La domina del cuarto piso no perdona una mirada
Todo había pasado muy rápido en el portal. Bruno seguía de rodillas sobre las baldosas, jadeando, con una mancha húmeda extendiéndose bajo él y la mirada perdida de quien acaba de descubrir algo de sí mismo que preferiría no saber. A dos pasos, su mujer lo observaba sin habla, una mano apoyada en la pared como si el suelo se le moviera bajo los pies.
Renata recogió sus llaves del buzón con una calma estudiada y subió al ascensor sin mirar atrás. Era solo el principio.
Llevaba semanas soportándolo. Cada vez que se cruzaban en la escalera, Bruno se quedaba clavado, los ojos resbalándole por su cuerpo, la respiración entrecortada como la de un perro viejo frente a un escaparate de carnicería. Esa tarde, harta, lo había puesto en su sitio delante de su propia esposa. No pensaba parar ahí.
***
Renata abrió la puerta de su piso y, detrás de ella, entró a cuatro patas Damián: desnudo, con un collar de cuero ajustado al cuello y una correa que ella sostenía sin esfuerzo. Lo había recogido del recibidor, donde lo dejaba esperando cuando salía. Días atrás se había acercado a la tienda de la calle Mendizábal y había comprado un equipo completo —collares, correas, una fusta corta, un látigo de tiras—, y la factura, por supuesto, la había pagado él. Ella no gastaba un céntimo en sus propias diversiones.
Entró al salón y se giró para plantarse frente a su esclavo.
—No te confundas conmigo —dijo, midiendo cada palabra—. Me pediste que te dejara lamerme los pies. Después me confesaste lo que eras. Así que a partir de hoy te trato como lo que eres.
Damián mantuvo la cabeza baja. Ella tiró un poco de la correa, solo para recordarle quién la tenía.
—Desde que cruzaste esa puerta dejaste de ser una persona. Eres mi perro. ¿Qué eres?
—Su perro y su esclavo, ama —respondió él, y le besó la punta de la bota.
—No me basta con que lo digas. Me lo demuestras.
Cogió el látigo corto y le cruzó la espalda con un golpe seco. Damián se arqueó, soltó un quejido que se le quebró en la garganta, y sin embargo su cuerpo lo traicionaba: la erección era inmediata, brutal, imposible de disimular.
—Mírate —murmuró ella, casi divertida—. Ni siquiera puedes fingir que no te gusta.
Otro golpe, esta vez en la parte baja de la espalda. Él tembló, apretó los dientes, y un segundo después se corrió sin que ella lo hubiera tocado, derramándose sobre el parqué entre jadeos que sonaban más a vergüenza que a placer. Renata levantó una ceja. Llevaba poco tiempo en esto y todavía le sorprendía el poder que tenía sobre un hombre adulto.
—Mira cómo has dejado el suelo —dijo—. Límpialo. Con la lengua.
Damián obedeció sin levantar la vista. Mientras lo hacía, ella se acomodó en el sofá y lo observó como quien observa a un animal cumplir un truco que ha aprendido bien.
—A partir de ahora solo hablas cuando yo te lo ordene —añadió—. Lo demás es silencio. Los perros no opinan.
Él asintió contra el suelo.
***
El timbre la interrumpió. Renata frunció el ceño, no esperaba a nadie. Se acercó a la mirilla y, al asomarse, una sonrisa lenta le cruzó la cara. Era Carolina, la mujer de Bruno.
Abrió la puerta apoyando el hombro en el marco, sin invitarla a pasar.
—¿Qué quieres?
—¿Que qué quiero? —Carolina temblaba de rabia—. Lo que le has hecho a mi marido es imperdonable. Vengo a decírtelo a la cara, y te aviso de que voy a denunciarte por agresión.
—Claro —respondió Renata, sin inmutarse—. Como si hubiera algún testigo de lo que dices.
Abrió un poco más la puerta y señaló con la barbilla hacia el interior del salón, donde Damián seguía arrodillado, mudo.
—Fíjate. Ese de ahí es mi esclavo. ¿Lo ves contento? —Tiró del aire como si sostuviera una correa invisible—. Ladra.
—¡Guau, guau! —obedeció Damián desde dentro, sin levantar la cabeza.
Carolina retrocedió un paso, pálida.
—Tu palabra contra la mía —continuó Renata, sin perder la calma—. Y no hay nadie aquí que confirme nada. ¿De verdad crees que vas a ganar algo viniendo a mi puerta a gritar?
—Eres una niñata de mierda… —escupió Carolina, y antes de pensarlo se lanzó hacia delante, la agarró del pelo y tiró con fuerza.
El tirón le arrancó a Renata un grito breve y agudo. Por un instante el dolor le nubló la vista. Pero la rabia fue más rápida: clavó el puño en el estómago de la otra mujer, que se dobló en dos y cayó de rodillas en el rellano, sin aire.
***
Renata la arrastró hacia dentro por la muñeca y cerró la puerta de una patada. Se sentó a horcajadas sobre ella y le sujetó las dos manos contra el suelo.
—Casi me arrancas el pelo —dijo, con la voz baja y temblorosa de furia—. ¿Sabes lo que les pasa a las que me ponen la mano encima?
Carolina forcejeó, pero pesaba poco y estaba agotada. Renata le sujetó las muñecas con una sola mano y, con la otra, le giró la cara hacia un lado.
—Por favor, suéltame —jadeó la mujer—. No quería… no sé qué me ha pasado.
—Demasiado tarde.
