El examen médico en el que ella lo dominó
La carta del cuerpo de bomberos era escueta: para cerrar el ingreso a Mateo solo le faltaba el reconocimiento médico, y por las nuevas normas sanitarias debía pasarlo a solas, en una consulta privada del centro. Le dieron una dirección, una hora y una sola instrucción: presentarse sin acompañantes. Mateo tenía veintiséis años, ochenta kilos repartidos en un cuerpo que llevaba media vida entrenando, y la certeza arrogante de que ningún médico iba a encontrarle un solo defecto.
Llamó al timbre del segundo piso y esperó con la carpeta de los análisis bajo el brazo. Cuando la puerta se abrió, lo primero que pensó fue que se había equivocado de piso.
No había ningún doctor de bata blanca y gesto aburrido. Había una mujer de su edad, quizá un poco más joven, algo más baja que él, con el pelo recogido en un moño flojo y una bata fina que no tapaba demasiado. Tenía un cuerpo de los que obligan a apartar la mirada para disimular: pechos firmes y redondos, caderas marcadas, y una manera de apoyarse en el marco de la puerta que no tenía nada de profesional.
—Tú debes ser el de las cuatro —dijo, y su voz era dulce, casi inocente—. Pasa, te estaba esperando.
Mateo entró. El piso olía a algo cálido y la consulta era apenas un salón con una camilla al fondo. Ella cerró con llave a su espalda.
—Me llamo Lucía. Soy la encargada de hacerte el examen —continuó, y entonces su tono cambió. Bajó medio escalón, se volvió más grave, más lento, deliberadamente cargado—. Y te confieso una cosa: tengo muchas ganas de empezar contigo.
Esto no es un reconocimiento médico normal, pensó él. Y sin embargo no se movió hacia la puerta.
Lo que Mateo no sabía todavía era que Lucía no era médica. Ni enfermera. No tenía un solo papel que la avalara. Lo único que tenía era un plan muy claro: dejar que un tipo grande y seguro de sí mismo se confiara, que se creyera al mando, para luego demostrarle lo equivocado que estaba. Y lo iba a hacer despacio.
***
—Quítate la ropa —dijo ella, rodeando la camilla—. Necesito ver con qué material trabajamos.
Mateo se rió por dentro de su propia suerte. Se quitó la camiseta, el pantalón, y se quedó en ropa interior frente a ella, dejando que mirara. Y vaya si miró. Recorrió sus hombros, su abdomen, las piernas, con una lentitud que no tenía nada de clínica.
—Desde luego, condición física no te falta —murmuró, acercándose—. Eres muy… masculino.
Lo dijo arrimándose hasta pegar su cuerpo al de él. Mateo sintió la tela fina de la bata contra el pecho, el aliento de ella en el cuello, sus manos recorriéndole los brazos como si lo estuviera tasando. Él ya estaba duro y no se molestó en disimularlo.
—Encantado de que me revise alguien como tú —dijo, pasándole una mano por la cintura.
Ella dejó que la tocara. Subió las palmas por su torso, le clavó las uñas con suavidad, y él aprovechó para inclinarse y morderle el cuello, despacio, mientras una de sus manos bajaba por la cadera de ella hasta la curva de su trasero. La apretó. Lucía soltó un suspiro que parecía sincero, y por un segundo Mateo creyó que la tenía en el bote.
—Para terminar el examen —susurró ella contra su oreja— vas a tener que quedarte completamente desnudo. Tengo que revisarte con mucho detalle.
—Me parece justo —respondió él, quitándose lo último que le quedaba—. Pero entonces lo justo es que tú hagas lo mismo. Esa bata tan fina no tapa gran cosa.
Se rió, confiado, mientras le acariciaba los hombros y dejaba resbalar una mano hacia abajo. Ella lo dejó hacer. Lo dejó creer. Y cuando su mano estaba donde él quería, sintió de pronto la de ella cerrándose con firmeza alrededor de sus testículos.
No apretó. Solo los sostuvo. Pero el mensaje era clarísimo.
—¿Cómo te atreves, descarado? —dijo, y la dulzura de antes se había convertido en algo afilado.
—Eh… —reaccionó él con un quejido más de sorpresa que de dolor—. Cuidado con eso.
—¿Cuidado? —Sonrió—. Mira cómo se te pone, en lugar de bajar. Qué interesante.
Tenía razón. Lejos de asustarse, el cuerpo de Mateo respondió poniéndose más duro, y eso a ella la encendió todavía más. Lo sostenía con una mano por lo más vulnerable que tenía, y con la otra empezó a acariciarle el pecho como si lo estuviera premiando por portarse bien.
***
—Voy a explicarte una cosa —dijo, paseando los dedos por su abdomen—. Un hombre puede ser todo lo grande y fuerte que quiera. Puede tener los músculos que quiera. Pero por aquí —apretó apenas, lo justo para que a él se le cortara la respiración— siempre va a estar a mi merced. Cuanto más macho, más delicado en este punto exacto.
—Eso ya lo veremos —contestó él, todavía con un resto de orgullo.
Fue un error decirlo. Lucía levantó una rodilla, sin violencia, calculando, y la apoyó contra él lo justo para recordarle quién mandaba. Mateo soltó el aire de golpe y, sin darse cuenta, dobló las rodillas. Acabó arrodillado frente a ella, con su cuerpo a la altura de la cara y esa mirada de victoria observándolo desde arriba.
—Mucho mejor así —dijo ella—. Ya que estás ahí abajo, demuéstrame para qué sirve esa boca tan chula.
Y la verdad es que en ese momento él ya no quería discutir. Quería complacerla. Le separó la bata, le besó el interior de los muslos, subió despacio, oliéndola, provocándola, hasta llegar a donde ella esperaba. Empezó con la lengua plana, lento, de abajo arriba, sin prisa, mientras le sujetaba las caderas con las manos. Ella enredó los dedos en su pelo y empujó.
