Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que hice con la sandalia de la amiga de mi hija

Nunca pensé que escribiría algo así, pero hay cosas que uno necesita sacar de adentro aunque sea en un cuaderno que nadie va a leer. Llevo años cargando con esto. Me excitan los pies. No de una manera vaga, no como a quien le gusta una pierna bonita: me obsesionan de un modo que a veces me asusta. Un pie descalzo, el arco bien marcado, los dedos pequeños, la marca pálida que dejan las correas de una sandalia sobre la piel bronceada. Eso puede arruinarme el día entero o, según se mire, hacérmelo inolvidable.

Tengo cincuenta y un años, soy viudo y vivo con mi hija Lucía. Ella estudia, sale poco, y de vez en cuando trae amigas a casa. Durante mucho tiempo eso no fue un problema. Hasta que apareció Bianca.

***

Martes. Bianca tiene veinte años y es la clase de chica que parece no darse cuenta del efecto que provoca. Morena, menuda, con una sonrisa fácil y esa costumbre de andar siempre con los pies al aire. Lucía la conoció en la facultad y desde entonces viene casi todas las semanas. Yo intento comportarme. De verdad que lo intento.

El problema es que Bianca tiene los pies más bonitos que he visto en mi vida. Y los muestra sin pudor, porque para ella son solo pies, una parte cualquiera del cuerpo. No sabe que para mí son otra cosa. No sabe que cada vez que cruza la sala con esas chanclas, yo tengo que fingir que miro el televisor.

Ayer llegó por la tarde. Calor sofocante, de esos que pegan la ropa a la piel. Llevaba unos pantalones cortos y una blusa corta que le dejaba el vientre al descubierto, y en los pies unas sandalias blancas de goma con una raya roja. Las saludé desde el sillón, traté de sonar como un padre cualquiera, aburrido y amable.

—Buenas, señor —me dijo ella, descalzándose junto a la puerta como hace siempre.

Y ahí quedaron. Las dos sandalias, una caída de lado sobre la otra, abandonadas en el felpudo de la entrada mientras ella entraba descalza a la habitación de Lucía.

No mires. Por favor, no mires.

Pero miré. Vi sus pies desnudos pisar el suelo de la sala, ligeramente bronceados, con esa marca clara que le habían dejado las correas. Vi cómo el arco se curvaba en cada paso, cómo los dedos se aferraban un instante a las baldosas frías. Sentí que se me secaba la boca y que algo se endurecía dentro de mis pantalones de una manera imposible de disimular.

Murmuré una excusa y me encerré en mi cuarto.

***

Lo que voy a escribir ahora me da vergüenza, pero ya que empecé, lo cuento entero.

Me senté en el borde de la cama con el corazón golpeándome el pecho. Escuchaba a las dos chicas riéndose al otro lado del pasillo, hablando de cosas de las que yo no formaba parte. Bajé la mano, me abrí el pantalón y empecé a tocarme pensando en esos pies. En la marca clara de las correas. En cómo se vería ese arco si yo lo recorriera despacio con la lengua.

No me alcanzó. Por más que cerraba los ojos, la imagen en mi cabeza no era suficiente. Y entonces me acordé de las sandalias. Estaban ahí, a pocos metros, junto a la puerta, todavía guardando la forma exacta del pie que las había usado.

Fue una idea estúpida. Peligrosa. El tipo de cosa que podría costarme la relación con mi hija, mi dignidad, todo. Y aun así me levanté.

***

Agucé el oído. Las chicas seguían en la habitación de Lucía, con la puerta entornada y la música puesta. Calculé que tenía unos minutos. Mi casa tiene un muro alto al frente, nadie ve la entrada desde la calle, así que salí por la parte de atrás y di la vuelta en silencio, como un ladrón en su propio hogar.

Las sandalias seguían ahí. Me agaché y tomé la izquierda con dos dedos, casi con miedo, como si fuera a quemarme. La di vuelta. La goma conservaba la huella de su planta: la marca del talón, el hueco bajo los dedos, todo dibujado por el uso. Me la acerqué a la cara.

El olor me golpeó de lleno. Una mezcla de goma caliente y un rastro suave, íntimo, de pie de mujer después de un día de calor. No era un olor fuerte ni desagradable. Era el olor de ella, concentrado en ese trozo de plástico, y bastó para que volviera a endurecerme por completo.

Inhalé despacio, con los ojos cerrados, llenándome los pulmones de ese perfume prohibido. Pensé en Bianca caminando descalza por mi casa sin imaginar que yo, su amigo del padre, el señor aburrido del sillón, estaba haciendo esto con sus sandalias a unos metros de la puerta.

***

Tomé la otra sandalia, la derecha. La sostuve con una mano mientras seguía oliendo la izquierda. Y entonces hice lo que mi cabeza llevaba rato gritando que hiciera.

Metí la polla entre las dos tiras de goma de la sandalia, ahí donde sus dedos se habían acomodado un instante antes. El plástico me apretaba justo, ceñido, y empecé a moverme contra él imaginando que era ella. Que era el coño estrecho de Bianca y no una chancla blanca con una raya roja.

