El gladiador me sometió en la villa de mi familia
Lo vi por primera vez desde el palco reservado a las familias del Senado, mientras la arena del anfiteatro todavía olía a sangre y a arena removida. Era alto, ancho de hombros, con los brazos marcados por el trabajo y la disciplina. Cuando levantó la espada y la multitud rugió su nombre, sentí algo que no sentía desde hacía años: un calor que me subió por el vientre y me cerró la garganta.
Mi marido, sentado a mi lado, aplaudía con sus manos viejas y delgadas. Cayo es senador, rico y astuto, capaz de torcer una votación con tres frases bien medidas. Pero también es un hombre que pasa de los sesenta, que se queda dormido antes de la medianoche y que hace mucho dejó de mirarme como se mira a una mujer.
Yo me llamo Cornelia. Tengo veintitrés años, sangre noble y un cuerpo que los hombres siguen con la mirada cuando cruzo el foro. Crecí entre mármoles, esclavos y caprichos cumplidos. Desde niña aprendí una sola lección: lo que deseo, lo consigo. Y aquella tarde, sobre la arena ensangrentada, decidí que deseaba a aquel gladiador.
—¿Cómo se llama? —le pregunté en voz baja a mi esclava de confianza.
—Dicen que Tauro, mi señora. Llegó de Gades hace dos temporadas y todavía no lo ha vencido nadie.
Guardé el nombre como quien guarda una joya.
***
Casia es la única persona en la que confío de verdad. Lleva conmigo desde que ambas éramos unas crías y conoce mis secretos mejor que yo misma. A ella le encargué la tarea delicada de averiguarlo todo sobre Tauro: con quién entrenaba, quién administraba su escuela de combate, qué esclavos lo rodeaban. Le entregué una bolsa generosa de denarios y una orden sencilla.
—Encuentra la manera de hablar con él. No me importa el precio.
Las noches siguientes se volvieron largas. Me acostaba en mi alcoba, cerraba los ojos y me imaginaba inmovilizada por aquellos brazos, sin poder moverme, sin querer moverme. Que decida él. Que no me pregunte. Ese pensamiento, el de entregar el control que toda mi vida había ejercido sobre los demás, me humedecía entre las piernas como ninguna caricia conocida.
No se me escapaba que muchas matronas de Roma buscaban exactamente lo mismo en los gladiadores, y que algunas pagaban sumas indecentes por una sola noche. La diferencia es que yo tenía con qué pagar y nadie a quien rendir cuentas.
Casia tardó cinco días en volver con noticias.
—Está arreglado, señora. Pero pide mucho. Demasiado, diría yo.
—¿Cuánto?
Me dijo una cifra que habría hecho palidecer a cualquiera. Yo solo sonreí. Disponía de una herencia propia, intacta, que mi marido jamás controlaría. Y si había un capricho por el que valía la pena gastarla, era ese.
—Págale lo que pida. Y prepara la villa del campo.
***
A mi marido le dije que debía atender unos asuntos de la familia en nuestra finca, a un día de camino de la ciudad. Tan ocupado estaba con sus intrigas en el Senado que apenas levantó la vista del pergamino para despedirme.
Llegué a la villa al atardecer, acompañada solo por Casia. Despaché al resto del servicio con cualquier excusa: no quería testigos, no quería oídos, no quería nada que se interpusiera entre Tauro y yo. Cuando la casa quedó en silencio, sentí por primera vez en mi vida que era dueña absoluta de mi destino. Y, sin embargo, lo único que ansiaba era dejar de serlo.
Esa noche no pude dormir. La impaciencia me tenía en carne viva. Casia, que me conoce, lo notó enseguida.
—Estás tensa como la cuerda de un arco —dijo—. Déjame ayudarte.
Me preparó un baño tibio, perfumó el agua con esencias de oriente y, cuando salí, me tendió boca abajo sobre los lienzos de la cama. Sus manos empezaron por mi nuca y descendieron despacio, deshaciendo cada nudo de mi espalda. Conocía mi cuerpo de tantos años que sabía exactamente dónde apretar y dónde aflojar.
—Cierra los ojos —murmuró—. Mañana necesitarás todas tus fuerzas.
Sus dedos bajaron por mis caderas, rozaron la curva de mis nalgas y se demoraron en la parte interior de mis muslos. No era la primera vez que Casia me aliviaba así en las noches de soledad, y yo me dejé hacer sin culpa, gimiendo bajo cuando su mano encontró el centro de mi deseo. Me llevó al borde con una lentitud que era casi una crueldad, y cuando por fin me deshice contra su palma, lo hice mordiendo el lienzo para no gritar.
Dormí después como hacía meses que no dormía: profundo, vacío, en paz.
***
El día siguiente amaneció claro y caluroso. Apenas probé bocado. Cada ruido del camino me hacía levantar la cabeza. No sabía la hora exacta a la que llegaría, y esa incertidumbre me devoraba por dentro.
Fue pasado el mediodía cuando oí los cascos de los caballos golpear el empedrado del patio, seguidos de voces graves. Me puse de pie. El corazón me latía en la garganta.
La puerta se abrió y entró Tauro.
De cerca era todavía más imponente que en la arena. Tuvo que agachar la cabeza bajo el dintel. Me miró de arriba abajo, sin prisa, como quien tasa una mercancía, y aquella mirada me dejó muda. No dijo una sola palabra de cortesía. No hizo falta.
Cruzó la estancia en tres zancadas, me tomó por la cintura con una mano y, con la otra, agarró la tela de mi túnica y la rasgó de un tirón. El lino cedió como si fuera papel. Quedé desnuda ante él, expuesta, y por un instante el orgullo de patricia que llevaba grabado en la sangre quiso rebelarse.
—Quieta —dijo. Una sola palabra, dicha en voz baja, y obedecí.
