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Relatos Ardientes

Atado al colchón, Rubén terminó rogando por más

Ilustración del relato erótico: Atado al colchón, Rubén terminó rogando por más

El sábado amaneció con Rubén todavía amarrado al colchón, el cuerpo magullado y la piel pegajosa de sudor seco. Las cuerdas le habían dejado surcos rojos en las muñecas, y cada vez que intentaba moverse, los nudos respondían apretándose un poco más. No sabía cuántas horas llevaba así. La luz que se colaba por la persiana caía sobre el desorden de la habitación: ropa tirada, una caja abierta en el suelo, el rastro de todo lo que le habían hecho la noche anterior.

Las tres habían desaparecido un rato antes. Lorena, la morena de pecho generoso que parecía llevar la voz cantante. La rubia de caderas anchas y mirada fría. Y la más baja, una morena menuda con cara de no tenerle miedo a nada. Lo habían dejado tirado como un objeto al que se vuelve cuando se tiene tiempo. Rubén casi había logrado convencerse de que no volverían.

Entonces escuchó la cerradura.

La puerta se abrió entre risas y pasos pesados. No venían solas. Detrás de ellas entró una figura que llenó el umbral, alta, de hombros anchos y piel morena que brillaba bajo la luz pálida. Una melena negra le caía sobre los hombros, y al avanzar dejó claro que, bajo su vestido ajustado, había un cuerpo que mezclaba curvas firmes con una fuerza evidente.

—Mira lo que te trajimos —dijo Lorena, señalándola con la barbilla—. Te presento a Renata.

La rubia se acercó a la recién llegada y le pasó una mano por la cintura, como quien presume de un premio.

—Y a partir de ahora vas a ser suyo —añadió—. Lo que ella diga, se hace.

Rubén intentó hablar, pero de su garganta solo salió un quejido ronco. El nombre de su amigo, Esteban, se le atascó en la boca: él lo había llevado a aquella casa prometiéndole una fiesta distinta, y lo había abandonado allí sin mirar atrás. Antes de que pudiera articular nada, la morena menuda le metió un trapo entre los dientes.

—Cállate —siseó, con una sonrisa torcida—. Hoy no hablas. Hoy obedeces.

Esto se me fue de las manos, pensó Rubén. Pero la idea no le provocaba solo miedo. Algo en su pecho, algo que llevaba años negándose, latía con una urgencia que lo avergonzaba.

Renata se acercó despacio, midiendo cada paso, disfrutando del modo en que Rubén la seguía con la mirada. Se inclinó sobre él y le tomó la cara con una mano grande y tibia, girándosela de un lado a otro como si lo examinara.

—Así que este es el cerdo del que tanto me hablaron —murmuró, con una voz grave que retumbó en la habitación—. Vamos a ver para qué sirves.

Le quitó el trapo de la boca de un tirón. Rubén tragó saliva, los labios resecos, sin saber si quería suplicar que lo soltaran o pedir que no se detuvieran.

—Por favor —fue lo único que alcanzó a decir, y ni él mismo supo qué estaba pidiendo.

Renata se irguió y dio una vuelta lenta alrededor del colchón, dejando que el silencio se hiciera espeso. Las otras tres la miraban con una mezcla de respeto y excitación, esperando su señal. Rubén percibía el peso de cada paso sobre el suelo de madera, el roce de la tela del vestido, el aroma a perfume caro y a sudor que llenaba la habitación. Cada segundo de espera era una tortura más refinada que cualquier golpe.

—Lo que me gusta de los hombres como tú —dijo ella al fin, deteniéndose a sus pies— es que se pasan la vida fingiendo que mandan. Y por dentro están deseando que alguien les quite ese peso de encima. ¿No es así?

Rubén no respondió, pero sus ojos lo dijeron todo. Renata sonrió, satisfecha de haber leído la verdad que él llevaba años escondiendo incluso de sí mismo.

***

Lorena desató las cuerdas de sus manos, pero solo para girarlo y volver a inmovilizarlo, esta vez bocarriba, con los tobillos todavía amarrados a las patas del colchón. Rubén quedó expuesto, vulnerable, el vientre temblándole con cada respiración agitada. La rubia se colocó un arnés negro y se arrodilló a un costado, lista. Lorena y la morena menuda se sentaron a los lados, como espectadoras de un espectáculo que ellas mismas habían montado.

Renata se subió a horcajadas sobre su pecho. Desde abajo, Rubén la veía enorme, dominante, una presencia que no admitía discusión. Ella le sujetó la mandíbula y lo obligó a abrir la boca.

—Vas a aprender a hacerlo bien —dijo—. Y si te atragantas, peor para ti.

No hubo aviso. Renata empujó sin prisa pero sin pausa, y Rubén sintió que se le cerraba la garganta. Las arcadas le sacudieron el cuerpo entero, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero ella lo sostenía del pelo entrecano y marcaba el ritmo sin soltarlo. Cada vez que aflojaba, era solo para dejarlo respirar un segundo antes de volver a hundirse.

—Eso es —murmuraba Renata, casi con dulzura—. Mírate. Ya ni te resistes.

