Mi vecina descubrió mi secreto y me castigó esa tarde
Crecí en un terreno largo a las afueras de un pueblo del interior, uno de esos lotes donde cabían dos casas: la de mi familia, al frente, y otra más pequeña al fondo, separada por un patio de tierra y un limonero viejo. En la del fondo vivía Marcela con su madre. Marcela tenía la edad de mi hermana mayor, y de chico yo me colaba en sus juegos solo para no quedarme solo.
De aquellos años recuerdo poco con claridad, salvo un detalle que se me quedó grabado sin que yo entendiera por qué. En uno de esos juegos infantiles, ella hacía de madrastra severa y, cuando algo salía mal, me reñía con una autoridad fingida que a mí me dejaba mudo. Era apenas un juego de niños, nada más que eso, pero la imagen de Marcela mandando, con esa voz que no admitía réplica, se me clavó en algún rincón y se quedó ahí, latente, durante años.
El asunto despertó de verdad mucho después, cuando yo ya rondaba los veinte y ella era una mujer hecha y derecha que seguía viviendo en la casa del fondo. Para entonces, lo que de chico no había sabido nombrar tenía un nombre y una forma muy concretos. Me obsesionaban sus pies. Me obsesionaban sus chanclas, esas hawaianas azules gastadas que dejaba tiradas junto a la puerta, con la forma del pie marcada en la goma de tanto uso.
No es fácil de explicar sin sonar ridículo. Pasaba tardes enteras buscando una excusa para acercarme al fondo, para verla cruzar el patio descalza, para mirar cómo se quitaba la chancla y la dejaba colgando de los dedos mientras hablaba con su madre. Y cuando la casa quedaba sola, yo hacía lo que llevaba años haciendo a escondidas: entraba, tomaba sus hawaianas, me encerraba en el baño y me la meneaba con la polla dura como piedra, oliendo la goma sudada, pasándome la suela por la cara y por los huevos, convencido de que nadie lo sabría jamás.
Nadie lo sabría jamás. Esa era toda mi tranquilidad.
***
Aquella tarde de febrero la escuché gritar en el patio. Salí corriendo, más por el susto que por valentía, y la encontré envuelta en una toalla, el pelo chorreando, poniéndose las chanclas a los saltos sobre el cemento mojado.
—Se me cortó la luz —dijo, todavía agitada—. La ducha empezó a chispear y se fue todo.
Le ofrecí ayudar. En mi casa pasaba seguido y yo ya sabía dónde mirar. Entré, revisé la regadera eléctrica y vi que los dos cables estaban pelados en el empalme, rozándose. Fui por cinta aisladora y le pedí que acercara una escalera.
Marcela no me dejó subir. Dijo que ella era la mayor y que el trabajo lo hacía ella; que yo me quedara abajo, sujetando la escalera firme. Me puse donde me indicó, con las dos manos en los travesaños, y ella subió.
Fue entonces cuando levanté la vista y me quedé sin aire. Sus pies estaban justo frente a mi cara, a un palmo de mi boca, todavía húmedos, con la chancla colgando de la punta. El olor de la goma mojada y de su piel me llegó de golpe y me olvidé de dónde estaba. No sé cuánto tiempo pasé así, hipnotizado, hasta que noté que ella había dejado de trabajar y movía el pie despacio, acercándolo a mi cara a propósito.
Bajó la escalera muy lento, sin dejar de mirarme. Yo tenía una erección que no había manera de disimular bajo el short; la polla se me marcaba durísima contra la tela y una mancha húmeda me delataba en la punta. Ella lo vio. Se plantó delante de mí, cruzó los brazos y ladeó la cabeza.
—¿Se puede saber qué me mirás tanto los pies? —preguntó.
Tartamudeé algo que no fue ni una palabra. La vergüenza me había secado la garganta.
—Te vi muchas veces —siguió ella, bajando la voz—. Entrás cuando no hay nadie, agarrás mis chanclas y te encerrás en el baño. Te estuve espiando por la ventana. Te vi cascártela con mi hawaiana en la cara, chupándome la suela como un perro. ¿Me lo vas a explicar o no?
No había escapatoria. Respiré hondo, me tragué el orgullo y se lo conté todo: el juego de la infancia, la obsesión que vino después, los años escondiéndome con sus hawaianas, las corridas encima de la goma, las veces que me había metido la chancla en la boca mientras me hacía una paja. Lo dije mirando el piso, esperando que me echara a gritos.