Lamí la sandalia izquierda mientras me follaba la derecha. Pasé la lengua por la zona donde había estado su talón, donde sus dedos habían dejado la marca, sintiendo el sabor de la goma y de algo más, ese rastro de su piel. La excitación era tan intensa que me costaba mantenerme en pie. Me apoyé contra el muro, con las rodillas temblándome, moviéndome cada vez más rápido.

En mi cabeza la veía clarísima: tumbada, los pies levantados hacia mi cara, dejándome lamerle el arco mientras yo entraba en ella. Los gemidos de las chicas al fondo de la casa se mezclaban con mi fantasía hasta que no supe distinguir lo real de lo imaginado.

No aguanté mucho. Apreté los dientes para no hacer ruido y terminé entre las tiras de goma, manchando la sandalia con un chorro espeso que se deslizó por el borde. Me quedé un segundo así, aturdido, con la frente apoyada en la pared y el corazón a punto de salírseme.

***

El golpe de realidad llegó enseguida.

Escuché un ruido detrás de la puerta. Pasos. Una risa apagada. Se me heló la sangre. ¿Había alguien ahí? ¿Me habían visto?

Con las manos temblando limpié lo que pude con la manga de mi propia camisa, acomodé las dos sandalias tal como estaban, una caída sobre la otra, y corrí agachado hacia la parte trasera de la casa. Entré por la cocina, me lavé la cara con agua fría y me quedé un buen rato apoyado en la mesada, esperando a que el pulso se me normalizara, repitiéndome que había sido una locura, que nunca más, que estaba enfermo.

Pero ya saben cómo es eso del «nunca más».

***

Media hora después Bianca salió de la habitación. Lucía la acompañaba hasta la puerta, las dos charlando de algo de la facultad. Yo había vuelto al sillón, fingiendo leer el diario, con las páginas estratégicamente cruzadas sobre el regazo porque solo verla me había despertado otra vez.

—Chau, señor —me dijo, agitando la mano.

—Cuídate, Bianca —respondí, con una voz que me salió más ronca de lo que hubiera querido.

Y entonces vino lo peor. O lo mejor, según el lado oscuro de mi cabeza.

Se sentó en el escalón de la entrada para volver a calzarse. Tomó la sandalia derecha, la que yo había usado, y por un instante dudó. La miró. Frunció apenas el ceño, como si notara algo raro en la goma, una humedad que no debía estar ahí. Yo dejé de respirar.

Pero no dijo nada. Acomodó las tiras entre sus dedos, deslizó el pie y se levantó. Verla pisar mi semen con ese pie perfecto, sin saberlo, fue una de las cosas más perturbadoras y excitantes que he sentido nunca. Tuve que apretar el diario con fuerza para no delatarme.

***

Antes de cruzar el umbral, Bianca se giró y me miró.

No fue una mirada cualquiera. Fue una mirada larga, con una media sonrisa en la comisura de los labios, el tipo de gesto que puede significar todo o nada. ¿Sabía algo? ¿Había sido ella la del ruido detrás de la puerta? ¿O eran solo imaginaciones mías, la paranoia de un hombre con la conciencia sucia?

—Nos vemos pronto —dijo, y aquel «pronto» me sonó cargado de una intención que probablemente solo existía en mi cabeza.

Después se fue, caminando por la vereda con esas sandalias blancas, una de ellas guardando un secreto que solo yo conocía. Me quedé mirándola por la ventana hasta que dobló la esquina.

***

Han pasado dos días y todavía me tiembla algo por dentro cada vez que lo recuerdo. Sé que está mal. Sé que es un juego peligroso, que un descuido y lo pierdo todo. Me digo que tengo que controlarme, que la próxima vez voy a quedarme sentado en el sillón como un padre normal, mirando el televisor, ignorando esos pies.

Pero también sé que es mentira.

Porque ya estoy contando los días para que Bianca vuelva. Para verla descalzarse en la puerta otra vez, dejar sus sandalias tibias sobre el felpudo y entrar a la habitación de mi hija sin imaginar lo que pasa por mi cabeza. Y esa media sonrisa del final, esa mirada que no logro descifrar, me persigue cada noche.

Quizá la próxima vez me anime a más. Quizá ella quiera que lo haga. O quizá solo sea otro pobre fetichista escribiendo en un cuaderno fantasías que nunca se atreverá a cumplir.

Pero la sandalia, te lo juro, todavía la huelo cuando cierro los ojos.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (5)

CuriosoLector77

que locura!! me enganche desde la primera linea y no pude parar hasta el final. Muy bueno

PichiMar

Por favor continua!! quede con muchas ganas de saber que paso despues, no lo dejes asi

FeticheLector

me recordo a una situacion parecida que vivi hace años. Esa tension de lo prohibido es inexplicable, se siente en el pecho

Nico_Salta

buenisimo, alguna vez te diste cuenta de que alguien te habia visto? jaja tremendo igual

Marce_Rdz

Muy bien escrito, se nota la tension del momento. Espero que sigas subiendo relatos asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.