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Relatos Ardientes

La noche que aprendí cuál era mi lugar bajo ella

Conocí a Irene en una cena de trabajo, y durante una hora entera creí que era yo quien la estaba seduciendo. Le hablaba de mí, de mis viajes, de las cosas que se supone que impresionan a una mujer. Ella escuchaba con una media sonrisa, removiendo el vino en la copa, y de vez en cuando me hacía una pregunta tan precisa que me dejaba en evidencia. Para cuando llegó el café, había entendido algo incómodo: no era yo quien dirigía esa conversación. Nunca lo había sido.

—Tienes una boca bonita —me dijo al despedirse, mirándomela como si calculara su utilidad—. Es una lástima que la uses casi siempre para presumir.

No supe qué responder. Ella ya se había dado la vuelta.

Tardó tres semanas en volver a escribirme, y cuando lo hizo no fue una invitación, fue una instrucción. Una dirección, una hora, y una frase: «Sé puntual y ven con hambre de otra cosa». Llegué doce minutos antes, de pie frente a su puerta, repasando excusas por si me arrepentía. No me arrepentí.

***

Su piso era ordenado, cálido, sin nada fuera de lugar. Me hizo pasar, me ofreció una copa que no llegué a tocar y se sentó frente a mí en un sillón de terciopelo oscuro, con las piernas cruzadas y una calma que no admitía prisa.

—Quiero dejarte claras un par de cosas antes de que sigamos —dijo—. Lo que pase aquí no se trata de ti. No vas a venir a buscar tu placer, ni a demostrarme lo bueno que eres. Vas a venir a servir. ¿Te queda claro?

Debería levantarme. Debería decir que esto no es lo mío.

Pero no me levanté. Asentí, y algo en mi pecho se aflojó al hacerlo, como si llevara años esperando que alguien me dijera exactamente qué hacer.

—No te oigo —dijo ella, sin alzar la voz.

—Sí. Me queda claro.

—Sí, señora —corrigió.

—Sí, señora.

Sonrió por primera vez de verdad, y fue una sonrisa que no tenía nada de tierno.

***

Me hizo arrodillarme en el centro de la sala, sobre la madera, sin cojín. Dijo que el suelo me ayudaría a recordar dónde estaba. Después se puso de pie y caminó a mi alrededor despacio, estudiándome desde arriba, dejándome sentir el peso de su mirada en la nuca.

—Las manos a la espalda —ordenó—. No vas a tocarme hasta que yo lo diga, y puede que no lo diga nunca.

Crucé las muñecas detrás de la espalda. El simple gesto me cambió el cuerpo entero: de pronto era consciente de mi respiración, del frío del suelo en las rodillas, de lo expuesto que estaba sin tener nada que hacer con las manos.

Irene llevaba una falda recta hasta la rodilla y una blusa oscura. Se sentó de nuevo en el borde del sillón, justo frente a mí, y se subió la falda con una lentitud deliberada, centímetro a centímetro, mirándome a los ojos todo el tiempo para no perderse mi reacción.

—Esta noche no me sirves con las manos —dijo—. Acércate.

Avancé de rodillas. Cada paso era torpe, indigno, y ella lo disfrutaba. Cuando estuve lo bastante cerca, me apoyó la suela del pie en el hombro y me empujó hacia atrás, solo para comprobar que podía.

—Más despacio. No tienes prisa. Tu tiempo, a partir de ahora, es el que yo te preste.

***

Me ordenó tumbarme de espaldas en la alfombra. Lo hice. El techo blanco, la lámpara apagada, mi propia respiración demasiado rápida. La oí levantarse, oí el roce de la tela, y entonces su sombra cubrió la luz.

Se colocó de pie sobre mí, una pierna a cada lado de mi cabeza, y desde abajo todo era distinto: la curva de sus muslos, la falda recogida en una mano, la expresión de quien decide. No había nada inseguro en ella. Bajó muy despacio, doblando las rodillas, hasta que el calor de su cuerpo quedó a un par de dedos de mi cara.

—Vas a respirar cuando yo te deje —dijo—. Vas a usar la lengua como te enseñe, ni más ni menos. Y si lo haces bien, puede que te lo agradezca. Si lo haces mal, lo repetiremos hasta que aprendas.

Y se sentó.

El mundo se redujo de golpe. Dejé de ver el techo, dejé de ver la habitación, dejé de existir como algo separado de ella. Su peso me cubría la boca y la nariz, cálido y firme, y durante un segundo el instinto me hizo querer girar la cabeza. No me dejó. Una mano se apoyó en mi frente y me sostuvo en mi sitio, sin violencia, con la seguridad de quien sabe que no voy a moverme.

—Quieto —dijo desde arriba—. Trabaja.

Y trabajé.