Y era verdad. Rubén había dejado de pelear. El pánico seguía ahí, agazapado, pero debajo crecía otra cosa: una rendición que lo llenaba de una calma extraña. Cerró los ojos y se entregó al ritmo, a la sensación de no tener que decidir nada, de pertenecer por completo a quien lo sujetaba.

Por detrás, la rubia no esperó permiso. Le separó las piernas lo que las cuerdas permitían y empezó a empujar con el arnés, lenta primero, brutal después. Rubén gritó, el sonido ahogado, atrapado entre dos extremos de su propio cuerpo. El dolor y el placer se enredaban hasta volverse indistinguibles, y por más que su mente intentara separarlos, su carne ya había elegido.

—Mira cómo se le pone dura —rio la morena menuda, señalando entre las piernas de Rubén—. El muy cerdo lo está disfrutando.

Lorena se inclinó sobre él y le pellizcó un pezón, retorciéndolo despacio hasta arrancarle un gemido agudo. La morena menuda, sin dejar de reír, le clavó las uñas en el muslo y fue subiendo, marcándole la piel. Las cuatro lo usaban a la vez, cada una buscando su propia satisfacción en él, tratándolo como un objeto repartido entre varias manos.

Renata se apartó un momento, jadeando, y le escupió en la cara antes de volver a sujetarlo.

—¿Te gusta, verdad? —le preguntó, observándolo con una mezcla de desprecio y diversión—. Dilo. Quiero oírlo.

Rubén dudó. Una última brizna de orgullo le cerró la boca. Renata esperó, paciente, sabiendo que cedería. Y cedió.

—Sí —murmuró, con la voz quebrada—. Me gusta.

—Más alto.

—Me gusta —repitió, y al decirlo en voz alta sintió que algo dentro de él se desmoronaba y, al mismo tiempo, se liberaba.

***

Renata sonrió, satisfecha. Le hizo un gesto a la rubia para que se apartara y ocupó su lugar. Lo que siguió fue distinto: más lento, más pesado, una posesión total que no dejaba espacio para fingir. Rubén apretó los dientes, las lágrimas corriéndole hacia las sienes, pero esta vez no eran solo de dolor. El calor le subía por la espalda como una marea, imparable, y supo que no iba a poder contenerlo.

—Voy a... —empezó, y no terminó la frase.

Se corrió sin que nadie lo tocara, un espasmo que le recorrió el cuerpo entero y le manchó el vientre, mientras Renata seguía moviéndose dentro de él, indiferente a todo lo que no fuera su propio placer. Rubén jamás había sentido nada parecido. Era como si el orgasmo viniera de un lugar que no sabía que existía, un sitio al que solo podía llegar entregándose por completo.

La rubia se masturbó con el arnés todavía puesto y terminó con un gemido contenido. Lorena y la morena menuda se turnaron para sentarse sobre su cara, obligándolo a complacerlas con la lengua, riéndose de su torpeza y de su desesperación por hacerlo bien. Renata aceleró las embestidas hasta que un temblor la recorrió, y se vació en él con un gruñido grave, clavándole los dedos en la cadera.

—Buen chico —dijo, dándole una palmada casi cariñosa en el muslo—. Quién lo diría.

***

Cuando todo terminó, Rubén quedó deshecho, jadeando como si hubiera corrido kilómetros, el cuerpo temblando entre el agotamiento y una euforia que no sabía nombrar. Esperaba que lo desataran. Que aquello, al fin, hubiera acabado.

Pero las cuatro no parecían tener prisa. Lorena se acercó a la caja del suelo y sacó dos objetos: dos consoladores enormes, uno oscuro y grueso, otro de un rojo intenso. Los sostuvo en alto para que Rubén los viera bien, disfrutando de su expresión.

—No vamos a dejarte aburrido mientras no estamos —dijo.

Uno tras otro, se los introdujo y los dejó dentro, firmes, mientras Rubén se retorcía sobre el colchón. Lloriqueaba, las lágrimas mezclándose con el sudor, pero entre los sollozos, casi sin darse cuenta, su voz formó una palabra que lo delató por completo.

—Más... —susurró—. Renata... por favor...

Las cuatro estallaron en carcajadas. Renata se inclinó sobre él una última vez y le acarició la mejilla húmeda con el pulgar.

—Qué desesperado nos saliste —dijo, con algo parecido a la ternura—. Tranquilo. Vamos a volver. Tú espéranos así, bien quietecito.

Apagaron la luz y salieron, cerrando la puerta con suavidad, dejándolo amarrado en la penumbra. Rubén se quedó solo con su respiración y con el eco de las risas que se alejaban por el pasillo. El dolor seguía ahí, palpitando, pero su mente estaba en otra parte. Estaba en Renata, en su voz grave, en la manera en que lo había mirado al final, como si por fin hubiera entendido lo que él era.

Quería más. Lo necesitaba con una intensidad que lo asustaba más que cualquier cuerda. Y aunque estaba roto, exhausto y humillado, su cuerpo seguía temblando en la oscuridad, rogando en silencio que aquella puerta volviera a abrirse.

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Comentarios (3)

GatoNoc88

Tremendo relato!!! de los mejores que lei aca en mucho tiempo

LorenaBA_lec

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber que paso despues...

Caro_SJ

Me encanto como esta narrado, se siente tan real. Segui subiendo historias asi!!

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