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Relatos Ardientes

La sumisa que subió al piso de los universitarios

Vera aceleró el paso al ver que la puerta del ascensor empezaba a cerrarse sin esperarla, aunque desde dentro la habían oído entrar por el portal. Metió la mano justo a tiempo y se coló en la cabina. Dentro estaba el grandullón del piso de estudiantes de la última planta, ese del que su tía siempre se quejaba: ruido a todas horas, botellas en la escalera, vecinos firmando cartas para el casero. Nunca había sabido con certeza cuántos chavales vivían allí arriba. Solo los había cruzado de refilón.

El chaval era la antítesis de la palabra estudiante. Camiseta arrugada que apenas le tapaba el ombligo, unas bermudas vaqueras caídas bajo la barriga, chanclas de playa y una lata de cerveza ya mediada en la mano. Tenía el pelo cobrizo, la cara colorada y una sonrisa de sinvergüenza que a Vera, en lugar de espantarla, le tiró de algo por dentro.

—Anda, la rubia del segundo —dijo él, repasándola de arriba abajo sin disimulo—. ¿Qué te cuentas, guapa?

—Podrías esperar cuando ves que sube alguien —contestó ella, fingiéndose ofendida, aunque la sonrisa la delataba.

—Si llego a saber que eras tú, aguanto la puerta el tiempo que haga falta. Toma, dale un trago y no te enfades.

Le tendió la lata helada. Vera la cogió, pulsó el botón de la última planta y le sostuvo la mirada mientras bebía. Había algo en aquel desastre de chico —el descaro, la suciedad, la falta absoluta de vergüenza— que le encendía exactamente lo que ningún novio educado había sabido encenderle nunca. Sus amigas perseguían guapos de gimnasio. Ella perseguía otra cosa. Buscaba hombres que la trataran como a ella le gustaba ser tratada: sin contemplaciones.

—¿Tienes hambre? —preguntó él, sobándose el bulto por encima del pantalón—. Porque aquí arriba hay de sobra.

—No me hables, sácamelo —dijo Vera, y se arrodilló en el suelo del ascensor sin importarle ensuciarse las medias.

El chaval —se llamaba Bruno, lo sabría después— se bajó el pantalón de un tirón. Vera no esperó instrucciones. Le agarró la base con la mano de uñas pintadas y se lo metió en la boca despacio, midiéndolo, saboreando el morbo de hacerlo allí, entre dos plantas, con el riesgo de que el ascensor se detuviera y se abriera la puerta en cualquier momento.

—Joder, qué bien chupas —gruñó él, echando la cabeza atrás contra el espejo—. Qué cerda eres.

—Más de lo que te imaginas —contestó ella sin sacársela del todo, hablándole contra la piel.

El ascensor frenó en la última planta con una sacudida. Bruno tiró de ella para levantarla, le dio un azote en el culo y la empujó suave hacia el rellano.

—¿Quieres pasar un rato con mis colegas, guarra? Te aviso de que somos tres.

Vera se mordió el labio. Tres. Asintió antes de pensarlo.

***

El piso era exactamente lo que prometía el chico que lo habitaba. Olía a encierro, a cerveza vieja, a hombre sin lavar. En la entrada se amontonaban zapatillas sin pareja. A la izquierda, una cocina con la encimera tomada por cajas de pizza y platos a medio fregar. A la derecha, el salón, con dos siluetas hundidas en un sofá que no se molestaron en girar la cabeza cuando ella pasó. Cualquier otra mujer habría dado media vuelta. A Vera se le aceleró el pulso. Dos pollas más, pensó. Dos desconocidos más.

—Estos son Saúl y Marcos —dijo Bruno, dejándose caer en el sofá grande con las piernas abiertas—. Tíos, mirad lo que ha subido conmigo en el ascensor.