***

Al principio fue pura torpeza. Buscaba, tanteaba, sin saber bien qué quería ella. Irene me corregía con palabras cortas, casi sin moverse: arriba, más suave, ahí no, ahí sí, despacio. Cada acierto lo premiaba con un cambio mínimo en su respiración; cada error, con un silencio que pesaba más que cualquier regaño. Aprendí su geografía a base de equivocarme, hasta que mis labios y mi lengua empezaron a entender lo que ella nunca tuvo que explicarme dos veces.

Me dejaba respirar a intervalos que decidía ella. Se incorporaba apenas unos centímetros, el tiempo justo para que yo tomara aire, y volvía a bajar antes de que terminara de llenarme los pulmones. Esa dependencia absoluta —el aire mismo concedido por su voluntad— me desarmó más que ninguna otra cosa. No pensaba en mi placer. Ni siquiera me acordaba de tenerlo. Solo pensaba en ella, en su ritmo, en hacerlo bien.

—Mejor —murmuró, y la palabra me recorrió entero—. Mucho mejor. Sigue justo así.

Empezó a moverse sobre mi cara con movimientos lentos de las caderas, marcando ella el compás, usándome del modo exacto que necesitaba. Yo era el asiento y la herramienta a la vez, y por primera vez en mucho tiempo no tenía que decidir nada. No había nada que demostrar, nada que dirigir. Solo obedecer. Y obedecer, descubrí, podía ser una forma de paz que no había sentido nunca.

***

Su control empezó a resquebrajarse de a poco, y verlo —oírlo, mejor dicho, porque ya casi no veía— fue lo más excitante de toda la noche. Su respiración se volvió áspera. La mano que me sujetaba la frente pasó a agarrarme el pelo. Sus movimientos perdieron la elegancia calculada del principio y se volvieron egoístas, urgentes, exactamente lo que ella había prometido que serían.

—No pares —dijo, y la orden ya no era fría, era casi una súplica disfrazada de mandato—. Ni se te ocurra parar.

No paré. Aunque el aire me faltaba, aunque las rodillas le temblaban a un lado de mi cabeza, aunque mi propio cuerpo ardía ignorado contra la alfombra. Nada de eso importaba. Su placer era lo único que se me había encomendado, y me aferré a esa tarea como a lo más importante que había hecho jamás.

Cuando llegó, lo hizo apretándome contra ella sin la menor consideración, ahogándome en su calor mientras un sonido grave le subía desde el pecho. Sus muslos se cerraron sobre mis sienes con una fuerza que no esperaba de ella. Me sostuvo allí, sin dejarme aire, hasta que el último temblor le recorrió el cuerpo y, solo entonces, se incorporó lo justo para que yo respirara.

Tomé aire en grandes bocanadas, mareado, con la cara empapada y el corazón golpeándome las costillas. Nunca me había sentido tan usado. Nunca me había gustado tanto.

***

Irene se levantó con una calma que ya había recuperado del todo, se bajó la falda con dos gestos precisos y volvió a sentarse en su sillón, como si nada de lo anterior hubiese descompuesto un solo mechón de su pelo. Yo seguía en el suelo, sin saber si podía moverme.

—Quédate ahí —dijo, alcanzando la copa de vino que había dejado intacta al principio—. Me gusta mirarte así.

Bebió un sorbo, sin prisa, observándome por encima del cristal. Yo esperaba —una palabra, un permiso, cualquier señal de que había cumplido. Tardó en dármela, y esa tardanza era parte del juego, lo entendí. Me hacía esperar para recordarme que esperar también era mi trabajo.

—Lo has hecho bien para ser la primera vez —dijo al fin—. Tienes mucho que aprender, pero la materia prima está. —Cruzó las piernas—. La próxima vez será más larga. Y traerás esa boca tuya con menos presunción y más utilidad. ¿Te ha quedado claro?

—Sí, señora —respondí, y la voz me salió ronca.

Sonrió, satisfecha, y supe que esa palabra —señora— iba a marcar todas las noches que vinieran después. Me hizo un gesto leve con la mano, señalando la puerta, dándome permiso para vestirme y marcharme. Ni un beso, ni un abrazo, ni una palabra de más. Solo la certeza de que volvería en cuanto ella lo ordenara.

Salí a la calle con las rodillas todavía marcadas y una sensación nueva instalada en el pecho. Aquella mujer de la cena, la que había escuchado mis fanfarronadas con una media sonrisa, había visto en mí algo que ni yo mismo conocía. Y, contra toda la idea que tenía de mí mismo, lo único que deseaba en el mundo era que su próximo mensaje no tardara tres semanas.

Tardó cuatro días. Llegué doce minutos antes.

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Comentarios (4)

Marcelo55

tremendo relato, me atrapó desde el primer párrafo!!!

TITAN

buenísimo!!! seguí así

SaraLectora

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

NightLector91

Este tipo de historias me generan algo raro, no sé bien si llamarlo incomodidad o fascinación. Muy bien logrado, en serio

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