La noche que mi amiga me convirtió en su esclavo
Hacía más de un año que no veía a Marina. La vida nos había arrastrado en direcciones distintas, así que cuando me invitó a pasar el fin de semana a su casa de las afueras, no lo pensé dos veces. Conducir tres horas por una carretera vacía me pareció un precio justo por volver a verla.
Llegué al anochecer. Esperaba encontrarme también con Diego, su marido, pero ella me recibió sola en la puerta, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que no recordaba tan afilada.
—Diego se fue al pueblo a ver a sus abuelos —dijo, apartándose para dejarme pasar—. Estaremos solos un par de días. Espero que no te incomode.
Al contrario, pensé, aunque no dije nada.
Cenamos algo ligero en la cocina mientras nos poníamos al día. Sus dos hijos andaban revoloteando por el pasillo hasta que, cerca de las once, los acostó. Cuando volvió, traía otra botella y la propuesta de salir a la terraza, donde el aire de la noche había refrescado lo justo.
Nos sentamos en dos sillones de mimbre separados por una mesita baja. Ella se descalzó con un gesto perezoso y, sin pedir permiso, estiró las piernas y apoyó los pies en el borde de mi asiento, justo a la altura de mi muslo.
—Perdona que te los ponga encima —dijo, sin la menor intención de retirarlos—. Llevo todo el día de pie y necesito estirarme.
—No pasa nada —contesté, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. Lo sabes.
A partir de esa frase, el silencio se instaló entre los dos. No era un silencio incómodo: era espeso, cargado, de esos en los que las palabras sobran porque todo lo que importa lo dicen el pulso y la respiración. Yo había idolatrado a Marina en secreto durante años, y ella, supongo, lo había sabido siempre.
Bajé la mirada hacia sus pies. Eran pequeños, de empeine alto, con los dedos finos y largos. Sin pensarlo, los rodeé con las manos y empecé a masajearlos. No fue una decisión: fue un impulso que llevaba demasiado tiempo guardado.
—Mmm —murmuró ella, cerrando los ojos—. No pares.
No tenía intención de parar. Los pies siempre habían sido mi debilidad, una de esas obsesiones que uno aprende a esconder, y los suyos eran exactamente lo que había imaginado tantas noches. Los acariciaba despacio, hundía los pulgares en la planta, separaba los dedos uno a uno. Cuando la oí soltar un gemido bajo, perdí el último freno que me quedaba.
Me incliné y empecé a besarlos. Primero el empeine, después el tobillo, y luego pasé la lengua entre cada uno de aquellos dedos delgados. Sabían a sal y a verano. Marina abrió los ojos y me miró desde arriba, divertida, como quien acaba de confirmar una sospecha.
—Así que era verdad —dijo en voz baja—. Siempre creí que me mirabas de un modo raro.
No respondí. Tenía la boca ocupada y el corazón latiéndome en la garganta.
***
Subí lentamente, dejando un rastro de besos por sus pantorrillas y sus muslos. Marina se dejaba hacer, con la cabeza echada hacia atrás y una sonrisa de gata satisfecha. Cuando llegué a la altura de su cintura, la sujeté con firmeza y, en un movimiento que la pilló desprevenida, la giré hasta dejarla de rodillas sobre el cojín, apoyada en el respaldo del sillón.
Era menuda, muy delgada, y manejarla me costó tan poco que me sorprendió a mí mismo. Le bajé la parte de abajo del vestido de tirantes y la ropa interior hasta dejarla a media pierna. Su cuerpo quedó frente a mí, expuesto y temblando apenas.
—Hazme lo que quieras —susurró contra el respaldo—. Esta noche soy tuya.
Pero los dos sabíamos que era exactamente al revés.
Me arrodillé detrás de ella y empecé por donde menos se lo esperaba. Pasé la lengua despacio, sin prisa, recorriendo cada centímetro, y ella reaccionó con un estremecimiento que le subió por toda la espalda. No se apartó. Al contrario: arqueó la cintura para ofrecerse más, soltando pequeños gemidos que se mezclaban con el rumor de los grillos.
—Eres increíble —jadeó—. Sigue, no se te ocurra parar.
No paré. Quería explorarla entera, descubrir cada rincón de aquel cuerpo fibroso que había deseado en silencio durante tanto tiempo. No necesitaba que ella me tocara, no esperaba nada a cambio. Mi único objetivo era darle placer, y sabía perfectamente cómo conseguirlo. Marina estaba completamente entregada, pasiva, dejándose llevar por lo que mi boca decidiera hacer con ella.
Cuando por fin se giró, tenía las mejillas encendidas y la respiración entrecortada. Me miró un momento, como evaluándome, y algo cambió en sus ojos. La diversión se volvió mando.
—Por fin encuentro a alguien que disfruta explorando todos los rincones —dijo, y su voz había perdido la dulzura del principio—. Todos, ¿me oyes? No quiero que dejes ni uno.
—Claro —contesté, y la palabra me salió sola—. Soy tu esclavo. Haré todo lo que sé que te excita más.
