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Relatos Ardientes

Mi nueva compañera descubrió mi debilidad por sus pies

«Si te quejas, te meto el pie entero en la boca.»

Es una de esas frases que todavía hoy me ronda la cabeza. Una de las tantas que me ha dicho desde entonces y que me siguen haciendo temblar. Pero antes de llegar ahí, debería empezar por el principio. ¿Quién es ella? ¿Cómo terminé arrodillado, esperando su permiso para todo? Voy a contarlo en orden.

Tenía veintiséis años y acababa de empezar un posgrado en una ciudad nueva. Aula nueva, caras nuevas, todo desconocido. El primer día entré temprano y me senté al fondo, mirando entrar a la gente, calculando con quién iba a pasar los próximos dos años. Hasta que entró ella.

Alta, de pelo negro hasta los hombros, con una seguridad al caminar que ocupaba más espacio del que su cuerpo necesitaba. Lo confieso sin vueltas: mi mirada bajó enseguida hacia sus pies. Es lo primero que busco en una mujer, una costumbre que arrastro desde siempre. Pero esa mañana llevaba zapatillas cerradas, y me quedé con las ganas.

¿Cómo serán? Tienen que ser bonitos, al menos. No lo sé todavía.

Pasé la clase entera con esa pregunta dándome vueltas, sin escuchar una palabra del profesor.

El segundo día todo cambió. Llegó con unas sandalias negras, abiertas, de tiras finas. Unas sandalias que encendieron algo que no se apagó nunca más. Sus pies eran mucho más que bonitos. Eran blancos, de empeine alto, con los dedos en escalera perfecta y una curva que la sandalia parecía diseñada para exhibir. Ese día los llevaba sin esmalte, y aun así me costó respirar con normalidad.

Para el tercer día la cosa se puso seria. Se había hecho una pedicura francesa, y sus pies pasaron de perfectos a irreales. A partir de entonces no volví a verla con zapatos cerrados. Siempre sandalias, chatitas, algo abierto que dejara todo a la vista, como si supiera el efecto que provocaba.

***

Los miraba todos los días. Ya ni fingía atención en las clases, era imposible. Ahí estaban, a dos filas de distancia, perfectos. Renata —así se llamaba— tenía la manía de descalzarse a mitad de la mañana, colgar la sandalia de la punta de los dedos y balancearla en el aire mientras tomaba apuntes. Movía los dedos, estiraba el empeine, dejaba caer el zapato al piso y volvía a calzarlo con un gesto distraído. Me estaba volviendo loco sin proponérselo, o eso creía yo entonces.

Necesitaba que supiera, de alguna forma, que había alguien ahí completamente rendido a sus pies. Pero no tenía la menor idea de cómo decirlo sin quedar como un demente. Llegué a escribir notas pequeñas para dejarle en la mochila, en la carpeta, en cualquier parte. Nunca encontré el momento ni el valor.

Cada día Renata y sus pies ocupaban más lugar en mi cabeza. Soñaba con ellos de noche. Soñaba con tocarlos, con olerlos, con que me pisara, con que me humillara y me tratara como algo que está debajo de ella. No era solo deseo físico: era la necesidad de servirla, de quedar por debajo, de obedecer. Y no sabía cómo cargar con eso en silencio.

***

Fue entonces cuando conocí a Damián. Damián Cobas llevaba un sitio dedicado al fetichismo de pies, un espacio pensado para gente como yo, que carga una fantasía a cuestas y se muere de vergüenza de confesarla. Le escribí casi sin pensarlo. Estuvimos hablando varios días. Le conté todo: lo enamorado que estaba de los pies de Renata, lo perfectos que me parecían, mis sueños, mis fantasías más sumisas, hasta el último detalle que jamás había dicho en voz alta.

Damián me escuchó sin juzgarme. Y, poco a poco, me convenció de que lo dejara ayudarme. Le mandó un mensaje a ella —desde el anonimato de su sitio— diciéndole que tenía un admirador secreto de sus pies. No sé exactamente cómo fue esa conversación. Sé que Damián me pidió un par de datos para sonar creíble y que yo se los di. Nada más. Después me quedé esperando, con el estómago hecho un nudo, sin saber qué había desatado.

Pasaron los días y la rutina seguía igual: yo babeando de día, soñando de noche. Hasta que ocurrió algo que no vi venir. Acababa de salir del grupo de mensajería del curso cuando el teléfono me vibró con una llamada brevísima. La persona cortó enseguida y me escribió pidiendo disculpas, que había marcado sin querer. Fui a ver quién era y el corazón se me disparó.

Era ella.

Le respondí que no había problema, intentando que no se notara el temblor en los dedos. Me explicó que había entrado a ver quién se había ido del grupo y que el dedo se le fue solo. Pensé rápido y le tiré algo como:

—Qué casualidad más rara que me pase justo a mí.

Esperaba que preguntara por qué era raro. En cambio, respondió:

—No es tan raro. Solo porque te gustan mis pies.