—Más adentro —ordenó—. Y no pares hasta que yo lo diga.
Mateo obedeció. Dibujó círculos, alternó el ritmo, jugó con todo, y notó cómo a ella le temblaban las piernas y cómo sus gemidos pasaban de fingidos a reales. Por un momento creyó que recuperaba algo de control: era él quien la estaba volviendo loca. Pero ella lo dejó llegar justo hasta el borde, justo hasta que su voz se quebraba, y entonces le agarró del pelo y le apartó la cabeza.
—No, no, no —dijo entre jadeos, sonriendo—. Tú no decides cuándo. Lo decido yo.
***
Lo hizo levantarse. Lo empujó contra la pared y se pegó a él, restregándose, rozándolo, sin dejarle avanzar ni un centímetro más de lo que ella permitía. Una de sus manos volvió abajo, lo rodeó, y empezó a acariciarlo con una técnica que lo hizo apretar los dientes.
—Ahora arrodíllate otra vez —dijo al oído— y mírame mientras decido qué hago contigo.
—Estaba a punto de pedirte exactamente eso —mintió él, recuperando un poco de fanfarronería—. Quería tu boca, no tus órdenes.
—Ya lo sé. —Se mordió el labio—. Por eso voy a hacértelo desear todavía un poco más.
Se arrodilló ella esta vez, pero no para someterse. Fue bajando con la boca por el pecho de Mateo, por el abdomen, besando cada músculo como si le estuviera dando las gracias por dejarse atrapar. Cuando llegó abajo, una mano lo sostenía con cuidado y la otra empezó a acariciarlo mientras su lengua jugaba sin prisa. Él soltó un gemido que no pudo controlar. Y justo entonces, en el segundo en que más perdido estaba, ella apretó.
—Ay… —protestó él, doblándose.
—Vaya, qué torpe soy —dijo con falsa inocencia, levantándose y apartándose—. Y con las ganas que tenían de descargar. Qué pena.
Se dio la vuelta y le mostró el trasero, balanceándolo despacio, retándolo a hacer algo. Estaba jugando con él, lo sabía, y lo tenía completamente a su merced. Lo peor de todo es que cada provocación lo ponía más a punto.
***
Algo en Mateo se rebeló. La agarró por detrás, pegó su cuerpo al de ella, deslizó una mano hasta sus pechos y la otra entre sus piernas, decidido a recuperar el mando.
—Vas a arrepentirte de provocarme tanto —le susurró contra la nuca—. No puedes hacerle esto a un hombre y quedarte tan tranquila.
—¿Ah, no? —Se rió, sin asustarse lo más mínimo—. Eres un buen ejemplar, no te lo niego. Pero no pienso ponértelo fácil.
Y mientras movía las caderas contra él, volviéndolo loco, deslizó una mano hacia atrás, despacio, palpando hasta encontrar de nuevo su punto débil. Lo apretó con esa mezcla suya de delicadeza y crueldad.
—¿Sabías —dijo, retorciendo apenas— que cuanto más fuerte es un hombre, más fácil es tenerlo de rodillas con dos dedos?
—Suelta… —gimió él, sin saber ya si era una queja o una súplica.
—Es que me encanta —ronroneó ella—. Me encanta sentir que el tipo más grande de la sala depende de que yo tenga ganas de ser amable. Así es como una mujer le recuerda a un hombre cuál es su sitio.
Él seguía pegado a ella, seguía duro, seguía deseándola con una intensidad que no había sentido nunca. Lo tenía cogido en todos los sentidos posibles, literal y figurado, y él solo quería más.
***
Lo llevó hasta la camilla, casi de un empujón, y lo hizo tumbarse boca arriba. Se subió encima, le sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una mano sorprendentemente firme, y con la otra se guió hacia él.
—Ahora sí —dijo, hundiéndose despacio—. Pero recuerda: tú no te corres hasta que yo lo permita. Y si te portas mal…
Bajó la mano libre y lo rodeó otra vez, sin apretar, solo como recordatorio. La amenaza colgando.
Empezó a moverse encima de él, marcando ella el ritmo, cada vez más rápido, los pechos balanceándose, la cabeza echada hacia atrás. Mateo apretaba los dientes intentando aguantar, porque sabía que en cuanto se dejara llevar, su mano cerraría el trato. Era una tortura perfecta: el placer y el peligro en el mismo punto exacto.
—Mírame —ordenó—. Quiero ver tu cara mientras te decides entre lo que quieres y lo que te conviene.
Él la miró. Estaba al borde, lo notaba en cómo se le tensaba todo el cuerpo, en cómo sus gemidos ya no tenían nada de actuación. Se corrió primero ella, con un grito largo, clavándole las uñas en la muñeca, temblando entera. Y solo cuando terminó, cuando estuvo del todo satisfecha, aflojó la mano que lo tenía cogido y lo dejó alcanzarla.
—Ahora sí —jadeó—. Ahora puedes.
Mateo se dejó ir unos segundos después, vaciándose con una intensidad que lo dejó sin fuerzas, aún sujeto, aún a su merced. Ella se quedó encima, recuperando el aliento, mirándolo con esa sonrisa de quien ha ganado una partida que el otro ni siquiera sabía que estaba jugando.
—No has pasado el examen —dijo al fin, acariciándole la mejilla—. Pero a lo mejor te dejo volver a intentarlo. Si te portas bien.
Le soltó las muñecas. Mateo seguía tumbado, agotado, derrotado y más excitado de lo que había estado en su vida, pensando ya cuándo podría volver a llamar a aquella puerta.
A quién le importa el cuerpo de bomberos, pensó.