Saúl era alto y delgado, moreno, con cara de no haberse afeitado en una semana. Marcos, el del fondo, era todo lo contrario: ancho de espaldas, marcado, evidentemente el que pisaba el gimnasio. Los dos la repasaron con la misma sonrisa de depredador aburrido que tan bien funcionaba con ella.

—¿Y esta de dónde sale? —preguntó Saúl.

—Del segundo. Y dice que es muy puta —rio Bruno—. A ver si es verdad.

—Ponme a prueba —dijo Vera, y empezó a quitarse la camiseta.

Se desnudó de pie, en mitad del salón, sin prisa, dejando que los tres bebieran de ella con la mirada antes de tocarla. Cuando se quitó el pantalón corto y el tanga, los tres la tenían ya fuera, masturbándose despacio, esperando. A ella le gustaba esa parte: el momento en que dejaba de ser la vecina del segundo y pasaba a ser, durante unas horas, exactamente lo que esos hombres quisieran que fuera.

—Al suelo —ordenó Marcos.

Y Vera obedeció.

***

Empezó por Bruno, que volvía a estar sentado con las piernas separadas. Le agarró la polla gorda, se la pegó contra la barriga y bajó la boca hasta los muslos, lamiéndolo de abajo arriba mientras él la sujetaba del pelo y marcaba el ritmo. El sabor a sudor le inundó la lengua. Lejos de retirarse, gimió y apretó más.

—Mira cómo lo disfruta la guarra —dijo Bruno, tirándole de la coleta—. Esta no es de las finas.

Saúl se arrodilló a su lado. Le buscó las tetas, le tiró de los pezones hasta hacerla jadear y le pasó dos dedos por el coño, que ya goteaba. Estaba empapada. Llevaba empapada desde el ascensor.

—Está chorreando, tío —anunció Saúl, enseñándole los dedos brillantes a los otros—. La tía está en otro mundo.

—Métemela ya —pidió Vera, soltando un momento la polla de Bruno—. Lo que sea. No aguanto más.

Saúl no se hizo de rogar. Se colocó detrás de ella, le dio un azote seco en una nalga y la penetró de una sola embestida. Vera arqueó la espalda y soltó un gemido largo. Tenía a Bruno en la boca y a Saúl reventándola por detrás, las manos de uno en su pelo y las del otro clavadas en sus caderas, y aquella sensación de no controlar nada —de ser un agujero entre dos hombres que se la pasaban como si fuese suya— la llevó al borde en cuestión de minutos.

—Esta se corre ya —rio Marcos desde el sofá, sin dejar de masturbarse—. Mírale la cara.

—Ni se te ocurra correrte todavía —le ordenó Bruno, sacándosela de la boca de golpe—. Que aquí mandamos nosotros.

Vera tembló de pura frustración. Era justo lo que necesitaba oír.

***

La sentaron en el borde del sofá, abierta de piernas, y se fueron turnando. Saúl, con la polla más larga, llegaba a sitios que la hacían gritar contra el cojín. Bruno, más grueso, la llenaba de otra forma, lento y profundo, obligándola a sentir cada centímetro. Marcos, el del gimnasio, la cogía de la mandíbula y la obligaba a mirarlo mientras la embestía, susurrándole guarradas al oído que ella repetía como una letanía.

—Dilo —exigió Marcos—. Di lo que eres.

—Vuestra —jadeó ella—. Soy vuestra. Hacedme lo que queráis.

—Eso es —dijo él, acelerando—. La perra del segundo subiendo a que la usen tres tíos a los que ni conoce.

Los tres la fueron pasando de boca a coño y de coño a culo sin descanso. Vera se dejaba colocar, doblar, abrir, como un juguete. Le encantaba esa entrega total, ese momento en que la voluntad propia desaparecía y solo quedaba obedecer. Cuando uno la tenía por delante, otro la sujetaba del pelo. Cuando paraban, ella misma pedía más, ronca, los ojos brillantes.