No me echó. Cerró la puerta con el pie, sin soltarme el brazo, y se apoyó contra ella.
—Así que al nene le gustaba que lo retaran —dijo, y por primera vez sonrió, pero no era una sonrisa tierna—. Bueno. Ahora vas a tener motivos de verdad para que te castigue. Sacate el short.
***
Me quedé paralizado. El miedo, la vergüenza y unas ganas que no sabía contener se me mezclaron hasta dejarme sin reacción. Marcela no esperó. Me tomó de la oreja como a un chico, me bajó el short y el calzoncillo de un solo tirón hasta las rodillas y la polla me saltó afuera, tiesa, palpitando, con la punta brillante. Se rió al verla.
—Mirá cómo la tenés. Chorreando y ni siquiera te toqué. Sos un puerco.
Me llevó del pelo hasta el baño, arrastrándome medio en pelotas, y bajó la tapa del inodoro. Se sentó, cruzó las piernas y empezó a balancear el pie, haciendo sonar el talón contra la goma de la chancla. El golpeteo llenaba el baño en silencio.
—No vas a lamer mis chanclas más a escondidas —dijo—. Las vas a lamer acá, conmigo mirando. Arrodillate.
Me arrodillé. Estiró el pie hacia mi boca y me ordenó que empezara. Quise quitarle la hawaiana primero, pero no me dejó: tuve que pasar la lengua entre su piel y la goma, en ese hueco tibio y sudado. El sabor me golpeó de lleno, salado, con ese amargor de la suela usada que yo ya me conocía de memoria de mis pajas a escondidas, y la vergüenza empezó a ceder paso a otra cosa. Se me escapaba un gemido cada vez que la lengua tocaba la planta de su pie.
—Metela más adentro, entre los dedos —ordenó, moviendo el pie—. Chupame los dedos uno por uno. Al pulgar chupámelo como si fuera una polla. Vamos, con ganas.
Le abrí los dedos con la lengua y se los metí en la boca, uno tras otro, mientras ella movía el pie contra mi cara. Cuando llegué al pulgar, lo cerré con los labios y lo mamé como me había ordenado, sacando y metiendo la lengua alrededor. Se me caía la baba por el mentón. La polla me palpitaba entre las piernas, dura, roja, chorreando líquido preseminal en el suelo del baño. Entonces se quitó la chancla y me la pasó por la cara, por los labios, despacio, mirándome reaccionar.
—Abrí la boca. Sacá la lengua.
Le obedecí. Me apoyó la suela de la hawaiana en la lengua, empujó un poco y me la restregó de arriba abajo. Sentí el gusto a goma vieja, a sudor de todo el verano, a tierra del patio. Yo tragaba saliva y volvía a lamer sin que me lo pidiera.
—Vení a mi falda —dijo después, señalándola con la chancla en la mano—. Si te lo tengo que repetir, el próximo golpe va a la cara.
Me levanté tapándome la polla con las manos. Ella me las apartó de un manotazo, se quedó mirándomela sin pudor y le dio dos golpecitos suaves con la goma en la punta. La polla me saltó y solté un gemido que no pude ahogar.
—Quiero ver si seguís así después de la paliza —se rió.
Me acosté sobre su regazo. Se acomodó para que la verga me quedara aprisionada entre sus muslos, atrapada, latiendo contra su piel tibia; cada vez que respiraba yo sentía que le rozaba el vello del pubis. Me agarró del pelo con una mano y con la otra empezó. Los primeros chancletazos cayeron secos sobre mi trasero, uno detrás de otro, sin pausa. Quise moverme, pero el tirón del pelo me clavaba en su falda. Ardía. Ardía cada vez más, y los golpes no paraban, y se me escaparon las lágrimas sin que pudiera evitarlo. Cada chancletazo me hacía embestir hacia adelante y la polla se me refregaba contra sus muslos, y esa fricción con el dolor era una locura que no supe cómo aguantar.
Cuando se detuvo, yo estaba temblando y le había manchado el muslo de tanto líquido que goteaba. No me dejó levantarme.
—Mirá el chanchito, cómo babea. Tomá mi chancla y mordela —ordenó—. Si te duele, apretá los dientes, pero no quiero escucharte. Recién empezamos. Todavía falta el cinturón.
Tomé la hawaiana del piso y me la metí entre los dientes. Estaba tibia, sudada, con su olor. Los golpes empezaron de nuevo y yo lloraba bajito, retorciéndome sobre su falda, mordiendo la goma para no hacer ruido, mientras la polla se me refregaba contra su carne y la corrida amenazaba con salírseme sin permiso. En algún momento dejé de sentir el dolor como dolor; era una sola cosa caliente que me recorría entero, desde el culo ardido hasta la punta de la verga, y por más que me quemaba, una parte de mí quería más.