Se me heló la sangre. ¿Entonces lo sabía? ¿Desde cuándo? ¿Cómo? El pulso me golpeaba en las sienes, pero traté de aparentar calma. Tardé un siglo en escribir una respuesta que no me delatara del todo, y para cuando la mandé ya era tarde: ella sabía, y sabía que yo sabía que sabía.

***

A partir de esa noche empezamos a hablar. Primero del posgrado, de los profesores, de tonterías. Después, cada día un poco más, y el tema de los pies se fue colando en la conversación como si siempre hubiera estado ahí. Y noté algo que me erizó la piel entera: a ella empezaba a gustarle. No el fetiche en sí, sino el poder. La idea de que un hombre adulto, sentado a dos filas, se deshiciera por ella sin que ella moviera un dedo.

Y entonces apareció el otro tema, el que yo había callado toda la vida. La sumisión.

Soy sumiso. Mi fantasía no termina en sus pies: empieza ahí. Lo que de verdad deseo es que una mujer me domine, que me convierta en su cosa, que decida por mí. Y Renata era exactamente esa clase de mujer. Autoritaria, acostumbrada a salirse con la suya, incapaz de tolerar que alguien no hiciera lo que ella quería. Lo que para otros sería un defecto, a mí me encendía de una forma desproporcionada.

Una madrugada, después de varias semanas de mensajes que iban subiendo de temperatura, me animé a contarle uno de esos sueños. Le describí cómo me imaginaba a sus pies, cómo fantaseaba con obedecerla, con que me pisara, con que me usara. Le ofrecí, casi sin aliento, convertirme en su sumiso. Hubo una conversación larguísima esa noche. Y al final dijimos que sí.

Pero no voy a mentir: la primera vez no funcionó. Ninguno de los dos terminaba de soltarse. Yo no lograba entregarme del todo y ella tampoco se sentía cómoda llevando las riendas. Al poco tiempo dejamos de hablar, como si nada hubiera pasado. Pensé que ahí terminaba la historia. Me equivoqué.

***

No sé si pasaron días o semanas. Un día volvimos a escribirnos. Esta vez fue distinto. Esta vez llegamos a lo que ella llamó «un acuerdo», y ahí empezó de verdad lo nuestro. La primera condición fue clara: tenía que llamarla reina. No Renata, no por su nombre. Reina.

—A ver, dilo —escribió—. Quiero leerlo.

—Sí, reina.

—Otra vez. Más despacio.

Y yo lo escribía una y otra vez, sintiendo cómo cada repetición me hundía un poco más, y cómo cada hundimiento me gustaba más que el anterior.

No podía negarme a nada. Se burlaba de mí por mensaje, me torturaba describiendo todo lo que pensaba hacerme: cómo me iba a pisar, cómo me iba a meter el pie en la boca, cómo me obligaría a probarlo, cómo me dejaría darle masajes durante horas sin permitirme un solo beso. Me mandaba fotos de sus pies recién hechos, los dedos perfectos, el empeine arqueado, y yo perdía la cabeza mirándolos en la oscuridad de mi cuarto, releyendo cada palabra.

—¿Te gusta esta foto? —escribía.

—Muchísimo, reina.

—Bien. No te la mereces, pero hoy estoy generosa.

Cada migaja que me lanzaba me parecía un premio enorme. Aprendí a esperar sus mensajes como quien espera una orden, a responder rápido, a anteponer su capricho a cualquier cosa que yo estuviera haciendo. Me descubrí reorganizando el día entero alrededor de la posibilidad de que ella escribiera. Y lo más extraño es que nunca me sentí tan en paz como obedeciendo.

***

Todavía no he llegado a tocar sus pies. No he tenido la ocasión de hacer eso que tanto deseo, de pasar de las palabras a la piel. Por ahora todo vive en los mensajes, en las fotos, en esa voz que me da órdenes a través de la pantalla. Y sin embargo ya me siento suyo, completamente.

Sé que algún día va a pasar. Sé que un día voy a estar ahí, de rodillas frente a ella, y por fin voy a poder servirla de verdad. Ser su alfombra, su esclavo. Adorar esos pies tan perfectos, olerlos, besarlos, recorrer las plantas con la lengua, chuparle los dedos uno por uno mientras ella me mira desde arriba, aburrida, satisfecha de tenerme rendido. Algún día va a dejar que me pise, va a apoyar todo su peso sobre mí y yo voy a entenderla por fin: ella arriba, yo donde merezco estar.

Renata es la reina que siempre soñé. Más que eso, incluso. Y sé, con una certeza que no me deja dormir, que ella merece toda la servidumbre y toda la adoración que yo sea capaz de darle. El día que me lo permita, no va a quedar parte de mí que no le pertenezca.

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Comentarios (4)

NocturnoBaires

increible!! de esas que no podes parar de leer hasta el ultimo renglon

MarisolM

Por favor una segunda parte! quede con ganas de saber como siguio la cosa entre los dos

Klaus_BsAs

me recordo a algo que me paso en la facu, este tipo de situaciones tensas sin decirse nada se dan mas seguido de lo que la gente cree jaja

Marcos_Cba

Y como le fue en el posgrado despues de esto?? jajaja me imagino al tipo sin poder concentrarse en ninguna clase

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