Lo que hago en el geriátrico cuando nadie nos ve
Noelia se levantó del sillón con una sonrisa tranquila.
—Bueno, abuelo, yo me voy ya, que tengo mucho que hacer —dijo, dándole un beso en la frente.
El anciano ni se imaginaba que su nieta no pensaba salir del edificio. Todo estaba pactado con Sonia, una auxiliar de mediana edad, amiga de sus tíos. Una mujer con la misma debilidad que ella por lo extremo, que más de una vez había compartido cama con esos mismos tíos. De ahí venía la confianza, y de ahí conocía Sonia el apetito sin freno de Noelia.
Aprovechando la calma de un domingo por la mañana, lo tenían todo listo con Damián, el corpulento encargado de mantenimiento. Él había preparado una sala en desuso, en el ala más silenciosa del geriátrico, donde alguna vez ya se habían visto a escondidas y sabían que nadie los molestaría. A cambio, Sonia le había prometido un sitio en la próxima reunión privada en casa de los tíos de Noelia. Allí ganaban todos: Damián tendría su fiesta, Sonia cobraría a los ancianos por la mañana, ellos disfrutarían de una mujer joven y deseosa, y Noelia tendría exactamente lo que había ido a buscar.
Tras despedirse de su abuelo, recorrió el pasillo hasta la pequeña central de aquella zona y avisó a Sonia por mensaje de que ya había terminado la visita. No escribió lo que de verdad pensaba: que estaba lista, que llevaba toda la semana imaginando esa mañana, que notaba el tanga empapado solo de anticipación.
—Prepárate, guapa. Te tengo a los cinco más viciosos de mi planta —dijo Sonia mientras la guiaba por los corredores—. Y, como pediste, esta mañana no los han bañado.
Se detuvieron ante una puerta. La auxiliar golpeó con los nudillos y abrió sin esperar respuesta. Le cedió el paso y se despidió.
—Ahí dentro tienes una ducha y una toalla limpia. Sale agua fría, pero te servirá para volver a casa presentable —dijo sonriendo—. Disfruta. En un par de horas vuelvo a por ti.
Le guiñó un ojo y cerró.
***
Noelia se encontró con una sala alargada. Por las máquinas oxidadas y los aparatos amontonados contra las paredes, dedujo que en otro tiempo aquello había sido el gimnasio del centro. A un lado, un cuartito sin puerta: un váter sin tapa, un lavabo viejo y una ducha que era apenas un tubo asomando de la pared. Al fondo, cinco sillas de plástico blanco, y en ellas cinco ancianos sentados de espaldas. En una mesa junto a la entrada estaban sus pijamas doblados, separados con cuidado. Ya estaban desnudos, esperándola.
Agarró una de las camisas y se la llevó a la nariz. El olor a sudor rancio le llenó los pulmones y la hizo sonreír. Cogió luego unos pantalones y buscó con ansia la entrepierna; la peste era intensa, pero a ella no le importó. Pasó la lengua por la zona más impregnada mientras, con la otra mano, empezaba a frotarse por encima de los vaqueros.
—Venga, ven, que te veamos —dijo una voz ronca desde el fondo.
Ninguno sabía aún hasta dónde estaba dispuesta a llegar aquella rubia. Pero una mujer joven que quedaba con cinco ancianos y pedía expresamente que no se lavaran prometía una mañana sin reglas.
—Ya voy —respondió, volviendo en sí.
Empezó a desabrocharse el pantalón mientras se quitaba las zapatillas con los pies, sin agacharse. En un instante la ropa fue a parar junto a los pijamas. Se soltó el sujetador y liberó el pecho. Avanzó hacia ellos sobándose despacio, repasando con la mirada a los cinco hombres que la esperaban. Frente a las sillas había dos colchones de hospital tirados en el suelo, gastados y manchados.
Mientras se acercaba, fue conociéndolos. Anselmo, setenta y seis años, gordo y peludo, de carnes blandas y un vientre que le tapaba el sexo; no era largo, pero sí grueso, de los que llenan. Aurelio, ochenta y uno, menudo como un ratón, con cara de abuelo bonachón que escondía al hombre más retorcido del grupo: lo que le faltaba de tamaño lo suplía con una imaginación inagotable. El Junco, setenta y tres, altísimo y tan flaco que parecía esculpido en hueso, con un miembro tan largo como delgado. El Camarón, gaditano de lengua sucia y vocabulario soez, el más hablador de todos. Y Bruno, el más corpulento y dejado, criado en la calle y recogido por el centro, al que ninguna auxiliar quería atender.
Noelia pasó junto a Bruno, el más cercano a la pared, y el olor a sudor agrio la golpeó. Descalza, con las uñas pintadas de rojo, subió a los colchones, se plantó frente a ellos y se apretó el pecho mientras se relamía.