***
Marcela paró y me empujó para que me bajara. Me puse de pie, todavía con la polla dura como un palo, brillante de mi propio líquido, y ella negó con la cabeza, divertida.
—Así que te gustó. Mirá cómo la tenés, cochino. Vamos al cuarto, a ver si seguís pensando lo mismo.
Me llevó del brazo a la habitación y me hizo arrodillar sobre la cama. Se soltó la toalla y quedó desnuda delante de mí. Le vi las tetas por primera vez, redondas, con los pezones oscuros y duros; le vi la mata de vello en el coño, los muslos gruesos, todo el cuerpo de mujer hecha. Giré la cabeza por instinto para mirarla mejor y me ganó una bofetada que me dejó la mejilla ardiendo.
—Vos mirás cuando yo te diga.
Con la misma toalla me ató los dos tobillos juntos y amarró el otro extremo a la pata de la cama. Cualquier idea de escapar quedó descartada. La oí abrir el armario y sacar un cinturón de cuero; lo dobló al medio y lo hizo chasquear en el aire, una vez, dos, como midiendo el miedo que me provocaba.
—Esto es por todas las veces que usaste mis chanclas sin permiso. Por cada vez que te corriste encima de mi hawaiana, un cinturonazo. ¿Cuántas veces fueron? ¿Muchas?
El primer cinturonazo me arrancó un grito. Me tiré sobre el colchón retorciéndome, con la polla clavada contra la sábana, pero ella me levantó de los pelos.
—Cada vez que te salgas de posición, son diez más. ¿Entendiste? Y el culo lo levantás bien alto, que no te lo tenga que decir.
Le supliqué, no sirvió de nada. Siguió, sobre el trasero, sobre las piernas, sobre la raya del culo, mientras yo mordía la almohada y la abrazaba con todas mis fuerzas. Perdí la cuenta. Cada golpe me hacía apretar los cachetes y sentir la verga aprisionada contra el colchón, latiendo, mojando la sábana. Cuando paró, me acarició la piel marcada con una suavidad que no tenía nada que ver con los golpes, casi un masaje, deslizando los dedos por los verdugones calientes, bajando hasta el hueco entre las piernas, rozándome los huevos con las uñas. Esa contradicción me desarmó más que el cinturón. Se me escapó un gemido largo, de puro perro sometido.
—Miralo. Se le hincha la polla con cada palmada. Sos una puta, eh.
Después la sentí moverse. Pensé que iba a desatarme. En cambio se quitó una chancla, se acercó a mi cara y me frotó la boca con la goma, lenta, girándola sobre mis labios. Desde esa posición pude verla entera, de pie frente a mí, desnuda, con la hawaiana en la mano y el coño peludo a la altura de mi cara, y supe que esa imagen no se me iba a borrar nunca.
Me agarró del pelo y me apretó la cara contra su sexo. El olor a coño mojado me llenó la nariz y la boca. Yo nunca había estado con una mujer; no sabía qué hacer, pero no hizo falta: ella dirigía todo. Me abrió los labios del coño refregándose contra mi boca, me marcó dónde tenía que apretar la lengua, me enseñó a golpe de tirón de pelo dónde estaba el clítoris.
—Ahí. Ahí, chupá ahí. Con la punta de la lengua. Sacudila. Así, chanchito, así.
Le chupé el clítoris como me pedía, sacudiendo la lengua sobre esa perla dura, mientras ella se refregaba contra mi cara empapándome la barbilla, la nariz, las mejillas. Cuando sentí que se abría más, le metí la lengua adentro del coño, todo lo profundo que pude, y la saqué chorreando de sus jugos. El sabor era fuerte, salado, pegajoso, y no me alcanzaba. Volvía a subir al clítoris, lo mamaba entre los labios, tiraba suave con la boca, y ella me tironeaba del pelo para marcarme el ritmo.
Se movía cada vez más rápido contra mi boca y, al mismo tiempo, con la chancla en la otra mano, volvía a golpearme el trasero al compás. Chancletazo y refregón, chancletazo y refregón. Los golpes y su respiración se aceleraron juntos hasta que la sentí tensarse, apretarme la cara contra el coño hasta casi ahogarme, ahogar un grito y temblar entera. Se corrió en mi boca, empapándome, y le sentí el chorro caliente resbalarme por el mentón y el cuello. Se quedó así unos segundos, agarrada de mi pelo, apretándome contra ella, y después se dejó caer en la cama, jadeando, con las piernas todavía abiertas y el coño hinchado y brillante.