Me empujó contra la pared fría. Sentí la dureza de su cuerpo contra el mío, el muro a mi espalda, su mano abriéndome los muslos sin pedir permiso. No había en él la delicadeza torpe de mi marido ni la ternura conocida de Casia. Había una certeza absoluta, la de un hombre que sabe que va a tomar lo que ha venido a tomar.
Cuando entró en mí, lo hizo de una sola vez, hasta el fondo, y se me escapó un gemido que era mitad dolor y mitad un placer que no había conocido jamás. Me llenó por completo. Apoyó el antebrazo sobre mi pecho, sujetándome contra la piedra, y empezó a moverse con un ritmo implacable, sin concederme tregua.
—Eso es lo que querías —no era una pregunta.
—Sí —jadeé, y me odié por lo rápido que lo dije.
Toda mi vida había dado órdenes. Ahora solo sabía obedecer, y cada embestida borraba un poco más a la mujer altiva del palco del anfiteatro. Me corrí contra él casi enseguida, temblando, y él no se detuvo. Siguió hasta que me arrancó un segundo orgasmo y un tercero, hasta que las piernas dejaron de sostenerme y fue su brazo lo único que me mantuvo en pie.
***
Me llevó a la cama como quien carga un fardo. Se tendió de espaldas y me alzó sin esfuerzo, colocándome a horcajadas sobre él.
—Ahora muévete tú —ordenó—. Demuéstrame cuánto pagaste.
Lo cabalgué hipnotizada, con las manos apoyadas en su pecho de granito, buscando mi propio placer y el suyo a la vez. Él me dejaba hacer, pero sus manos en mis caderas marcaban el ritmo, recordándome quién mandaba aun cuando era yo la que estaba encima. La luz de la tarde entraba sesgada por el ventanal y dibujaba sombras sobre los músculos de su torso. Nunca me había sentido tan deseada y tan poseída al mismo tiempo.
Fue entonces cuando una de sus manos abandonó mi cadera y subió por mi espalda. Sentí un dedo, untado en aceite, presionar despacio la entrada más estrecha de mi cuerpo. Me tensé.
—Confía —dijo, y siguió moviendo las caderas debajo de mí mientras su dedo se abría paso con paciencia.
Nunca había permitido a nadie tocarme así. El instinto me pedía cerrarme, negarme, recuperar el control. Pero ya no quedaba control que recuperar. Me relajé contra su dedo, después contra dos, y la sensación nueva, intrusa, prohibida, me encendió de un modo que no supe nombrar.
Cuando estuvo seguro de que mi cuerpo había cedido, me hizo girar. Me puso a cuatro patas sobre los lienzos y se colocó detrás de mí. Sentí la punta de su sexo presionar donde antes habían estado sus dedos, y por un momento creí que no soportaría.
—Respira —dijo.
Y entró. Despacio al principio, abriéndose camino milímetro a milímetro, hasta que el dolor y el placer se fundieron en una misma cosa imposible de separar. Me aferré a las telas con los dedos crispados y dejé escapar un grito largo que terminó en gemido. Tauro me sujetó por las caderas y se hundió hasta el fondo, y yo, la patricia que ordenaba a media Roma, no fui en sus manos más que un cuerpo entregado, sin voluntad ni vergüenza.
Perdí la cuenta de cuántas veces me corrí esa tarde. Perdí también la noción del tiempo. Cuando por fin se vació dentro de mí con un gruñido ronco y se dejó caer a mi lado, yo estaba deshecha, sudada, temblorosa y más viva de lo que recordaba haber estado nunca.
***
Tauro durmió un rato, con la respiración pesada de los hombres saciados. Yo me deslicé fuera de la cama, me envolví en una sábana y salí al corredor con las piernas todavía flojas.
Y entonces vi algo que no esperaba.
En el extremo del pasillo, medio oculto tras una columna, estaba mi marido.
Cayo. El senador. El viejo que había dejado en Roma, dormido entre pergaminos.
No tuvo la decencia de fingir sorpresa. Me sostuvo la mirada con una calma extraña, casi tierna, y comprendí de golpe lo que había ocurrido. Había estado allí todo el tiempo. Había llegado antes que yo, escondido en su propia villa, y lo había escuchado todo: mis gemidos contra la pared, mis gritos sobre la cama, cada palabra que aquel gladiador me había arrancado.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunté, sin fuerzas siquiera para enfadarme.
—Desde el principio —respondió, sereno—. Hace años que no consigo hacerte sentir así. Pero escucharte… escucharte me devolvió algo que creía muerto.
Bajó la mirada un instante, casi avergonzado, y entendí que llevaba un buen rato a solas con su propia excitación, alimentándose de la mía como un mendigo en el banquete ajeno.
No supe qué decir. Esperaba reproches, repudio, quizá el divorcio. En cambio, en sus ojos viejos había gratitud.
—No tienes que esconderte de mí —añadió—. La próxima vez, déjame mirar de frente.
***
Volvimos juntos a Roma dos días después, él en su litera y yo en la mía, en silencio, pero unidos por un pacto que ninguno de los dos necesitó poner en palabras. Tauro había cobrado su fortuna y había desaparecido por el camino del sur, como desaparecen los hombres que solo existen para una noche.
Yo me llevaba algo más que su precio. Me llevaba el descubrimiento de que el poder que tanto había ejercido sobre los demás pesaba menos que el placer de entregarlo. Y me llevaba a un marido que, por primera vez en años, me miraba con hambre desde el otro lado de la habitación.
La duda, la única que me acompañó en el regreso, era cuándo volvería a sentir aquellas manos rudas sobre mi cuerpo. Porque algo dentro de mí ya sabía, con la certeza con que una patricia sabe lo que desea, que esa noche no había sido la última.