—Esta no se cansa —rio Saúl, secándose el sudor de la frente.

—Esta no se cansa porque es una viciosa —contestó Bruno—. Y a las viciosas hay que dárselo todo.

***

En algún momento sonó el telefonillo. Marcos se levantó, todavía empalmado, a coger las dos pizzas que habían pedido hacía rato.

—Te he pedido una para ti también, guarra —dijo, soltando el dinero en la mesa—. Que después de esto tendrás hambre.

El repartidor, un chico al que conocían de las noches del barrio, asomó la cabeza y se echó a reír al ver la escena: Vera espatarrada en el sofá, sudada, con un hombre todavía dentro de ella.

—Vaya cuadro, tío —dijo desde la puerta, sin entrar del todo—. Otro día me apunto, que llevo el reparto con retraso.

—Tú déjale algo de propina a la señorita —contestó Bruno entre carcajadas—. Que se lo ha ganado.

El repartidor le lanzó un billete que cayó sobre el vientre de Vera, y ella, sin soltar la polla que tenía en la boca, levantó el pulgar como toda respuesta. La puerta se cerró. Los tres volvieron a lo suyo.

***

El final llegó en cadena. Bruno fue el primero. La tenía a cuatro patas en el sofá y, tras una tanda de embestidas brutales que hicieron temblar los cojines, se hundió hasta el fondo y se vació con un gruñido largo, agarrándola de las caderas para que no se moviera.

—Toma, perra —dijo, sacándosela despacio—. La primera.

Saúl la sustituyó de inmediato. Su polla larga la rellenó por completo y, en apenas unos minutos, se corrió también, mordiéndose el labio, con la frente apoyada en la espalda sudada de ella. Vera notaba el calor acumulándose en su interior, la mezcla de los dos, y la sola idea la empujaba de nuevo hacia el borde.

—Falto yo —dijo Marcos.

La puso boca arriba, le echó las piernas sobre los hombros y la embistió mirándola a los ojos, como había hecho toda la tarde. Vera se llevó la mano al coño y se frotó al ritmo de él. Cuando él aceleró, ella explotó por fin: una descarga que le subió desde los pies, le recorrió el vientre y la hizo gritar y empapar la mano de Marcos, que no paró hasta vaciarse dentro con un rugido.

—Joder —jadeó él, dejándose caer a un lado—. Qué animal.

Los tres quedaron desparramados, sin aliento, sudorosos. Vera se quedó un momento quieta, sintiendo cómo le bajaba el temblor por los muslos, con esa sonrisa de gata satisfecha que solo le salía cuando había llegado hasta donde quería llegar.

***

Se sentó a la mesa con la pizza que le habían pedido, todavía desnuda, mientras los tres chicos veían la tele en el sofá, igual de desnudos, comentando la tarde como quien comenta un partido. Le dolían sitios que no sabía que tuviera y se sentía, por una vez, completamente saciada.

El móvil le vibró en el bolso, en el suelo. Lo cogió, miró la pantalla y descolgó, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano.

—Hola, mamá —dijo, con la voz más tranquila del mundo—. No, no estoy en casa. Estoy con unos amigos, me han invitado a comer pizza. —Le guiñó un ojo a Bruno, que levantó su lata desde el sofá—. Sí, riquísima. Una clase nueva que han sacado. Buenísima. Ya te contaré.

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Comentarios (5)

ElFantasma_77

Que arranque!!! El ascensor solo ya vale el relato entero.

MatiMares

increible, uno de los mejores de la categoria sin dudas

SandraBaires

Me dejo con ganas de mas. Por favor continua, no puede terminar asi!

lectora_noc

Se me fue el tiempo leyendo esto, es adictivo. Me recordo a algo que vivi hace un tiempo aunque sin llegar tan lejos jaja. Sigan subiendo relatos así.

Lucia_mdp

El detalle de las quejas de los vecinos me mato jajaja, tremendo

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