—Menuda colección tengo hoy para mí —dijo.
Los cinco se acariciaban, sudando contra el plástico de las sillas.
—Vaya cara de viciosa que tienes tú, niña —soltó el Camarón—. Hoy vas a acabar harta.
El gaditano se levantó el primero y se plantó delante. Con sus manazas le agarró el pecho mientras ella aprovechaba para coger la primera erección del día. La descapulló sin asco, se llevó los dedos a la boca y lamió todo lo que encontró, dejándoles claro de entrada que esa mañana no habría límites. Después se bajó el tanga, lo sacó por los pies y mostró el vello que había dejado crecer a propósito, sabiendo que a ellos les gustaría.
—Buena mata tienes, fiera —dijo el Camarón.
Ahora era él quien le metía los dedos en la boca tras pasarlos por sitios que la hicieron arrugar la nariz, y ella los chupaba con ganas mientras lo masturbaba. Los demás se levantaron y la rodearon. Noelia llevó las manos a las nalgas de los dos más corpulentos, que la flanqueaban, y empezó a juguetear con ellos mientras los gordos se inclinaban sobre su pecho, intercambiando lengua entre ellos y con su boca en un revoltijo de saliva.
El Camarón se agachó para dejar sitio a otro y, de paso, le abrió los labios del sexo con los dedos.
—Me cago en todo, si está como una moto —anunció a sus amigos—. Le chorrea entera.
***
El Junco, el flaco de miembro interminable, se había colocado a su espalda. Aunque la sacaba dos cabezas, dobló las rodillas con una habilidad sorprendente y se ajustó a su altura. Noelia, deseando ya tener algo dentro, empujó las caderas hacia atrás para facilitarle el camino. La postura le acercaba la cara a Aurelio, que se había situado frente a ella sin perder esa sonrisa entre bondadosa y libidinosa.
—¿Con ganas, eh, bonita? —le dijo el viejo acariciándole la mejilla—. Tranquila, que vas a empezar por la más larga.
De una embestida, el Junco entró hasta el fondo. La rubia pasó de los gemidos a los gritos. Soltó las manos que ocupaba para agarrarse a la cabeza del que la devoraba entre las piernas y aguantar las acometidas, cada vez más fuertes.
—¿Te gusta, puerca? —preguntó Aurelio—. Pues ahora vas a hacer algo por mí, y si lo haces bien tendrás premio.
Bruno, el más dejado del grupo, recibió un gesto del viejo menudo. No hacía falta que nadie le explicara nada: sabía de sobra que su boca era la más repulsiva de toda la planta. Pelo blanco apelmazado de grasa, cara picada, escasos dientes negros y un aliento que precedía a la propia lengua. Nada de aquello asustó a Noelia. Al contrario, la encendió más.
—Trae esa boca, viejo —dijo, agarrándolo de la cabeza.
Mientras el Junco seguía rompiéndola por detrás, ella se enredaba en un beso interminable con Bruno, intercambiando saliva sin pausa. Cuando él escupía, ella lo recibía en la lengua, lo enseñaba orgullosa y se lo tragaba despacio, mirando a Aurelio para que comprobara hasta dónde llegaba.
—Qué buena eres —dijo el viejo—. Toma tu premio.
Y se sacó la dentadura postiza, con restos del desayuno pegados, y se la tendió. Noelia, lejos de apartarse, la cogió con sus propias manos, la lamió de arriba abajo y se la metió en la boca como si fuera un juguete. El sabor a tabaco y café le impregnó el paladar. Después la deslizó entre sus piernas, brillante de saliva, y el roce de los dientes la hizo gemir mientras buscaba con la lengua la boca desdentada del anciano.
—Ya, una de verdad —jadeó, sacándose la dentadura—. Llenadme de carne, cabrones.
***
El Camarón se tumbó en el colchón sin importarle mancharse la espalda. Noelia entendió enseguida. Dejó caer un salivazo sobre él, le dio la espalda y se empaló despacio por detrás, hundiéndose hasta el final para disfrutar del grosor. Luego se echó hacia atrás, apoyó las manos y abrió los muslos mostrando el sexo, pidiendo más.
—Tú primero, Junco —ordenó Aurelio—. Así se lo dejas bien abierto.
El flaco la penetró por delante mientras Bruno y Anselmo le sostenían las piernas, sin resistirse a llevarse aquellos pies a la boca. Noelia gritaba de placer, doblemente ocupada, con los dos ancianos masturbándose junto a su cara y dejando caer hilos de fluido que ella intentaba atrapar con la lengua. El Camarón, debajo, no dejaba de tirarle de los pezones, acercándola al borde.
