido, y luego el otro, igual, hasta que los tuve latiéndome como dos brasas. Me chupó uno mientras el otro seguía retorciéndolo, y yo intenté frotarme contra su muslo, buscando cualquier fricción. Cada vez que yo intentaba acelerar, él frenaba, castigándome la impaciencia con la quietud.

—Pídelo —susurró contra mi cuello—. Si quieres más, vas a tener que pedirlo. Con educación.

Aguanté lo que pude. No mucho.

—Por favor —cedí, y la palabra me costó y me liberó al mismo tiempo.

—¿Por favor, qué?

—Por favor… amo. Tócame. Métemela.

Lo sentí sonreír contra mi piel. Bajó la mano libre entre mis piernas y me hundió dos dedos de golpe, hasta los nudillos. Se me escapó un grito que él ahogó con la boca, mordiéndome el labio inferior mientras me follaba con los dedos, curvándolos hacia arriba para tocarme un punto que me hizo levantar los talones del suelo.

—Mírate cómo aprietas —murmuró—. Este coño ya me está pidiendo la polla.

Sacó los dedos, brillantes de mi humedad, y me los metió en la boca. Los chupé sin que me lo pidiera, saboreándome, mientras él se abría los pantalones con la otra mano. Se los bajó junto al calzoncillo hasta los muslos y la polla le saltó, dura y gruesa, con el glande hinchado apuntándome al ombligo. Se me hizo la boca agua solo de verla.

—De rodillas —ordenó.

Me arrodillé sin pensar. Él me agarró de la coleta y me acercó la polla a los labios, frotándomela contra la boca cerrada.

—Abre.

Abrí. Me la metió despacio, primero la punta, dejándomela apoyada en la lengua para que la saboreara, y después empujó hasta el fondo de la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas y me atraganté, pero él no me soltó la coleta. Me la sacó, me dejó respirar y me la volvió a meter, marcando el ritmo, follándome la boca con embestidas cortas y profundas mientras me sujetaba la cabeza contra la pared. La saliva me caía por la barbilla, cayéndome a chorros entre las tetas. Cada vez que me la hundía hasta la base me clavaba las bolas en la barbilla, y yo sentía el sabor salado del líquido pre-seminal chorreándome por la lengua.

—Así, muy bien, sácamela toda. Te encanta chupármela, ¿verdad, princesa? —jadeó—. Mira cómo se te caen las babas.

Asentí con la boca llena, ahogada, y él se rió bajito. Me soltó la coleta, me sacó la polla brillante de saliva y me levantó de los codos. Me giró contra la pared, con las manos apoyadas sobre los azulejos fríos, y me hizo separar las piernas de una patada suave en los tobillos. Sentí el glande frotándome la raja del coño, mojándose, buscando la entrada.

—Pídelo otra vez.

—Fóllame, por favor, amo. Métemela.

Me la clavó de un solo empujón, entera, hasta que sus caderas chocaron con mis nalgas. Grité contra la pared. La sentí abrirme por dentro, tan gruesa que me quemaba, tan profunda que se me cortaba el aliento. Adrián se quedó quieto un segundo, disfrutando de cómo el coño le apretaba, y después empezó a moverse. Primero despacio, sacándomela casi entera y hundiéndomela otra vez, cada embestida más fuerte que la anterior. Me agarró de las caderas, clavándome los dedos en la carne, y me empezó a follar en serio, con golpes secos que hacían sonar el chapoteo de mi humedad y el chasquido de sus muslos contra mi culo.

—Esto es lo que querías, ¿verdad, guarra? —jadeó junto a mi oreja—. La polla que llevabas horas mirándome en el bar. Dilo.

—Sí, la quería, la quería toda…

Me pasó una mano por delante y me buscó el clítoris con dos dedos. Empezó a frotármelo en círculos al mismo ritmo que me embestía, y el orgasmo se me subió por las piernas tan rápido que ni me dio tiempo a avisar. Me corrí a lo bestia contra la pared, con las uñas arañando los azulejos, chorreándole la polla y los muslos. Él no paró. Me siguió follando mientras me corría, alargándome el orgasmo hasta que las rodillas me fallaron y tuvo que sujetarme por la cintura para que no me cayera.