***
Estuvo callada un buen rato, solo se escuchaba su respiración bajando de a poco. Después se incorporó, sonrió como quien quedó conforme y vino a desatarme los tobillos.
Apenas me soltó, busqué la forma de irme, pero me retuvo del brazo.
—Levantá mis chanclas y ponémelas en los pies.
Lo hice, arrodillado, calzándole una hawaiana en cada pie como si fuera lo más natural del mundo, con la polla todavía dura entre las piernas y goteando. Ella me observaba desde arriba.
—Te gustan, ¿no? Subí.
Me hizo arrodillar sobre la cama, con las piernas abiertas a los costados de su cuerpo y la cara sobre sus pies.
—Lamé. Que se note que te gusta.
Empecé a lamerle los pies y la goma de las chanclas a la vez. Le pasaba la lengua por el empeine, por el talón, entre los dedos; le chupaba la suela de la hawaiana entera, de punta a punta, tragando el gusto a goma y a sudor. La excitación me hizo olvidar el ardor del trasero. Marcela estiró la mano entre mis piernas, me agarró la polla y empezó a masturbarme muy despacio, midiendo cada movimiento, con la palma bien apretada alrededor del glande, subiendo y bajando con una lentitud calculada, mirándome aguantar. Se me escapó un gemido largo y le mojé la mano con lo que ya venía chorreando.
—Mirá cómo la tenés. Toda tuya no, eh. Toda mía. Esta polla ahora es mía.
Apretó más el puño y aceleró un poco, hasta que empecé a mover las caderas contra su mano sin poder evitarlo. Me clavó las uñas en los huevos y me arrancó otro gemido.
—Sin permiso no te corrés. Ni una gota. ¿Entendido?
Asentí como pude, con la lengua todavía pegada a la planta de su pie. Ella siguió pajeándome despacio, deteniéndose cada vez que me sentía a punto, apretando la base de la verga con dos dedos para cortarme la corrida, dejándome al borde. Lo hizo tres, cuatro veces. Yo lloriqueaba, le lamía los pies con desesperación, le suplicaba por lo bajo.
—Por favor. Por favor, Marcela. Dejame acabar. Por favor.
—¿Por favor qué? Pedilo bien.
—Por favor dejame correrme. Dejame correrme encima de tu chancla, por favor.
Se rió. Cuando notó que yo ya no iba a durar, me pidió que le acercara una hawaiana. La tomó y, mientras me golpeaba el trasero con golpes ya más suaves, siguió con la otra mano, apretándome la polla con firmeza, sacudiéndomela rápido. Apoyó la goma de la chancla contra la punta de la verga en el momento justo y me largó:
—Ahora. Manchá mi chancla, chanchito. Corréte encima como te corriste tantas veces.
Todo se me vino encima de una vez. El primer chorro salió con fuerza y golpeó la suela de la hawaiana; después vinieron dos, tres, cuatro más, largos, espesos, chorreándole la mano, resbalándome por la verga y cayendo sobre sus pies. El cuerpo me tembló tanto que me derrumbé sobre sus piernas, vacío y entregado, con la polla todavía latiendo y goteando las últimas gotas sobre la goma manchada.
Tardé en recomponerme. Ella me acariciaba el trasero marcado, sin decir nada, hasta que por fin habló.
—Ahora limpiá. Con la lengua. Todo lo que ensuciaste.
Le lamí la corrida de encima de la chancla, de los pies, de los dedos. Me tragué mi propio semen mientras ella me miraba, satisfecha.
—Ya podés irte. Espero que hayas aprendido la lección: de ahora en más, mis hawaianas se lamen acá, en mis pies. Y andá preparando bien ese culo, porque esto recién empieza.
Me vestí, todavía mareado, como saliendo de un sueño. Antes de cruzar el patio prendí de nuevo la llave eléctrica, como me había ordenado.
Después de esa tarde vinieron muchas más, con sus juegos de pies, sus chanclas y su cinturón, pero esas son otras historias. Hoy Marcela ya no vive en la casa del fondo, y reconozco que la sigo buscando en cada mujer que se cruza, esperando encontrar a alguien que quiera tomar el mando como ella lo tomó aquella tarde, o incluso con más ganas.