—Dadme fuerte, que me corro —suplicaba—. Pero la leche la quiero en la boca, cabrones.
Los dos aceleraron. El aire era irrespirable, espeso de sudor y de sexo. De repente la rubia pareció entrar en trance: los ojos en blanco, el cuerpo casi quieto, un susurro entrecortado.
—Me corro… me corro, qué gusto —murmuraba entre espasmos.
Aurelio, que no perdía ocasión, le acercó los dedos manchados a la boca, y ella los chupó mientras el orgasmo la sacudía con un grito que retumbó en la sala vacía.
***
Apenas se recuperó, ya pedía más. Le tocaba a los corpulentos. Anselmo se tumbó y la rubia se montó encima, abriéndose paso entre la mole de carne hasta encajarse. Pegó el pecho contra el cuerpo del viejo, le comió la boca con ansia, le hundió la nariz en las axilas y le pasó la lengua por la cara entera, embadurnándose de su sudor.
Bruno, de pie, se acariciaba contemplando aquellas caderas blancas. Se arrodilló con torpeza, escupió sobre la entrada trasera de Noelia y la penetró de golpe, apoyando su vientre sobre ella para abrirse paso. Aplastada entre los dos hombres, la rubia se estremeció: el calor, el peso, el olor a piel sin lavar. Y aún buscaba más, lamiendo lo que alcanzaba, girando la cara para robarles la lengua.
—Otra vez, cabrones, que me vuelvo a correr —gritó, mientras el segundo orgasmo le nublaba la cabeza.
Chorreando de sudor ajeno y propio, se incorporó como pudo.
—Venga, que tengo sed —dijo—. Quiero tragar y darme una buena ducha.
***
Llegó el momento que Aurelio había estado orquestando toda la mañana. Uno tras otro, los ancianos se plantaron frente a ella, que esperaba de rodillas con la lengua fuera. El Camarón fue el primero, anunciando con su lengua sucia lo que venía y descargándole directo en la garganta. Anselmo la agarró de la coleta y le folló la boca sin miramientos hasta vaciarse. Bruno lo hizo a salpicaduras, cubriéndole la cara, y ella recogía cada gota con los dedos para llevársela a los labios. La mezcla de sabores, junto con las arcadas que se le escapaban, parecía gustarle todavía más.
—El Junco que aguante —ordenó Aurelio, aún goteando—. Para algo tiene la más larga.
El menudo, lejos de cansarse de inventar, formó un corro alrededor de la rubia. Los cinco la ducharon a la vez, y ella, arrodillada, intentaba tragar todo lo que le caía a la boca mientras el resto le empapaba la cara y el pecho. El olor lo invadía todo, pero a Noelia nada le parecía suficiente.
—Ahora cada uno le deja a esta cerda un recuerdo —dijo Aurelio con una sonrisa torcida—. Algo para que se acuerde de nosotros.
—Venga, cabrones —jadeó ella—. Cuanto más guarro, mejor.
Lo que siguió fue el desfile más extremo de cuanto había vivido. Escupitajos espesos que recibía en la lengua y enseñaba antes de tragar; descargas que le ensuciaban el cuerpo y que ella aceptaba entre risas, recogiéndolas con la mano como si fueran un manjar. Aurelio, incansable, alternaba el puño entre sus dos aberturas para mantenerla abierta mientras dirigía a cada uno en su turno, y Noelia obedecía encantada, demostrando que ninguna idea de aquel viejo la superaba.
Cuando el Junco, el único que aún aguantaba, terminó por descargarse por detrás con cuatro embestidas, ella lo apretó contra sí para que no le sacara nada. El flaco se incorporó tambaleándose y la rubia quedó tendida, en una especie de éxtasis sucio, con el cuerpo cubierto y la respiración entrecortada.
***
Los ancianos se vistieron y fueron saliendo uno a uno. El último, Aurelio, esperó a que el Junco se pusiera el pijama. En el pasillo se cruzaron con Sonia y con Damián, el de mantenimiento. Un guiño bastó para confirmar que la mañana había sido un éxito.
Cuando abrieron la puerta de la sala, todavía llegaban gemidos del fondo. La auxiliar se llevó las manos a la cabeza al ver a Noelia.
—Esta no se ha lavado todavía —protestó, y corrió a abrir el agua de la ducha para meterle prisa.
Mientras tanto, Damián se había sacado el sexo y se masturbaba sobre la rubia, incapaz de contenerse al verla así, despatarrada y satisfecha.
—Toma, guarra —gimió el de mantenimiento al terminar sobre ella.
Noelia recogió los hilos espesos con una mano, se relamió y, con una sonrisa de oreja a oreja, lo miró desde el suelo.
—¿Y tú no tienes ganas de nada más, cabronazo? —preguntó.