Algo se encendió en su mirada al oírme decir esa palabra. Esclavo. La había soltado sin pensar, pero en cuanto la pronuncié supe que era la verdad, y que ella la había estado esperando toda la noche.
***
—Túmbate —ordenó.
No fue una sugerencia ni una invitación. Fue una orden, dicha con la naturalidad de quien está acostumbrada a darlas. Me tumbé de espaldas sobre las baldosas frescas de la terraza, y ella se incorporó con una lentitud calculada, disfrutando de mi obediencia.
Caminó hasta colocarse sobre mí. Vi sus piernas a ambos lados de mi cabeza antes de que se acuclillara y bajara su sexo hasta dejarlo apoyado en mi boca. El peso ligero de su cuerpo, el calor, el olor: todo me nubló los sentidos.
—Ahora estate quieto —dijo desde arriba—. Me voy a masturbar con tu boca y tú no vas a hacer nada salvo aguantar. ¿Entendido?
—Sí —musité contra ella.
Empezó a frotarse despacio, ondulando las caderas, usando mis labios y mi lengua a su antojo. Yo me limitaba a mantenerme inmóvil, tal como me había ordenado, mientras ella tomaba lo que quería. El ritmo fue creciendo, sus movimientos se volvieron más bruscos, sus manos se aferraron a mi pelo para sujetarse. La oía gemir cada vez más alto, sin importarle ya el silencio de la noche.
—Así, justo así —jadeaba—. No te muevas, no se te ocurra moverte.
Cuando se corrió, lo hizo con un grito largo que cortó el aire. Todo su cuerpo se tensó sobre mi cara y luego se aflojó, temblando. Pensé que habíamos terminado. Me equivocaba.
Sin bajarse, se irguió un poco y me miró desde lo alto con una sonrisa que no había visto antes, una mezcla de desafío y dominio absoluto.
—¿De verdad eres mi esclavo? —preguntó—. Vamos a verlo. Abre la boca.
Dudé apenas un segundo. Después obedecí. Era su voluntad, y a esas alturas ya no había en mí nada capaz de negarse a ella. Lo que vino después fue un acto íntimo y crudo, una entrega total que ninguno de los dos había puesto en palabras pero que los dos buscábamos. Ella me marcaba como suyo, y yo la dejaba hacerlo, sintiendo que aquello me ataba a Marina de una forma que nada anterior había logrado.
Soy suyo, pensé. Completamente.
Cuando terminó, se quedó un momento contemplándome en el suelo, complacida, como una reina que acaba de comprobar la lealtad de su súbdito.
***
—Ponte a cuatro patas —dijo, levantándose por fin.
No lo hizo ella; me lo dijo a mí. Pero después se inclinó sobre el respaldo del sofá de la terraza y me ofreció de nuevo su cuerpo, callada, esperando. Comprendí lo que quería sin necesidad de más palabras. Volví a arrodillarme detrás de ella y la besé y la lamí con una devoción que rozaba la adoración. Aquella mujer a la que había deseado en secreto tanto tiempo me estaba dejando recorrerla entera, y para mí no había mayor placer que servirla.
Cuando acabé, esperaba una caricia, una palabra, cualquier señal de que aquello había significado para ella la mitad de lo que significaba para mí. En cambio, se giró y, con un empujón seco en el hombro, me apartó hacia un lado como quien tira una colilla al suelo.
Luego se subió encima de mí. Me montó sin preámbulos, cabalgando con la melena suelta cayéndole sobre la espalda, las uñas clavadas en mi pecho, sacudiéndose con una energía feroz que solo buscaba su propio final. Yo me dejé usar, inmóvil, contemplando cómo se servía de mi cuerpo igual que se había servido de mi boca. Cuando se corrió por segunda vez, lo hizo con la cabeza echada hacia atrás y un gemido grave que me erizó la piel.
Y así, sin más, terminó.
No hubo explicaciones. No hubo abrazos ni palabras dulces. Se levantó, recogió su ropa del suelo y, sin mirarme siquiera, entró en la casa.
—Voy a ducharme —fue lo único que dijo, ya de espaldas.
Me quedé un rato tendido en la terraza, mirando el cielo sin estrellas, con el corazón todavía golpeándome el pecho. Cuando oí cerrarse la puerta del baño, me levanté, me vestí y subí al cuarto de invitados que ella me había preparado. La habitación del esclavo, pensé con una media sonrisa amarga.
Me tumbé en la cama a oscuras, escuchando el agua correr al otro lado del pasillo. Sabía que no vendría. Sabía que, si quería volver a tenerla, tendría que esperar a que ella lo decidiera, a que me llamara cuando le apeteciera, en sus términos y solo en los suyos.
Y lo más perturbador de todo era darme cuenta de que esa espera, esa incertidumbre, ese poder absoluto que acababa de entregarle sin condiciones, era exactamente lo que llevaba toda la vida buscando. Cerré los ojos y me dispuse a esperar. Pacientemente. Como debe esperar un esclavo a que su ama lo llame.
O a que decida no hacerlo nunca.