Me sacó la polla, brillante y goteando, y me arrastró a la cama redonda. Me tumbó boca arriba, me abrió las piernas con las rodillas y se hundió en mí otra vez, ahora mirándome a los ojos. Me sujetó las muñecas contra el colchón, encima de la cabeza, y me folló despacio, saboreándolo, midiendo cada embestida para llegarme hasta el fondo. Me chupó los pezones uno detrás del otro, mordisqueándomelos hasta hacerme gimotear, y luego me pasó los dientes por el cuello.

—Otra vez —susurró—. Córrete otra vez para mí.

Me levantó las piernas y me las puso sobre los hombros, doblándome en dos. Desde ese ángulo me embestía más profundo aún, y cada golpe me sacaba un gemido roto. Le clavé las uñas en la espalda, marcándoselo, y me corrí por segunda vez apretándole la polla entre espasmos. Él aguantó, gruñendo, con los dientes apretados.

Me dio la vuelta como si no pesara. Me puso a cuatro patas, me agarró de la coleta tirándome la cabeza hacia atrás y volvió a metérmela desde detrás. Los muslos le chocaban contra mi culo con un chasquido húmedo, y yo enterraba la cara en las sábanas granate, mordiéndolas para no gritar demasiado. Me dio un azote en la nalga derecha, otro en la izquierda, y sentí el calor subírmelas hasta ponérmelas rojas.

—Grita —me ordenó—. Quiero que me griten el nombre. Dilo.

—¡Adrián! —solté, sin fuerzas para resistirme.

—Más alto.

—¡Adrián, joder, no pares, córrete dentro, por favor!

Aceleró el ritmo hasta hacerse brutal, sin dejar de tirarme de la coleta. Sentí cómo se le tensaba el cuerpo, cómo la polla se le hinchaba dentro de mí, y de pronto me hundió las caderas hasta el fondo y se corrió con un gruñido ronco, llenándome el coño de chorros calientes que sentí latir dentro. No sacó la polla enseguida. Se quedó ahí, todavía duro, dejándome sentir cada palpitación mientras me acariciaba la espalda con una mano.

Cuando salió, sentí el semen chorreándome por la cara interna de los muslos. Él bajó a mirar, satisfecho, y me pasó la yema del dedo por la raja, recogiéndolo.

—Buena chica —repitió, y me metió el dedo en la boca para que lo lamiera.

Esa noche descubrí que rendirse no era perder. Que entregar el control, a la persona adecuada y en el lugar adecuado, podía ser la cosa más liberadora que había hecho en años. Adrián cumplió cada una de sus promesas, una por una, con la paciencia de quien sabe que el tiempo juega a su favor.

Y sí, antes de que terminara la noche, grité su nombre. Tan alto que estoy segura de que lo oyó media calle, tal como me lo había advertido en la barra de aquel bar, con una cerveza y una sonrisa que jamás debí servir.

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Comentarios(7)

RosaDeNight

tremendo relato!!!

CuriosoPasivo

Por favor una segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber que habia detras de esa puerta

SergioBCN

Me gusto mucho la tension del principio. Esa respuesta de 'ya lo veremos' me engancho desde el primer momento.

Luna_Noc

uno no sabe si asustarse o entusiasmarse jaja. Muy bien narrado

ViajeraNocturna

Me recordo a algo que me paso una vez en un bar. A veces los desconocidos esconden mas de lo que uno imagina. Buen relato!

MarioA76

excelente, segui escribiendo en esta categoria

Dario_F

La tension que construis desde el principio esta muy lograda. No hace falta decir demasiado para que el lector ya sienta lo que siente la protagonista. Se hizo corto, quiero mas.

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