La obligó a ponerse a cuatro patas tirándole del pelo y cogió de nuevo el látigo de tiras. El primer golpe le cruzó la espalda; el segundo, más abajo. Carolina chilló, pero entre el dolor y el llanto se le escapó otra cosa, un sonido distinto que la delató tanto como antes había delatado a su marido el portal.
—Quítate la ropa —ordenó Renata.
—¿Qué…?
—¿Eres sorda? —Otro latigazo—. La ropa. Toda.
Con las manos temblando, Carolina se desnudó allí mismo, en el suelo del salón, y se quedó arrodillada, los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto inútil de pudor.
—Las perras no hablan —dijo Renata, sacando un segundo collar del paquete que aún seguía abierto sobre la mesa—. Solo ladran.
Le ajustó el collar al cuello y enganchó la correa. Carolina ya no se resistía. Algo en su mirada había cambiado: el miedo seguía ahí, pero debajo asomaba otra cosa que ella misma no se atrevía a nombrar.
***
Renata la llevó a rastras hasta donde Damián había limpiado el suelo y le hundió la cara contra el parqué, restregándole la mejilla por la zona húmeda mientras le sujetaba la nuca con el tacón.
—Límpiame las botas —ordenó—. Y hazlo bien.
Carolina sacó la lengua y empezó a lamer el cuero, primero con asco, después con una entrega que la asustaba. Cuando las dejó impecables, Renata sonrió.
—Ahora viene lo bueno —dijo—. Abajo, en el portal, tu marido dejó algo sin limpiar. Vamos a arreglarlo.
Tiró de la correa y la condujo hasta la puerta. Carolina se aferró al marco.
—Por favor, no. Puede verme un vecino.
—Las perras no hablan —repitió Renata, y un toque del látigo en el muslo la hizo callar.
Salieron al rellano: una mujer vestida tirando de la correa, otra desnuda y a cuatro patas con un collar al cuello. El ascensor las bajó hasta el portal. Carolina mantenía la cabeza gacha, los ojos fijos en las botas de Renata, incapaz de mirar nada más.
—Lo sabía —dijo Renata al ver la mancha en las baldosas de la entrada—. Sabía que no lo habíais limpiado. Empieza. Y si entra alguien y te ve, es tu problema.
La mujer se agachó y lamió el suelo del portal hasta dejarlo limpio, mientras el corazón le golpeaba el pecho con cada paso que sonaba en la escalera.
***
Justo cuando terminaba, la puerta del ascensor se abrió y apareció Elvira, vecina de toda la vida, conocida de la familia, con la bolsa de la compra en la mano. Se quedó inmóvil.
—¿Y esto qué es, Renata?
—Lo que ves, vecina —respondió ella con naturalidad, como si comentara el tiempo—. Una perra que ha venido a limpiar con la lengua lo que ensució en el portal.
Carolina apretó los párpados, deseando desaparecer.
—Saluda a la vecina —ordenó Renata.
—Guau —ladró Carolina, en un hilo de voz, y se inclinó a besar la punta del zapato de Elvira, que la miraba entre el escándalo y una curiosidad que no terminaba de disimular.
Elvira no dijo nada más. Negó con la cabeza, murmuró algo entre dientes y subió por las escaleras. Renata sonrió: ni una palabra de denuncia volvería a tener sentido después de aquello.
***
Empujó a Carolina de vuelta al ascensor y pulsó el botón de su planta. La mujer temblaba, pero también respiraba agitada, los muslos apretados, evidentemente excitada por la humillación.
—Eres tan sumisa como el cerdo de tu marido —dijo Renata, observándola—. Tú lo sabías y por eso viniste. Ábrete de piernas.
Carolina obedeció. Renata levantó una pierna y le ofreció la punta de la bota.
—Si tanto lo necesitas, hazlo tú misma. Contra la bota. Y date prisa.
La mujer se frotó contra el cuero, primero despacio, después sin control, mordiéndose el labio para no gemir y fracasando en el intento. Renata sacó el móvil y lo grabó todo sin que ella lo notara. Cuando Carolina se corrió, lo hizo con un estremecimiento largo que la dejó sin fuerzas, deshecha en el suelo del ascensor.
—Mira cómo has dejado esto —dijo Renata cuando las puertas se abrieron en su planta—. Límpialo antes de irte.
Carolina lamió el suelo del ascensor, saboreando algo que nunca antes había probado y que ese día, vencida, ya no le repugnaba.
***
Antes de soltarla, Renata sacó un pintalabios y le escribió en el pecho un par de palabras y un número de teléfono. Luego le tiró la cartera, las llaves y la ropa hecha jirones por los latigazos.
—Por la sesión y por el collar, me transfieres trescientos euros —dijo—. Por Bizum, con un mensaje claro del motivo. Y agradecida.
Carolina recogió sus cosas como pudo y avanzó a cuatro patas hasta su propia puerta, la abrió y se metió dentro sin atreverse a mirar atrás.
Minutos después, el móvil de Renata vibró con el aviso de un ingreso. El mensaje lo acompañaba, escrito con manos que seguramente temblaban: «Tributo de tu vecina por la sesión de hoy».
Renata sonrió, guardó el teléfono y subió a su piso. Damián seguía arrodillado donde lo había dejado. Se empleó un rato más con él, hasta cansarse, y después lo mandó a la ducha y lo despachó a su casa.
Había sido una tarde larga. Se sirvió una copa, se dejó caer en el sofá y cerró los ojos. Que aprendan todos quién manda en este edificio.